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7 min
Los escalones del templo
Amor |
11.01.22
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Sinopsis

Pasaron cosas...

 

Raquel era una rubia de facciones alemanas, curvas caribeñas, simpática, magnética, inteligente, empática, dulce y suave. Todo junto y en ese orden a medida que se iba dando a conocer. Vivía en San Telmo en la casona que había comprado su abuelo. Las casas saben durar más que las personas y por esas cuestiones cronológicas, Don Cacho, había partido persiguiendo los timbales de una noche tormentosa de verano. La casa seguía parada en la misma esquina, a punto de transformarse en un ramillete de recuerdos e historias para hacer honor al barrio.

La escribana exigió que no manchara los folios con lágrimas y firmara de una buena vez la venta de la herencia. Raquel firmó, huyó corriendo al baño, cerró la puerta y cayó al piso a llorar con la cabeza apoyada en la tapa del inodoro. Como cuando niña.

Un porrazo en bicicleta con moretones y cortaduras, un esguince de tobillo en una final de basquetbol, un noviecito de la secundaria, distintas muestras de dolores recogidos en la vida, no se comparaban con vaciar la casa cosa por cosa. Sentía en la sangre la resaca del sicario tras su primer asesinato. Los canastos de mimbre se llenaban lento. En tanto su cuerpo, se vaciaba como agua rodando por los caños, con cada nostalgia que devolvían los objetos.

Cobró el cheque en el banco, depositó el dinero y escapó. De todos un poco, mucho de ella.  Sufrió turbulencias y comprendió que no existe refugio seguro fuera de uno mismo. Por eso, aviones, dos continentes, trenes, buses, ferris y metros, hoteles y más aviones, significaron una montaña rusa histérica.

Terminó vagando por el Valle Sagrado. El camino del Inca acunó sus penas en una excursión de habla inglés. Esa elección, le evitó escuchar palabras conocidas y nada que perturbara. Llegó a Machu Picchu y tuvo una revelación mística. El té de coca que la acompañaba en el termo era una locomotora energética sin frenos. Trepó Huayna Picchu mezclada entre chinos flacos que capturaban fotos ridículas. Se perdió por el templo de la luna, el río Urubamba y las rocas sueltas por cinco días. La mayor parte del tiempo miraba flotar valles, chocar de nubes y el ritual orbital de los cóndores. Remoción y limpieza. Las rodillas apretadas al pecho, para que no caiga el corazón al suelo en esa tierra de sacrificios. Cuando el cansancio de vaciar el alma por los ojos la derrumbaba, adoptaba la posición fetal y adormecía su sensibilidad hasta que, las mariposas de luz, le acariciaban la cara con pelusas calientes.

Consiguió un trabajo de fregona en un hostel de Aguas Mornas, necesitaba someterse a tareas desacostumbradas y duras que la exculpen. Había escuchado sobre personas que viajaban a India a limpiar escalones en los templos. No había escuchado cantar a Calamaro: “la culpa es un invento poco generoso y el tiempo tremendo invento sabandija, será que será suficiente con que uno elija”.

Soportó hasta una tarde de fanfarrias en el cielo y plantas sorprendidas en el meridión de sus verdes, cabeceando como marionetas locas al hilo de cortina transparente. Despertó con ojos de Xenotes, vació la mochila, quemó ropa vieja que no la representaba y volvió en tren, rodeada de espectros del amazonas.

Alquiló una pieza en un hostel a metros de plaza Serrano. Esquivó por unos días a gente que vivía lejos y trabajaba cerca. Hasta que los nombres y las rostros se alinearon y comenzaron a contar historias, a reír, a sufrir, a llorar, a fumar hierbas en la terraza. Con la fe depositada en que, el aspirar zurza y el espirar barra escombros humo fuera.

El “Rata” era de esa troupe, hacker que hacía servicios para la policía bonaerense. Un baboso que ofrecía ayuda interesado en cobrar en especias.  Accedió al pedido de Raquel, imaginó promesas y las contraseñas informáticas cayeron cual muro de Berlín. El correo de Pablo, emergió a la superficie como submarino en emergencia. Liberando el lastre de doscientos y tantos mails y su denominador común: Laura. Asunto replicado: ¿nos vemos?

Compró dos atados de Marlboro, tres chicles y una botella de vodka barato. Sentada en la plaza mientras los runners y los skaters giraban alrededor como satélites, leyó, comió sus uñas, mordisqueó nudillos, enroscó su pelo lacio, frotó los brazos como si quisiera arrancarse la mugre y descubrió borracha, una forma de llorar desconocida: por desconcierto. El hombre que había amado con locura, la engañaba hablando de ella. De su inteligencia y dulzura, de todo lo que hacía por él, de cuánto la amaba, de la muerte segura que sería perderla, de la abundancia a su lado. Su amante lo consolaba y respondía que era un castigo para ella ser motivo de engaño a una mujer de naturaleza tan preciosa.

Doscientas catorce cartas de ida y una menos de vuelta. La última, fechada al nacer de la mañana en que, Pablo, comenzaba la regata en mares australes y acababa invisible al naufragio de la tarde.

Habían transcurrido nueve meses.

La sombrilla de tela náutica la escondió del sol y del pesado del 2⁰”C”. La morocha, llegó y apoyó la nariz detrás del vidrio de hielo y recelo. A contarle que hacía dos años lo veía. Que Pablo fue un descanso en su vida, el único que no la molió a golpes. Que se encontraban en la casa de una prima que trabajaba todo el día y necesitaba los mangos que le tiraban. Que hacían el amor de la manera que él pedía. Que almorzaban en puestos callejeros y veían películas, en cines de barrio, en blanco y negro. Pero nunca eran solo dos.

La morocha contó que llegó a pensar que la llamaría Raquel en algún orgasmo, o que impostaba su cara para tenerlos. Que la tenía porque no se animaba a pedirle lo que a ella. Tanto la idolatraba, que era tema predominante. Había aprendido a conocerla, casi resultaba una amiga de escuela. Raquel, abrió grandes los ojos y pareció haber más cielo. Laura, dejó una cajita de madera, atada con una cintita verde sobre la mesa y escurrió de la silla como lágrimas por el lavabo.

La rubia pidió un té con limón, regaló la cajita sin abrir a una mujer que pasó mendigando y se refugió en la terraza de humo. La que permite a la mirada acceder donde el cuerpo no llega y deja a la risa tonta como banderita para regresar a destino.

Se mudó cerca de un parque con lago. Tomó clases de guitarra, pintó cuadros pequeños en el verde y vendió algunos allí mismo. Por las noches, tomó un reemplazo de mesera en un restó de moda. Su carácter y personalidad la dejaron efectiva y una noche primaveral la pasaron a buscar y tuvo su primera cita. Y luego otra, y otra más, y otra. El auto rojo a las tres se hizo habitual.

La novedad corrió por internet antes que Raquel recibiera el llamado. ¡Milagro! Un náufrago había sido rescatado cerca de la Isla de Pascua.

Regresaba Pablo.

Aeroparque era un hormiguero en día de tormenta. A su movimiento habitual se sumaba la llegada del sobreviviente. Curiosos, periodistas, fotógrafos, cholulos, marinos, inundaban la sala de espera. Cuando Pablo pudo cruzar esa fauna pegajosa, se encontró con brillos de estrellas en los ojos de Raquel, a su lado, Laura, tomaba su mano.

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