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11 min
Los Cuentos de Alicia
Suspense |
01.05.14
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Sinopsis

Entre los confines del "Érase una vez..." hasta el "...Y colorín colorado..." existe un Universo paralelo, una fascinante realidad alternativa. En ella vive todo un mundo de personajes y escenas inolvidables, creado por la fértil imaginación de un escritor y alimentado por la fantasía de millones de lectores...

 

La pequeña Alicia caminaba a paso vivo por el bosque haciendo ondear sus rubias trenzas y canturreando una alegre tonada. Su vestido con capucha, encarnado, y las botas del mismo color, contrastaban vivamente con la palidez de su rostro donde unos inquietos ojos azules no perdían detalle de cuanto sucedía a su alrededor.
Llegó al claro que se abría entre los robles y se detuvo a orillas de la Charca Grande. Un millar de ranas atronaban con su incesante croar. Alicia pensó que sería una tarea difícil encontrar el príncipe azul entre todas ellas.
Con ademán resuelto, la niña se introdujo en el estanque hasta que el agua cubrió el pie de sus botas de caña. El coro de ranas enmudeció. Alicia se agachó y extendió los brazos. Una rana verde de respetables dimensiones saltó al hueco de sus manos. Con los ojos brillantes de dicha, la chiquilla se levantó lentamente, flexionó los brazos y con suprema ternura y delicadeza acercó sus labios a la cabeza del anfibio.
Unos minutos más tarde, Alicia reemprendió su paseo por el bosque. Una amplia sonrisa animaba su rostro, ahora menos pálido que antes. A sus espaldas, el coro de ranas reanudó su desafinado concierto. Había una voz de menos, pero nadie la echó en falta.
Alicia comenzó a silbar de nuevo mientras saltaba, ora sobre un pie, ora sobre el otro. Cada vez estaba más contenta. El cuento había comenzado realmente bien.
Ascendió por un accidentado y casi invisible sendero que discurría entre helechos gigantes, y se sentó a descansar a la sombra del gran pino piñonero que crecía en lo alto de la pequeña colina.
Un maullido lastimero descendió hasta ella. Alicia se levantó como un resorte y descubrió el gato encaramado al árbol. Se trataba de un magnífico ejemplar leonado calzado de negro en las cuatro robustas patas.

- Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí – exclamó Alicia, palmoteando alborozada – y dime, lindo gatito, ¿dónde has dejado a tu marqués de Carabás?.

Pero el felino no tenía muchas ganas de conversación. Se limitó a maullar de nuevo, mientras miraba a la niña con ojos suplicantes reclamando su ayuda.
Alicia no se hizo de rogar. Trepó al pino y acarició al asustado animal al tiempo que le susurraba palabras amables y cariñosas. El hermoso ejemplar gatuno comenzó a ronronear y a restregarse contra el brazo de la niña.
Dejó el gato a los pies del árbol y comenzó a descender hacia el riachuelo que cruzaba el bosque. Alicia se sentía cada vez mejor. Una renovada vitalidad, como savia de primavera, animaba todo su cuerpo. Sus movimientos se volvían, por momentos, más ágiles y vigorosos, su mente más despierta y más lúcidos sus pensamientos.
Tal y como esperaba, encontró al patito nadando en un remanso del arroyo. Lucía un desastrado plumaje del color del oro sucio y en su cabeza las huellas de varios picotazos recientes. A Alicia le pareció el pato menos agraciado que hubiera visto nunca. Claro, no podía ser de otra manera. Los cuentos son sagrados e inmutables, no van a cambiar del día a la noche.
La niña comenzó a cruzar el regato. El pato, lejos de huir, la esperó, confiado, mientras ahuecaba las plumas y ejecutaba un gracioso baile sobre el agua acompañado de alegres graznidos.

- Pobre, mi pobre patito, pero mira lo que te han hecho los malvados de tus hermanos. – exclamó Alicia, mientras deslizaba sus dedos con exquisita suavidad, arriba y abajo, por el chorreante plumaje.- Menos mal que estoy yo aquí para ayudarte. No temas, mi adorable amiguito,  ahora todo irá bien.

El conejo fue el último en aparecer. Surgió de improviso en un recodo del camino y enseguida se perdió en la curva siguiente.  Bueno, pensó Alicia, apurando el paso para mantener el ritmo del animal, este cuento se está volviendo de lo más lógico y previsible. Pero la historia no estaba resultando aburrida, qué va, en absoluto. De hecho, se estaba divirtiendo una barbaridad.
No parecía la misma niña que hacía cosa de unas dos horas había salido de su casa para realizar el habitual paseo vespertino por el bosque de los alrededores. Entonces, su semblante mustio competía en palidez con la Luna llena de mayo y sus ojos celestes parecían apagados, como velados por una cortina de bruma. Ahora, en cambio, Alicia perseguía al níveo y orejudo pariente de Bugss Bunny, con las mejillas arreboladas, la melena trigueña flotando al viento, fulgurantes los dos luceros azules en su rostro radiante y el flamante vestido encarnado echado a perder.
El conejo blanco desapareció en el interior de un tronco hueco de castaño del tamaño de un kiosco de prensa. Desde un buen rato antes, Alicia hubiera jurado que su alocado e impaciente guía iba a hacer precisamente eso. Sin dudarlo un momento, se introdujo en el árbol.

Los primeros rayos del sol encontraron a Alicia profundamente dormida, rotundamente satisfecha, absolutamente feliz. Aquella había sido una noche memorable, deliciosamente inolvidable.

Y no muy lejos de allí, en el viejo bosque de robles y castaños centenarios, los árboles y los animales se despertaban y saludaban al nuevo día. En el borde de La Gran Charca hay una enorme rana verde que ya nunca podrá convertirse en un apuesto príncipe. Al pie del frondoso pino piñonero hay un hermoso gato leonado, calzado con botines negros, que jamás será entregado como herencia ni ayudará a ningún amo, sea conde, duque o marqués. Debajo del puente de madera que cruza el riachuelo hay un pato que ya nunca conocerá que, en realidad, era un hermoso cisne. Y en el interior de un tronco hueco de castaño, grueso como un kiosco de prensa, hay un conejo blanco que jamás volverá a ejercer de guía en los sueños de ninguna niña.
Los cuatro animales yacen inmóviles y aletargados, sumidos en el más fantástico, profundo y plácido de los sueños. Y cuando algún lugareño o, tal vez, un ocasional forastero que acertara a pasar por allí se topara con ellos, creyéndolos muertos se sorprendería sobremanera al notar sus cuerpos tibios y palpitantes y escuchar su respiración, espaciada pero regular. Y si la instintiva aversión fuera derrotada por la natural curiosidad, el hipotético caminante ahogaría una exclamación de asombro y se preguntaría durante mucho tiempo por el origen de los misteriosos y diminutos orificios, aureolados por una fina costra rojiza, que los cuatro durmientes presentaban, sin excepción, a la altura de la garganta.
En su angosto habitáculo de madera, completamente a oscuras, la pequeña Alicia continúa durmiendo. A través de sus finos labios entreabiertos asoman los cortos y afilados dientes.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

La pequeña Alicia cerró el cuaderno escolar y desde lo alto de la tarima de la clase de cuarto de primaria se recreó, orgullosa y satisfecha, viendo el impacto causado en su estupefacto auditorio. La treintena de alumnos de 9 años permanecieron quietos y callados en sus pupitres, boquiabiertos y con los ojos como platos. Se oyeron algunos murmullos, algunos mostraban una expresión consternada, al borde de las lágrimas, se miraban entre sí y miraban a la maestra, profundamente desconcertados y, sobre todo, miraban a la pequeña Alicia como si fuera un marciano o un fantasma que hubiera aparecido de repente allí sobre el estrado, al lado de la vieja maestra.
Y el apergaminado rostro de la veterana docente, de nombre Isabel, también conocida como Doña Urraca, fue cambiando de color a medida que Alicia leía su inspirado relato. Oscilando entre la sorpresa, la incredulidad y la franca indignación, su cara de rasgos afilados transitó por toda la gama del arcoíris y, finalmente, el ceño torvo y sombrío descargó la anunciada tormenta.
Aun faltando unos minutos para la salida dio por terminada la clase, despidió a los atribulados escolares sin demasiadas ceremonias y le ordenó a Alicia que se quedara, que tenía que hablar muy seriamente con ella. A continuación se ausentó brevemente para ir al baño. Los nervios siempre le agarrotaban la vejiga.
Al regresar, le preguntó a la niña cómo se le ocurría escribir semejante cuento y qué de donde sacaba tales ideas. Alicia, sin inmutarse, le contestó con toda la naturalidad del mundo, alegando que se había limitado a cumplir  las indicaciones de la señora maestra. A saber, una historia original, basado en los cuentos clásicos inmortales y protagonizada por ella misma. Antes de que doña Urraca le replicara con otro indignado graznido, la niña le aseguró que había sido la más gratificante y placentera tarea que nunca hubiera realizado. Por lo demás había resultado un trabajo de lo más sencillo, continuó explicando Alicia, pues siempre le había apasionado leer a Andersen, los hermanos Grim, Perrault, y, por encima de todos, Lewis Carroll. Se sabía sus historias de memoria, y ésta en concreto ni siquiera había tenido que inventársela, se había limitado a trascribir fielmente los singulares acontecimientos que le había tocado vivir durante la ajetreada madrugada del pasado sábado.
  
- Pero, niña, ¿Qué estás diciendo? – La maestra se levantó con el rostro congestionado – Mira, Alicia, que una cosa es inventar historias y otra muy distinta pretender burlarte de mí.- Doña Urraca la apuñaló con el dedo y la mirada – venga, déjate de tonterías. ¿Acaso quieres hacerme creer que los disparates que nos has contado sucedieron de verdad?

Alicia no respondió. Se limitó a mirar fijamente a la maestra. Sus ojos azules destellaron maliciosos.

- ¿ Y ahora qué te pasa- la maestra comenzaba a perder la paciencia -  ¿Te has quedado muda? Te acabo de hacer una pregunta y exijo una respuesta.

Redoblando la intensidad de su inquietante mirada, Alicia se aproximó a la maestra y le regaló la más espléndida de sus sonrisas.
Doña Urraca ahogó un grito mientras componía una mueca de espanto que acentuó la notable fealdad de su rostro. Antes de desmayarse, su cerebro registró fielmente la imagen de una boca infantil con dientes pequeños y puntiagudos escoltados por dos poderosos colmillos.

Al día siguiente, en una luminosa mañana de sábado, la pequeña Alicia permanecía recluida en su habitación cumpliendo el severo castigo impuesto por su madre a instancias del director del colegio.
Sobre la mesita de noche reposaba la dentadura de vampiro comprada en los Chinos de la esquina. Mientras la miraba con divertida melancolía, la niña se dijo que la mayoría de los adultos no sólo no tenían ni pizca de imaginación sino que además carecían del más elemental sentido del humor.
La pequeña Alicia suspiró resignada, se levantó y miró a través de la ventana. Compuso un gesto de fastidio. Si al menos estuviera lloviendo, no lamentaría tanto el forzado encierro. La ciudad la deprimía. Hoy más que nunca aborrecía aquella cárcel de cristal y cemento.
Soñadora, contempló las montañas y el bosque a lo lejos, más allá del enjambre de edificios. Las personas mayores podían decir lo que quisieran, tristes prisioneros en su mundo aburrido y gris. Alicia estaba firmemente convencida de que allí en el centenario bosque de robles y castaños había una rana, un gato, un pato y un conejo, nacidos en las páginas de un libro,  y sólo serían capaces de verlos aquellos que creían en la magia de los cuentos.

 

                                                               FIN

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  • Tremendo relato. Muy muy bueno
    Estupendo relato. ¡Qué manera de reescribir los cuentos clásicos! Lo de la dentadura postiza de los chinos ha sido un golpe genial.
    Dos cuentos en un relato, el de Alicia una mezcla de varios clásicos, y el relato en sí que es una gozada, con una fantástica Alicia que desborda imaginación. Un abrazo
    El primer cuento o la primera parte me ha gustado, aunque destroces el sueño de muchos pequeños héroes, pero literariamente, Chapeaux. Más bien podría llamarse no Alicia, sino Atila la vampirita. La segunda parte ya es arina de otro costal, donde la magia y la fantasía, sin faltar un correspondiente ápice de malicia, vuelven a triunfar gracias a las artimañas de nuestra Alicia. Sí, un triunfo, también literario. No sólo commocionas, sino que también sorprendes al lector.
    El primer cuento o la primera parte me ha gustado, aunque destroces el sueño de muchos pequeños héroes, pero literariamente, Chapeaux. Más bien podría llamarse no Alicia, sino Atila la vampirita. La segunda parte ya es arina de otro costal, donde la magia y la fantasía, sin faltar un correspondiente ápice de malicia, vuelven a triunfar sgracias a las arimañas de nuestra Alicia. Sí, un triunfo, también literario. No sólo commocionas, sino que también sorprendes al lector.
    Impresionante, no he podido parar de leer y a cada momento iba cambiando de opinión sobre la naturaleza de la pequeña Alicia. Una historia muy original que me recuerda a "Origen" por las subtramas que tiene y es un homenaje excelente a los cuentos clásicos. Un saludo!
    Me gustó, Me gustó, Me gustó, excelente, doña urraca se llevó el susto de su vida ante la sencillez de Alicia, sigue así
    Buena revision del clasico, pobre doña Urraca
    esta Alicia gusta mas que la Carroll menudo elemento
    Maravilloso. Muy ingenioso este relato, especie de versión oscura de historias para niños, como una contracara de los cuentos de hadas. Hay una desconcertante mezcla de inocencia y de algo extraño, turbio. Bonita experiencia la de leer este relato. Saludos!
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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