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13 min
LOS DOS LADOS DEL MISMO PLACER
Amor |
11.10.17
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Sinopsis

LOS DOS LADOS DEL MISMO PLACER

 

 Para ser sincero y justo, debo registrar que solamente la primera parte de este cuento me pertenece. La segunda, es el relato de una lectora. Apenas me animé a hacerle algunos retoques y dejar lo restante como estaba. Para ello tuve la autorización de la lectora que, por ahora, prefiere permanecer en  el anonimato.

 

                                            I

EL ENCUENTRO DE LOS CUERPOS

Cuando ella irrumpió en mi vida era muy joven, pero ya no era inocente. Su mirada revelaba una experiencia mucho más antigua que su propia existencia. Era una muchacha discreta, con la piel muy blanca, la boca levemente rosada y brillante, los ojos inquietos y con una llama de increíble inteligencia centelleando bien en el fondo de su mirada; tenía los senos redondos, seductores y suaves, con sus pezones duritos siempre esperando labios, lenguas y dientes. La nuca era una tentación constante para mi boca: delicada, sensible, terreno fértil para los locos arabescos de mi perversión.

No necesité acecharla, convencer o seducir, no necesité hacer un cerco muy prolongado ni perseguirla: ella me mostró el camino con una sonrisa, afirmando que le encantaría hacer el amor con un hombre más veterano. Claro que me sentí viejo y gordo, casi prehistórico, pero no me desanimé.

Lo hicimos en el fondo de un corredor oscuro, en el colegio en el cual ella estudiaba, en una salita sin encantos, apretados entre muebles polvorientos, buscando espacio para nuestros cuerpos y buscando espacio dentro de nuestros cuerpos. Piernas separadas, blancas, suaves, duras y blandas, sexo receptivo y hambriento, ella era el verdadero camino que llevaba a la perdición. Antes de perderme en la anhelada cópula, devoré con mis labios, con mi lengua inquieta y atrevida cada centímetro de su nuca, de su espalda, de sus senos, de su barriguita joven, de su sexo húmedo. Después, sin más prólogos, partí para el ataque, separando sus piernas, acomodándola sobre un mueble sucio, parado firmemente sobre mis pies, explorando hasta el fondo toda su intimidad. Clavé en ella todo mi deseo antiguo, sumergiendo en aquel sexo joven y ávido. Con mis manos en su cintura imprimí un ritmo brutal, transformando mi cuerpo en un émbolo con movimientos rápidos, enérgicos y profundos.

___ ¡Quería tanto esto, quería tanto!- musitaba ella, mientras yo, como un toro enloquecido buscaba mi placer.

Ella hablaba sin cesar, pronunciando frases entrecortadas, que yo no entendía ni me esforzaba por entender. Pedía más, quería más, gritaba por más, hasta que se perdió en un grito tan alto y prolongado que me asustó, pues alguien podría escuchar. La besé, para que se calmara un poco, la hice quedar de rodillas y no necesité enseñarle lo que tenía que hacer con la boca, con la lengua, con las manos. Ya lo sabía y lo hacía muy bien. Pero, por algún motivo oculto y sin explicación, yo no conseguía alcanzar el clímax. Ella, con una sabiduría nata, se inclinó sobre el mueble, que tenía las marcas recientes de su cuerpo en su superficie polvorienta. Se inclinó y separó con las manos las blancas nalgas, llamándome para consumar toda nuestra locura. Fui, sin importarme con nada, primero con los labios y la lengua, preparando el camino. Cuando me pareció que estaba pronto, me posicioné y la sujeté firme. Ella me suplicó que fuera cariñoso. No respondí ni prometí nada, avancé por aquel camino apretado, mientras ella se quejaba, gemía fuerte, pero no dejaba de empujar para atrás, queriendo cada vez más. Me detuve. Estaba totalmente dentro, recostado en sus nalgas tibias y duras y suaves. Ella también se quedó un momento quieta, como acostumbrándose al invasor. Mis piernas temblaban y yo no lograba pensar, aunque estaba muy consciente de lo que estábamos haciendo.

___ ¡Dale! – pidió ella – Ahora, despacito... ¡Ay! ¡Despacio que me matás!

Ya no la escuché. Empecé a moverme y ella a gemir más alto, reclamando y pidiendo. Todo mi instinto animal floreció y se adueñó de mi cuerpo. Mis movimientos se hicieron cada vez más fuertes y profundos. Mis piernas temblaban, pero yo no quería parar, no podía parar. Y no paré hasta derramarme dentro de aquella joven y sabia mujer. Caí sobre su cuerpo, respirando con dificultad,  sudando, temblando. Mi cuerpo empezó a relajar lentamente y sentí ganas de acostarme y adormecer abrazado con ella. No sé cuánto tiempo después volvimos a la realidad. Ella se quejó de algún dolor, de mi brutalidad y me besó, abriendo una enorme sonrisa después.

___ Me gustó, veterano – se burló.

Nos arreglamos como pudimos, atravesamos el corredor oscuro, salimos para la tarde luminosa y la dejé ir delante, perdiéndose entre la gente que iba y venía.

Al otro día la llamé. Parecía otra; no era la misma muchacha, caliente, sensual, curiosa, deseando abrazar todas las sensaciones, todos los pecados, queriendo zambullirse de cabeza en todas las delicias del mundo. No era la misma que me había perseguido y llevado a la locura. No era la misma de la semana anterior, del día anterior. Era como si lo que había vivido en aquella sala llena de trastes y suciedad,  fuera como un divisor: se podía percibir claramente el antes y el después de nuestro encuentro sexual, porque, ahora lo sé muy bien, no fue un encuentro amoroso.

Me encontré con ella otras veces, nos saludamos cordialmente, una vez nos besamos apenas recostando los labios cuando nos despedíamos. Nunca más hablamos de aquella tarde, cuando nuestras humanidades se zambulleron en un mar de placer y locura.

Ayer me mandó por e-mail un texto que escribió para alguien. Al principio pensé que era para mí. Después comprendí, y eso me dejó muy triste, que yo había sido simplemente una experiencia más, un peldaño para arriba, o para  abajo, del camino que ella había decidido recorrer.

                                                       II

UNA CARTA PARA ALGUIEN QUE ME MOSTRÓ NUEVOS SENDEROS

Ayer, cuando me llamaste, te dije que necesitaba salir temprano para solucionar algunas cositas personales, ¿te acordás? La verdad es que iba para otro lugar. Bien, sé que no te preocupa lo que hago o dejo de hacer, pero a veces siento necesidad de contarte algo de mis días, de mis furias, de mis rabias y de mis amores. Solamente para provocar, para ver en tus ojos un poco de la ira de los celos, de tu deseo por mí, de ese sentimiento (que dices ser ajeno a ti) de posesión. Bien, eso ya no importa, sabes bien como soy.

Ya sabía que tu invitación, bien en el medio de una conversación tan informal, y con bastante alcohol, tanto que me sentía embriagada, no venía sin segundas intenciones. (¡Claro, claro! Una película cult, una pequeña dosis de alcohol y un ritmo agradable sonando al fondo, solamente para alejar un poco la soledad...) Tu boca ya no hablaba, a la hora de la invitación, simplemente deseaba, deseaba salivar todas las partes de mi cuerpo, que se esquivaba, temeroso, con un miedo real de lo diferente, de lo subversivo. Por supuesto, acepté.

Dos días después de nuestra conversación, arreglé mis ropas en una mochila discreta, me dirigí a la Terminal del Centro y subí al ómnibus poco antes de partir, molestando a los pasajeros que ya se habían acomodado.

___ Permiso, permiso, ¡por favor! Sí, aquí, asiento 17.

Cómodamente sentada, y terriblemente  incómoda, me quedé allí, clavada en mi lugar, en un vehículo con olor a aire acondicionado y a personas sin rumbo o con demasiados rumbos... Iba pensando, imaginando lo que podría suceder. En determinado momento abandoné ese camino: tú sabes bien que, cuando pienso demasiado, abandono todo, doy marcha atrás. En aquel momento no sabía exactamente lo que me esperaba, pero quería ver, enfrentar, vivir, descubrirme, desnudarme de mí, abrazando una ansiedad loca y reveladora, esa mi ansiedad casi adolescente que me descontrola y me hace sumergir en lo más profundo, en lo no tocado, en lo prohibido.

Me recibiste con la sorpresa dibujada en tu rostro. Sorpresa mezclada con felicidad, algo así como si no me esperaras. Yo había aprovechado que un hombre entraba en el edificio. Entré en el ascensor (me sentía pálida o gris, el tun-tum, tun-tum, tun-tum acelerado de mi corazón, mi frente cubierta de sudor, mi cuerpo todo exhalando un olor a hembra nerviosa y acorralada), llegué al piso y casi decidí regresar, salir de aquel lugar. Pero no, caminé por el corredor: las paredes beige, el aspecto antiguo, el doscientos dos dorado, envejecido. Golpeé y me preparé para inventar poses eróticas por si me mirabas a través de la mirilla de la puerta. Abriste con una sonrisa insinuante, un abrazo caliente, fortaleciendo la certeza de mis deseos, alimentados durante todos esos años, esperándome allí para cerrar una etapa más de mi vida, para sellar otro secreto de mi existencia.

Fuimos al cine, como habíamos combinado. Yo, algo cansada, bastante ansiosa, poco presté atención al Godard que susurraba en la pantalla enorme. A esa altura ya conocías todas las señales de mi rostro, las arrugas precoces que se dibujaban en mi frente, el dibujo de mis manos y el aire inteligente que yo intentaba pasar, el aire de quien pretendía entender todas las reflexiones sentidas en francés.

Cuando regresamos, mientras tú, que realmente habías comprendido todo, explicabas, comentabas, te desangrabas en palabras, gestos, tratando de transmitirme todo lo que la película te había dejado, mientras te perdías en aquellos senderos de tu pensamiento, yo intentaba calmarme, intentaba enfriar mis anhelos con el mismo viento oscuro que alborotaba tu cabello negro y lo hacía caer sobre tu rostro.

En aquel nido que todavía no me pertenecía, las miradas se hicieron más incisivas, más profundas y, poco a poco, me desnudé de todos los pudores que, casi seguro, vinieron en mi mochila. Las bebidas servidas, el sonido flotando y resbalando por las paredes (...Let´s fall in love/ why shouldn’t we?...), la conversación fluyendo con una naturalidad artificial pero, aún así, de una manera impresionante, ¿notaste eso? Como si supiéramos que era inevitable tenernos en aquella noche,  como si tuviéramos plena certeza de que a partir de aquel momento ya nada impediría de que nuestros cuerpos se  aproximaran, se tocaran, se llenasen uno del otro, zambullendo ambos en un entrevero de piernas entrelazadas... Como si fuera inevitable, nuestros gestos, nuestros alientos anunciaban, solamente esperando que nuestros deseos llegasen a su punto máximo de ebullición y explotaran.

A esa altura de la noche, yo ya estaba totalmente entregada y ebria, deseando, más que nada, avanzar sobre tu cuerpo tan próximo y tan susceptible y ardiente como el mío. La música... (...Let’s fall in love... fall in love ... Let’s fall in love) Cuando en un impulso, pleno de pasión y calor, avancé sobre la carne lisa y suave de tu cuello (ay, suspiro, respiro, expiro, ay), desesperada, deshaciéndome sobre mi misma y sobre nosotros, casi saltando para la conjunción profunda, cortante, impulsiva de nuestras bocas, lenguas, sudores, en ese momento, recordé lo que me decías sobre mis prisas, recordé cómo te habías cansado de hablarme de mis urgencias, de cómo era mágico el beso que viene del pre–beso, antes del encuentro de los cuerpos, de las miradas, de los calores que se intercambian, de las manos que se tocan. Me detuve (silencio, suspiro, respiro, expiro), sintiendo el toque de las bocas apenas abiertas, rasgando el aire, la mezcla de los alientos, de las salivas, de las temperaturas; las manos aproximándose, las miradas  asustadas y tan llenas de coraje (¡bésame, bésame, bésame!).

Simplemente explotamos en el encuentro de las lenguas, ambas suaves y sedientas, ¡tan ávidas!; explotamos en la multiplicación de dedos, dientes, uñas y labios. Sentí brotar de nosotros algo inexplicable. Nos desnudamos sin saber por dónde comenzar y  dónde terminar, sin mensurar la furia que arrancó botones de mi blusa y permitió el encuentro de tu boca con mis senos, con mi barriga,  con mi  cintura temblorosa, erizada, cargada de electricidad. Sedienta de placer, apretaba las manos que recorrían mi cuerpo, los dedos que invadían mi sexo, arrancando de mi boca gemidos y respiración agitada. Pasiva, dominada, entregada a aquel instante pleno, casi no logré reaccionar. En realidad, no quería reaccionar.  Ya me conoces lo suficiente para saber las tendencias que tengo: me dejé llevar por los senderos que tú querías trillar, quise ir hasta donde la conjunción de nuestras piernas, brazos, pelos, curvas y deseos nos pudieran conducir (yo adoro tu cuerpo, yo adoro tu olor, yo adoro tu sabor).

Cada vez más embriagada de tu cuerpo, de tu sabor, de tu gozo, sentía la estela de saliva que dejabas en mí, encharcando los lugares aparentemente secos, inundando los puntos ya húmedos de humores y sudores que salaban nuestras bocas; me regabas  intensa y profundamente, hasta que se lanzaron en loca carrera mis latidos, haciéndome temblar involuntariamente, con vibración increíble, mis blancas piernas, mis ojos, mis labios y mi voz susurrada. Un gemido. Silencio. Un suspiro.

Caímos en un sueño profundo y ciego. Tal vez para esconder la vergüenza. Quizás para no necesitar enfrentar el momento y cuestionar prejuicios que imaginábamos tener. Tal vez para disfrutar, las dos, del silencio reinante apenas violado, imagino, por nuestra respiración fuerte, pesada, bucal.

Enseguida abrí los ojos: como debes recordar, todavía sufro de insomnio y miedo de dormir. A aquella altura de la madrugada, observando la mirada, los hombros, los detalles de la piel, percibo con más claridad la fiebre en los labios y  en el cuerpo invadido, recordando el toque de otros cabellos largos sobre mi piel, otros senos rozando mi cuerpo y las manos que, todavía, exhalan el suave aroma del sexo. Me siento cada vez más lejos o cada vez más cerca de mí...

Las luces incandescentes del dormitorio iluminando mi cuerpo desnudo, cómodamente sentada en aquella silla, frente a la cómoda con el espejo que no es mío, con objetos tan femeninos como los que yo tengo; mi piel blanca reflejándose extrañamente ocre en el espejo, todo eso me excita y me instiga a zambullirme cada vez más en esa nueva faceta de mi personalidad. En esa parte  no tocada  a la que jamás tú podrás llegar...

 

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