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13 min
Los cazadores
Suspense |
10.07.21
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Sinopsis

Este es mi particular homenaje a Jorge Luís Borges, en mi opinión el mejor escritor (junto a Cortázar) de cuentos fantásticos. Este breve cuento lo escribí inspirado por el relato "Tigres azules" del argentino. No sé si a él le habría gustado, pero desde donde quiera que esté, confío en que al menos no me lo repruebe.

LOS CAZADORES

           Quienes los conocieron más a fondo coinciden en que la rivalidad entre Carlos Arizmendi y Diego Zarrabeitia surgió casi desde el mismo instante en que sus caminos se cruzaron por primera vez, allá por el año 1912, cuando ambos iniciaban su periplo universitario en Oxford. El hecho de ser los únicos españoles de aquella promoción, su compartida ascendencia vasca y la respectiva pertenencia a dos de las más aristocráticas familias del país les sirvió en un principio como nexo de unión, acentuado más adelante por unos gustos y aficiones comunes, en especial su pasión por la caza mayor, heredada de sus ancestros. Esta comunión, sin embargo, fue la que, además de amigos, los convirtió, paradójicamente, en rivales, pues no en vano cada uno de ellos se propuso desde un principio despuntar sobre el otro en todos los escenarios posibles, ya fuera el académico, el deportivo o cualquier otro en el que sus vidas pudiesen confluir.

           Una vez terminada su andadura en la universidad y pese a tomar cada uno el rumbo que marcaban sus privativos negocios familiares, continuaron siendo bastante asiduos, gracias sobre todo a esa compartida pasión cinegética, la más pujante ligazón entre ellos. La caza fue de hecho el campo donde la rivalidad entre Arizmendi y Zarrabeitia se hizo más palmaria. Cada uno de ellos quería destacar sobre el otro, cobrar los trofeos más codiciados, demostrar mayor valentía, hacer patente una manifiesta superioridad en lo que a abatir presas concernía. 

           La historia que aquí se narra, de la que no son pocos quienes niegan su veracidad, acaeció una tarde de verano en que Carlos había invitado a Diego a tomar el té en su palacete de Busturia. La causa primera y última de aquella invitación no era otra que la de mostrar a su amigo y émulo el último trofeo conseguido. Tomaron el té en un salón cuyas paredes, como no podía ser de otro modo, se encontraban tapizadas con diversos ornamentos venatorios: cabezas disecadas de turbadoras fieras, fabulosas osamentas, pieles de diferentes capturas, escudos tribales… La muerte estaba presente en cada rincón de aquella estancia, una turbadora presencia capaz de inocular las más espantosas pesadillas. En la chimenea ardía un fuego que arrojaba sombras irregulares sobre esas mismas paredes, sombras que acrecentaban aún más la tenebrosidad de aquel espeluznante museo.

           — ¡Excelente aroma, Carlos! –encomió Zarrabeitia tras dejar que su olfato se anegara del fragante vapor procedente de la pequeña taza que sostenía en su mano derecha.

           —Té blanco de Fujian –proclamó orgulloso el anfitrión, ancorado sobre un amplio sillón con orejeras–. Uno de los mejores del mundo, según dicen.

           Zarrabeitia asintió con la cabeza y llevó la porcelana a sus labios para dar un ligero sorbo. Hubo de admitir que el sabor no desmerecía en absoluto al aroma. Un té magnífico, sin duda alguna. De todas formas, degustar una infusión, por exquisita que fuese, no era ni mucho menos la razón que motivaba su presencia en aquella casa, de manera que, alejándose de los protocolos, decidió abordar el tema de un modo directo:

           —¿Y bien? ¿Conseguiste capturarlo?

          Carlos Arizmendi dejó sonar una risa de falsete, derramada desde sus labios como burbujas de champán.

           —No te habría invitado en caso contrario, ¿no crees? –dijo tras el jocoso estallido.

           Su huésped le observaba con una sonrisa complaciente, una sonrisa que desentonaba en parte con el brillo malicioso que despedían sus ojos garzos.

           —Supongo que no. Aun así, ardo en deseos de escuchar ese “sí” salir de tu boca.

           —Mi querido Diego, no seas cínico, de lo que ardes en deseos es de escuchar un “no” salir de mi boca. La posibilidad de que haya fracasado es la esperanza a que se aferra tu ego.

           Hablaba Arizmendi sin dejar de sonreír, dando a sus palabras un tono ampuloso con el que pretendía realzar la situación preeminente que en esos momentos ostentaba sobre su rival. Zarrabeitia extendió las palmas de sus manos hacia arriba en un gesto que indicaba aquiescencia.

           —¿Lo capturaste entonces? –volvió a preguntar.

           —Sí, lo hice… Aunque imagino que, como Santo Tomás, no me creerás hasta que tus ojos den testimonio de ello, y eso que sabes perfectamente, o deberías saberlo, que mentir en este tipo de cuestiones atenta contra el honor. 

           Diego asintió de manera repetida con la cabeza. Sus ojos seguían brillando como dos ascuas de fuego azul.

           —Confieso que cuando decidiste emprender esta aventura por el delta del Ganges, pensé que lo tuyo era un despropósito, una idea descabellada y absurda a más no poder. Admito que nunca di crédito a las habladurías sobre la existencia del animal que tanto te obsesionaba y al que te proponías dar caza, pese a los testimonios que referían haberlo visto en diferentes partes del globo. Siempre consideré tales testimonios como consejas propias de mentes fantasiosas, delirantes aberraciones que no hacían más que dar peso a una leyenda jamás confirmada. Y, sin embargo, ahora tú afirmas haber tenido éxito y capturado un ejemplar. Es natural que desee verlo con mis propios ojos para poder creerlo.

           Arizmendi se incorporó de su asiento e instó a Diego pare que le siguiese. Atravesaron varios corredores y salas hasta desembocar en una antecámara donde refulgían varios vitrales con coloridos losanges. El anfitrión se detuvo frente a una de las puertas de aquella estancia y, por debajo de sus tupidas cejas negras, miró con solemnidad a su amigo. Durante algunos segundos la atmósfera pareció llenarse de concentrada reflexión.

           —Ahora te lo mostraré –dijo finalmente, rompiendo así el sortilegio.

           Del bolsillo de su chaqueta extrajo una llave con la que abrió la puerta. Al otro lado estaba oscuro, sin que la luz procedente de la antecámara alcanzase a iluminar más allá de un sardinel que sugería el inicio de una escalera descendente. Arizmendi encendió una lámpara de gas que acababa de tomar de una ménsula adosada a la pared. Con un gesto del rostro indicó a su compañero que lo siguiese, iniciando ambos el descenso a lo largo de pétreos peldaños. Flanqueada por paredes de cal desnuda, la escalera se retorcía y formaba pronunciados meandros. Los dos hombres avanzaban en silencio, un silencio que parecía poblado de malos presagios. Al cabo de un tiempo, que a Zarrabeitia se le antojó integrado por siglos, desembocaron en una cámara donde imperaban las penumbras. Hacía un frío gélido que se clavaba en los huesos. La oscuridad y el frío indicaban que no debía haber ventanas por donde penetrase la luz solar, y si las había, estarían a buen seguro clausuradas. 

           Arizmendi activó un interruptor que de modo automático hizo prender una serie de pebeteros estratégicamente colocados. Solitaria, espléndida, sumergida en el silencio, la habitación emergió ante ellos. Era una sala grande y desnuda, desprovista de toda clase de mobiliario y decoración, salvo la alfombra que cubría el pavimento y, sobre todo, la majestuosa figura que, a unos pasos de distancia, ocupaba el centro geométrico de la pieza y que desde las tinieblas había surgido como un visitante de ultratumba. Se trataba de un ejemplar de tigre de Bengala ciertamente magnífico, un macho que debía superar, sin duda, los tres metros de longitud, incluida la cola. Su cabeza redonda y proporcionada parecía estirarse amenazadora, como si el animal todavía estuviese vivo, al acecho de alguna presa inerme. El semblante era, desde luego, feroz, con una boca voluptuosa que, entreabierta, dejaba asomar unos colmillos largos y afilados como sables; torvos asimismo los ojos, oblicuos, brillantes como el iridio, unos ojos que parecían hacer juego a las rayas que, justamente en posición oblicua, partían desde el dorso. No cabía duda de que el taxidermista había hecho un trabajo brillante.

           Sin embargo, no fue esta imponente estampa lo que provocó el asombro de Zarrabeitia e hizo que, activados por un invisible resorte, boca y ojos se le abrieran de forma mecánica, dando a su semblante una expresión estólida. Era el color de la piel del tigre, de un azul índigo, un azul tan penetrante que llegaba a hipnotizar, un azul al que las rayas blancas que lo surcaban conferían un aspecto aún más fantástico, propio de un delirante poema. Existía entonces, se dijo; el tigre azul era un ser de carne y hueso, no el producto de una encendida imaginación popular. ¡Existía y Arizmendi lo había capturado! Zarrabeitia era incapaz de articular palabra, la úvula parecía habérsele cerrado a modo de barrote, impidiendo el paso a cualquier sonido coherente. Se limitó a seguir a su anfitrión, que ya avanzaba a lo largo de la sala hacia el asombroso felino. La mullida alfombra apagaba el rumor de los pasos. Cuando llegaron a la altura de la fiera embalsamada, Arizmendi pasó una mano sobre la piel azul del animal, invitando a Diego a hacer lo mismo. El tacto era suave.

           —¿Y bien? –inquirió Arizmendi– ¿Qué me dices ahora?

           —Solo puedo darte la enhorabuena –consiguió proferir Zarrabeitia, esforzándose por superar el marasmo que comprimía su garganta–. Aunque no miento si digo que me corroe la envidia.

           —Lo sé, amigo mío. Supongo que a mí me sucedería lo mismo en tu lugar…

           —Es realmente espléndido, una maravilla de la naturaleza. ¡El tigre azul!

           Zarrabeitia se movía en torno a la bestia, acariciaba su pelaje azul, pasaba con admiración, casi con fervor religioso, sus dedos sobre las garras grandes y filosas. En un momento dado, se agachó para mirar con detenimiento los refulgentes ojos almendrados. Una pequeña rugosidad se apreciaba entre ellos. Al tacto supo que era el lugar por donde había penetrado la bala. Tuvo que admitir que no se notaba nada, el taxidermista lo había sabido ocultar perfectamente, lo que de nuevo le llevó a ponderar el extraordinario trabajo llevado a cabo sobre aquel cuerpo ahora exánime, una auténtica obra de arte.

           Al incorporarse de nuevo, los ojos de Zarrabeitia se toparon con el rifle que colgaba en una de las paredes de piedra. Hipnotizado por la presencia de la fiera, no se había percatado de aquella otra hasta justo ese instante.

           —¿Ese es…? –comenzó a preguntar señalando hacia el arma.

           Su anfitrión, sin embargo, no le permitió cerrar el interrogante, interrumpiéndole para explicar que, en efecto, aquel era el Winchester con el que había abatido la pieza.     

           Diego Zarrabeitia encaminó sus pasos hasta la pared para contemplar más de cerca aquel deletéreo objeto que, de la noche a la mañana, había pasado a formar parte de la historia de la caza mayor. Desplazó sus dedos a lo largo de toda su superficie metálica, casi con la misma reverencia a como lo había hecho poco antes con el animal abatido, consciente de la mágica potestad que emanaba de aquella arma, de cuyas férreas entrañas fuera vomitado el plomo que puso fin al primer, y quizá único, tigre azul capturado por el hombre. El silencio volvía a ser brutal, un silencio respetuoso que, sin embargo, parecía encerrar también un presentimiento aciago, un mal agüero que Diego no era capaz de definir pero que, sin duda, se espesaba en torno suyo como si fuese un muro.

           —Debo admitirlo, Carlos, me has vencido –fueron las palabras que utilizó para romper aquel pesado mutismo, unas palabras que, además de reconocimiento, encerraban una fuerte carga de frustración personal–. Has cobrado una pieza que ningún otro, ni siquiera yo, podrá jamás conseguir. Tu colección está ahora completa. Tienes todos los trofeos posibles, incluido el tigre azul, un ejemplar único en todo el mundo. Enhorabuena.

           —Acepto y agradezco tu felicitación, viejo amigo…. Pero te equivocas en una cosa, mi colección aún no está completa.

           Diego le lanzó una mirada henchida de suspicacia. Se negaba a creer que Arizmendi, luego de haberle restregado su superioridad como cazador al hacer gala de un éxito inverosímil, todavía guardase otro as en la manga. ¿Qué nuevo propósito podía tener en mente: capturar un elefante amarillo, un león de dos cabezas, un unicornio, un animal ya extinguido, quizá un dinosaurio? La posibilidad de que una nueva pieza insólita aguardase al rival provocó un hormigueo en su estómago, una poderosa sensación de angustia que derivaba de un reconcomio insufrible.

           —¿Cómo que no lo está? ¿Qué le falta entonces para estar completa? ¿Qué nuevo…?

           Diego cortó su reata de preguntas al ver cómo su contrincante despegaba el Winchester de la pared y accionaba la palanca del cerrojo para cargarlo. El sonido taladró el aire como un desgarro de cortinas invisibles. Segundos después veía cómo Arizmendi se acomodaba el rifle al hombro para apuntar directamente sobre su cabeza. No le dio tiempo a decir nada. La bala surgió como un relámpago de plomo y ultimó sin más a Diego Zarrabeitia.

           —Ahora sí que puedo decir que mi colección está completa –dijo Carlos Arizmendi antes de volverse para colocar de nuevo el arma sobre su soporte en la pared; el eco del disparo aún resonaba dentro de su cabeza–. Tú, Diego, eres el último y el más importante de mis trofeos.

 

           Ignoro si este relato que acabo de narrar, con menos pericia de la que habría deseado, será o no cierto. Posiblemente sea apócrifo, producto de alguna imaginación inventiva que lo concibiera en origen y que luego, cada vez más distorsionado, se fuera transmitiendo de boca en boca. Hay hasta quien afirma que la cabeza disecada de Diego Zarrabeitia cuelga todavía en alguna estancia oculta de la vieja mansión de Busturia, la cual, por cierto, se halla hoy en día enteramente abandonada, con el jardín sin cuidar, comido por la broza, y las persianas cerradas en su totalidad, lo que confiere al antiguo palacete un aire esquivo, casi fantasmal, una melancolía de convento. Difícil en todo caso separar la paja del grano, esto es, la verdad de la leyenda. Debo confesar que a mí la historia me llegó a través de un viejo conocido, que a su vez refirió haberla oído de boca de un colega porteño a quien, al parecer, se la había contado un escritor ciego paisano suyo en una noche de parranda. A saber cuánto hay de verdad en todo ello.

 

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  • Oh sí , a Borges le hubiese gustado ! Pienso que quizás te retaría a seguir inspirado en sus historias , quizás también con una sonrisa cínica te hubiese invitado a salir de caza! Enhorabuena , maravillosa narrativa , te define . Un fuerte abrazo Mario.
    Espléndida narrativa, que cuidas con calidad en deferencia a Jorge Luis Borges, influenciado por la fantasía de sus cuentos, mérito al personalizarlo, en ese escenario espeluznante que detallas a la perfección y traspasas los horrores del desenlace final. Excelente Mario. Un saludo afectuoso.
    Un relato magnífico, que tú lo has narrado de mravilla, y que yo creo que es una leyenda. Hay varios relatos de ese estilo que circulan a través del tiempo. En esta misma página yo tengo un relato de terror llamado LA APUESTA, que me lo contaron cuando era pequeño, pero que luego esta misma historia la vi en una película ambientada en el salvaje Oeste americano. Estas leyendas parece que vuelan de un lugar a otro pero enmarcadas en la cultura de un pueblo. Ya me imaginé el final de este relato de los cazadores. Sí Borges era muy bueno y Cortazar también.
    Excelente! excelente!! , no alcanzan en la plataforma de tusrelatos para agregar estrellas. Borges seguro, leería el cuento y evocaría, no las piedras azules, sino la última estrofa de su poema, "El oro de los tigres" : Oh, ponientes, oh tigres, oh, fulgores del mito y de la épica. Oh, un oro más precioso, tus cabellos que ansían estas manos". Y sobre las leyendas, esas siempre traerán fulgores reales e imaginarios, dicen que de tanto contarlas, se hacen verdad y por ser ciertas, se vuelven leyendas....Es significativo, dejar la interrogante, se hace fantasiosamente interesante. Mis respetos y admiración estimado Mario.
    Una macabra historia, digna de Borges, ya te lo digo yo, Mario. Espero que Carlos esté dentro del palacete, donde haya quedado atrapado por su propio egocentrismo y competitividad, como una fiera más del tétrico museo. Un beso impresionado!
  • Sueño y realidad pueden llegar a acoplarse de tal modo que resulte ciertamente difícil desligarlos

    Hoy alguien me hizo recordar este poema que escribí hace ya años. Así que lo extraigo de la arqueta del olvido donde se hallaba y lo comparto con todos vosotros

    Un neurólogo conocido mío me habló en cierta ocasión de una extraña patología que se conoce como "síndrome de la parálisis del sueño". Sus palabras me causaron un profundo sobrecogimiento e inspiraron este angustioso relato que espero resulte de vuestro agrado.

    ¿Y si aquello no hubiese sucedido tal y como nos lo contaron?

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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