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9 min
Los ojos de la hechicera
Terror |
30.12.16
  • 4
  • 3
  • 87
Sinopsis

¿Ficción o imaginación? ¿Realidad o locura?

¿Creeis en la magia? Yo sí, y no estoy hablando de cuentos de hadas, de princesas y castillos, bolas de cristal y sortilegios de cuarta. Hablo de magia de verdad, ancestral, de personas con poderes capaces de cambiar la vida y el destino de mucha gente.

Conocí a una mujer de esas que leen el futuro, pitonisas las llaman, creo. Era vecina de mi abuela además de infalible en su clarividencia. Jamás fallaba en sus predicciones, así que cualquiera que no la hubiese conocido y tratado se habría extrañado de que no fuera la típica carroñera que se hace rica negociando con el futuro de los demás. Podría haber ganado mucha pasta haciendo lo que quiera que hiciera... Sin embargo, prefería malvivir en una corrala antigua aceptando, como pago, la voluntad de las vecinas por leerles un futuro menos emocionante y más ajado que las cortinas de su salón. Desperdiciaba su vida y sus dones en menudencias de patio de vecinos.

Mi abuela me la presentó por casualidad, todo surgió a raíz de un inocente comentario del tipo: "a ver si le arreglas el futuro a mi nieto, que es muy buen chico pero tiene muy mala suerte" mientras subíamos en un ascensor con más años que las dos ancianas y yo juntos. Me reí,  incrédulo, diciendo algo parecido a "sólo yo escribo mi destino", no lo recuerdo bien. El aspecto de la vieja incitaba a todo salvo a querer estar a menos de treinta metros de ella. La bruja me invitó a tomar café cuando quisiera y, dos semanas después, más por dejar de escuchar los reproches de mi abuela que por otra cosa, fui. Me había jurado y perjurado a mí mismo que no iba a formar parte de los desvaríos de dos ancianas con un pie en la tumba y, sin embargo, un martes de enero me encontraba llamando al timbre de "la loca del Tarot".

La casa de Celestina (curioso nombre para una vieja cuyo oficio era, en parte, intentar manejar las vidas de otras personas) era el lugar más deprimente que había visto en mi vida. Los muebles tenían una capa de polvo que debía llevar depositándose desde 1800, los zapatos se pegaban al suelo de madera a cada paso que daba, olía muy fuerte a pis de gato pese a no tener ninguno por allí y había humedades y moho en cada pared dónde posara la vista. Del aspecto de esa mujer no diré mucho, pues me daba tanta grima que evitaba, en la medida de lo posible, mirar su cara completamente arrugada, curtida por las calamidades, con una textura parecida a la del cuero viejo. Sus ojos sin embargo, grises como un cielo de tormenta, conservaban el poder que debió ostentar antaño, cuando fue joven y hasta puede que bella. Unos ojos penetrantes que, sólo con mirarme, me hicieron sentir como un libro abierto ante su dueña. Supe que estaba leyendo en mí y que no podía ocultarle nada.

Aquella mujer de mirada aterradora y brava consultó sus cartas y piedras y hasta me tomó de las manos, adivinando todas mis preocupaciones y problemas. Recuerdo que pensé que toda esa parafernalia era pura pantomima, ella ya lo sabía todo desde el instante en que sus ojos rebuscaron en los míos, al entrar en la vivienda.  El primer día no me dijo nada, se limitó a parecer una pitonisa de la tele, con su baraja y sus chorradas que no llevaban a ningún sitio. No quiere asustarme, aún es demasiado pronto, pensé. Únicamente recopiló información sobre mi futuro como si leyera un libro de cuentos, sin dejar de asentir y murmurar. Pasada media hora me instó a marcharme y me amenazó con una maldición si no volvía a pasarme por su casa al día siguiente. Esa noche se lo conté a mis amigos y todos nos reímos mucho con la historia de mi abuela y la chiflada de su vecina.

Al día siguiente junté el valor necesario para volver y enfrentarme a esos ojos que lo sabían todo de mí. Volví, a pesar de las burlas de mis amigos y de mi miedo a los poderes de esa vieja. Una vez allí, comprobé que aquella mujer era la magia concentrada en el cuerpo de una anciana con olor a pañales sucios y ojos de tormenta. Me habló de toda mi vida hasta el momento, sin cometer ningún error, contándome cosas que sólo yo sabía. En ese instante tuve claro que Celestina era una bruja de verdad y que, sorprendentemente, parecía dispuesta a ayudarme a mejorar mi vida.

Durante casi un año fueron constantes las visitas diarias a la casa. Todo mejoró. Sus sabias palabras me llevaron a invertir mi poco dinero en un negocio que creció como la espuma en apenas un par de meses. Me aconsejó dejarme caer por un pequeño café del centro un día y hora concretos en los que conocería al amor de mi vida. Me instó a evitar tomar cierto autobús que, desgraciadamente, se estrelló, llevándose la vida de todos sus ocupantes, salvo la del pasajero del asiento 47, que no había llegado a subir a bordo. ¡Me salvó literalmente la vida! Sus sabios consejos me procuraron tantas cosas buenas...

Mi vida, por obra y gracia de ésta mujer, se convirtió en aquello que siempre había soñado. Gracias a la anciana, que parecía adivinar cada movimiento del destino, pude adelantarme a todo lo bueno que me esperaba y conseguirlo, sorteando males y desgracias. Finalmente, debido a los poderes de la bruja, no quedaba nada en mi vida que no me gustase o no me hiciera completamente feliz. Celestina me lo había dado todo, sin pedir jamás algo a cambio, sin aceptar nada con que yo quisiera premiarle.

Una tarde particularmente calurosa, en la que la anciana y su casa olían especialmente mal,  me dijo que ella ya me había dado todo cuanto podía. Su trabajo conmigo había llegado a su fin, ahora me tocaba seguir solo. Bromeó diciendo que, a partir de ahora, sólo me querría en su casa como visitante y no como cliente y nos despedimos como cualquier día normal.

Tardé un par de días en decidirme a volver a su casa, quería decirle que no tenía muy claro cómo debía proceder a partir de ese momento, que seguía necesitando sus enseñanzas, pues eran eso más que predicciones. Llamé a su puerta y nadie abrió. Toda una semanana estuve intentándolo, pero tras la puerta parecía no haber nadie, no se adivinaba signo de vida alguno. Pregunté a mi abuela y me dijo que no conocía a nadie con esas características, cosa que en ese momento no me alarmó, pues el Alzheimer hacía tiempo que se había instalado en su cabeza impidiéndole recordar las cosas más cotidianas. Tras varias semanas de visitas a la casa, llamando incesantemente sin obtener resultados y de investigar por mi cuenta, descubrí algo que me dejó paralizado. Celestina había existido y vivido en esa casa, sí, pero llevaba más de cincuenta años en brazos de la tierra.

Al principio pensé que tenía que tratarse de un error, idea que descarté el día en que me hallé frente a su tumba y pude ver las fechas, cuidadosamente grabadas. El mármol, negro como las ropas que ella acostumbraba a llevar, tenía signos de total abandono. Las esquinas estaban deterioradas y varias grietas surcaban la piedra de lado a lado. No tenía ninguna flor ni parecía haberlas tenido nunca, sólo el nombre y la fecha de su muerte. La cabeza me daba vueltas, sentí náuseas, y cada cifra impresa en esa lápida me quemaba como si me las hubieran grabado a fuego en el tórax. ¿Qué estaba pasando? Nunca obtuve respuesta.

A partir de ese momento mi vida fue un desastre. Cada decisión tomada me alejaba galopando de esa vida tan feliz y tan perfecta, que la anciana (o lo que quiera que fuese) me había fabricado. Lamento decir que no supe vivir mi propia vida, y por eso acabé perdiéndolo todo. Vagando como un fantasma, sin nada...

Iba a menudo a su tumba pues para mí era lo más parecido a un hogar que me quedaba, le llevaba flores cuando podía, incluso llegué a robarlas de otras sepulturas cercanas. Le hablaba y le preguntaba por el sentido de todo aquello, aunque sabía que no encontraría ninguna respuesta. Buscaba alguna especie de señal sobrenatural, algo, lo que fuera... Nunca obtuve nada, sólo el silencio que imprime la muerte, el silencio típico de los cementerios vacíos.

Ninguna señal, únicamente frío y silencio, hasta que un día, cuando estaba acercándome a su lápida, la ví. No se parecía físicamente en nada a la mujer que yo recordaba, era joven y guapa, pero era ella, no había duda... Sus ojos de mil tormentas le delataban. Me sonrió, y me reprendió suavemente por no haber sabido aprovechar las cartas que me entregó el destino, enviándola para ayudarme.

Me dijo que ya nada importaba, que ella era la encargada de acompañarme, aunque mantuvo el destino en secreto. Me cogió de la mano y nos alejamos de aquel cementerio...

O no, nunca lo he tenido claro, nada en esta historia lo fue, además la clarividencia nunca estuvo entre mis escasos dones. Sólo sé que, a día de hoy, lo único que queda de mi es una lápida olvidada y cubierta de musgo.

Faléfica (@Falfica)

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