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4 min
Los espontáneos
Reflexiones |
19.03.17
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Sinopsis

Algún día, de entre nosostros saldrá un buen escritor, una buena historia y un magnífico recuerdo. Mientras tanto, vivan los espontáneos

Encadenar palabras siempre me ha parecido un trabajo silenciosamente difícil. Ponerse delante de un papel y crear puede llegar incluso a ser frustrante. Nadie nos dijo a todos los que escribimos con más o menos asiduidad, seamos profesionales o aficionados, que el día que nos decidimos a escribir fue un buen día. De hecho, no hubiese estado de más alguna que otra advertencia sobre el peligro que corremos juntando letras. Pues, como cualquier forma de arte, puede llegar a obsesionar y, fruto de esa obsesión, perturbar nuestra percepción. Nadie nos aviso que, al meternos a esto, nos iba a enganchar para mal y no íbamos a ser todo lo objetivos que quisiéramos.

En efecto, ponerse a escribir distorsiona tu percepción de la realidad. Por varios motivos. El primero es la imperiosa necesidad que sientes de escribir cuando en cualquier momento te asalta un pensamiento y empieza a dar vueltas en tu mente. Tú, inocente o tonto, piensas en la, por supuesto, obra maestra que serías capaz de crear si la inspiración te hubiese llegado en otro momento. Así que, con la esperanza de acordarte lo suficiente de lo que sentiste, intentas mantener los sentimientos del momento de inspiración a flote. Adaptas tu cuerpo y su postura e incluso eres capaz de convertir tu mente en una especie de televisión monotemática hasta que, con el bolígrafo en mano y papel delante, puedas crear tu obra magna. Llegas a casa, te precipitas sobre cualquier mesa relamiéndote por la joya literaria que estas a punto de parir, agarras el bolígrafo incluso con deseo y…nada. Puf, todo ha desaparecido. No sabes que contar. Te tiras de los pelos, piensas en qué has hecho mal. Recuerdas como lo sentías hasta hace un momento, de forma intensa e incluso ardiente. Miras desconcertado por la ventana al pájaro que se ha posado en la repisa y vuelves a pensar “me cago en la hostia”. Una vez más, tu percepción de la realidad ha sido distorsionada por las ganas de escribir y has vuelto a la realidad cuando, al pensar cómo querías estructurar el texto, te has dado cuenta de que no se te podía haber ocurrido nada peor.

Pero el poder que tiene esta afición por quien la perpetra, pues pocos aficionados a la escritura la practican, sino que la perpetran (entre los que me incluyo en mi maravillosa mediocridad), es tan apabullante que hace se pase por alto algo que más de una vez se ha oído en palabras de un buen escritor. Disciplina y perseverancia. Las buenas obras de arte, sean pintura, música, escultura…no fueron fruto de unas pocas horas de trabajo sino de un continuo avance por parte del autor, con más o menos velocidad dependiendo del caso en cuestión, haciéndolas inmortales. Es por eso que carecer de disciplina en la escritura es condenarse a muerte. Escribir requiere de práctica casi constante y el asaltar un papel de forma puntual no va a llegar a nada sino a un punto de no retorno en el que los “juntaletras” espontáneos nos demos cuenta que más nos había valido haber colgado las botas hace tiempo.

Ignoro cuanto seguiré escribiendo e ignoro aún más cuanto le queda a esta racha extraña que nos ha dado a los espontáneos por publicar nuestros arrebatos. Quizás mucho, quizás poco. Quizás, de entre tanto espontáneo salga un verdadero escritor, de esos con disciplina, labia y buena pluma. Mientras tanto, bienvenidos sean nuestros intentos de buenas historias, nuestros arrebatos apasionados sobre el papel y nuestra desesperación fruto de la pasión. Viva el juntar letras. Viva salir a flote. Viva escribir.

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