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5 min
LOLA.
Históricos |
14.01.20
  • 5
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  • 378
Sinopsis

Relato participante en el concurso Premios Narrativa Internacional Abogados de Atocha, basado en la Matanza de Atocha de 1977.

Todo sucedió demasiado rápido, como las luces en la noche si conduces, como los semáforos y las farolas; todo se acaba mezclando hasta convertirse en un reflejo difuso, cuando ya no puedes diferenciar la realidad que hay ante tus ojos.
Todo sucedió demasiado rápido, como el tiempo o los años, tan vetustos y anticuados que parecen ilusorios; como los recuerdos en los que no te encuentras a pesar de ser tuyos. Hay días que no reconocemos nuestro ser o siquiera lo sentimos.
Llevo perdida mucho tiempo aunque eso ya no importa, las horas se han cansado de perseguirme mas yo intenté no agotarme, pero resultó imposible; muero, sin metáforas, la enfermedad es tangible esta vez.
Muchos hicieron símiles de mi experiencia, ensayos (aunque no simulados) de mi existencia e interpretaron la soledad, la oscuridad y el miedo como signos mortales y no puedo negarlo: puedes morir de pena, varias veces, hasta que tu cuerpo se ha lamentado tanto que no existe más opción que caer rendido.
Todo sucedió demasiado rápido, la confusión e incertidumbre, las preguntas a cuestiones que no puedo responder, el amor, la justicia, la libertad. Todo sucedió demasiado rápido, como disparos en la oscuridad, aunque esta vez eran reales y no elementos poéticos; esas balas atravesaban cuerpos y no almas, aquello no podía ser reparado.
Todo sucedió demasiado rápido, sí, excepto las despedidas.
Éramos jóvenes en busca de una sociedad mejor, de mayores derechos y menos prejuicios; de grandes luchas y revolución, nuestra voz merecía ser escuchada ante las injusticias y los actos sin sentido.
Lola y Enrique, rebelión y verdad. Nos conocimos en el Frente de Liberación Popular, tratando de romper los lazos impuestos y creando otros entre nosotros, pero por muy ceñido que hagas el nudo el lazo siempre se puede cortar y convertir el tiempo en segundos interminables.
Mis oídos no escucharon más que un agudo pitido cuando conocí la noticia de se había ido para no volver, y aunque existían mil versiones de como la muerte aconteció, no creí ninguna. Solo quedaba la verdad y era únicamente conocida por él.
Cuando aquello sucedió y los minutos transcurrían con parsimonia una parte de mí expiró, dejando un espacio propio de un miembro fantasma y un hueco donde solía haber una voz en protesta. Un pilar había caído y con él, un par de mis ruinas; aunque siempre afirmé que ese vacío no importaba no pude frenar su crecimiento, años después.
Era una fría noche de enero, día veinticuatro y años setenta; el fin de una era había comenzado mientras la Transición daba sus primeros pasos y nosotros nos encontrábamos frente a nuevas oportunidades que aún no conocíamos y aun así defendíamos con orgullo. Trabajaba en el despacho de abogados laboralistas de Atocha, junto a Javier. 
Las cosas habían cambiado, ya no bastaban los lemas gritados por las calles, las reuniones clandestinas o las batallas a base de propaganda. No bastaban las protestas, no para mí, al menos; ahora podía defender causas, derechos de personas que no conocían l posesión de estos y libertades para aquellos que temían hablar demasiado alto, habían sido tiempos difíciles y el temor no es una herida que sane pronto.
Aquella noche nada sucedió con presteza, no fue breve, mi piel sigue quemando al recordar las balas y los gritos, la confusión y el miedo, sobretodo el terror de pensar que quizá no habría un mañana para algunos. Y no lo hubo, ni siquiera para Javier, quién se interpuso para evitar mi fin aunque acabase gravemente herida.
Otro pilar cayó, otra ruina de mí se derrumbó y me quedé sin nada. No hay libro que pueda explicar mi impotencia o ley que pueda salvarla, hay cosas que no puedo defender porque escapan a mi entendimiento o no sé cómo sentirme hacia ellas.
No puedo aplicar anexos o artículos ante tal ansiedad, la tragedia es una vieja amiga y el pasado ya se ha acomodado en mi sofá. No logro entender  la capacidad del ser humano para dejar la vista sin rastros de humanidad y actuar, sin pulso y sangre fría, contra un igual.
¿Qué ocurre en sus cabezas, no hay gritos intentando detener tal deseo? En la mía hay silencio y es incómodo, mi cabeza se ha quedado afónica de tanto lamentar.
¿En qué momento nos cegamos y dejamos de reivindicar nuestra voz para que otros hablaran? ¿Por qué nos convertimos en aquello que Hobbes dijo una vez, “el hombre es un lobo para el hombre”? Supongo que por eso fui abogada, incluso en mis ratos libres, luché porque no hubiese manadas o desigualdad ante un lobo de distinto ver, por no apagarnos cuando encendemos el televisor y queremos ser solidarios, la empatía no se puede permitir, ¿verdad?
Mis huesos son polvo y mi cuerpo apenas se mantiene, soy fuerte e independiente, eso nunca lo puse en duda pero no queda muro que pueda derribar ni consigna que pueda aclamar; este es mi sino, morir en soledad marcada por una tragedia que haría honores a Shakespeare, mientras otorgo  mi voz a los tres elementos más ausentes: amor, libertad y revolución.
No me despido, pues no tengo tiempo para usar a mi favor y no quiero que el reloj se detenga en esta agonía por mucho más; es un hasta pronto, un quizá, una llamada a la sublevación; prefiero morir de pie que vivir arrodillada.

 

 

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Poetisa empedernida en busca de ser todo lo que el mundo siempre quiso tener.

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