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4 min
Los no muertos
Fantasía |
06.05.19
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Sinopsis

Quinientos hombres se reunieron en el paso de Nimatea. Estaban formados en 25 filas de 20 soldados cada una. La primera portaba los estandartes de los no muertos en astas que medían casi el doble de ellos. La insignia era más que reconocible, un sol radiante en un fondo negro cada uno de ellos bordados en banderines de dos puntas. Para cubrir sus cabezas habían forjado yelmos de plata de Míniva y en la parte superior a la apertura de sus ojos se ubicaba una estrella fundida en oro.

A penas se podían ver sus ojos, aunque se podía notar la convicción en su andar. Marcharon a lo largo de la llanura que llevaba directamente al bosque de los lamentos y justamente a unos 200 pasos se detuvieron ante las sombras de la desfigurada maleza.

El trote de corcel se oía a lo lejos y en la planicie parecía volar sobre las rocas. El hombre que lo montaba parecía medir más de 2 metros, su figura era sombría, más su espada reflejaba en el acero el rostro de la luna.

Llegó entonces la montura al frente de las huestes y frenó en seco su balanceo. Ni un alma suspiró en ese momento y como truenos de sus labios se oyeron severas palabras.

- ¡Ni un muerto cargaremos hoy! Gritó.

- ¡Ni un muerto cargaremos hoy! Replicaron.

- ¡Quinientos somos y los mismos volveremos! Increpó el comandante.

- ¡Quinientos somos y los mismos volveremos! Contestó la tropa.

El corcel con su dos patas en posición de ataque lanzó todo su peso hacia adelante, mientras el hombre de 2 metros sacó su espada indicando el inminente ingreso de los hombres al bosque.

El acero, aún con hedor a sangre en su filo, apuntó hacia la oscuridad y al unísono todas las espadas se desenvainaron en una sinfonía de metal y estridencias de muerte.

En la oscuridad miles de cuencas huecas aguardaban impasibles el avance de la emboscada. Sus huesos carcomidos y su carne putrefacta parecían quebrarse en cada paso sin sentido que daban alrededor de los oscuros robles. La abominación de su misma existencia los hacía extraños y repugnantes a las vidas de los seres celestiales del inmenso bosque. El peso de su andar se hundía en el fango y la desdicha. Cientos de ellos se aglutinaban alrededor de los ciervos y el ganado descompuesto amontonado como pilas de excremento, en un festín de mal gusto.

El asalto invadió como cada gota de tormenta la maleza, rasgando y desfigurando la tranquilidad del bosque. Quinientas y una antorcha adicional prendieron en medio de la noche. Iluminaron los senderos y buscaron a la peste en cada rincón posible.

Sus inexpresivos rostros carentes de dolor y empatía humana se fueron desgarrando mientras las espadas acariciaban el hueso. Su agonía ya había sido causada en el pasado y ahora su caída era fútil, así como su existencia.  No hubo muerte, porque la muerte no puede morir. No había vida porque su presencia era un absurdo en el misterio de la vida. Ardieron como arden los leños, sin alma, sin sollozos. Los prendieron en un remolino de fuego que cubrió su pestilencia.

La montaña de cenizas aún ardía al amanecer. Algunas extremidades aún mostraban algún movimiento entre la pira ardiente. El sol había caído sobre los malditos para llevarlos de nuevo al abismo.

Quinientos y un hombre se formaron alrededor de los muertos.

En el árbol más antiguo del bosque, dejaron su legado. Una joya de oro con espejuelos que al entrar la luz al bosque lo iluminaba todo. En su inscripción podía leerse:

“Sol invicto del bosque. Gran protector de los no muertos”

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