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6 min
Los puentes de la memoria ( 3 )
Reales |
21.12.17
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Sinopsis

Continúo con mi virtual viaje al pasado, allá por los años 70...

          CAPÍTULO  VI  :  EL CAMPO DE LA PALOMA

El campo de fútbol “La Paloma” tenía dos porterías reglamentarias, la hierba casi siempre alta y una muralla de centenarios cipreses alrededor. El densísimo ramaje de los enhiestos ejemplares arbóreos formaba un muro impenetrable aislando el recinto y ocultándolo a las miradas externas.

El Castropol C. F. vestía camiseta blanquiverde y pantalón blanco o verde. Creo haberles visto jugar en un par de ocasiones, no más. Se trataba de partidos amistosos. En una ocasión en el campo de Barres fueron derrotados 5 a 3 por un equipo de Oviedo. Comenzó marcando Castropol. Los ovetenses remontaron a lo grande colocando el 4 a 1 en el marcador manual. Luego, nuevo arreón de los castropolenses aprovechando la momentánea relajación de sus rivales que aprieta el marcador hasta el 4 a 3. Nuevo gol de los azules en las postrimerías y el partido que finaliza en un gran clima de fair play y buen rollo. Los niños y niñas de la Escuela Hogar animamos con entusiasmo desde la banda copando las inexistentes gradas. Los enfervorizados hinchas colegiales nos habíamos desplazado hasta el campo tras recorrer la serpenteante carretera de El Espín, otra de las habituales rutas de paseo en aquellos años.

En una ocasión, en el campo de La Paloma, se disputó un trascendental choque que enfrentó a los niños de la Escuela Hogar contra los de Castropol. El festivo evento resultó un auténtico acontecimiento en la localidad. En las horas previas al partido, se mascaba la tensión, grandes dosis de emoción y nervios imperaban por doquier y, en general, se respiraba el ambiente que suele acompañar a los clásicos y legendarios derbis.

Luego, a la hora de la verdad, el esperado match no respondió a las expectativas ni justificó el revuelo causado. El partido no tuvo apenas color. Castropol, para nuestra desgracia, dominó de principio a fin. Los escolares hogareños sufrimos una humillante derrota. El contundente resultado final de 9 a 2 nos quitó hasta las ganas de pedir la revancha. Recuerdo que en un arranque de sinceridad, ya con el partido claramente decantado, le confesé a un rival que me encontraba al límite de mi resistencia. El tío fanfarrón, lejos de compadecerse, proclamó en voz alta mi ruina física al tiempo que arengaba a sus huestes para rematarnos definitivamente. Aquello fue la puntilla para nuestra maltrecha moral y acabó con las menguadas fuerzas que me quedaban.

Afortunadamente, a esas edades olvidábamos enseguida los malos tragos, y la espléndida merienda que nos zampamos, vencedores y vencidos, en armoniosa compañía, juntamente con los profesores, las maestras y algunos padres, suavizó en buena medida la frustración por la abultada derrota sufrida. Esa gloriosa jornada reafirmamos la validez de ese célebre refrán que afirma que “las penas con pan son menos”.

Hoy han desaparecido los cipreses, arrancados en parte por el vendaval y luego rematados por las motosierras y las palas excavadoras. También han desaparecido las porterías y hasta la hierba se ha esfumado. El viejo campo de La Paloma es ahora un solar triste y yermo, en parte aparcamiento, a la espera de que el hormigón y el ladrillo lo amortajen en su totalidad y sepulten su historia para siempre. A veces, la fuerza de la naturaleza y la mano insensible del hombre se confabulan eficazmente para destruir los símbolos del pasado.

 

                                      

                 CAPÍTULO  VII  :  LOS GUATEQUES

Los mayores de séptimo y octavo celebrábamos los cumpleaños en la sala de la TV. Y también en la salita despacho de la Srta. Matilde. Comíamos pastas artesanas Reglero y bebíamos sidra El Gaitero, compradas por unas 40 pesetas en el SPAR de la calle Vior y también en Salas y Casa Julia.

Los festivos guateques que tenían lugar después de cenar cuando los pequeños ya estaban acostados, constituían uno de los acontecimientos más especiales y esperados a lo largo del Curso. Representaban una ocasión memorable que rompía con la monótona rutina cotidiana y nos permitía transgredir en parte las aburridas normas de hábitos de comportamiento que debíamos acatar a diario.

Rebasar con creces la hora de irnos a la cama, saborear una bebida con cierto grado de alcohol y relacionarnos con las maestras con más confianza y desenfado, nos brindaba unos momentos inolvidables, al tiempo que nos permitía atisbar, aunque fuera vagamente, el complejo y problemático mundo de los adultos que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Un horizonte, aún lejano, por el que comenzaban a asomar los privilegios y las responsabilidades, los poderes y los peligros.

 

                             

 

             

       CAPÍTULO  VIII  :  EL ZAPATERO REMENDÓN

Muy cerca del SPAR estaba la zapatería de Juan. El reducido recinto, poco mayor que un kiosko de prensa, se encontraba atestado de innumerables piezas de calzado, la mayoría separadas de su pareja,  en sucesivas fases de restauración.

Allí acudíamos con relativa frecuencia a remendar nuestros castigados zapatos y nuestras maltratadas botas buscando prolongar hasta el límite su corto ciclo vital. Comprar unos nuevos suponía un gasto extra que muchos padres no podían permitirse.

Generalmente, permanecíamos en el umbral, parapetados tras la puerta verde de doble hoja, porque dentro no había espacio material para revolverse. La pequeña zapatería se me antojaba una especie de cueva, artificial y doméstica, y el zapatero remendón un duende burlón de afiladas facciones, manos curtidas,  y un raído mandilón del color del carbón. El aire denso, casi sólido, olía a grasa, a cuero y a betún. El aroma dulzón, picante y pegajoso, estremecía agradablemente nuestras sensibles pituitarias y creaba en la ennegrecida estancia un ambiente confortable, casi familiar y hogareño.

Entre la zapatería y la Escuela Hogar discurría un camino de tierra encajado entre dos altas tapias coronadas por los habituales picos de vidrio, eficaces disuasores de gamberros y amigos de lo ajeno. A través del confinado sendero transitaba todas las mañanas el zapatero-duende portando una pequeña lechera blanca, rumbo a una granja de las afueras. A la ida o a la vuelta, a veces en ambas ocasiones, al pasar delante de la puerta del palacio de Valledor nos saludaba con un socarrón “huevos días” y se paraba a charlar con nosotros.

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