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5 min
Los Kirtash
Fantasía |
12.11.08
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Sinopsis

No es el petróleo, ni la tecnología, ni la globalización la que destruye el mundo. Son unos fieros dragones que desde hace 15 años dominan la Tierra.

      Amanecía. El rocio de la mañana dejaba en el aire la sensación del otoño que empezaba a enseñar su parte más fría. La imagen del lugar era, seguramente, igual que la de muchos otros sitios del planeta. Kilómetros y kilómetros de ciudades despobladas, lugares vírgenes, zonas turísticas… en definitiva, lo que se conocía como planeta Tierra.



      Pero eso cambió hace ya casi quince años.



      La Gran Catástrofe había dejado a la demografía mundial tan debilitada que se podía hablar de exterminio. Era imposible dar un número exacto pero, a juzgar por el aspecto de la Tierra, la población humana sería de no más de diez millones de habitantes. Una cifra irrisoria. Sin embargo, los Nuevos Colonizadores eran muy pulcros. Se esmeraban en no dejar una sola huella de sus matanzas. Los ahora limpios y azules Océanos estaban, en sus fosas, llenas de cadáveres humanos. Miles de millones de personas descomponiéndose a marchas forzadas a diez mil metros de profundidad.

      Los antaños coches eran ahora masas oxidadas de chatarra, las antiguas carreteras apenas se distinguían, pues habían crecido árboles y matorrales y la fauna salvaje se había adueñado de las ciudades. Cualquier humano que, por una infinita casualidad, hubiese estado en ese preciso instante y lugar, habría advertido que la suelo comenzaba a temblar. En los charcos este movimiento era mucho más perceptible, se formaba una onda en el centro y avanzaba hacia los bordes muriendo al final del charco. Las ramas de los árboles más altos empezaron a moverse con violencia, como si de un huracán se tratase, todo indicaba que era un capricho violento de la naturaleza. El temblor de la tierra se intensificó y terminó en un choque de dos grandísimas patas traseras sobre la superficie.

      Lo que se había posado sobre la ciudad se irguió y soltó un rugido impresionante. Extendió sus alas, negras como el azabache y miró a su alrededor con aire somnoliento. Podía medir entre veinte y treinta metros de altura y su envergadura era espectacular, un toro en edad adulta no le llegaba ni a la rodilla. Generalmente iba a cuatro patas pero podía mantenerse a dos sin problemas. Su color era naranja oscuro, casi como el fuego. Extendió sus alas, negras como el azabache y miró a su alrededor con aire somnoliento Dio un par de pasos provocando graves grietas en el asfalto. Estaba enfadado, probablemente por el frío que estaba invadiendo el planeta por la incipiente llegada del invierno. Su piel era escamosa, dura, probablemente pinchase al tacto. Sus ojos, de color negro y muy juntos, miraban alrededor buscando algo con que descargar su ira. Observó una pila de vehículos. Tomó un par de pasos de carrerilla y lo embistió con tal fuerza que uno de los coches se empotró en un edificio cercano, medio derruido por el paso del tiempo. Rugió de nuevo, y el eco mantuvo el sonido durante algunos segundos. Notó como algo se movía. Se estuvo quieto, como si pensase que así pasaría inadvertido. Desde arriba, sólo movía sus ojos buscando su presa, con atención y calma. Lo localizó, era uno de aquellos seres de color oscuro del que le salían algo parecido a palos de la cabeza y cuyo ataque no le hacía el menos daño. Aunque uno de ellos equivaldría a una migaja de pan en su dieta diaria, entretendría el estómago unos minutos, mientras cazaba más y mejor.El kirtash se agachó para acercarse hacia el matorral. ¿Cómo lo mataría? Podía simplemente pisarlo, claro, pero odiaba comer esos palos duros que tenían aquellos seres por dentro, prefería solo la parte blanda y, si lo pisaba, se mezclaría todo. Además, sabía por experiencia que el primer ataque del día debía ser el más duro para “calentar”.

      El kirtash cerró un ojo, apunto y expulsó tal llamarada por su boca, que el asfalto se convirtió en apenas segundos en una masa negra, hirviendo, e informe. Los coches apilados en las aceras estaban ardiendo y en algunos edificios, manadas de ratas salían despavoridas, aunque eran brutalmente quemadas en cuanto pisaban el asfalto. El gigante, feliz por haber acertado de lleno en su ataque. Voló hacia su presa, con cuidado de no quemarse, pues ya había tenido experiencias desagradables con su propio fuego. Se posó en un lugar seguro, olisqueó al ciervo muerto y quemado, fue a morderlo pero un gruñido grave lo paró. Todavía agachado, giró su cabeza. Otro majestuoso kirtash lo miraba con el ceño fruncido, como si le estuviese reprimiendo por una mala acción. Ésta era de color rojo intenso, era un ejemplar maduro, en edad adulta. Se notaba por su piel, sus facciones y su forma de moverse. El kirtash más joven se acercó con timidez, era obvio que se había escapado de su manada. Recibió un fuerte coletazo que le hirió el costado. Con un gruñido se puso en marcha e inició el vuelo. El kirtash de piel más naranja comprendió el mensaje: habían captado una cueva con humanos, y la manada de kirtash tenía mucha hambre.
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