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7 min
Locuras y Amores
Varios |
17.10.11
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  • 1895
Sinopsis

De vuelta a mi pueblo, a mis recuerdos: A las locuras y a los amores

 

Los huesos estaban tirados de cualquier manera, amontonados en una esquina, ni siquiera habían hecho un foso para que descansaran mas ordenados, lo que menos había eran cráneos, los jóvenes del pueblo los robaban por las noches a modo de diversión, en mi infancia también nos retábamos con esos juegos, hay cosas que no cambian aunque pase el tiempo. Recuerdo una noche en que amenazamos al hermano pequeño de Carlos con desnudarlo en la plaza si no nos bajaba un fémur, era un miedica y aquello le supuso un trauma, tuvo que subir tres veces ya que no acertaba con el hueso, y se paraba tanto rato en la puerta antes de entrar, que en la tercera vez nos dio tiempo a subir antes que él por detrás del cementerio y escondernos entre las tumbas. El primer susto se lo dio su hermano, y empezó a gritar como un desquiciado, gritaba pero no se movía, estaba rígido, como un palo; El segundo se lo di yo, por la espalda, giró la cabeza sin mover el cuerpo y me miró con el rostro desencajado, no hubo más sustos… cayó redondo contra la tierra. Tuvo pesadillas durante meses y al año, más o menos, le ingresaron en un psiquiátrico.

Los de mi pueblo tenemos fama de ser muy bestias, pero ya viene de atrás, de nuestros abuelos, incluso de antes. El padre de Nicolás, el panadero, siempre cuenta que a su abuelo le aplasto la campana de la iglesia un domingo en plenas fiestas. Los mozos del pueblo cortaron parte de la cuerda a modo de broma diez minutos antes de que el Hilario, que así se llamaba, tocara a misa de doce. Solo dio tres campanadas, en la cuarta se rompió la cuerda y el Hilario no reaccionó, se quedó quieto mirando como la campana caía en dirección a él. Murió aplastado por más de quinientos kilos.

Hacía mucho tiempo que no venía por el pueblo, hay gente que ni siquiera me ha reconocido.

-Es el hijo del Ambrosio,-Decía mi tía por los soportales cuando nos cruzábamos con los vecinos, como me iban a ubicar si habían pasado casi cuarenta años.

El que sí lo hizo fue el Mariano, ayer por la tarde, se me acercó con su silla de ruedas y me dijo…

-¡Que pasa tío!, ya no saludas a los amigos, -y nos dimos un abrazo. Yo ya le había visto, pero me dio cosa saludarle, creo que nunca nos perdonó el que le dejáramos tirado junto a la vía con las piernas sobre los raíles, la idea era que al oír el pitido del tren reaccionara y saliera corriendo, pero iba demasiado borracho para darse cuenta, siempre lo negó, decía que no estaba enfadado, pero nunca le creímos.

Limpié la tumba de mis padres, un poco, ya que estaba perfectamente cuidada, mi tía subía dos veces por semana a cambiar las flores y a sanearla, mi tía y mi madre eran como dos gotas de agua, no eran gemelas pero eran iguales, en todos los aspectos, incluso olían igual. Miré el osario de nuevo antes de cruzar la puerta del cementerio y volví a pensar que no era ético tener los huesos de tal forma.

Llevaba tres días ya en el pueblo y a quien no lograba ver era a Marta. Marta fue durante muchos años el amor de mi vida, en realidad aún sigue siéndolo. Nunca me casé, en parte porque las comparaba a todas con ella y siempre salían perdiendo. Nos criamos juntos, vivíamos puerta con puerta y aprendimos juntos a gatear, a caminar, a jugar, a soñar, a besar… descubrimos el mundo, Juntos. Un día abrieron un banco en el pueblo, el primero, y el padre de Marta era uno de los pocos que sabía leer y escribir, incluso sabía algo de números, lo justo, pero lo suficiente para que le dieran el puesto de cajero, trabajar en un banco en aquellos tiempos era algo importante, pasó de ser el Miguelón a ser el señor Miguel, en pocos años fue ascendiendo y se convirtió en el director, ya era Don Miguel, su vida dio un giro y con ella la de Marta. Su familia se codeaba con el alcalde, el maestro, el obispo, y su mundo se alejó del mío. Se fue a estudiar a Madrid y tan solo venía por el pueblo algún que otro fin de semana, o en vacaciones, cambió de amistades de costumbres y de sueños.

El pueblo ha cambiado poco, hay mas tiendas, han arreglado las calles y han cambiado la campana de la iglesia por un reloj dorado que da las horas, ya no es lo mismo, también han quitado la fuente del centro de la plaza, el alcalde dice que así hay más espacio para que jueguen los niños, a mi me gustaba más con la fuente, será más práctico pero pierde encanto. ¡No hicimos travesuras en esa fuente!, tenía un jardín alrededor y en el centro estaba el pilón con la estatua de una mujer desnuda y un cántaro en su mano, inclinado, por donde caía el agua. Para fiestas, siempre acabábamos todos bañándonos. Ahí se ahogó el Carmelo, por una apuesta.

-A ver quien aguanta más sin sacar la cabeza. -Fue lo último que dijo… Según el médico, aguantó tanto que cuando quiso darse cuenta sufrió un mareo y quedó inconsciente, cuando lo sacamos estaba morado y con los ojos salidos hacia afuera, parecía un sapo.  

Este año he vuelto al pueblo, a mi infancia, a mis recuerdos, en parte aconsejado por mi médico, curarme no me voy a curar, pero al menos, esos aires me harán sentir mejor. Yo también me fui a Madrid y ahí he pasado cuarenta años, solo, hubo un tiempo en que dediqué mi vida a buscar a Marta, pero no la encontré, al menos no a la misma… no a mi Marta.

Hoy daré una vuelta por la arboleda, después de la siesta, al atardecer y con la fresca. Solía ir allí con ella, casi todas las tardes, teníamos un rincón que era nuestro paraíso particular, a unos diez minutos caminando hay un descenso entre dos árboles que acaba en una pequeña explanada rodeada de juncos, junto al rio y con un árbol añejo que seguro nos recuerda. Hoy iré a visitarlo y a sentarme un rato en el pasado, a escribirla una poesía y no se… quizá… sea lo último que haga.

 

Bajando por la arboleda, por su camino, a la vera del río,
respirando el olor a tomillo que se pega en la piel y en los huesos,
sentado en la falda del árbol con cicatrices, de tu nombre y el mío
y tumbado a los pies del agua, donde antaño... te escribía versos.

Cruzando la plaza vieja donde mi infancia quedó grabada en sus rincones,
y sentado sobre la fuente te veo saltando a la cuerda, niña dorada,
jugando con los recuerdos, pequeñas cosas que el corazón guarda a jirones,
bailando en la plaza, tirándonos agua, mirando la luna, besando miradas.

Ya no hay barro en las calles ni pasan caballos, ni carros con paja,
ya no hay casas de la abuela ni patios con limoneros, ni almendros,
ya no te despierta el gallo y las campanas de la iglesia suenan a caja,
ya mi alma en mi regreso solo conoce, el aroma de tu recuerdo.
  


Mario Taché. Copyright © 18-Octubre-2011 Derechos Reservados®.

 

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