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7 min
Los amantes de Praga (II y fin)
Amor |
15.12.19
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Sinopsis

El amor de dos amantes en mitad de una Europa carcomida por el odio.

(...)

Llegó la Navidad, en unos días ya tendríamos todos los papeles burocráticos que hacían falta para entrar en los Estados Unidos. Había sacado un billete en un transatlántico que saldría de Inglaterra y de allí a la isla de Ellis, la puerta de entrada a Nueva York. Sara estaba muy ilusionada, su familia le decía que en América todo era diferente, que era una tierra de oportunidades.

Mientras tanto amanecimos el día de Nochebuena, yo tenía concierto doble esa noche, Sara vendría a verme y después cenaríamos juntos con mis amigos. Nos abrazamos en la cama, le dije que la amaba, que era mi vida, que siempre sería mía. Y me despedí de ella. Me fui al café caminando por la calles, aspirando su aroma mezclado con el frío, ese olor a canela y a chocolate, a guisos grasos que servían por las tabernas para aguantar los rigores del invierno, consciente de que quizás esas fueran las últimas sensaciones que me quedarían de mi amada ciudad. Entré al café y me senté frente al piano, lo acaricié y las notas del Vlatava comenzaron a brotar, rápidas y poderosas; pero sobretodo melancólicas y nostálgicas, como un réquiem que llora por Praga y por Europa, por un mundo que está a punto de morir, de consumirse en las llamas del odio. Recuerdo que una lágrima resbaló por mi mejilla, fue entonces cuando vi a Sara. Todavía no había entrado al café, estaba en la puerta, radiante, con su vestido rojo y su abrigo de pieles, el mismo que llevaba el primer día que la vi, y allí estaban ellos rodeándola, ella me miraba, fui a levantarme para ir en su ayuda pero sus ojos me dijeron que no me moviera, que siguiera tocando, y es lo que hice, seguí tocando con el corazón encogido mientras se la llevaban, del viejo piano salió una música bellísima cuyos acordes llenaron la estancia mientras en el exterior el odio y la sinrazón se llevaban al amor de mi vida.

Esa misma noche, mientras pensaba si suicidarme a orillas del Moldava, vinieron también a por mí. Vestían unos uniformes que en otras circunstancias hubieran provocado en mí más esperpento que miedo. Me acusaron de que mi música avivaba el nacionalismo checo. Como si la música pudiera ser nacionalista. Les dije. Me encarcelaron y me metieron en aquella maldita celda de aislamiento, donde la oscuridad, el silencio y las palizas estuvieron a punto de volverme loco; pero el recuerdo de Sara me protegía, acudía a ella para evadirme de mi realidad.

A veces me derrumbaba pensando que le estarían haciendo a ella y en lo felices que hubiéramos sido en América. Y así día tras día, paliza tras paliza, el tiempo pasaba en ese sucio lugar hasta que al fin me sacaron de la celda de aislamiento. Mi estado debía ser lamentable, no podía andar así que dos guardias me llevaron a rastras por el pasillo de las celdas en dirección al barracón donde se hacinaban los demás presos.

A mitad de camino pararon para beber agua y me dejaron tirado en el suelo al lado de la puerta de una celda, la puerta estaba abierta y había algo de luz, pude leer algo grabado en la pared “…y nuestras sombras se pasearán por Viena…” Sonreí, sin duda lo escribió tiempo atrás el preso más célebre de esa maldita prisión, Gavrilo Princip, un nacionalista serbo bosnio que asesinó al heredero del imperio austrohúngaro. Su acción fue el detonante de la primera guerra mundial y curiosamente de la caída del imperio austrohúngaro. Sólo pensé en no acabar como él. Cuando los guardias regresaron me llevaron a rastras al barracón donde estaban los demás presos. Me busqué un hueco donde poder echarme y me recosté. No conocía de nada al resto de presos, pero estaba feliz de oír las voces de otras personas y sobretodo de ver la luz del sol.

Y así siguieron pasando los días, nos mataban a trabajar y apenas nos daban de comer. Yo sentía como las fuerzas poco a poco me iban abandonando. Sabía que si no hacía nada al final de ese camino me esperaba la muerte. Y el frío, el maldito frío que atenazaba mis músculos y entraba por mis orejas pareciendo helar mi cerebro, seguramente él acabaría conmigo antes que el hambre. Así que poco a poco fue forjándose en mi mente la idea de escapar, para lo cual tuve que agudizar mis sentidos y ser más receptivo a la información que pudiera pasar por delante de mí, siendo consciente de que quizás en algún momento pudiera darse una circunstancia favorable para huir. Y así fue, la noche de año nuevo los guardias y los jefes prepararon una gran fiesta, incluso trajeron a sus mujeres. El alcohol corría a raudales y la música y los gritos que salían de la casa de los guardias me indicaban que ese era el momento de escapar, era mi oportunidad. Yo sabía cuál era el punto débil de la muralla exterior, tenía un rebaje al cual se podía llegar andando a través de una fina cornisa. Los guardias estaban borrachos y esa noche no hicieron la ronda lo que me permitió subir las escaleras de madera y saltar hasta la cornisa. Estaba llena de hielo, en un par de ocasiones estuve a punto de caerme abajo, si me caía más vale que me matara porque si me pillaban en un intento de fuga la caída desde la cornisa me iba a parecer una broma. Llegué hasta el final de la cornisa a duras penas, justo enfrente tenía el rebaje de la muralla y detrás la libertad. Pero todavía no escapé, me volví hacia el sitio en el que tanto había sufrido y las miré por una última vez, como queriendo memorizarlas para poder dar testimonio del horror, aquellas palabras sobre la puerta de entrada al patio “Arbeit Mach Frei”, “El trabajo os hará libres”, susurré mientras dejaba escapar una lágrima. Me giré hacia la muralla y no me lo pensé, salté y me dejé caer hasta el suelo unos tres metros. Ya estaba fuera. Pero aun no pensaba que era libre. Corrí y corrí, no hacia Praga ni hacia ningún pueblo, corrí hacia el bosque y de allí hacia el este. Así es como salvé la vida, así es como me salvé del horror.

Sara, mi amor, era judía, la mataron en el campo de concentración de Terezín el 23 de octubre de 1944, apenas a unos pocos kilómetros de donde a mí me tuvieron preso. La barbarie nazi me arrebató a la persona más extraordinaria que he conocido jamás, me arrebató una vida con ella en América, quién sabe lo felices que hubiéramos sido y las cosas que hubiéramos hecho juntos.

Todas las nochebuenas desde que acabó la guerra, sin importar en qué parte del mundo esté, viajo a Praga y voy a Terezín, y allí donde me imagino que sus ojos vieron el mundo por última vez dejo una flor carmesí, como el vestido que llevaba la noche que la vi por última vez en aquella Nochebuena de 1942, y recuerdo junto a ella aquella época de amor clandestino entre los cafés y las bellas calles de Praga, entre los acordes de músicas de otras épocas y el olor a canela de las calles, y le digo que la quiero, y que siempre estaré con ella, y me imagino saliendo de aquel café para evitar que la detuvieran, y ella me da un último beso que conservo en mi imaginación como un tesoro para siempre.

 

FIN

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