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10 min
Lonesome town
Amor |
14.08.16
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Sinopsis

Conozco un lugar, es un pueblo de edificios bajos, clásico y americano. Es gris y apenas nunca sale el sol pues la niebla cubre todo lo que tu vista pueda alcanzar. Llegué de casualidad, conduciendo rumbo a ningún lugar. La verdad es que era un pueblo de nostálgica belleza y calma inquietante. Pero me maravilló sin saber cómo. Aparqué, salí del coche y eché un vistazo a los escaparates de las tiendas. Había maniquíes desnudos, tiendas de lámparas todas apagadas, cafeterías vacías y parques helados. Caminé y caminé hasta que decidí llamar a un timbre de algún portal. Una voz apagada saludó. Tenía un tono triste y molesto al mismo tiempo. Quise preguntarle dónde estaba, y le pedí permiso para subir y poder charlar con tranquilidad. Colgó sin decir nada y tampoco me abrió así que probé con otro apartamento. Después de probarlo con todos, cambié de edificio y volví a intentarlo. Nadie me hizo caso. Llegó un momento en el que la gente comenzó a salir de los edificios. Paseaban, abrían las tiendas y las cafeterías, pero todos iban cabizbajos sin mirar a nadie a la cara. Yo me encontraba sentada en un banco con ambas manos entrelazadas sobre mis rodillas, observándo el curioso comportamiento de los transeúntes. Un chico pasó delante de mí, me vio y cuando encontró mi mirada pareció incomodarse. Apartó la mirada y aceleró el paso con las manos en sus bolsillos. Al ver cómo por lo menos uno de los cientos de ciudadanos que habitaban aquella ciudad se percató de mi existencia, corrí hacia él. "- ¡Disculpa! ¡Oye, disculpa! -" gritaba, pero no se giraba, aceleraba el paso. Llegué a él y le posé la mano en el hombro. El joven frenó en seco con la vista fija en el suelo. Me coloqué frente a él e intenté mirarle a la cara. "- Disculpa - insistí -, me he perdido y me gustaría saber dónde estoy. Y si fueras tan amable, ¿podrías ayudarme a encontrar un hotel u hostal donde poder pasar la noche, por favor?" El chico levantó los ojos, aún inclinado con gesto tímido. Esperé a que dijera algo. Asintió levemente con la cabeza y me hizo un gesto para que le siguiera. Me llevó a un apartamento, parecía ser suyo pues él abrió la puerta con una llave que sacó de su chaqueta marrón. Me ofreció sentarme después de que se acomodara en un viejo sillón azul. Seguía sin mirárme a la cara. "- ¿Cómo te sientes? -" me preguntó después de un larguísimo e incómodo silencio. Me extrañé mucho al escuchar esa pregunta, pero aún más cuando me percaté del sonido de su voz. Parecía temer algo, como si hiciera mucho tiempo que no hablaba con alguien más que consigo mismo. "- Bien - " respondí algo dudosa, pues aquello me confundió mucho. "- Entonces, ¿Qué haces aquí? -" preguntó. "- Ya te lo he contado, me perdí. Venía conduciendo, la verdad, queriendo evadirme un poco de la vida que tengo en mi ciudad, y llegué aquí..." El chico esbozó una sutil sonrisa nerviosa. "- Claro... Seguro que "él" es la razón por la que estás aquí - opinó." Fruncí el ceño molesta pero intrigada. "- ¿"Él"?" "- Sí - respondió -, todos estamos aquí por "ellos" o "ellas". Aquellos a los que queriendo o sin querer nos han roto un sueño. Almas en pena. Este es el lugar donde los amantes vienen a aprender a olvidar, o a intentarlo al menos. Aquí todos lloran por todos los problemas que no han sabido resolver, por aquello que quisieron tener y no lo consiguieron. Si tú estás aquí es porque has perdido lo más importante que queremos y creemos tener alguna vez en la vida. El amor." Guardé silencio. "- ¿Cómo lo sabes?" "- ¿Por qué crees que estoy aquí? - dijo con mirada de resignación -. En este pueblo tenemos la teoría que todos tenemos dos corazones. El que nos da la vida y el que nos da la felicidad. Éste segundo lo representamos como algo de un material muy frágil y todos tenemos uno bien guardado, pero cuando éste se rompe, sin saber cómo acabamos en esta ciudad. Mira en tu bolsillo." Dubitativa miré el bolsillo de mi pantalón. El chico me hizo un gesto para animarme a meter la mano con la esperanza de encontrar algo en él. Y así lo hice, encontrándome sorprendentemente con muchos cachitos de cristal de color rojo brillante. El chico sonrió. "- ¿Y qué pasará a partir de ahora? ¿Me quedaré aquí a vivir? -" pregunté preocupada. El chico encogió sus hombros. "- No lo sé." "- ¿Alguien ha venido a esta ciudad y a vuelto a su lugar de origen alguna vez?" "- Aquí nadie habla con nadie. Cuando nos han roto el bien más preciado nos creamos una burbuja y evitamos el contacto con otras personas, por miedo a que nos hieran otra vez..." "- ¿Podría reconstruirse de nuevo el corazón roto?" "- Podría. Pero yo lo he intentado, y me resulta imposible conseguirlo... - El chico miró la hora en el reloj, pareció alterarse." Se levantó del sillón y cogió mi abrigo, ofreciéndomelo ante mi. "- Dos calles más abajo tienes un hotel." Rápidamente me echó del lugar dejándome sola de nuevo en aquel extraño lugar. Llegué al hotel. No había recepcionista ni guardia de seguridad, y los huéspedes que se paseaban por el lugar estaban en silencio sentados en sofás, caminando sin rumbo o mirándo por los ventanales como si esperasen alguna cosa. Supuse que tendría que buscarme la vida, así que subí escaleras en busca de una habitación libre y cuando la encontré, me alojé ahí. Aquella noche no pude dormir, no hacía más que darle vueltas a aquello. ¿Significaba que si no reconstruía mi corazón de cristal, nunca saldría de aquel lugar? Y si lo reconstruía, ¿seguiría quedándome en aquella ciudad? Tampoco sabía si alguien había probado a volver al lugar de donde vino. Quizás nadie lo intentó. Salí corriendo de la habitación y llegué hasta el coche. Encendí el motor y conduje lo más lejos que pude de la ciudad. A medida que abanzaba parecía sentirme libre y tranquila, pero abanzaban los minutos y los kilómetros, y sentí una pequeña angustia. Un antojo, una necesidad, algo que me hacía querer volver a la ciudad perdida y solitaria. Podía ver el sol y gente paseando o conduciéndo por otros lugares, pero sentía el impulso de volver a aquella ciudad. Cualquier cosa que veía hacía que sintiera más ganas de volver y alojarme de nuevo en el hotel. Así que sin poder remediarlo, di la vuelta y volví entre la niebla. Llegué a la habitación y me senté sobre la cama. El corazón de cristal descansaba roto sobre la mesa. Quise intentar otra solución: arreglarlo por mi misma. Busqué por todos los rincones de la habitación un pequeño bote de pegamento. Supuse que todos los habitantes que supieran por qué estaban ahí habrían intentado recomponer su propio corazón y algún despistado se habría dejado el bote por ahí perdido. Con mucha suerte encontré uno. Estaba un poco seco pero no importó, seguía pegando bien. Pieza a pieza fui reconstruyendo el pequeño tesoro y cuando por fin acabé, resoplé desahogada. Pero poco duró mi victoria y mi alegría, al ver cómo las piezas se quebraban de nuevo y se esparcían por toda la mesa otra vez. Tiré el pegamento con rabia y di un golpe a la mesa. Me rendí e intenté volver a dormir. Pasé muchos días así, encerrada en el hotel sin hacer nada, pensando y pensando en la manera de poder salir de ahí, hasta que un día no pude más y decidí salir. Necesitaba comer algo. Busqué una cafetería o un restaurante donde poder alimentarme de cualquier cosa que fuera comestible y encontré una cafetería dónde servían unos Frankfurt que tenían muy buena pinta. Entré, pedí y me senté en una mesa. Grata fue la sorpresa cuando vi al chico que encontré el primer día que estuve ahí, jugando con sus pedacitos de cristal. Me acerqué a su mesa y me senté frente a él. No le saludé, ni él me saludó a mi. Observaba cómo él también parecía querer saber cómo recomponer sus pedazos. Aburrida por la espera de mi comida, cogí dos cachos de cristal y comencé a jugar yo también. Encontré dos que parecían encajar y los junté sin ningún fin en concreto, pero ambos nos sorprendimos cuando al unir las dos partes éstas se fundieron formando una pieza más grande. "- ¿¡Cómo lo has hecho!? -" preguntó el chico emocionado y sorprendido. No supe responder. Ni siquiera yo supe cómo lo había hecho. Cogí otros dos pedazos y volví a unirlos consiguiendo la mísma reacción, los demás trozos de cristal eran demasiado pequeños y por tanto más complicados de encajar. "- ¡Puedes unir los trozos! ¡Puedes sacarnos de aquí! - " exclamó. "- Pero es imposible, intenté reconstruir el mío anoche incluso con pegamento y no pude." Un hombre que vió lo que había conseguido, se acercó temblando hacia mí ofreciéndome una pequeña montaña de pedazos de cristal. "- Por favor muchacha, prueba con éste - " pidió con voz quebradiza. Cogí dos trozos e intenté unirlos, pero como ocurría con el mío, no se unían con nada. El hombre se fue cabizbajo sobre su bastón desilusionado por el resultado de mi esfuerzo. El chico me miró sorprendido. "- Déjame el tuyo, por favor." Fruncí el ceño, pero entendí qué era lo que quería probar. Le di todos los pedazos de cristal que tenía guardados en mi bolsillo e intentó unirlos él también. Cogió los dos más grandes y los unió, produciendo en ellos el mismo efecto que yo en los suyos, se fundieron en uno creando un cristal más grande. Ambos nos miramos, al fin encontramos la solución a aquello. Quizás tardaríamos más o menos tiempo, pero sabíamos cómo salir de ahí. Cada persona debía encontrar a otra en aquella ciudad que la ayudaria a reconstruir ese corazón frágil y roto que les había llevado a vivir en la tristeza permanente. Aquella ciudad estaba habitada por el desamor, y aquel que encontraba de nuevo a una persona que pudiera reconstruir lo que otra rompió dejaba de pasar sus días en aquella lúgubre ciudad. Aquel chico y yo tardamos lo que pudimos, y cuando al fin reconstruimos aquellos pequeños tesoros de la felicidad, huímos juntos a otro lugar.
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