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Los violines negros del Cauca
Varios |
12.09.21
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Sinopsis

Los violines negros del Cauca.

Por: Felipe Solarte Nates

En la década del 70, gracias a Lucrecia Tello Marulanda, que visibilizó en Quilichao y llevó a presentaciones en Cali y Popayán, a las cantaoras, músicos y danzantes de Dominguillo, conocí sobre los que ahora llaman “violines negros del Cauca”.

En la vereda de Santander, que hacía parte del antiguo “Real de Minas de Quinamayó y Dominguillo” -uno de los 13 “Reales de Minas” con sus capillas doctrineras organizados en la Colonia alrededor de Quilichao-  de guadua y con cuerdas de guitarra fabricaba los violines, el también interprete, Luis Carlos Mina.

Años después de la muerte de Lucrecia, volví a escuchar de los violines negros del Patía, gracias a la antropóloga y musicóloga Paloma Muñoz, que tras décadas de riguroso trabajo académico y documental recopiló testimonios, filmaciones y grabaciones musicales, inicialmente entre las comunidades de antiguos cimarrones del valle interandino del Patía, al sur del Cauca y posteriormente entre las comunidades negras del valle geográfico del río Cauca, al norte del departamento, que en la Colonia dependían de la hacienda Japio de la familia Arboleda.

En la tarde del viernes 27 de agosto, en el programa “la otra historia del Cauca” emitido por la emisora Proclama del Cauca y Valle,  codirigido por Alfonso Luna Geller y Nelson Paz, con la participación de la periodista Yaritza Cassiani, fue invitada Paloma Muñoz, doctora en Antropología de la universidad del Cauca, Magister en Educación de la universidad de Manizales, licenciada en música, profesora de la universidad del Cauca y autora de varios videos documentales y libros, para hablar sobre “Las almas de los violines caucanos” o de “los violines negros” como prefiere llamarlos la autora del libro en el acaba de recopilar sus investigaciones.

A la pregunta de Alfonso Luna sobre: ¿Cómo llegó el perfumado y aristocrático instrumento al Cauca?, Iniciando su didáctica presentación, Paloma se remontó al origen africano del violín, que al ser llevado a Europa, por los árabes que ocuparon España, lo  llamaban rabel, donde  fue transformado hasta llegar a la excelencia de los italianos violines de las escuela Amati y de Cremona, de donde se derivan los Stradivarus conocidos por su belleza, sonoridad y sistema tonal propio de la música de occidente.

Los violines llegaron a América y al Cauca traídos por las comunidades religiosas que a la sociedad esclavista de Popayán importaron instrumentos de cuerda, a diferencia de los de viento importados para las fanfarrias militares y por eso la chirimía llega a la parte indígena y se desarrolla con flautas traversas.  Los instrumentos de cuerda como el violín fueron empleados para la enseñanza doctrinera y  la educación de las elites en los colegios religiosos de Popayán. La hacienda Japio ubicada en el norte del Cauca inicialmente propiedad de los jesuitas se extendía hasta Cajibio en límites de Popayán y donde por eso hoy existe población afro-descendiente.  Esclavos de la haciendas y los que permanecían en las casas de Popayán dedicados a oficios domésticos por imitación aprendieron a tocar los instrumentos ejecutados en las fiestas de los patrones y el violín aprendieron a fabricarlo en guadua y con cuerdas con crin de cabello. -El proceso de evangelización con los indígenas fue diferente al de los negros, por eso mi libro se llama así “El alma de los violines negros”, porque estos eran considerados salvajes, sin alma, que sólo servían para trabajar en trapiches, labores domésticas y minas. La hacienda Japio servía de sostén económico para el colegio Seminario que habían creado en Popayán y para surtir la explotación en las minas. La mayoría de los esclavos del norte del Cauca estaban confinados en haciendas y en el Patía, en gran cantidad huyeron de las haciendas y fueron considerados como cimarrones. Cuando fueron expulsados por primera vez los jesuitas  después de 10 años de ser administrada por una junta de empalme y cuentas, la hacienda Japio pasó a propiedad de la familia Arboleda, quienes siguieron manteniendo los esclavos.-

“Por eso en el libro aparecen las adoraciones al niño Dios que yo en el libro tengo unos relatos muy bonitos y las investigaciones de campo que realicé en el Patía”…

Yaritza Cassianni le pregunta sobre las huellas que dejó en su vida haber hecho la investigación?

Paloma destacé el “haber roto con el estigma académico sobre la música afrodescendiente por lo que en la escuela en la historia musical de occidente y europea  se sobrevaloraba la música de cuerda frotada como lo más elevado, predominaba el juicio  peyorizando la música africana al reducirla a “negro igual a tambor”, la percusión en la historia musical era lo mejor y cómo estos pobladores se atrevieron a imitar el instrumento más europeo de la vida  musical, ahí me estaba rompiendo un paradigma, entonces esto me marca una huella  que me indicaba que  había que indisciplinar esas disciplinas enseñadas que ignoraban que el violín tenía origen africano y que en el Patía los negros lo tocaban. También le abrió la posibilidad de hacer un análisis musical, no sólo desde lo técnico estrictamente musical, “porque cuando empecé hice partituras, transcripciones, pero como lo digo en el libro, los afectos las tocatas, las comilonas me fueron atrapando y entonces abrí mi radio de acción de que la música no sólo hay que estudiarla desde lo que suena,  de los hechos sonoros sino todo el contexto cultural que conlleva hacer esos análisis musicales…  entonces la música también se huele, se come, la música también se ve, no sólo se oye se baila, la música se dramatiza, se exterioriza, sensibiliza y la música también desarrolla métodos de aprendizaje que son  propios de la comunidad, entonces fíjate que ahí hay una huella en la que yo dije bueno voy a hacer un alto,  a parar el tema, pero no puedo porque siempre aparecen cosas nuevas, sabidurías  que te atrapan, te van empautando, relacionadas con los pactos del Patía…  esas son las huellas y en la universidad empiezo a afectar la práctica docente, empieza a incorporarse en mi vida y a implementar cambios en los currículos, en el programa que coordino y  las clases de licenciatura en educación artística y por supuesto en la maestría en educación popular que también coordino en Popayán, entonces esas huellas que venían desde antes en la música de chirimías, una vez que me conecto con la música de violines del valle del Patía donde comencé y después me fui al  norte hay transformación de vida, epistémicas, metodológicas de la investigación y académicas alrededor de la vida universitaria.”

Yaritza Cassiani, interviene trayendo a colación un comentario de Kike Riscos de la Herencia de Timbiquí, que recuerda que cuando llegó a Cali,  la gente creía que la música de los negros era sólo ruido y el empezó a interpretarles con su marimba el cumpleaños feliz, serenatas y otros temas que fueron cambiándoles esa idea que tenían de la música de los afro-descendientes.

Paloma interviene recordando que así fue cuando hizo el primer documental, yo comencé en 1995 a hacer este trabajo, este recorrido… entonces en la academia, ni el Petronio Álvarez., ni en la ciudad había una idea de la presencia de los violines en los valles interandinos,

 

 

 

 

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Escribo por necesidad de expresar lo que no puedo hablar con mis conocidos y otras personas que nos limitan con su presencia y nuestros temores y prejuicios. El papel nos permite contar historias sin las limitaciones de tener alguien al frente. Me ha gustado leer desde la niñez y empecé a intentar con la narrativa a mediados de la década del 70 del siglo pasado.Soy columnista de algunos periódicos regionales en Locombia. Publiqué mi primer libro "Relatos en busca de Título" en 2011 .

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