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5 min
LO QUE NOS UNE
Amor |
21.11.19
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Sinopsis

Un adolescente mira a través del cerrojo de una puerta.

El adolescente miró a través del cerrojo de la puerta. Era tarde, no había luz en la casa, todo estaba a oscuras y en silencio a excepción del murmullo en el otro lado de la habitación. Sentía que el pecho le oprimía, ni siquiera porque latiera muy fuerte, simplemente una presión constante y aguda presionaba sus pulmones y la boca del estómago. No sabía si tenía miedo. No sabía a qué. Sí sabía por qué. Una mezcla de culpa y excitación le envolvía violentamente. Sentía cosquilleo en la nuca, como si de la oscuridad que se extendía a su espalda fuera a brotar un fantasma. Pero seguía sin poder apartar los ojos del círculo irregular del cerrojo. Dentro era el calor, como el de una matriz. En la calma íntima de la habitación se hallaba recostada una mujer.

Era de mediana edad, pelirroja con canas salpicándole el pelo. Óxido y plata. Los ojos marrones, grandes, entornados, como una virgen inmaculada. Pequeñas arrugas perfilaban su mirada salpicada de pecas en un rostro en el que la madurez se posaba con peso suave pero firme. La boca de labios finos entre abierta, la blusa abierta daba paso a los pechos grandes, suaves, reposando lado a lado de su torso, tranquilos, subiendo y bajando al ritmo de la honda respiración. Sus manos acariciando su muslo por un lado y su sexo por otro, rítmica y constantemente. El cuerpo de la mujer tenía estrías, como líneas blancas en su vientre, pecho y muslos. Pero donde más evidentes eran era en su vientre, blando y blanco. El adolescente contemplaba la intimidad de la mujer, que había hallado un momento de quietud en su habitación, para estar a solas con ella misma, para gozar del calor húmedo de su cuerpo, que era suyo y de nadie más durante una minúscula y débil franja de tiempo.

El adolescente estaba maravillado y asustado, nunca había visto una mujer abrirse de ese modo, se sentía dentro de su alma, quería estar dentro de ella de una forma que no alcanzaba a definir. Nunca había sentido algo así, y aunque se sentía mal por contemplarla, sabía que no podía dejar de hacerlo, sus pies no se movían, su cerebro no respondía, sólo podía sentir cómo crecía lenta pero inexorablemente. Tenía ganas de llorar, quería gritar, no sabía, sólo quería oler esa carne y estar dentro de ella, quería que lo abrazaran como a un niño pequeño y que le enseñaran a entrar en este mundo adulto en el que se veía sumido tan bruscamente, quería una mano que le guiara y le diera su beneplácito mientras se entregaba a ella.

 

La mujer gemía, como si llorase quedamente con la voz ronca y grave, cerraba los labios y la mandíbula, arqueaba el torso agarraba y apretaba con su mano libre la almohada, sus pechos se movían más rápidamente, su carne blanca y blanda temblaba, sus mejillas se llenaban de color, la humedad brillaba a la tibia luz de la lámpara de noche. El adolescente se acariciaba por encima de la ropa y se sentía tan excitado que tenía que tensar los músculos de sus brazos para no abrir la puerta de golpe y avalanzarse sobre la cama. Quería tocar, saborear, oler, hundirse en ese cuerpo, que le calmara, que lo saboreara, que le oliera, que le tocara. Sudaba como sudaba ella, temblaba como temblaba ella, pero su respiración era ahogada mientras que la de ella corría libre por su garganta y su lengua. Ella volvió la cabeza hacia atrás, hundida en la almohada, y su vientre se contrajo eléctricamente mientras sollozaba como un animal herido. El adolescente no podía más, sintió la electricidad, pero después que ella, él quería terminar con ella, sentir que el cordón silencioso que los unía en ese momento de oscura complicidad aún seguía ahí, pero la humedad corría por su cuerpo y ya sólo quedaba su respiración entrecortada y sorprendida de que todo hubiera terminado tan rápido. La mujer reposaba adormilada sobre el edredón desordenado, tranquila como una niña frágil que se sabe en casa.

 

El adolescente seguía mirando cuando la mujer abrió súbitamente los ojos y olfateó el aire, como el ciervo que escucha al lobo pero no le ve. Él dejo de respirar y chilló en su mente, para poder mover sus piernas, para huir, pero todos sus movimientos eran a cámara lenta, como en una pesadilla. La mujer se levantó y se cerró la camisa, torpe y con prisa, sin apartar la vista de un punto indefinido en dirección al cerrojo, el adolescente caminó presto con paso amortiguado hacia la puerta y amarró su jerséy a la cintura. Ambos encendieron la luz al mismo tiempo.

 

-¿Ya estás aquí?¿Cuándo has llegado?

-Acabo de llegar mamá.

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Alguien que escribe a veces.

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