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8 min
Los Gemeliers
Humor |
08.12.16
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Sinopsis

Necesitaba drenar la mierda, y esto es, mierda.

Hoy me he emocionad. He llorado, he gemido de placer. Para todos los que me conocen, que son muy pocos, pues tengo problemas para crear vínculos amistosos; saben que amo la música. Si la música fuese humana, en concreto del sexo femenino; esperaría resguardado entre la oscuridad de una esquina, esperaría a que surgiera de su vinilo y la asaltaría en cualquier callejuela. La sacaría del envoltorio y me la escucharía entera. Sentiría el placer del sonido entrando por mis orificios, y babosearía música por todos los rincones de mi ano. ¿Y si la música fuese humana, en concreto hombre? Entonces lo asaltaría en una calleja bien iluminada, me sacaría la clavija de los auriculares y se la incrustaría; pero todo desde lejos, protección ante todo y marcando la posición.

                El amor que siento por hacer saltar todas mis neuronas con melodiosas melodías es comparable al amor que sienten las viejas por los tronistas de hombres, mujeres y lo contrario.

Os puede parecer una comparación incierta. Pero os equivocáis. Mi suegra siente debilidad por ese programa. Busca la ruta más corta para llegar a la pequeña pantalla, mullirse en el sofá y dejarse destruir mentalmente. Ella dice que la movilidad de sus rodillas es reducida, pero pocas veces he visto saltar el cable que alimenta el PC con tanta agilidad. Para que os hagáis una idea, mi suegra tiene cerca ochenta años, y no es atleta. Cuando digo: no es atleta, me refiero a que no es una de esas típicas ancianas que salen en las noticias con un típico titular que dicta: A sus 90 años ha corrido el maratón de Nueva York. Y seguido surge una anciana más parecida a Yoda que ha vieja, con las mismas vestimentas y la misma voz, diciendo: Yo corro todos los días cuatro horas, luego cocino para la familia y hago de sobra para que vuelvan a repetir. Por las tardes voy a natación, Yoga, Taichí y a clases de inglés. Hago crucigramas mientras veo Sálvame y mantengo una conversación por chat con el grupo del carnaval.

Solo escucharlas me producen ardor intestinal.

                No. Mi suegra es más típica a vieja del verbo mujer mayor. Pero muta para llegar a tiempo a ver ese programa en cuestión.

Ella se sienta en la zona, que, según ella, siempre se ha sentado. Siempre, desde los orígenes de la creación, los neandertales ahuecaron paja en ese lugar para mi suegra en un futuro. Cuando se encuentra bien acomodada, expulsa los cojines sobrantes en un destierro muy similar al que sufrió Scar en el Rey León.

Luego juega con las distancias. Intenta hacer simulacros de subida y bajada de volumen. Alza el brazo y le da volumen a la tele. Luego vira hacia la izquierda y le quita volumen. Seguido mueve el cacharro para mandos y otros enseres, y vuelve a dar volumen. Y por último, gira al completo el mando a distancia, apuntándose a sí misma; muchas veces creo que intenta darse volumen a ella misma, entonces, cuando el rayo láser que surge del mando le apunta, le da a mute. Y se muta. Se muta tanto que no sabe des-mutarlo. Entonces, comienza la culpabilidad.

  • Ya le habéis tocado al mando. ¿Qué le habéis hecho a la tele? 

Después, da inicio una batalla de número. En el margen superior izquierdo comienzan a salir ecuaciones extrañas.

--4   -45  345 -2  222 333 444

El otro día me llegó una masiva desde National Geographic. Después de un sentido saludo, donde se dirigía a mí con cariño y cortesía, me hicieron participe de sus intenciones. Querían dar uso a una mega cámara de mil fotogramas por segundo. Su resolución era espectacular y la calidad de la imagen era impecable. Habían rodado un documental llamado La Tierra, y querían hacer otro con depredadores desconocidos, gravarlos en su hábitat. En pocas palabras: querían dejar constancia de la lucha que mantenía mi suegra con la televisión.

        Tras unos minutos, largos, buscando el canal; pide ayuda. Dice una frase, con la cual intenta disimular las ansias de encontrar la cadena deseada.

  • ¿hoy no echan las putillas?

 Es genial oírla llamar ¨putillas¨ a unas pobres chicas que solo quieren ir a conocer el amor de su vida. Deseosas de encontrar una pareja estable y con la que formar una adorable familia.

 

Perdonad. Me he ido del tema. Remontando la conversación anterior, y dejando de lado el tema de mi suegra y sus gustos, he de recordar que me gusta la buena música. Hoy me he emocionado, pero ha sido una emoción falsa, pues me han engañado unos hijos de puta. Su única intención era hacerme ilusiones y luego pisoteármelas. Os cuento:

                Caminaba yo placenteramente por un parque repleto de niños jugando. Describí un arco para esquivar un vallado donde unas madres criticaban a madres ausentes. Corrí todo lo que pude, cuenta la leyenda que todo aquel que pasé por su margen visual será juzgado cruelmente. Volví a trazar una curva, pero en esta ocasión hacia el lado contrario. Un cercado reunía a padres que mantenían una acalorada conversación sobre suavizantes ¿Suavizantes si o suavizantes no? O ¿es mejor el jabón natural?

 Replique la acción evasiva, pues tenía otro objetivo en mente y no podía demorarme. Entonces fue cuando ocurrió. A la lejanía divisé un cartel que se encontraba ubicado en un pequeño tablón de hierro indicado para tal fin. La proclama se encontraba superpuesta sobre un cementerio de restos de carteles y adhesivos de antiguos reclamos. Agudicé la vista todo lo que me dieron mis diez dioptrías. Y leí: Los gemeliers en concierto. Y para más gustazo, en mi ciudad.  El corazón bombeó sangre a toda prisa, llegando a rincones que pensé muertos.

La emoción me llenó los lagrimares de lágrimas. Los ojos se empaparon y apenas distinguí un adoquín de una mierda de perro. De perro o del Triceratops de Jurassic Park, porque aquello era descomunal. Al pisarla el excremento me atrapó y me intentó succionar. Pero yo por Los Gemeliers saco fuerza de donde haga falta. Un grupo INDIE como ellos merece fans como yo, fuertes y luchadores. Esa mierda, que irónicamente pensé en la similitud de otros grupos que dicen ser INDIE, como Lori Meyers por ejemplo, intentaban atraparme para llevarme a su absurda música. Pero no. Yo soy de Gemeliers hasta la muerte. Y saqué todas mis energías para surgir de la mierda, y leer con detenimiento de cartel. Hora, fecha, lugar y donde comprar las entradas.

                Pero cuando llegué a la altura del tríptico, todo había cambiado. Donde yo, quizás guiado por una emoción interna y unos deseos desenfrenados, había leído: Los Gemeliers; realmente decía: Los Gemelos.

Por el amor de Dios ¿Los Gemelos? Pero si encima no eran ni gemelos. No se parecían en nada. Más bien podrían llamarse los amigos o los desconocidos. Uno llevaba un tupé prolongado hacia el infinito y era más blanco que una copa de vino blanco; y el otro, el supuesto gemelo de otro gemelo (que no era gemelo del gemelo que dice el cartel que eran los gemelos), era gitano. ¿Un payo y un gitano, Gemelos? Se habrá visto tontería más grande desde que se editó 50 sombras de Grey. Es más, seguro que ni se conocían. Habrían usado los conocimientos básicos del Photoshop para unir ambas imágenes en una.

Ya me imagino el día del concierto: Hola chicos, os presento. Este morenito es tu gemelo Samuel. Samuel, este es Andrés. Por favor, no le vayas a pegar. Eso no es tuyo. El micrófono nos tiene que durar toda la gira.

                ¿Porque el señor es tan malo conmigo? ¿Porque la gente es tan mala conmigo? ¿Porque Radio3 es tan mala con Los Gemeliers que nunca salen sus canciones en sus programas?

Hoy he gemido de placer ante el falso concierto de Gemeliers. Pues la vida es eso, verdades con sombras de falsedad. Como el orgasmo de un hombre ante el falso orgasmo de una mujer. Porque la vida nunca es lo que parece. Porque la vida nunca será lo que es.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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