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Los caballeros de Phal (Parte V)
Fantasía |
19.05.17
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Sinopsis

Es una noche plácida la que cae sobre la región de Phal. Sin embargo, algo está a punto de quebrantar esa quietud. La mansión de lord Harold arde en llamas, y el fuego que la consume ha alarmado desde la lejanía a los habitantes de la Torre del Prefecto. Nigel Dormändur, capitán de su guardia, deberá acudir raudo junto a un puñado de sus hombres en ayuda del anciano lord. ¿Descubrirá entonces quién se encuentra detrás de los infortunios que asolan Phal? https://elfabricantedemundos.wordpress.com/2017/04/06/los-caballeros-de-phal-capitulo-5/ https://elfabricantedemundos.wordpress.com/

Un fuerte y sonoro golpe arrancó al capitán Nigel Dormändur de su sueño aquella misma noche. Se revolvió en el catre, desorientado, y se giró sobre sí mismo para contemplar la silueta difusa su mujer tumbada a su lado. La habitación estaba sumida por la penumbra, pero aun así pudo comprobar que ella dormía. Un segundo porrazo, seco e impetuoso, llegó hasta sus oídos antes de ser seguido de un tercero. Alguien estaba llamando a la puerta.

            Se desperezó, confundido, y sacó los pies fuera del lecho. ¿Qué hora sería? Miró por la rendija entreabierta de la ventana, y comprobó que el cielo estaba completamente oscuro en el exterior. Un cuarto reclamo, más fuerte que cualquiera de los demás, hizo gruñir a los goznes de la puerta. Se puso en pie, tapando de nuevo a su mujer bajo las sábanas al hacerlo, y salió de la habitación sin despertarla.

            Mientras cruzaba la sala escuchó el eco apagado de unas voces filtrarse a través de la puerta. Allí fuera había varias personas, o eso creyó al distinguir los tonos disonantes de su conversación. Dudó al llegar al rellano, y se giró para coger la espada que había dejado apoyada contra la pared. Con el cuero endurecido de su empuñadura firme entre sus dedos, descorrió el pestillo y tiró de él hacia sí.

            Un soplo del aire fresco de la noche se coló en el interior de la casa por aquel hueco, y azotó su rostro despejando cualquier rastro de adormecimiento. A través de la pequeña rendija abierta surgió el rostro ancho y severo de un hombre, rematado en una barbita pelirroja y puntiaguda. Nigel tuvo que levantar bastante la cabeza para mirar a los ojos de su visitante.

            -Bestia... –musitó al reconocer a su lugarteniente Harod Tresteferin en el umbral-. ¿Qué haces aquí?

            -Fuego, mi señor. Los guardias de la Torre lo han visto surgir hace tan sólo unos minutos desde su puesto.

            Nigel se frotó la cara, e hizo un esfuerzo por entender aquello que acababa de decir su lugarteniente.

            -¿Fuego? ¿Dónde?

            -No estamos seguros todavía, señor. Es un fuego lejano, pero creemos que se trata de la mansión de lord Harold. En cuestión de minutos las llamas se han elevado por varios metros en el cielo.

            El capitán parpadeó antes de sentir un vuelco en el centro de su pecho. ¿La mansión de lord Harold? Un pensamiento furtivo atacó su mente como un destello. Lord Harold sabía demasiadas cosas; y él era consciente de primera mano de ello.

            -Debemos avisar a los miembros de la guardia. A los que estén despiertos al menos        –dijo el capitán dando un paso al frente-.

            Entonces su lugarteniente se hizo a un lado, y detrás de él surgieron las figuras de al menos otra media docena de guardias. Al lado del colosal oficial, todos ellos parecían enjutos y demasiado escuchimizados. Sin embargo eran buenos hombres. Nigel los valoró, posando su vista sobre cada uno de ellos, y pensó que quizá con eso sería suficiente.

            -Bien. Esperad fuera –indicó-. Bestia, tú encárgate de ir al cuartel y buscar a algún soldado más. Formad en la plaza; yo me vestiré y me sumaré a vosotros en un par de minutos. Iremos a echar un vistazo a lo que sea que esté ocurriendo en la mansión de lord Harold.

            El lugarteniente asintió con su rostro fiero, y Nigel se apuró a regresar al interior de la casa cerrando la puerta tras de sí.

            De nuevo solo, tomo aire y lo soltó en un par de ocasiones. Lord Harold había estado reuniendo pesquisas acerca de los asesinatos que asolaban la región durante los últimos días. Él mismo se había encargado de llevar a uno de los cadáveres hasta su casa la noche anterior. Desconocía si esos hechos y lo que acababa de contarle su lugarteniente guardaban algún tipo de relación o simplemente se estaba aventurando en sus conjeturas, pero tenía claro que no se quedaría de brazos cruzados en el interior de la fortaleza sin comprobarlo.

            Asomó a la puerta de su habitación y contempló la silueta de su mujer. Había variado ligeramente su posición, pero continuaba durmiendo, ajena a lo que había pasado fuera. Dudó en despertarla, pero desistió en su idea. Al fin y al cabo, últimamente la había dejado sola y angustiada en más de una noche; no merecía la pena preocuparla en exceso.

Cogió sus prendas tiradas al pie de la cama, y salió de la habitación procurando hacer el menor ruido. Después se vistió en la cocina, al fragor de las brasas casi extintas de la chimenea, y se anudó su vieja capa al cuello. No había tenido tiempo a lavarla después de su furtiva incursión en el bosque de Comerint, y entre sus pliegues pudo apreciar al pútrido olor de la muerte. No le importó; ya tendría tiempo para encargarse de eso. Ajustó el cinto de su espada sobre sus caderas, y salió al exterior de la casa con paso decidido.

            En el centro de la plaza, Bestia había reunido a una decena de hombres uniformados con idénticas pecheras granates y armados con alabardas y espadas: una pequeña parte de la Guardia del Prefecto; aquellos que estaban disponibles a tal hora de la noche. El capitán caminó hasta donde daba órdenes su lugarteniente, y saludó a sus hombres.

            -Hay cerca de una hora de trayecto hasta la residencia de Lord Harold –señaló-. Que dos hombres se adelanten a caballo. El resto apuraremos el paso todo lo posible.

            -Sí, capitán –respondieron al unísono-.

            Entonces el grupo se dirigió hacia el portón principal de la fortaleza. Mientras caminaban entre las casas, Nigel pudo ver algunas sombras recortarse a través de varias ventanas, y los destellos oscilantes de las velas filtrarse entre sus contras. Los habitantes de la Torre del Prefecto empezaban a despertar, conscientes del alborozo y el movimiento que se respiraba en el exterior. Sería una noche larga y llena de incertidumbres para ellos. Al día siguiente, los corrillos y los rumores se extenderían por toda la fortaleza.

            El vigía de la puerta levantó la verja a su paso, informado de la situación, y la pequeña milicia salió de entre aquellos muros para enfrentarse a una larga caminata a campo abierto. Dos jinetes, tal y como Nigel había indicado, se adelantaron al frente de la comitiva, y pusieron rumbo a la mansión de lord Harold siguiendo el desdibujado camino que bajaba hacia el sur.

            Incluso desde las puertas de la fortaleza, Nigel pudo distinguir la enorme masa anaranjada que devoraba el horizonte lejano. Se trataba de un fuego inmenso, pensó. Entonces una punzada de miedo recorrió su espinazo.

            Se pusieron en marcha a un ritmo constante y acelerado, marcando bien los pasos en medio de una noche oscura y sin luna. Tardaron cerca de una hora en cubrir el trayecto, mientras en la lejanía veían ir creciendo el fuego. Cuando apenas los separaban quinientos metros de la mansión, todos pudieron distinguir las llamas rojas y vivas que ascendían por sus muros, y que en aquel momento comenzaba a devorar su torreón.

            Fuera del recinto varias siluetas se movían entre aspavientos, cargando cubos de agua desde los manantiales de los labrantíos, que resultaban insignificantes en medio de tan devastadora escena. El cierre de la finca también estaba en llamas, y formaba un cerco perfecto que mantenía a aquella gente alejada de su casa principal. Los dos hombres que había enviado a caballo se encontraban apostados junto al portón de acceso, y luchaba a la par de varios criados por sofocar el fuego que en aquel instante les impedía el paso.

            -Guardias –llamó-.  Buscad calderos, pedid a los campesinos que os den cualquier elemento útil que puedan tener en sus casas, tenemos que ayudar a sofocar el fuego que consume el perímetro. Bestia, encárgate de supervisar que así sea.

            El lugarteniente asintió, y se dirigió junto al resto de hombres hacia los pozos donde los campesinos recogían y carreteaban sus baldes con agua. Entonces Nigel se dirigió con paso decidido hacia la puerta, donde aguardaban sus otros soldados.

            -¿Qué es lo que ha ocurrido?

            El guardia que tenía más cerca se giró hacia él, sudoroso y con el rostro completamente extasiado. Parecía salido del mismísimo infierno.

            -Nadie sabe cómo ha sido –jadeó-. Pero cuando se dieron cuenta no había un solo sitio dentro del recinto que no fuese pasto fuego.

            -Ha sido cosa de demonios –exclamó una voz a su espalda. Nigel sintió una mano aferrar su brazo y tironear de él hacia atrás hasta voltearlo-.

            El criado calvo de lord Harold, el mismo que los había recibido la noche anterior en su casa, lo miraba con gesto pálido y las cejas completamente quemadas. En su mano llevaba un cubo de madera, vacío y tiznado al igual que su piel y sus ropas.

            -Tú... –musitó el capitán-. ¿Dónde está tu señor?

            -Lord Harold está dentro –sollozó el criado, llevándose una mano carbonizada a la   cara-. No pude hacer nada por sacarlo. Llevaba todo el día encerrado en su sótano, y cuando el fuego empezó continuaba allí abajo. Las llamas se extendían por las paredes, por los techos y por los suelos de la mansión, sin distinguir entre madera, metal o roca en su avance. Nunca antes había visto algo así.

            Nigel sintió un nudo aferrarse a su estómago al escuchar el relato del criado.

            -¿Hay alguien más dentro? –preguntó-.

            -No... no lo sé –musitó el hombre calvo, sin detener su sollozo-. Salimos corriendo a sacar agua de los pozos. Y entonces los muros de la finca y los árboles también prendieron fuego. Había gente dentro del perímetro. Escuchábamos sus gritos, pero no podíamos volver a entrar. Hace rato que nadie grita –entonces, el criado abrió sus ojos, como si se hubiese dado cuenta de algo, y volvió a romper a llorar entre fuertes sacudidas-. Oh, lord Harold. Tenéis que hacer algo, mi señor.

            -Cálmate. Para eso mismo estamos aquí –respondió el capitán, aunque en realidad sintió una oleada de frustración al contemplar el muro impertérrito de fuego que los separaba de la mansión-.

            En ese instante, Bestia apareció junto a tres de sus hombres, cargando todos ellos con sendos calderos de agua en sus brazos.

            -Hay que apagar el fuego del portón –indicó el capitán-. Queda gente dentro de la finca; debemos entrar y sacarlos.

            Entonces sujetó uno de los cubos que llevaba su lugarteniente, y él mismo se dirigió hacia la puerta y lo arrojó sobre sus tablones quemados. El agua resbaló por su superficie, cayendo hasta el suelo, pero el fuego apenas se estremeció bajo ella como si se tratase de una cosquilla y volvió a arder con fuerza sobre la puerta. Nigel meneó la cabeza.

            -Apagad el fuego en la puerta –ordenó a los hombres que se le habían ido sumando-. Hay que rescatar a la gente que haya quedado atrapada en el recinto. Bestia, tú ven conmigo. Por aquí.

            Y tras decir esto se lanzó con paso decidido hacia un lateral del perímetro, donde un puñado de rocas se apelotonaban unas sobre las otras como si se peleasen por ver cuál de ellas alcanzaba a subir más alto. Harod Tresteferin lo siguió detrás, sin terminar de comprender qué era lo pretendía su capitán con aquel movimiento. Sin embargo, al doblar la esquina lo vio.

            Escondido entre las rocas había un estrecho paso, y a su fondo una pequeña puerta. El capitán Dormändur se abalanzó sobre ella, cargando con su hombro, y de un tañido seco los goznes cedieron y su hueco quedó al descubierto. Sin tiempo a pensar en un plan mejor, se adentró en el largo pasadizo que custodiaba, y tras recorrer varios metros llegó hasta la cabaña de madera que se encontraba a su fondo.

Al entrar en su única estancia el calor vivo de las llamas rozó muy de cerca su piel. El fuego se había adueñado del techo y de una de sus paredes laterales, pero pudo distinguir un pequeño paso entre las llamas que cruzaba hasta el otro lado de la habitación.

            -¿A dónde vamos? –preguntó su lugarteniente, esquivando un madero candente que se desprendió del techo justo entre los dos soldados-.

            -A buscar al lord Harold –respondió Nigel-.

            Se abalanzó por aquel estrecho pasillo que habían dejado las llamas, y pudo percibir el olor de su propio pelo quemado invadir sus fosas nasales al hacerlo. En apenas un par de segundos alcanzó su objetivo, el pequeño hueco que se abría en la pared al fondo de la cabaña. Allí, el fuego había pasado de largo tiempo atrás, dejando vigas y tablones tiznados. Miró el hueco de las escaleras, a sus pies, y su pecho respiró aliviado al ver que éstas se mantenían intactas. Entonces algo golpeó su cuerpo de un fuerte empellón, y Bestia apareció a su lado con la capa en llamas y haciendo aspavientos para sofocar su fuego.

            Le ayudó apagarla, y después señaló aquellas mismas escaleras a su lugarteniente. Los dos soldados desenvainaron sus armas, y bajaron por sus gastados escalones. Un puñado disperso de velas iluminaba el sótano a sus pies. Todo allí estaba intacto, idéntico a la última vez que el capitán lo había visitado. No fue hasta transcurridos unos segundos cuando percibió las ausencias.

            El criado de lord Harold había dicho que su señor llevaba todo el día allí encerrado, recordó. Seguramente analizando el cadáver que él mismo le había llevado. Sin embargo, sobre la mesa que ocupaba el centro de la estancia no había cadáver alguno, y tampoco había rastro de lord Harold. Se adentró en el sótano con pasos titubeantes, y paseó su mirada por las paredes enmohecidas, como si en ellas buscase alguna pista del paradero del lord. Entonces Bestia lo llamó, a su espalda.

            -Capitán. Deberíais ver esto.

            Nigel se giró y vio a su lugarteniente agachado en el hueco que quedaba libre debajo de la escalera. A su lado había alguien más. Una figura inerte, apoyada de un modo extraño contra la pared del fondo. El cuerpo sin vida de lord Harold.

            El capitán ahogó una exclamación en su garganta, y caminó con pasos apurados hasta el lugar donde estaba su subordinado. Cuando se inclinó sobre el cuerpo del lord sus temores quedaron confirmados. Una fina línea escarlata sesgaba el cuello del anciano, y separaba su carne en dos inapreciables labios. No había más sangre que esa alrededor de la herida.

            -¿Quién ha hecho esto? –preguntó Bestia, atusándose la picuda barba-. ¿Qué corta la carne y no deja huella?

            El capitán meneó la cabeza a ambos lados antes de dirigir una mirada desconfiada al resto del sótano. Fuera lo que fuese lo que había matado a lord Harold, estaba seguro que no era humano. Y eso lo aterraba.

            -Creo que esta muerte está ligada a los de asesinatos de los últimos días, Bestia              –confesó-.

            -Entonces, ¿qué hacemos con el cuerpo?

            Justo en ese instante algo retumbó sobre sus cabezas, como un estallido, y el techo que tenían encima se hundió en su centro.

            -¡Maldición! Esto se está derrumbando –bramó el lugarteniente-. Hay que salir de aquí.

            Nigel echó un vistazo rápido hacia el cadáver de lord Harold, como meditando qué debían hacer con él, pero asintió ante la petición de su oficial y se dirigió junto a él hacia las escaleras. Nada podían hacer por el anciano lord ya. Habían llegado demasiado tarde para eso. Ahora, el fuego ocultaría con su paso la verdadera causa de su muerte. Nigel vaciló, quizá aquello les resultase ventajoso a fin de cuentas.

            Estaba poniendo el pie sobre el segundo de los peldaños de la escalera cuando de pronto el azar hizo que reparase en un papel arrugado que sobresalía del puño cerrado de lord Harold. Se frenó en seco, e instintivamente deshizo su camino para agacharse una vez más junto a su cadáver.

            -¿Qué hacéis? –gritó Bestia, justo por encima de él-. Nos quedaremos aquí abajo atrapados si no salimos ahora mismo.

            Nigel sintió una oleada de nerviosismo recorrer sus miembros cuando las yemas de sus dedos rozaron el pergamino que lord Harold sostenía en su mano. Por supuesto, desconocía cuál era su contenido, pero un fugaz y repentino pálpito hacía latir su corazón desbocado.

            Desplegó el papel, alisando sus arrugas, y leyó la única palabra que tenía escrita en su centro:

 

                                                          VARSEL

 

            Por un momento, su cuerpo quedó paralizado.

 

CONTINUARÁ...

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