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18 min
Los Malos Consejos para Escritores no Existen
Reflexiones |
04.04.18
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Sinopsis

Sobre lo que se dice que son malos consejos para escribir, analizados para ser contradecidos.

Este artículo viene de la costumbre de enarbolar por parte de los escritores —donde me incluyo— el buen afán de ayudar (o demostrar) a otros colegas como mejor se nos dé. Ya de por sí es una ironía, pues dos personas pueden tomar el mismo camino o realizar la misma tarea y obtener resultados diferentes. Por Internet hay decenas y decenas de artículos sobre consejos sobre escribir. ¿Qué es lo que sucede? Que encontramos tantos y tan variados (incluso algunos que se contradicen, y dentro del mismo artículo) que ya no se sabe a quién hacer caso. Pero entre toda esa guía revuelta, existen los llamados “malos consejos”, que se han propagado hasta el punto de ser considerados una anatema, trozos de ensayo que figuran en la lista negra del libro sagrado no escrito del escritor. Hay algunos con los que concuerdo, pues el puro sentido común ya te indica, pero otros me hacen llevar las manos a la cabeza por el más puro de los instintos. Estos son los que quiero tratar. Entre mis deducciones de porqué son considerados el mal, hay una que incluso no me resulta descabellada: que la pura envidia u orgullo tergiversa esos consejos para “dañar” a cualquier posible competidor. A un experimentado es raro afectarle, pero hay más cantidad de noveles y soñadores que de escribir saben lo básico, y es fácil que se crean y lleven a la práctica cualquier artículo recóndito del blog ubicado en el lugar más aleatorio. Bien, sin otro ánimo mas que el de ayudar, quiero repasar de los más comunes, concluyendo el tema con que si de verdad es tan importante. (Antes que se produzca la confusión, los títulos son como se exponen en otros lugares, donde se consideran malos consejos. Aquí los defiendo, alarmado porque no los considero erróneos). —Nunca te salgas de tu género: El primer supuesto de mal consejo ya desvela que el principal problema de aconsejar es la subjetividad y la ambigüedad para quienes no tienen una experiencia formada. Estoy de acuerdo en que hay que escribir y leer de todo. Todo. Sin cerrarse a nada, incluso lo malo porque enseña a cómo no hacerlo. Así se aprende y se expande el horizonte mental. Pero bien, una vez has hallado tu género, ¿qué problema hay en volverse un maestro en ello? El truco está en aprender de otros géneros para aplicarlos en el tuyo. Si eres capaz de ser un multi-género, adelante, pero de normal lo suyo es aprender de todos para aplicarlo a tu estilo personal, ese que te pueden imitar pero nunca copiar (cierto hecho marca de la casa *guiño guiño*). Si pensamos de un modo editorial/comercial, lo más viable es colocar a un escritor en el género que más conoce y practica. De vez en cuando hay que arriesgarse (siempre) y lanzar algún título alejado de tu género. Stephen King así hace, sorprendiéndonos con alguna obra que poco tiene que ver con el terror. Imagino que las escribe cuando realmente siente que es necesario, sin forzarlo. —Muestra, no cuentes: Me mata. Una de las claves del buen escritor puesta entre dicho. Este “mal consejo” nace de la falta de empatía y/o por la poca cantidad que se lee de media. Es sencillo. Tú lees sobre alguien con el rostro enrojecido por la zona de la nariz, los ojos llorosos y un tanto fatigado. No te hace falta que nadie te diga que está enfermo, lo más probable con un resfriado. Antón Chejov comentaba que no describas la luna, muéstrala en el reflejo de una botella rota. Esa es una de las claves de escribir bien, el cómo lo cuentas y, por favor, el lector no es tonto, y tiene la sensibilidad necesaria para comprender a qué te refieres, a reaccionar ante una bella imagen. A falta de poder aplicar lo de una imagen vale más que mil palabras, el escritor se ve obligado a activar la imaginación del lector. Este pretexto, que espero no esté tan expandido, nace de la comodidad y las ganas por esforzarse en esforzarse poco, en creer que con describir y describir es suficiente (irónico para la comodidad). En la vida real no tenemos al lado alguien comentando todo lo que vemos (aunque existen personas así). La literatura en comparación rellena ese hueco y hace de la función transmisora que luego interpreta nuestro cerebro. Si una línea me la puedes resumir en dos o tres palabras visuales bien combinadas, es que algo funciona. Lo mismo para un párrafo resumido en dos o tres líneas. Puede que la confusión surja de cómo contamos el punto de vista del personaje. Si es primera persona es lo más sencillo, nos limitamos al modo de ver el mundo de un único personaje. Si es en tercera usando a varios, podemos ir saltando, con los giros y sorpresas que eso conlleva, jugando con el variado modo de ver que tienen diferentes personas sobre el mismo lugar, persona o suceso. Por favor, muestra, el ser humano medio comprende una escena sin que se le explique el porqué de ciertos detalles y gestos. El cine ya nos ha enseñó a comprenderlo (hasta el vicio). —Acorta: Se sabe que escribir una novela o relato extenso requiere del mismo trabajo tanto de escribir como de corregir. La impaciencia por publicarlo o enseñarlo a la humanidad entera logra que la parte de corrección sea tratada a la ligera. Dentro de este proceso, existe el consejo profesional de acortar. Corta, resume, elimina… parece que no, pero por experiencia aseguro que es de lo mejor que se puede hacer. Vivimos en unos tiempos de prisas de un sol a sol cada vez más rápido, de consumir lo máximo posible en menos tiempo (lo cual mata a las buenas obras, que requieren de ser disfrutadas y analizadas con calma), así que este detalle, ahora más que nunca, es necesario si uno quiere ser leído, aunque es más importante por el motivo principal de lograr algo interesante de leer. Duele matar a nuestros seres queridos (eso comenta Stephen King en su famoso libro didáctico), pero el resultado final se nota. Mas que acortar, es ir directo, con la clave de mantener al lector dentro de la imaginación, del sueño constante. En el primer borrador solemos escribir de más, volcamos todo lo que tenemos dentro y, a menos que seas Mircea Cartarescu (que a la primera le surge lo que va a ser publicado), un buen porcentaje no es necesario para contar lo importante de la historia. Tras escribir todo el bloque y dejar reposar, al retomar es el momento de analizar qué es vital e imposible de quitar. No te engañes, hay mucha cantidad que sobra, y párrafos importantes siempre pueden ser acortados. Se sabe que cada párrafo de un libro bien compuesto no sobra porque cuenta algo que tiene que ver con la trama, o que contiene detalles que son o serán importantes. Al inicio es normal describir cómo son los personajes con sus comportamientos y acciones, pero después comienza la aceleración que permite atrapar la intriga del lector, y eso se logra acortando. Insisto, no es (sólo) porque vivamos deprisa, sino porque es necesario para que el lector no sienta que está perdiendo el tiempo al leer ciertos trozos. Ahí está el meollo de este arte, saber capturar y no soltar a cada línea. No temas acortar para poder unir dos trozos separados por culpa de una o varias palabras grises. Toca invertir el mismo tiempo que escribiendo. Ah, sí, en la revisión te dará por añadir. No es tan buena idea como parece. —Escribe sólo una cosa al mismo tiempo: Este supuesto mal consejo me pilla. Al parecer, quienes lo defienden es porque se atascan con sus novelas y se dedican a escribir otras. Bueno, si eres capaz, de acuerdo, pero prefiero lo de una cosa detrás de otra. Lo de atascarse… si uno ha leído y escrito lo suficiente nunca debería sucederle. Lo de la hoja en blanco es más una leyenda, porque existen tantos temas e ideas por contar que no creo que una única persona pueda contarlas todas. Por otro lado, se conoce que la musa te pilla trabajando, y si te sientes poco inspirado, es tan sencillo como ponerte a escribir por escribir. Deja calentar los motores. —Escribe sobre lo que sabes: De nuevo, la ambigüedad. Sí, hay que escribir de lo que eres entendido, pues da gusto tanto escribirlo por parte de uno como leerlo por parte de otra persona; pero no, porque te quedas en tu zona de confort y a la que hace cinco artículos o reseñas descubren que estás limitado o eres monotemático. Es como el primer mal consejo, sobre lo de quedarse en tu género predilecto. Lo suyo es leer de todo para evitar este supuesto problema, hablar y conocer a la mayor cantidad de personas y visitar lugares: vivir, acumular experiencias. Con ello se logra que lo que escribes sea variado y no parezca que escribes sobre lo que sabes, sino que hablas en un lenguaje más universal. Pero hoy en día nos movemos poco del lugar donde está el ordenador (hablo de la media de escritores, pero se sabe que se expande a más tipos de personas), leemos deprisa y corriendo y en su mayoría son discusiones (que no debates) de las redes sociales, y conocemos gente de la que no sabemos cómo son en aspecto. ¿Cómo esperamos escribir algo creíble? Aunque las generaciones cambian, y puede que les resulte más verosímil el que escribas sobre gente sin describir sus gestos y costumbres en sociedad más allá de las aficiones, que ya no haga falta hablar sobre su rostro pues basta con señalar que tiene el del personaje de moda. Las referencias a la orden del día, lo que me aconsejaron en su momento que no hiciese, ahora es una necesidad para conseguir cierta “empatía” al ser leído. En resumen, sal de vez en cuando de lo que dominas. Documentarse es uno de los mejores procesos a la hora de escribir. Deja de visualizar esa serie o película al doble de velocidad y ponte a descubrir sobre el mundo. —Adverbios y adjetivos: Este mal consejo sí que está expandido. Su origen nace del citado “Mientras Escribo” de Stephen King, donde recomienda no usar nunca adverbios. Lo que nadie ha caído en la cuenta es que se refiere al inglés, pues de hecho el propio traductor tuvo el detalle de indicarte que son palabras terminadas de normal en –ly. En castellano son las terminadas en –mente. Así que tenemos una norma que se ha tomado a rajatabla, siendo criticados aquellos que usen prontamente cualquier adverbio que modifique al verbo cruelmente. Este consejo mal interpretado por un “lost in traslation” hay que entenderlo como que no hay que abusar de adjetivos y adverbios. Abusar, que no el no utilizar jamás. No pasa nada por colar alguno de vez en cuando. Queda claro que queda mejor y menos vago el no usar adjetivos, lo de la botella rota y el reflejo de la luna y eso, pero tampoco voy a dejar de leer un libro interesante sólo porque me diga que una bicicleta está, simplemente, rota. Es impreciso para la imaginación, pero ya se encarga el cerebro de arreglarlo. El problema es si cada línea tiene un adjetivo, pues me saca del sueño vivido que supone leer. —Empieza por la mitad: Otro consejo que se ha tomado a la literal. Cuando se dice que comiences tu historia por la mitad, no se refiere a que comiences a escribir tu novela por en medio y luego realices el inicio o el final. Se refiere al clásico y efectivo truco de contar al iniciar la historia una escena de la trama avanzada. Esto produce que el lector se interese sobre cómo se ha llegado a ese punto y el qué sucederá después, por lo que no tiene otra que leer la primera mitad de la novela para llegar de nuevo a ese punto. ¿Es tramposo? Un poco, pero da la emoción e intriga que se busca, y seguro que el lector no se siente engañado una vez cumplas con las expectativas de esa primera escena adelantada en el tiempo. Aquí viene el meollo clásico sobre los escritores de mapa y los de brújula, que son lo que planifican de principio a fin su novela contra los que la comienzan y se dejan llevar. Los primeros lo tienen todo pensado, cada cabo bien atado, los segundos es fácil que se pierdan, pero logran esas escenas donde no sabes qué va a suceder pues ni el propio autor lo sabe. Creo que lo suyo es un punto medio, saber de antemano sobre qué vas a escribir, documentarse bien, tener claro lo importante de la trama y entonces lanzarse sin miedo, dejándote llevar. Por otro lado, no hay que cerrarse y negarse a modificar ciertas partes. Puedes tener una idea mejor o darte cuenta que tal parte mejora al ser cambiada o eliminada. Si lo suyo es sorprender y dejar contento al lector, lo mejor es lograr que eso mismo te suceda a ti al escribirlo, y planificarlo puede matar un poco la esencia si se abusa de ello. —Varía tu lenguaje: Otro supuesto mal consejo contradicho por algún vago. Si uno lee en cantidad, ni se da cuenta de la variedad de su lenguaje. Si uno está limitado en su lenguaje, que no se excuse, que lea un poco más y abra esa perola. También se aplica a lo de si repetir o no palabras dentro de un mismo párrafo. Como se sabe, lo suyo es un punto medio, y no creo que pase nada porque suceda de vez en cuando. Si es a cada momento, hace sospechar de la capacidad del escritor. También sucede que a los mejores escritores ni se les nota cuando repiten a cada momento una palabra. No hace mucho leí una entrevista sobre Alan Moore donde se refería a cierta palabra una y otra vez. El tema era tan interesante que ni me percaté, sólo al revisarlo me di cuenta de la repetición de la palabra, pero no me importó porque su discurso resultaba estimulante y esclarecedor, lo que eclipsaba cualquier aparente fallo. Con la variedad de palabras que posee nuestro idioma, como para faltarle al respeto. —Tienes que juntarte con otros escritores: ¿En serio esto es tratado como un mal consejo? Vivamos todos en nuestras torres de marfil, por supuesto, nos aislamos de los colegas del gremio, claro que sí. ¿Qué van a saber ellos? ¿Qué consejos y experiencias puede darnos alguien que trata y lee sobre los mismos temas que nosotros? Encima que los contactos son necesarios para colar la pata en tal o cual lugar. En fin… Ya lo decía mi abuela, que una de las mejores experiencias de la vida es conocer a gente, y ella sabía mucho sin apenas haber leído. Hay que tener amigos hasta en el infierno. En muchas ocasiones las personas son más interesantes que los libros, y rodearte de gente afín es estimulante. El mero hecho de unirte a un foro o chat de escritores ya motiva a escribir. Compruebas otros métodos de realizar los mismos ejercicios, aprendes detalles que se te escapan, compites por mejorar y de paso te diviertes. Quiero creer que quien diga que juntarse con otros escritores es malo es por culpa de malas experiencias. Como en todo campo artístico, hay mucho ególatra, envidioso y competidor que no soporta que alguien le enseñe o tenga esas mismas tareas y objetivos que le hacen creer tan único y especial. Hay un tipo de persona que, en verdad, son resignados con máscaras de sabelotodo que no podrían aguantar ver a alguien consiguiendo lo que ellos no han podido. Su propia sabiduría les estanca. Se creen haber dominado la vida, y si ellos no lo han logrado, oh, tan capacitados y elegidos que son, ¿cómo va a poder el resto? Déjalos ahí en el centro del mundo: están completamente solos. —No escribas un género menor como Fantasía o Ciencia-Ficción: Este sí que es un mal consejo. Por suerte este prejuicio ya se ha superado. Hoy en día cierto elitismo se desvanece y hay autores reconocidos y de peso en cada género posible. La Fantasía y la Ciencia-Ficción tienen mucho que contar, cantidad de ejemplos existen que lo demuestran. Me temo que hasta que uno de estos autores no gane un Nobel, nadie los va a tomar en serio, aunque ya pocos quedan que no hayan leído y disfrutado/aprendido con obras de estas características. —Escribe para vender: Si te dedicas a esto por el dinero, mejor que te eches el cubo de realidad lleno de agua fría cuanto antes. Puedes ganar dinero, pero no para vivir. Es mejor no hacerse ilusiones, aunque eso no significa que no lo intentes. Se dice que para vivir de escribir es necesaria la constancia (disciplina, perseverancia y superación que dice Murakami), y la clave es lograr un buen catálogo de libros escritos para comenzar a ver beneficios. Sin embargo, una vez estés metido de lleno en la obligación de escribir, puede que te arrepientas de lo que deseas. Se idealiza la profesión del escritor por culpa de la fama de los mejores. ¿Conoces de algún escritor feliz? Sí, en entrevistas y artículos. Pero no dejan de tener problemas, y se dice que de entre todos los artistas los más propensos a problemas mentales son los escritores, tan acostumbrados a ir entre la realidad y la ficción cada día. Al final se maneja tal cantidad de datos y se acumulan tantas ideas que no puede ser sano, con la obligación de escribir las dos mil o tres mil palabras diarias si queremos cumplir con el plazo. No deja de ser un trabajo de ocho diarias. Encima no tan bien cotizado. Conclusión: El problema de los consejos, como ya dije, es que no dejan de ser subjetivos, ambiguos según la experiencia de la persona que los escribe o los lee y quizá condicionantes. No dejan de ser una guía o esbozo para hacerse una idea de cómo funciona esto de escribir. Al final lo que cuenta es la experiencia personal, ¿y quién si no mejor que uno para conseguirla? Es que no hay otro modo, al final siempre depende de ti mismo conseguirlo, asúmelo. El problema es que los escritores somos de hablar/escribir mucho. Es la manía lógica, lo tengo comprobado por los foros y blogs que visito, donde hay más palabras que en foros de música por ejemplo, que hay gente más acostumbrada a escuchar/leer. Solemos perdernos en nuestros propios discursos, pues para ser escritor se necesitar de cierto ego (uno que de normal no es dañino, ojo), y divagar es nuestra especialidad. Lo que concluyo de este hecho es que se debería gastar esa energía en escribir ese proyecto de nuestras vidas, en lo que pretendemos entregar al mundo por ver qué sucede. Quizá lo terminen leyendo los más cercanos y algún lector casual, pero si funciona, el boca a boca hará el resto. Insisto que no te hará rico (eso tampoco va a solucionar tu vida, asúmelo de una vez), pero habrás compartido y las personas reaccionarán en consecuencia. Eso es de lo más hermoso de la literatura, el aportar tu modo de ver el mundo y que los demás surjan cambiados de esa experiencia y por lo tanto siendo mejores.
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