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7 min
Loreley
Amor |
15.01.21
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Sinopsis

vuelvo a publicar este cuento, con algunas modificaciones que me parecen pertinentes

 

Loreley

 

 

Ernesto Rivalora, fue despertado en medio de la noche por su mujer Leticia. ¿Quién es Loreley?, preguntó  sonriendo divertida.

 — ¿Quién?,  Ernesto Rivarola, aún seguía medio dormido y tan sorprendido que le costaba entender. —No te hagas el desentendido, hablaste en sueño y la nombraste, diciendo que la querías. Ernesto Rivarola seguía sin entender, no recordaba a ninguna Loreley. —Ni idea de quién hablas.

 —Yo si recuerdo una Loreley, joven, hermosa y simpática

Ernesto Rivarola hizo un esfuerzo de memoria, pero no consiguió recordar.

Decidió seguir durmiendo.

Unos minutos después abrió los ojos, porque abruptamente había recordado que conoció a una Loreley, hacía como treinta o más años.  Hoy, cerca de cumplir los setenta, calculó que esa situación habría sido cuando tenía treinta y cinco. Al principio tuvo que forzar la memoria, era un evento tan lejano y olvidado, que le parecía ajeno, luego las imágenes llegaron más fluidas. Comprendió que había sepultado muy profundamente los sucesos, que en su momento tuvieron una gran influencia en su vida.

En aquella época todos los domingos al mediodía hacia un asadito, eran solo dos; Leticia y él, un poco de carne bastaba. A la mañana de aquel primer domingo fundamental, fue como siempre a la carnicería de Felipe, caminó las  casi dos cuadras y entró al comercio. Mientras esperaba entró otra persona —una mujer— un perfume exquisito la precedía, ella saludó y Felipe le hizo algún comentario un poco subido de tono, la mujer lanzó una carcajada. Ernesto Rivarola intrigado giró la cabeza y la vio allí imponente, alegre y dueña de la situación. Era una mujer joven, inquietante. Felipe le dijo ¿Cómo estas Loreley? veo que bien como siempre. Agregó —Así es. Dijo ella.

Ernesto Rivarola estaba a punto de pedir el asado; cuando sintió que le tocaban el hombro. —le toca a usted  no? Pregunto  Loreley. —Sí, pero si está apurada pase, yo ya tengo el fuego prendido, puedo esperar. Ella sonrió, le agradeció y dijo por fin me encuentro con alguien amable. Cuando la mujer se fue, le pidió la carne a Felipe, que lo miraba sonriendo, le molestó esa actitud, pero lo conocía y sabía  lo suspicaz que era. Pagó la mercadería y salió

 

 

A media cuadra Loreley lo esperaba en la puerta de la casa. Le pidió si podría ayudarla a prender el fuego porque siempre le costaba. —Como estoy sola…— 

Usted es uruguaya no?

 — Ja ja   no, no soy uruguaya, todos lo creen por mi nombre, una abuela mía era uruguaya  y bueno…, pero soy argentina.

 

Ernesto Rivarola, prendió el fuego, le explicó cómo ir agregando las brasas y se retiró rápidamente.

Llego a su casa y fue directo a la parrilla, sus pensamientos eran confusos y estaba un poco contrariado.

Comieron y luego Leticia y él  hicieron una siesta en las reposeras a la sombra. Se dijo que posiblemente había tomado de más; los ojos se le cerraban.

Los dos domingos siguientes, no fue por la carnicería, el primer domingo llovió y el asado se suspendió y en el segundo domingo, Leticia le dijo que ella haría las compras por esa vez. Sintió cierto alivio. Cuando Leticia regresó le comentó que en la carnicería había encontrado a una chica muy agradable y que charlaron un poco. Es uruguaya dijo Leticia. Ernesto Rivarola estuvo a punto de decir que no era uruguaya, pero se contuvo a tiempo. ¿Cómo explicar, que la conocía y que sabía que no era uruguaya?

Al tercer domingo, reencontró a Loreley en la carnicería, estaba incómodo sin motivo, pero estaba incómodo.

—Holaaa. Dijo Loreley. Pensé que no lo volvería a ver, el otro día conocía a su mujer; linda y simpática; Felipe me dijo quién era, la tenía escondida  ¿eh?

Felipe lanzo una carcajada — Es que Ernesto es muy reservado. Acotó.

Turbado Ernesto dijo: —No, es que los domingos siempre salgo a comprar yo. Al instante se arrepintió, no necesitaba justificarse, pero lo había hecho.

Camino a su casa, se prometió no volver a la carnicería, la imagen de Loreley  se le presentaba frecuentemente y eso lo preocupaba.  La idea que lo conmovía era que Loreley le enviaba señales con segundas intenciones.  Sus sensaciones e ideas eran contradictorias, seguramente  él no interpretaba bien lo que sucedía.

Por dos domingos compró la carne en otra carnicería, pero Leticia le dijo que volviera a lo de Felipe porque era carne de mejor calidad.

La reencontró ese domingo en el cual Felipe intentó decirle algo sobre Loreley, cuando ella ya no estaba. Ernesto lo corto —No, no me digas nada, ya me di cuenta.

 Ella antes de irse fue descaradamente explicita en sus intenciones, le dijo que lo había extrañado y había vivido una semana triste. Felipe hizo silencio y Ernesto Rivarola salió para ir a su casa,  como un autómata. No había respondido, pero sentía que su posición era débil y errática.

Ahora sabía que Loreley, no solo coqueteaba, sino que buscaba seducirlo.

La vanidad de Ernesto, lo  inflaba, pero por otro lado rechazaba tal idea. Vivía desde hacía un  tiempo una lucha en su interior: deseaba y temía, ansiaba y se percibía ridículo, como un adolescente, frágil y temeroso.

Al domingo siguiente Felipe intentó decirle algo en forma privada algo secreto o misterioso, pero entró Loreley en forma repentina, entonces el secreto quedó trunco. Ernesto Rivarola, ya se había rendido, y la joven jugó un poco con él, que no tuvo reacción. Ernesto  Rivarola marchó a su casa; furioso, consciente de que no tenía control de la situación y lo peor de todo era que no acertaba que debía hacer.

Ernesto Rivarola abandonó por un momento su recuerdo y se levantó para servirse un vaso de agua, ahora luego de treinta y pico se años, sentía la misma vergüenza y la misma impotencia que en aquel momento, quería alejar el recuerdo, apartarlo definitivamente y seguir con su vida. Ahora Leticia dormía profundamente y en aparente paz, pero Ernesto Rivarola había perdido la tranquilidad notoriamente. Retornó a  la cama y no pudo evitar recordar, que en aquel momento tuvo una fuerte lucha interior consigo mismo; por varios domingos desistió de los asados, evitó caminar por el barrio, lo único que no abandonó fueron los partidos de los sábados.

El recuerdo  le dibujó en la cara inevitablemente una sonrisa amarga, mientras pensaba que la vida es ironía pura.

Loreley era ya una obsesión en Ernesto Rivarola, no tenía descanso. Ni el trabajo, el futbol, y mucho menos el asado de los domingos, le daban tregua a su estado emocional. Desesperadamente intentaba olvidar la cuestión, pero inmediatamente se le presentaba la figura de Loreley e imaginaba que en la cama debía ser un tren. Deseaba renunciar a su deseo, pero por algún lado se filtraba y horadaba su cerebro.

Ernesto Rivarola vivía un calvario, se debatía entre deseo y rechazo, miedo y frustración.

Ese domingo cuando estaba por entrar a la carnicería, se topó con Loreley en la puerta, decidió no entrar. Nuevamente ahora, pensó en la ironía, porque la estupidez seguramente tiene un costado  irónico.  En su recuerdo; Ernesto Rivarola evocó que fue detrás de Loreley, la alcanzó y la tomó del brazo suavemente. Loreley se detuvo a escucharlo.

—Hola… bueno dudé mucho antes de decidir, pero quiero invitarla a salir próximo  sábado. Dijo ya sin medir las consecuencias.

Loreley sonrió muy animada y sin dudar un instante dijo:

—Encantada, no hay problema, espero que Felipe le haya comentado que mi tarifa son dos mil pesos.

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 68 años

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