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3 min
Los amantes
Reales |
18.04.22
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Sinopsis

Los amantes se habían encontrado una vez más en un hotel del centro de la ciudad. De vez en cuando, siempre que alguno de los dos lo necesitaba, se ponían en contacto y quedaban en algún hotel. Se desnudaban y dejaban que sus pasiones fluyeran a lo largo de las horas.

Llevaban toda la vida siendo amantes, habían llegado a ser pareja y, con el paso de los años, todo se había limitado a encuentros esporádicos un viernes o un lunes a última hora de la tarde.

Se amaban por inercia, sin saber muy bien por qué. Todo aquello había traspasado las fronteras del deseo carnal, del sentimiento y del cariño espiritual. Se fundían cuerpo con cuerpo y se unían en una penetración, sólo para sentirse más cerca el uno del otro. Se miraban mutuamente con la certidumbre de aquellos que saben que han vivido todo eso antes y que sienten una especie de adicción que los lleva a repetirlo una y otra vez. Una y otra vez siempre.

El amor se diluye como la tinta en el agua. La distancia es un diluyente, la indiferencia es un diluyente, la trascendencia es un diluyente.

Y sin más la vida se disipa como lo hace la niebla al amanecer.

Ya no tenían veinte años. Con un trabajo, una hipoteca, una pareja y una vida paralela, lo que les llevaba a encontrarse un día entre semana en cualquier hotel era una inercia, una pulsión que no sabían controlar. Se conocían mutuamente. Se podían leer con los ojos cerrados y encontrase las viejas cicatrices que deja el paso de los años.

Pero el amor deja de ser amor, incluso el sexo deja de ser sexo. Y todo se limita a una contrición física del uno por el otro. Algo difícil de explicar, complejo de sentir y aún más críptico de comprender. Encontrarse es sólo eso, como impactar es sólo eso, y diluirse es sólo eso. Pero si lo haces sin violencia, sin insultos, sin desprecios, es una tortura que puede durar décadas.

Aquella tarde se habían vuelto a citar en la habitación perdida, de un hotel más perdido aún. Ella llegó primero y al cabo de un rato fue él quien picaba la puerta. Ella le abrió, el pasó, miró hacia su alrededor, encontró un sillón en una esquina y allí dejó su chaqueta y el resto de sus pertenencias. Ella se había desvestido casi por completo, se acostó en la cama y le miraba mientras le hablaba.

-¿Qué tal todo?

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