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3 min
Lola
Varios |
01.11.15
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Sinopsis

Me gustaría que se valorara más como un todo que como la parte de algo que puede llegar a ser ya que, debido a mi vicio de dejar las cosas a medias, es posible que no tenga continuación. Gracias.

Iba descalza por la calle y, a pesar de ser ésta adoquinada, no parecían hacerle mella la dureza del terreno. Era el tiempo de la matanza y Lola, que así se llamaba, paraba en cada puerta para pedir algo que llevarse a la desdentada boca. «Pa' mi y pa' mis churumbeles.» iba repitiendo con ese característico acento calé.

Gitana de piel morena y arrugada, no se sabe bien si más por el mismo sol, la edad o el sufrimiento, caminaba bamboleando su pesado cuerpo por las calles del pueblo con aires de sultana mora. Su mirada, negra como el tizón, llegaba hasta las entrañas y no había día en que no consiguiera llevarse algo envuelto en el mandil que, a modo de hatillo, se echaba al hombro mientras desandaba el camino para regresar al asentamiento que tenían los gitanos en las afueras del pueblo.

Pero antes de salir, como si fuera un ritual, paraba siempre en la fuente de los tres caños de la plaza del ayuntamiento para beber, dejando caer el agua sobre la mano ahuecada y sorbiendo ruidosamente para terminar con un sonoro eructo.

Los gitanos entraban rara vez al pueblo. A excepción de Lola, sólo se les veía acercarse a la fuente a llenar garrafas y botellas de plástico o cristal. Su presencia sólo se hacía notoria en esas escasas ocasiones y por el humo de sus hogueras que alumbraban la noche más allá de la civilizada vida del pueblo.

El asentamiento junto al río parecía no haber tenido un origen claro. Silverio, a sus ochenta y siete años y siendo el más viejo del lugar, recordaba haberlo visto siempre. Nunca hubo relación entre los vecinos y los gitanos, ni cordial ni conflictiva. Los chiquillos del pueblo siempre han ido al rio a bañarse en verano, pero unos metros más abajo de donde está el asentamiento, por temor o por recelo, que de todo ha habido.

Raros son los malentendidos que se recuerdan y muy leves o casi anecdóticos, como aquella vez en la que, siendo zagal, a mi tio Alberto, se le ocurrió entrar en uno de los carromatos en el que sin saberlo él dormían dos chiquillas. El padre de las niñas atendió a razones sin casi mediar palabras, en parte porque el tío Alberto salió corriendo despavorido al escuchar los gritos de las niñas. Una de las niñas se llamaba Soraya y la otra... Lola.

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