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6 min
LOS INADAPTADOS URBANOS 1
Reales |
19.11.20
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Sinopsis

Un hombre que está un poco perdido en la gran ciudad se adentra en una singular y vieja Sala de Fiestas donde conoce a una silenciosa y enigmática mujer.

Me llamo Enrique Peña y soy un hombre de cuarenta años, de profesión contable en una importante fábrica de muebles de Barcelona. Mas mi vida personal deja mucho que desear ya que reconozco que que no tengo el suficiente donaire para relacionarme con las mujeres, por lo que cuando éstas tratan conmigo se aburren enseguida y se apartan de mi lado. Sin embargo yo estoy seguro que si alguna vez una fémina se fijara en mí detenidamente y supiese valorar mi hondura personal no tardaría en darse cuenta  de mi capacidad para hacerla feliz. Y por otra parte tampoco soy tan soso en la intimidad como ellas se imaginan.

Era un frío y gris domingo por la tarde cuando me dirigía con mi coche a la Avenida Gaudí en la que se izaba con orgullo el neogótico templo de la Sagrada Familia donde muy cerca del mismo había un cine junto al cual se encontraba una discoteca. Si yo iba a este lugar era más que nada por una simple curiosidad y porque un compañero de la oficina me lo había recomendado, puesto que a mí estos locales de esparcimiento nunca me habían gustado demasiado y siempre me habían parecido unos tugurios con una dinámica muy superficial en los que a pesar de lo que la gente cree apenas se puede establecer una consistente relación con ninguna dama debido al estridente ruido de la música. "Si vas allí, seguro que ligas" - me dijo mi compañero.

Durante el trayecto hacia aquella zona en la que estaba la discoteca crucé céntricas calles con sus rutilantes edificios y sus casas señoriales casi todas ellas vacías de transeúntes a causa de que la mayoría de los habitantes de aquella zona se habían ido a pasar el fin de semana a las afueras de la gran urbe. Y curiosamente aquella ciudad desierta, casi inhóspita transmitía en mi ánimo una gran desolación que acrecentaba mi crónica sensación de soledad.

Cuando llegué a mi destino y me hube adentrado en aquella Sala de Fiestas o discoteca confieso que me chocó aquel entorno. Me hallé en una sala regularmente grande sostenida por unas columnas y decorada con tapices de un color verde oscuro, en el fondo de la cual había un pequeño escenario en el que una casposa orquesta se esforzaba en tocar piezas musicales de tiempos pasados. A ambos lados de aquel recinto se dispersaban unas mesitas en las que estaban acomodados gupos homogéneos de mujeres de diversas edades y sobre todo de distintos rincones de la ´Península Ibérica; la mayoría de ellas de origen humilde y que iban ataviadas con una indumentaria algo `pasada de moda,quienes esperaban anhelantes a que algún sujeto las invitase a bailar; Pero tampoco los hombres que pululaban a lo largo y ancho de la sala se distinguían precisamente por su modernidad. Ellos vestían trajes descoloridos con sus estrechas corbatas de antaño. Pero lo que me llamó más la atención fue ver  a una joven y lozana mujer morena que la acompañaba su madre que era la que le decía con quien tenía que bailar y con quien no, como si todavía la familia estuviese viviendo en los duros años 40 del siglo XX.

Y en algún que otro rincón perdido habían mesitas con mujeres completamente solas, de edad otoñal con una triste expresión en los ojos y con la mirada perdida en un horizonte indefinido a  la espera de ser rescatadas de su desabrida situación por un cabellero andante que nunca iba a llegar.

Decididamente a aquel ambiente se le había detenido el reloj psicológico en una época ya desaparecida y no se había sabido adaptar al ritmo de la de la ciudad moderna, ni mucho menos postmoderna, por lo que ésta la había marginado de la sociedad.

Mas cuando yo me disponía a marchar de aquel antiguo centro pensando que mi compañero de la empresa había querido gastarme una broma pesada, irrumpió en él una mujer de una especial belleza difícil de olvidar. Desde luego a veces en medio de la maleza en el campo siempre puede brotar una flor de vivos colores que nos reconcilia con la vida hostil que nos abruma como me ocurrió a mí en aquella ocasión.

 Era una mujer rubia, de piel blanca y de ojos azules; y el embrujo de su figura evocaba a las princesas de los cuentos de hadas

Sintiéndome completamente fascinado por aquella luminosa dama, me acerqué a ella y la saqué a bailar una melodía romántica.

-Me llamo Enrique - me presenté.

- Oh. Yo me llamo Mercedes. ¿A qué te dedicas? - me preguntó sin rodeos cuando estábamos en mitad de la pista. La verdad no me hacía nada de gracia que a las primeras de cambio las mujeres me preguntasen cuàl era mi profesión; pues parecía que ellas sólo valoraban al hombre en función de su poder adquisitivo. Pero como me sentía tan subyugado por la delicada hermosura de aquella mujer no le di ninguna importancia a aquella cuestión tan prosaica.

Una vez que le hube aclarado mi situación me enteré que ella era de un pueblo de Burgos - Castilla la Vieja- y que estaba en Barcelona desde hacía muchos años, viviendo con sus progenitores y un hermano que era un interventor de un Banco.

- ...Antes yo trabajaba de dependienta en una tienda de ropa feminina. Pero el negocio quebró y ahora estoy en el paro - me aclaró.

Mercedes daba señales de que se sentía bien en mi compañia, de modo que quedé con ella para vernos otra vez.

Como así sucedió. Cuando nos volvimos a encontrar en un punto determinado del centro de la ciudad la llevé a un PUB a tomar una copa con el objeto de conocerla mejor; sobre todo lejos de aquella trasnochada Sala de Fiestas. Y para romper el hielo me puse a hablarle de música.

- Una de las cosas que más me gustan es viajar en coche mientras escucho una buena serenta que esté en consonancia con el paisaje - le dije.

- Ah... - expresó ella con laconismo.

- ¿Qué música te gusta a ti? - le pregunté con jovialidad.

- No sé... De todo un poco.

Mercedes había asoptado una actitud extraña. Apenas hablaba; solo soltaba monosílabos como "sí, no" y quien llevaba el peso de la difícil conversación era yo. ¿Es que me hallaba ante una mujer introvertida? ¿O es que acaso era un ser anodino? Tal vez aquella hermética actitud fuese una estratagema femenina para avivar mi interés por ella. O quizás la mujer oultase un secreto inconfesable. Todo podía ser.

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He realizado estudios de psicologgía profunda y metapsíquica:; he publicado relastod en algunas revistas; y hace años que colboro y llevo tertulias literarias.

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