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4 min
Lucas y el sexo #FS
Amor |
08.10.20
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Sinopsis

Nunca has entendido esa manía que tienen algunas después de un buen revolcón. Prefieren saborear un cigarrillo que un buen beso apasionado.

Pero a Lucía le disculpas y permites ese pequeño capricho, pues la disfrutas siempre que se presenta la ocasión.

Te mira, sentada en ese sofá que habéis amortizado más que la cama, dando una calada a ese apéndice blanco, cilíndrico y humeante que asoma entre sus dedos.

Todavía percibes en el salón el aroma a buen sexo recién hecho. Se mezcla con el intenso olor a brasa de tabaco, cuya humeante espiral asciende lentamente hasta desaparecer antes de llegar al techo.

Te sonríe ladina, con los pechos al descubierto. Ascienden y descienden al compás de su respiración. Y un rubor te sobreviene al verla separar los muslos para que la luz de la lámpara de pie ilumine su triángulo de las Bermudas. Ese jardín misteriosamente atrayente y de embrujada belleza, que al abrirse a tus ojos, provoca un chasquido en cierto lugar íntimo. Una señal, un nuevo despertar, una reacción química en cadena que desata tu deseo de devorar aquel suculento manjar.

Sabes que lo va a hacer a continuación y también sabes como finalizará su desafío.

Lleva el cigarrillo hasta su sexo de vello cuidadosamente recortado, e introduce la boquilla en los carnosos y apretados labios. Acuclilla los párpados y me regala una feroz expresión de vicio a la vez que se ilumina de color ámbar el extremo del pitillo. Lo retira con suma calma y luego exhala el humo con un movimiento pélvico.

Ronronea burlona y risueña. Luego se lo acerca a la boca y le da una larga calada, la última, antes de apagarlo en el cuenco de cristal sobre la mesita.

Conoce bien tus gustos, y sabe que el tabaco consumido por el fuego no entra en ellos. Siempre bromeas y le dices que besar una fumadora es como lamer un cenicero, pero acabas sucumbiendo a sus encantamientos. Maldita hechicera...

Su monte de Venus es un gigantesco imán que despliega ante tí una alfombra roja indicadora del camino hacía las puertas de su Edén. Irremediablemente caes en su trampa y sin darte cuenta ya estás arrodillado ante la marea de su bajo vientre, con tu boca pegada a sus labios mayores y tu lengua resbalando por sus labios menores.

Su cintura se agita al compás de su respiración. Sus manos hábiles y de estilizados dedos recogen tu cabeza, con ternura y también determinación. Te presiona contra su pubis, hundiendo tu cara en su exquisito sabor. Cuelga sus piernas en tu espalda.

Te gusta, le gusta, pero esa no es forma de comerse a una dama. Así que la rodeas por detrás de la espalda con tus fuertes brazos y la izas sin miedo para trasladarla sobre la mesa. Se agarra a tí con vértigo hasta que llegas a la superficie de cristal, aunque ríe emocionada con tu sorpresa. Suelta un tímido quejido al notar el frío contacto, sin embargo sabe que le vas a calentar en seguida.

La tumbas de espalda. Te mira con llamas en los ojos. Despliegas todo tu arte lingüístico por su sonrisa vertical. Gime y se retuerce abierta de par en par.

Inevitablemente el universo gira a su alrededor. Su boca se abre como pez fuera del agua. Sientes sus manos en tu nuca, espoleado tu hambruna, y al percatarte de su ascendente excitación te detienes para dar paso al invitado de excepción, que ya ha recuperado todo su esplendor.

Lucía se soba los pechos de generosas curvas, se muerde el labio inferior. Sus pómulos han llegado a una temperatura febril, habla su anhelo, te busca, te atrapa con ambas piernas.

Paseas tu glorioso apéndice por todo aquel volcán de tierna naturaleza, viajando desde su Venus, deslizándote por su Vía Láctea. Ella te necesita, quiere sentir que tu intimidad se hace suya en sus entrañas.

Y el techo del salón se transforma en una noche estrellada, donde las matemáticas carecen de sentido, pues uno más uno son tres, donde los sentidos se multiplican por doquier, donde los sueños se hacen realidad, donde se encuentra significado a la vida, en cada gesto, en cada caricia, en cada beso, en cada sonrisa de satisfacción.

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