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9 min
LOS INFILTRADOS I
Terror |
12.10.17
  • 5
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  • 142
Sinopsis

Que pasaría si descubres que tu vida está condicionada porque los INFILTRADOS te impiden progresar...

Alex caminaba por la plaza de Fonseca, escuchó sonido de sirenas en la plaza del Obradoiro. Aceleró el paso y al entrar en la plaza observó, que un enorme gentío rodeaba a un hombre. Los coches de la policía se detuvieron al lado de la gente, dos agentes bajaron del coche y comenzaron a dispersar a la muchedumbre, <¿será un terrorista?> pensó. Se detuvo y se quedó mirando a una cierta distancia. La gente que rodeaba a aquel hombre, se fue dispersando, dejándolo a la vista. Aquel hombre parecía un vagabundo, vestía harapos, su cara estaba cubierta por una gran barba gris. Uno de los agentes se acercó a él…

             –Arrodillaos pecadores, es la hora del juicio final. El anticristo lleva mucho tiempo entre nosotros. Pedid perdón por vuestros pecados, Dios es misericordioso. El fin del mundo está próximo. –Gritaba aquel hombre.

El policía agarró por un brazo a aquel pobre hombre y lo introdujo en el vehículo policial, ante la atenta mirada de la gente, que miraba con desprecio al vagabundo. El coche cruzó la plaza del Obradoiro. Alex estaba inmóvil, cerca de las escalinatas de la entrada de la catedral, observando la escena. El coche de la policía pasó lentamente a su lado, a cámara lenta. Alex miró al interior, el vagabundo le dedicó una sonrisa. Sintió el impulso de seguir el coche de la policía. La comisaría estaba cerca de la Plaza del Obradoiro, a unos 700 metros. Caminó hasta llegar delante de la comisaría y se sentó en un banco de piedra. Observaba la entrada del edificio, algo en su interior le decía que esperase allí. Al cabo de un rato vio como el vagabundo abandonaba las dependencias policiales. Alex seguía sentado inmóvil en el banco de piedra. Aquel hombre lo miró y caminó con paso firme hacia el. A medida que se acercaba, un intenso olor a sudor, inundo sus fosas nasales. El vagabundo era un hombre alto y fuerte, la barba que cubría de manera desaliñada su cara, tenía un color gris intenso, las arrugas pronunciadas de su cara, hacían intuir una vida dura. Cuando llego a su altura se detuvo y volvió a dedicarle una gran sonrisa, al tiempo que le decía…

             –Eres un hombre inteligente, con ganas de triunfar, te sientes menospreciado por la gente que te rodea. Te preguntas a diario ¿Por qué nada me sale bien?, has hecho rica a mucha gente, mientras tú sigues en la miseria.

Alex se quedó perplejo ante tales palabras, miró con cierto interés y curiosidad a aquel hombre. –Sígueme. –Le dijo el vagabundo.

Alex se levantó del banco y siguió en silencio a aquel hombre, que despedía un olor nauseabundo.

            –No triunfas, ni triunfaras mientras vivas, ¡estás rodeado de infiltrados!.

Las palabras del vagabundo, aumentaban la curiosidad de Alex, estaba como hipnotizado por su presencia.

            –Le invito a tomar un café. –Le dijo Alex al vagabundo con un cierto titubeo.

            –Se lo que piensas, que huelo muy mal. –Le contestó el vagabundo mientras le sonreía.

Alex se sonrojó y siguió al vagabundo. Caminaban en silencio por la calle carretas. Al llegar al lado de un contenedor de recogida de ropa usada, el vagabundo se detuvo en seco y se giró.

            –Me llamo Gabriel. –Le comentó, mientras extendía su mano hacia él.

            –Me llamo Alex. –Le contestó, mientras extendía su brazo ofreciéndole su mano.

Se dieron un fuerte apretón de manos. Gabriel se arrodilló delante de la puerta del contenedor, sacó algo de uno de sus bolsillos, y comenzó a manipular la cerradura del contenedor, se escuchó una especie de crack, y la puerta del contendor se abrió. Alex miraba atentamente a Gabriel, que comenzó a sacar bolsas del interior del contendor, abriéndolas allí mismo. Alex permanecía inmóvil, en silencio observando las maniobras de Gabriel. Recogió varias prendas del suelo, introdujo el resto y cerró la puerta del contenedor.

            –Acompáñame, vamos al campo de Fútbol de Santa Isabel, allí hay duchas, así podré desprenderme de estos harapos y del olor que nos acompaña. –Alex asintió con un gesto de cabeza.

Los dos caminaron en silencio hasta llegar al campo de fútbol. Se estaba disputando un partido. Niños y niñas corrían tras el balón, las gradas del estadio estaban llenas de padres sonrientes. Gabriel entró disimuladamente en uno de los vestuarios, Alex se plantó delante de la puerta del vestuario, con un gesto recio en la cara, parecía el portero de una discoteca. A cabo de unos minutos escuchó como la puerta se abría. Alex se giró y observó atentamente a Gabriel.

            –Ya no parezco el mismo. –Sonrió, mientras se acariciaba la barba.

Alex asintió y salieron del estadio. Tubo la sensación de que eran invisibles, parecía que nadie se hubiese percatado de su presencia. Mientras caminaban por la calle Galeras, Gabriel contemplaba mientras caminaban, las ruinas del antiguo hospital general de Galicia.

            –Admira la gran batería del mal.

Alex miró a Gabriel con un gesto de incredulidad, de extrañeza y asombro al mismo tiempo.

            –No me mires así, le llamo batería, porque ahí en medio de esas ruinas se acumula una gran energía negativa, esas paredes están impregnadas de dolor, de sufrimiento, de muerte.

            –Como en todos los hospitales. –Respondió Alex.

            –Estas confundido, mientras la vida circula por un edificio, las energías se mezclan, puede haber desajustes energéticos, pero circulan y no son dañinas.

            –No te entiendo. –Comentó Alex.

            –Es sencillo. En un hospital hay gente que sufre, que está pasando dolor, hay sufrimiento y muerte, pero también hay esperanza, nacen nuevas vidas, la gente recibe buenas nuevas, y los enfermos se curan. Las energías que circulan son negativas y positivas, en ciertos momentos puede haber desajustes, pero las energías fluyen. Cuando un lugar se cierra y los últimos en salir son los enfermos y los cadáveres, ese edificio queda impregnado de mala energía que lo va cubriendo. Como el moho que genera la humedad, que cubre y oscurece las paredes, las luces se apagan, las puertas y ventanas se tapian con ladrillos. Reina el silencio y la oscuridad.

            –Ya, pero es ley de vida, si se hace un hospital nuevo, es normal que éste se abandone. Le respondió Alex.

            –Tú y la mayoría de la gente lo ve así, pero no es como vosotros pensáis.

            –No entiendo a donde quieres llegar. –Volvió a responder, al tiempo que le hacia un gesto a Gabriel, para que se detuviese.

Se pararon delante de una cafetería y se sentaron en la terraza, Alex sacó una cajetilla de tabaco de su bolsillo y le ofreció un cigarrillo a Gabriel, éste cogió uno y se lo llevo a la boca, Alex prendió su mechero y le encendió el cigarrillo a Gabriel. Gabriel trago una gran bocanada de humo, la mantuvo dentro de sus pulmones un instante y comenzó a hacer “círculos” con el humo.

            –Todos estos edificios son puntos negros dentro de una ciudad, acumuladores de malas energías. ¿Por qué te crees que no los derrumban?

             –Porque no hay quien los quiera, o no hay dinero para restaurarlos, yo que se. –Respondió Alex con un tono despectivo.

            –Eso es lo que os hacen creer los infiltrados.

Al escuchar esa palabra, “infiltrados” Alex sintió como si una especie de descarga eléctrica recorriese su cuerpo. Un camarero se les acercó y pregunto que querían tomar, Alex pidió un café con leche doble. Gabriel miró a Alex, como pidiendo permiso. –Pide lo que quieras. –Dijo a Gabriel. Y éste pidió un café con leche doble y una ración de churros.

            –El plan del innombrable lleva siglos en marcha, los infiltrados nos rodean, el día del juicio final está cerca. –Le susurro Gabriel al oído.

Alex miró fijamente a Gabriel a los ojos. –Chorradas. –Le contestó a Gabriel.

            –Ese es su plan, que todo parezcan chorradas. Llevas años preguntándote ¿por qué no progresas en la vida?, eres más inteligente que la gran mayoría de la gente que te rodea, pero tu no progresas y a ellos les va mucho mejor que a ti. Eres un buen tipo, te preocupas por la gente, tratas de ayudarla, pero a ti, te da la sensación de que toda tu vida te está mirando un tuerto, porque no progresas, siempre estás pillado a fin de mes. Da igual lo que ganes, siempre surgen improvistos. Tus proyectos no se realizan, tienes buenas ideas, pero no las llevas a cabo, porque algo te frena a ultima hora, algo que no ves, te impide que las finalices eses proyectos. ¿Acaso me equivoco?.

Alex reflexiono por un instante, al tiempo que se encendía un cigarrillo y tragaba el humo con ganas.

            –Puede que tengas razón…

            –La tengo, eres buena persona, irradias luz, llevas toda la vida preguntándote ¿por qué se te pegan las lacras? ¿Por qué no levantas cabeza?

Alex asintió con la cabeza, el camarero dejo los cafés y los churros sobre la mesa, Alex dejó el cigarrillo encima del cenicero y cogió los sobrecillos de azúcar, los abrió enérgicamente y vació el contenido sobre el café con leche.

            –Los insectos se sienten atraídos por la luz, se pegan a los focos de luz, tratan de ahogar su luminosidad, formando grandes enjambres a su alrededor. Esos insectos son los infiltrados.

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