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26 min
Los milagros de San Antonio
Suspense |
15.11.13
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Sinopsis

El reverendo padre don Gabino alardeaba de tener muy buena vista y de ser todo un experto en Historia del Arte...Así comienza un relato para leer reposadamente. y con todos los sentidos alerta...

 

 

El reverendo padre don Gabino alardeaba de tener muy buena vista y presumía de ser todo un experto en Historia del Arte. Soslayando cierto grado de vanidad por su parte, hay que decir que ambos hechos eran rigurosamente ciertos. Su especialidad era la escultura y más concretamente las tallas religiosas de madera pertenecientes al Barroco español. Al cura Gabino no había imagen de santo que se le resistiera. Tras un breve análisis del mismo era capaz de reconocer el autor y el periodo de ejecución con un escaso margen de error. Los Salzillo, Berruguete, Montañés, Juan de Mena, Gregorio Fernández…no tenían secretos para él. Conocía su vida y su obra tan bien como la suya propia, talmente como si hubiera coexistido con ellos y trabajado de ayudante en sus talleres de los    siglos XVII y XVIII.

Su aguda percepción visual, unida a su portentosa memoria fotográfica y a sus inmensos conocimientos artísticos, hacía del padre Gabino un auténtico lince evaluador de retablos. Se decía de él que era capaz de valorar infaliblemente en un tiempo récord los santos de cualquier iglesia de España. Sus predilectos, no obstante, eran aquellos venerados en capillas y ermitas de aldeas remotas, olvidadas de la mano de Dios.

El cura don Gabino contaba a la sazón con 55 años muy bien llevados, y las dos últimas décadas había estado destinado en el ámbito rural, lo cual le había permitido desarrollar y potenciar los conocimientos adquiridos en la Universidad de Salamanca y aplicarlos a la práctica diaria con sustancioso provecho.

En la última reordenación del clero asturiano, llevada a cabo por el señor Obispo, a finales del verano del 70, el reverendo don Gabino, nacido de familia humilde en la villa de Pravia, fue destinado a la parroquia del concejo de Pesoz. Tratábase de uno de los municipios más pequeños y pobres de la región, cuyos habitantes se dedicaban en su mayoría a las labores agropecuarias en una precaria economía de subsistencia pura y dura. Integraban el concejo una docena y media de pequeños pueblos, aldeas y caseríos.

En una de esas aldeas, de nombre Argul, descubrió nuestro protagonista un extraordinario tesoro. El portentoso hallazgo resultó de tal calibre ante sus ojos que poco le faltó para desmayarse de la emoción. Una ola de calor abrasó su rostro, sintió un vacío en el estómago y cómo las piernas se le volvían de goma.

Argul era el poblado más antiguo del Municipio. Existían referencias escritas en los Archivos de Salamanca en las que aparecía mencionado en la lejana fecha del año 975, presentándolo como el núcleo poblacional más importante del Concejo y aún de toda la Comarca. Una veintena larga de casas de piedra, edificadas sobre la roca y con tejados de pizarra, se recostaban en un fértil valle de ribera, plácidamente apiñadas, conformando un pintoresco y armonioso conjunto arquitectónico que, no en vano, veinte años más tarde sería declarado Patrimonio Histórico.

Cuando el ocasional forastero del futuro se perdiera deambulando entre sus calellas, atravesara los pasadizos y se recreara admirando la perfección de las viejas paredes, entonces, en un instante sublime, aprehendería los recuerdos persistentes en la memoria de las piedras y tendría la impresión de haber penetrado en el túnel del tiempo.

En las afueras de la aldea, a menos de un kilómetro y enclavada en un paraje boscoso de pinos y castaños, erguíase la ermita erigida en honor de San Antonio, el patrón del pueblo, cuya festividad se celebraba el 13 de Junio, con misa solemne, breve procesión, subasta de productos autóctonos, estruendosos voladores y verbena de gaita y acordeón. Tratábase de un edificio de apenas 20 metros cuadrados de planta y unos cuatro de altura con muros de piedra encalados y tejado de pizarra, en el cual se levanta un sólido campanario que alberga una respetable campana de bronce.

El cura don Gabino se topó con la ermita en uno de sus habituales paseos vespertinos, después de recorrer unos cinco kilómetros a través del camino de carro que unía Argul con la capital del concejo. Una senda accidentada que partiendo de Pesoz descendía abruptamente hasta el río Agüera y lo cruzaba por un humilde puente de madera; ascendía, también de forma brusca, por la ladera opuesta en medio de hostiles peñascales y llaneaba finalmente en un perfil de suaves toboganes, a través de un denso y extenso pinar, para conducir hasta la pequeña ermita situada a su vera.

La vetusta y varias veces centenaria capilla surgió de improviso, delante del sorprendido reverendo, en un recodo del camino. Hay que decir que el señor cura llevaba apenas una semana en el concejo y apenas si se había informado sobre el patrimonio eclesial de la zona.

 La ermita de San Antonio estaba orientada hacia el Sur, donde se ubicaba el campo de la fiesta, y rodeada de pinos por los otros tres puntos cardinales. El sacerdote la contempló fascinado e intuyó que allí dentro podría haber algo que justificara verdaderamente la larga y agotadora caminata. Ascendió raudo los dos escalones de acceso, atravesó el breve cabildo, flanqueado por sendos bancos de piedra adosados a las paredes, e introduciendo la cabeza entre la hilera de barrotes que custodiaban la puerta atrancada escrutó ansiosamente en la fresca penumbra del interior.

Lo que allí vio le cortó literalmente la respiración, aún sofocada por la dura ascensión desde el río. Aún después de numerosas y similares experiencias, el reverendo don Gabino no conseguía domar sus emociones y cada nuevo descubrimiento era como el primero.

Tras el angosto suelo de tierra y sobre el altar de madera cubierto de blanco mantel y adornado con rosas y velas, alzábase un pintoresco retablo de madera bellamente labrada y policromada en varios tonos dorados, azules y rojos. En el triángulo superior del mismo presidía un imponente Cristo crucificado, flanqueado por sendas cabezas de ángeles reposando sobre un par de alas. En la parte inferior abríanse tres grandes huecos enmarcados por pequeñas columnas barrocas y habitados por la flamante triada santoral.

Una Santa María Magdalena de apasionada mirada y ataviada con vistoso manto de terciopelo escarlata ocupaba la hornacina de la izquierda, San Juan, a punto de ser degollado, moraba en la derecha; y en la central, sensiblemente mayor que las otras dos, erguíase la formidable figura de un San Antonio de Padua de más de un metro de altura.

Fue la visión de ésta última imagen la que aceleró el pulso del cura experto en arte. Don Gabino notó la boca repentinamente seca y cómo se le erizaba el vello en la nuca y antebrazos. En ese momento le flojearon las piernas y se le nubló la vista. El pastor del Señor se aferró fuertemente a los barrotes. A pesar de que la tarde era fresca, su frente se perló de sudor.

Situado a una distancia de dos metros de la figura y aún imposibilitado de acercarse a ella para tocarla y observarla más de cerca, su agudo ojo clínico, que muy rara vez erraba el análisis, le indicó que se encontraba delante de una pieza verdaderamente excepcional, una obra singular, de enorme valor histórico y artístico.

El reverendo don Gabino regresó literalmente volando a la casa sacerdotal de Pesoz. Tal era su estado de nervios e indescriptible emoción que recorrió el camino prácticamente a la carrera, cual potro desbocado y sin freno. Esa noche apenas si pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente, muy temprano, se agenció la llave, en posesión de una vecina de Argul, franqueó la pesada puerta de roble macizo y se abalanzó sobre la talla que una y otra vez había huido de él en sueños a lo largo de una noche angustiosa e interminable.

Unos escasos minutos de febril estudio fueron más que suficientes para confirmar punto por punto su jubilosa impresión inicial. La escultura, de unos 120 cm. de alto, representaba a un San Antonio juvenil, de rostro beatífico, cabeza con tonsura, y vestido con hábito de fraile, amarrado a la cintura por un grueso cordón. Con su brazo derecho sostenía a un sonriente Niño Jesús y en la mano izquierda sujetaba un viejo libro y una hoja de palmera.

El cura Gabino tuvo que sentarse porque de nuevo las piernas amenazaban con no sostenerlo y las manos le temblaban tanto que peligraba la integridad de la fabulosa talla. Tal y como había presentido la tarde anterior tratábase, sin lugar a dudas, de una obra esculpida a finales del siglo XVII por el genial artista Juan Alonso Villabrille y Ron, uno de los más importantes autores de imaginería religiosa del Barroco español  y natural, precisamente, de la aldea de Argul donde había nacido en la lejana fecha de 1663.

Tenía en sus manos, pues, una pieza única a cuyo valor intrínseco por su calidad artística e importancia histórica añadíase el hecho de que las obras conocidas de Villabrille y Ron se contaran con los dedos de una mano.

Llegados a este punto de nuestra historia, hay que decir que junto a su extraordinario ojo artístico para catalogar las tallas religiosas y sus ingentes conocimientos en ese campo, una tercera y nada desdeñable cualidad confluía en la peculiar personalidad del reverendo Gabino. Se trataba de su total amoralidad y su absoluta falta de escrúpulos a la hora de satisfacer sus caprichos personales, especialmente en lo que se refiere al coleccionismo de arte sacro.

Una tía abuela por parte de madre le había dejado en herencia un solitario caserío perdido entre las montañas de Covadonga. Don Gabino había convertido el espacioso sótano de la casona en un auténtico museo de imaginería religiosa donde ante el escaso público visitante, o sea, él mismo y algún que otro marchante del mercado negro, se exponían no menos de una treintena de imágenes robadas en las distintas parroquias donde el cura había sido destinado a lo largo de las dos últimas décadas. Todas habían sido restauradas con mimo y lucían esplendorosas sobre sus pedestales en el interior de grandes urnas de cristal.

El “modus operandi” del simpático curita era siempre el mismo con muy ligeras variaciones, dependiendo del lugar y de las especiales características de la imagen sustraída. Una vez localizado el objeto de deseo, lo fotografiaba desde varios ángulos, lo medía cual minucioso sastre y a continuación encargaba una réplica exacta del mismo en uno de los escasos talleres especializados en imaginería religiosa y que casualmente había localizado en el transcurso de sus fechorías.

Los últimos retoques a la artesanal copia se hacían ya con el modelo original de cuerpo presente, que Don Gabino se había llevado de la ermita de turno pretextando su alarmante deterioro por culpa de una voraz plaga de polilla y la necesidad imperiosa de una urgente restauración. Avalado por su reconocida sabiduría sobre el particular, que previamente se había encargado de divulgar sobradamente, y asistido por su persuasiva locuacidad y su dilatada experiencia embaucadora, conseguía con relativa facilidad la unánime aprobación de los vecinos, con alguna que otra débil reticencia que siempre lograba derrumbar haciendo gala de habilidad suprema e inagotable paciencia.

Y encima, ya en el colmo de la santa desvergüenza, el reverendo don Gabino tenía la inaudita desfachatez de organizar una colecta popular logrando la entusiasta participación de los parroquianos, residentes y emigrados, más que suficiente para costear el trabajo de la piadosa falsificación.

Así, los expertos talladores remedaban hasta el más nimio detalle de la figura original, esculpiendo en un tiempo récord un clon endiabladamente perfecto. Tanto era así, que una vez finalizado el proceso de pintura, barnizado y envejecimiento artificial de la imagen, sólo un avezado experto sería capaz de distinguir la falsificación de la talla verdadera, supuestamente restaurada. Porque ahí precisamente estaba el truco que garantizaba el éxito de la fraudulenta operación. Las ermitas suelen estar en penumbra, los feligreses no suelen reparar demasiado en los pequeños detalles de la fisonomía santoral y, en todo caso, cualquier cambio observado, más o menos evidente, se achacaría indefectiblemente al exhaustivo y costoso procedimiento aplicado para sanear la talla y eliminar la voraz e imaginaria polilla.

El “San Antonio con Niño en brazos” de Villabrille y Ron representaba la más valiosa pieza que el cura Gabino descubriera hasta el presente, de ahí que no demorase ni un minuto en poner a funcionar la infalible maquinaria delictiva.  La sustanciosa recaudación obtenida entre los vecinos de Argul constituyó un acicate decisivo para que el taller concediera a la obra el carácter de prioridad absoluta, y se comprometieran a terminarla en un plazo de tiempo sensiblemente inferior al que tenían por costumbre, estimulados por la acuciante urgencia de su generoso cliente y la promesa de una jugosa recompensa.

El cura pecador se había encaprichado de la extraordinaria talla hasta el extremo de someter el fino y cauto proceder del delincuente experimentado, que tenía por costumbre, al apasionado comportamiento del coleccionista entusiasmado. Por lo demás, el inmoral reverendo fue privilegiado testigo de la acendrada devoción que los habitantes de la aldea de Argul profesaban hacia su Santo Patrono, circunstancia que favoreció el apoteósico éxito de la colecta pero hizo que los puntuales y acostumbrados reparos  a la manipulación de la imagen fueran aquí más notables y significativos. Tanto es así que Don Gabino tuvo que emplearse más a fondo que nunca en su infatigable labor de persuasión.

La mayoría de la veintena larga de familias estaban suscritos a la legendaria revista “El Pan de los Pobres”, bendecida religiosamente por todos los papas desde León XIII hasta el actual Pablo VI, pasando por Pío XII y Juan XXIII, entre otros. La extensa lista pontifical aparecía reseñada escrupulosamente en la portada, al lado de la imagen omnipresente de San Antonio de Padua sosteniendo en brazos al Niño Jesús.  Y  el interior de la escueta publicación, poco más que un folleto, estaba consagrado casi en exclusiva a reflejar las milagrosas intercesiones del santo ante la avalancha de petición de favores y las limosnas ofrecidas por los agradecidos implorantes una vez atendidos su fervorosos ruegos.

La mayoría del aluvión de súplicas atendidas por el santo, lanzadas desde los más dispares rincones de la geografía patria y aun de allende los mares, eran de índole doméstico-laboral. Menudeaban así los exámenes aprobados, las enfermedades superadas, los accidentes bien librados, los valiosos objetos perdidos y hallados…con mención especial al azaroso mundo rural en el angustioso parto de la Lucera, felizmente resuelto, el marrano afortunadamente restablecido a tiempo para el sacrificio, la excepcional cosecha de vino milagrosamente salvada del pedrisco…en fin, todo un surtido catálogo como fiel reflejo de la fe sencilla e inquebrantable de unas gentes humildes que en la lucha diaria por sobrevivir recurren a su santo predilecto para que los asista en los penosos contratiempos cotidianos.

Ya se sabe que la fe mueve montañas y, al igual que Santa Bárbara, San Antonio es invocado, con el Bendito detrás, ante cualquier peligro real o inminente.

Durante las dos semanas que la imagen del santo estuvo ausente de la ermita hubo algunas vecinas que clamaron al cielo porque San Antonio no había atendido satisfactoriamente sus peticiones, y juzgando que el cambio lo había trastornado y menguado sus poderes suplicaron encarecidamente al cura que acelerara la restauración.

Mención aparte merece el caso del invidente Benito que a sus casi 70 años lloró como un niño cuando sus manos sensitivas y exploradoras encontraron la urna vacía. Ciego de nacimiento, era un tipo solitario, huraño y excéntrico que recelaba de sus semejantes y prefería la compañía de los santos, de ahí que se le viera a menudo con su perro y su cayado por los alrededores de la ermita, cantando y tocando la armónica. Al parecer, nadie le había informado, apenas si se hablaba con un par de vecinos, o no se enteró bien de los pormenores de la apresurada operación.

Es por ello que el buen hombre, aquejado además de cierto retraso mental, creyó que su adorado San Antonio había sido robado. Benito sintió una pena mayor que cuando murió su madre, hacía cosa de tres años. Sus desolados berridos alarmaron a los vecinos y a muy duras penas lograron explicarle la verdadera naturaleza del asunto.

Alertado por el escándalo, el cura Gabino acudió a tranquilizarlo y el ciego Benito lo recibió con tal rosario, de 15 misterios, de insultos y amenazas que el acongojado reverendo tuvo que huir literalmente a la carrera, logrando esquivar por los pelos los muletazos de bienvenida propinados de oído por el iracundo devoto de San Antonio.

Benito, ciego también de rabia, no pegó ojo durante aquellas jornadas en que el santo estuvo ausente de la ermita. Sólo cesó su ansiedad y desapareció su miedo cuando unos días más tarde, al fin, regresó el cura Gabino con la flamante réplica de la talla.

Todos los vecinos de Argul se acercaron para tocarla y admirarla antes de la misa celebrada para celebrar el retorno del Santo Patrón. Los elogios fueron unánimes. Todos convinieron en que el párroco había realizado un trabajo fantástico y fue felicitado efusivamente. Especialmente satisfecha se encontraba la tía María, otra ferviente devota, tanto o más que Benito, una de las atribuladas feligresas que habían metido prisa al reverendo porque San Antonio estaba fuera de cobertura.

Emocionante e inenarrable resultó la reacción del ciego Benito. Nervioso e impaciente hasta el paroxismo, arrebató la imagen de las manos del cura y la abrazó con la misma pasión desgarrada que la madre que encuentra a su hija perdida. Prorrumpió en gritos de júbilo. Gruesas lágrimas afloraron a sus ojos muertos y surcaron sus febriles mejillas. Sostuvo la talla contra su pecho doliente. La olfateó como un frenético lebrel. Alabó entre sollozos el delicioso aroma a barniz y pintura. A continuación, la golpeó con los nudillos en varios sitios. El sacerdote Gabino compuso un gesto de alarma y le preguntó el motivo de tan singular proceder. El ciego Benito, exultante de dicha, le confesó que llamaba a San Antonio y que éste le había respondido desde dentro de la talla y le había expresado su enorme alegría por haber retornado al hogar.

Entre el corrillo de expectantes y regocijados vecinos se elevaron murmullos y risas mal disimuladas, y más de uno hizo el gesto de atornillarse la sien. Otros, especialmente las mujeres, se conmovieron con la actitud de Benito y secundaron su emocionado llanto.

El reverendo Gabino comenzaba a hartarse de aquel circo. Ardiendo de impaciencia, consultó el reloj con disimulo y trató de convencer a Benito de que le devolviera a San Antonio.

El ciego se la entregó finalmente no sin antes haber recorrido con sus dedos cada centímetro cuadrado de la tonsurada cabeza, del hábito de monje amarrado a la cintura, del sonriente Niño Jesús que el santo sostenía en su brazo derecho y del viejo devocionario y la hoja de palmera que sujetaba en su mano izquierda. La enorme sonrisa de infinito placer y satisfacción que iluminaba el extasiado rostro del ciego cuando le devolvió la talla al cura, supuso para éste el mejor aval y su rostro tenso se relajó en una mueca de inmenso alivio. La falsa escultura había pasado el duro y exhaustivo examen con una nota de sobresaliente.

El pueblo de Argul prorrumpió en un espontáneo aplauso. Benito, sin dejar de llorar, se abrazó al cura y le dio las más calurosas gracias, declarándole su eterno reconocimiento. Afuera estalló un volador y comenzó a sonar el acordeón. Pronto, la gaita lo secundó gozosa. Daba comienzo la verbena como colofón jubiloso del emotivo acto.

Dos días más tarde, una mañana de domingo, se encontraba don Gabino preparando la misa de ese día cuando recibió una inesperada visita. El ciego Benito se presentó en la iglesia de Pesoz y manifestó su deseo de confesarse, declarando que San Antonio le había abierto los ojos, era un decir, claro, y que quería limpiar su alma porque no conocía ni el día ni la hora. El sorprendido párroco se apresuró a satisfacer la fervorosa demanda del invidente pecador arrepentido.

Así que, ni corto ni perezoso, se introdujo en el confesionario, después de limpiar el polvo y las telarañas, y murmuró un “Ave María Purísima” que Benito contestó con el reglamentario “sin pecado concebida”. A continuación don Gabino lo invitó a relatarle sus pecados y Benito, sin más dilación, comenzó a hablar.

Media hora más tarde el ciego devoto de San Antonio salía de la iglesia con una enorme sonrisa de triunfo. Con mano firme, asió la correa del fiel perro lazarillo y comenzó a surcar el claustro porticado, golpeando con su cayado el suelo empedrado, silbando una marcha militar y más contento que unas castañuelas.

Mientras tanto, el cura devoto de lo ajeno permanecía inmóvil en el confesionario, pálido y descompuesto el semblante, la mirada rabiosa clavada en el infinito y las manos crispadas como garras aferrando los barrotes de madera.

Al día siguiente, casi entrada ya la noche, visitó nuevamente la ermita de Argul. Tras unos minutos de titubeo y penosa indecisión, retiró la talla falsificada y colocó en su lugar el auténtico San Antonio.

Antes de marcharse se despidió de aquella pequeña obra maestra. Sus ojos, húmedos de rabia, pena y frustración, se encontraron con la mirada limpia y sabia del santo y la fresca inocencia del Niño. En aquellos dos rostros labrados en madera de nogal se resumía todo el genio creador de un Villabrille y Ron portentosamente dotado para insuflarles vida y hacer que su fuerza expresiva conmueva, asombre y perdure en el recuerdo, a través de los siglos.

Unas horas más tarde, tumbado en el lecho, los ojos insomnes horadando las tinieblas, el reverendo don Gabino rememoró de nuevo la mañana de aquel infausto domingo y el más insólito acto de confesión que jamás protagonizara sacerdote alguno.

El ciego Benito había comenzado diciendo que no había venido a contarle sus pecados sino a recordarle los que el cura había cometido. Irónicamente había dejado caer que es posible que el padre reverendo tuviera muy buena vista, pero que en el resto de los sentidos él le daba ciento y raya compensando sobradamente su natal deficiencia.

Antes de que un abrumado don Gabino atinase a replicar, dudando si soñaba o estaba despierto, el ciego Benito continuó con su demoledora exposición de los hechos, explicándole cómo había descubierto el engaño.

En un  alarde de apabullante demostración de facultades sensoriales, comentó que la apócrifa talla de San Antonio olía sospechosamente desde kilómetros de distancia, aún con el viento en contra, y que ni el asqueroso tufo a barniz y pintura conseguían ocultar el aroma inconfundible de la delatora resina. Añadió el receptivo invidente que a quién se le ocurre usar madera de pino, casi recién cortado. Sólo por ese inaudito gesto de desprecio al buen gusto y a la dignidad del santo, el señor cura merecía ir a presidio, recalcó un Benito crecido y arrollador cual salvaje torrente de montaña.

Los toques que había propinado a la talla en distintos y estratégicos puntos de su estructura, aseguró el ciego, habían conseguido despertar a San Antonio y el santo le había revelado un jugoso secreto. Hasta un anciano con sonotone sin pilas distinguiría el sonido de un aromático trozo de pino, de unas treinta primaveras y la muesca aún caliente del hacha, de una pieza de noble nogal con más de tres siglos de vida.

Y si las pruebas olfativas y auditivas, aun siendo casi determinantes, permitieran albergar algún margen de duda sobre la naturaleza del apócrifo San Antonio, la minuciosa y milimétrica inspección táctil a que el ciego había sometido la talla, supuso la absoluta confirmación del sacrílego delito.

El devoto invidente conocía mejor que nadie el relieve superficial de la escultura de Villabrille y Ron, y posiblemente fuera la única persona en el mundo que sabía de la existencia de la suave protuberancia rugosa situada en la nuca del verdadero San Antonio. Se trataba de un defecto natural de la pieza de madera original que el artista había respetado, integrándola en la mata de pelo que bordeaba el contorno de la tonsura, y que recordaba, al tacto, una enorme verruga. La nuca de la talla falsa lucía obscenamente lisa. Los ojos de las yemas de Benito habían descubierto la prueba definitiva del clamoroso cambiazo.

El ciego Benito finalizó su alegato acusador advirtiéndole al cura Gabino que tenía 24 horas a partir de ya para devolver a San Antonio a su hogar. En caso contrario, informaría del robo al señor Obispo y la Guardia Civil, por este orden, recalcó.

En los años posteriores el reverendo Gabino continuó con sus fechorías. Afortunadamente para él, el ciego Benito se dio por satisfecho con haber recuperado su santo y no llegó a intuir la magnitud de sus delitos. El soberbio fracaso de Argul, no obstante, le sirvió de provechosa lección y a partir de entonces introdujo sustanciosas modificaciones en sus operaciones de suplantación de imágenes.

Una y otra vez maldijo el día en que, acuciado por estúpidas prisas, había consentido que el taller usara madera de pino por ser ésta la única en existencias en ese momento. Desde ese día, puso grandísimo cuidado en que la talla falsificada se realizara con el mismo tipo de madera que la original y, en todo caso, procuró hacer especial hincapié en que se utilizara madera vieja de cualquier árbol que no fuese el maldito pino con su asqueroso olor a resina y su delator sonido juvenil.

Y por encima de todo, desde la amarga experiencia en adelante, el escamado reverendo recorría una y otra vez con sus dedos, pulgada a pulgada, la superficie de las imágenes sustraídas en busca de cualquier imperfección, tratando de localizar alguna suave protuberancia rugosa que recordara, al tacto, aunque fuera vagamente, la ominosa forma de una repelente y maldita verruga.

Y para redondear esta curiosa historia acaecida en el pueblo de Argul, hay que decir que en el número del “Pan de los Pobres” correspondiente al 13 de Mayo de 1971, apareció publicado el siguiente testimonio en la sección de “Gracias Obtenidas”:

            “Habiendo desaparecido cierta talla religiosa de gran valor histórico, artístico y sentimental, invoqué la intercesión de San Antonio y a los pocos días el santo regresó a su ermita. Quedando eternamente agradecido, doy la limosna prometida”

El enigmático mensaje mantuvo intrigados durante mucho tiempo a los vecinos de Argul pero nadie fue capaz fue capaz de desentrañar el verdadero sentido del texto, por otra parte tan claro y evidente.

El ciego Benito guardando su secreto, como un valioso tesoro, callaba y reía.

Justo un mes más tarde, el 13 de Junio, a la sazón festividad de San Antonio, la mayoría de los periódicos regionales y nacionales se hicieron amplio eco de la increíble noticia:

            “CIEGO DE NACIMIENTO, RECUPERA MILAGROSAMENTE LA VISTA”

“Los médicos certificaron la espontánea regeneración de las córneas del invidente, atrofiadas desde su nacimiento, y hablan de un acontecimiento inexplicable a la luz de la ciencia. El afortunado se llama Benito Villamañe Ron, tiene 70 años y reside en la aldea de Argul, perteneciente al concejo de Pesoz, en el Suroccidente asturiano. No deja de asombrarnos la insólita calma y naturalidad con que el hombre ha reaccionado, limitándose a manifestar que el sorprendente suceso demuestra que San Antonio sigue en plena forma. Y añade que él nunca llegó a cursar la solicitud de curación por lo que deduce que el Santo actuó de oficio.

Según el testimonio de los vecinos, Benito es un acendrado devoto de la imagen de San Antonio que se venera en la ermita del mismo nombre. La talla religiosa, de probada antigüedad y autor desconocido, ha sido recientemente restaurada gracias al encomiable celo de don Gabino, el párroco anterior, ahora destinado en Castropol.

Interpelado sobre qué le parecía la imagen, ahora que al fin podía verla, el otrora ciego Benito respondió parcamente que era exactamente igual a como siempre la había imaginado”

Lo que los periódicos no contaron es que, mientras hacía este comentario, Benito sostenía la talla en sus manos y el hombre hubiera jurado que por un fugaz momento la sonrisa pareció acentuarse en el rostro de San Antonio y que incluso llegó a guiñarle un ojo.

 

                              FIN

 

 

 

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  • Buena historia esta del cura ladrón, aún sin el milagro del santo me hubiese quedado satisfecho, buena ambientación mimando los detalles tanto en las descripciones como en la documentación. Como te decia sin el milagro hubiera estado igual de bien, pero el detalle final me sacó la sonrisa, que siempre es de agradecer.
    Es de esos relatos que hace que no quieras que acabe. Espectacular.
    El relato me ha encantado. Te mantiene atento de principio a fin y, desde luego, la documentación sobre imaginería es patente. No pude evitar recordar al Ecce Omo y sus rocambolescos sucesos acaecidos recientemente. El paisano benito, con su ceguera, resulta ser un sagaz detective que aporta el punto extraordinario al relato. Enhorabuena y feliz navidad. Por mi parte, voy a intentar aprovechar éste lapsus navideño para retomar la página y visitar a los amigos, entre los que he detectado dolorosas ausencias.
    Don Gabino es un cura que refleja muy bien nuestro tiempo, desde su posición de poder roba todo lo que puede, vamos un simil de la vida misma, pero por una vez le sale un parroquiano respondón, lástima que en la vida real no se de el mismo simil, un saludo
    El relato me parece muy bueno, la atmósfera creada es perfecta y el retrato de los dos protagonistas muy conseguido. Conforme iba leyendo preveía el papel de Benito, pero siempre queda la duda de saber cómo ibas a contarlo y qué sería finalmente del párroco; lo haces bien, sin duda y por ello te felicito.- Un saludo
    Todo lo que pueda decir sobre este magistral relato lo desmerecería. Tremenda y perfectamente ambientada trama detectivesca a la altura de los grandes maestros del genero. Felicidades, me quito el sombrero
    Alta calidad literaria, no hay más.
    Al hilo de tu relato, me has hecho rememorar un texto que hace años escribí y que andará perdido en alguna de mis múltiples carpetas de recuerdos literarios de entusiasta principiante, y que, dado mi recalcitrante helenismo, trataba del descubrimiento por parte de un arqueólogo y profesor de historia, en una islilla del Egeo, de una estatua de bronce del siglo de oro de Pericles. Recuerdo que disfruté mucho con ese sueño de arqueología que acabaría luego convirtiéndose en una pesadilla para el profesor... Volver a saborear tu fascinante narrativa es asistir a un inteligente mundo donde se restaura y reanuda una materia primordial en el momento de aventurarse en el difícil proceso de la creación literaria, cualquiera que sea el camino que se haya elegido en cuanto a argumento: tu deseo de contar historias promueve una extraordinaria meditación, y de ahí surge la magia de tus ideas; y tu idea queda escrita con una precaución que se convierte, por tu buen hacer literario, en rica materia descriptiva. Materia que desmenuza la palabra en un grado superior cuyo brillo no podemos por menos que admirar. Al maravillarnos y disfrutar de tu fantasía, perfectamente diseccionada, admiramos, pues, un hechizo de auténtica luz literaria, algo que no existe más que en la palabra bien escrita. ¡Gran relato, como no podía ser menos! GRAN ABRAZO-Stavros
    Querido amigo Castelao, ciertamente la palabra que mejor cuadra a tu comentario es también la de “Gracias”. Una palabra tan sólo, pero que, sea en el idioma que sea, nos obsequia con una verdad que muchas veces se nos escapa: si interrogamos de vez en cuando nuestra conciencia concedemos mayor fuerza a dos de los más bellos testimonios humanos: la sensibilidad y la piedad. No soy ajeno a los horrores vividos esta semana en Filipinas, ni a los que sufren otros seres humanos en ingentes latitudes de este planeta. ¡Quién pudiera convertirse en un dios de magnanimidad ilimitada y socorrer tanta injusticia y dolor como la que aqueja a gran parte de la humanidad! Pero la impotencia es tan gigantesca que, entre tanta tiniebla, también tenemos que aportar alguna pequeña esperanza de luz hacia otros seres no menos maltratados por el brazo tantas veces dañino y cruel de los hombres. Esos inocentes y fieles animales que son sacrificados porque, pese a poseer otra verdad muy grande, que es la de la fidelidad y el amor hacia sus maltratadores, no pueden defenderse. En nombre de ellos y de todos los que colaboran en su salvación, te vuelvo a dar las ¡gracias!, porque cualquier acto humano guiado por la bondad triunfa por su belleza, y resulta sublime cuando aporta su granito de arena cuando lucha por lo que es justo. Recibe amigo “MI MÁS SINCERO ABRAZO Y TODO MI AGRADECIMIENTO”- Stavros
    Fantásticas las descripciones de las tallas. Yo a don Gabino le entiendo bien, la cultura mal orientada produce un cúmulo de debilidades, frustraciones y ansias, además de un complejo de superioridad que todo lo deforma, que suelen llevar de cabeza al desastre, pero en este relato el salteador de ermitas se ha salvado. Y a Benito, que por su apellido y origen debe de ser un descendiente del escultor, su invidencia le ha cortado las alas y ha terminado siendo un huraño malhumorado. No he tenido segura la época del relato hasta Pablo VI. La norma es que las iglesias tengan la entrada orientada al sur, el altar hacia el este y el campanario hacia el oeste; hay excepciones, las ermitas también pueden tener una construcción distinta a la de las iglesias (el altar y la espadaña en el mimo lado, o la entrada bajo el campanario...); te digo con esto que cuando dices que la ermita está orientada al sur no se entiende (no dices nada). Saludos.
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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