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11 min
Lucrecia
Drama |
30.09.16
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Sinopsis

La perversión va cubriendo su vida como una nevada fina que lo va a llevar por un camino siniestro

Lucrecia

La noche estaba fría y callada cuando salí a la calle, a la cortada Medrano donde vivo. La luna redonda y grandota era un globo de leche, pegado a la alfombra azul del fondo del universo, por encima de mi cabeza. Levanté la vista hacia el espacio oscuro, los pequeños cristales luminosos de las estrellas eran motas dispersas titilando ahogadas, congelándose como moribundas esquirlas nocturnas.

 
Me había puesto un jean y una camisa azul oscuro. No había gente en la calle. La única persona con la que me crucé fue una sombra furtiva, llevaba puesto un abrigo de cuello alto. La vi pasar de lejos, por la esquina, iba a paso rápido con la cabeza gacha, queriendo esquivar la brisa helada. Media hora después yo estaba tocando el timbre en su casa, fue la primera vez que tuve sexo con Lucrecia.


Ni bien estuvimos dentro me llevó al dormitorio sin decir muchas palabras, me tomó de la mano enseñándome el camino. Se quitó rápido la ropa, con cierto apuro. Noté que tenía muchas ganas. Se arrodilló en la cama. Con la cara contra la almohada era una diosa desnuda, una venus con la lascivia entre las piernas. Mientras me desvestía le pedí que apagara la luz, me tira la penumbra. Un haz tenue se colaba por el hueco de la puerta abierta. Prefiero hacerlo en la oscuridad, sin hablar, me incomoda mirar a los ojos de la mujer con la que me acuesto. No fue necesario explicárselo, lo entendía, me conocía.

 
No soy una persona fácil de dominar, pero ella me llevó desde el primer momento, como un tronco en brazos de la corriente suave de los arroyos del delta, los que rodean las islas del río. Los días posteriores me lo pasé analizando los motivos de mi actitud. Es un comportamiento raro porque suelo rehuir de las personas, no deseo participar de sus mundos, mi universo afectivo es escaso, tiene poca fuerza de gravedad humana, tengo tendencia a esconderme y no conozco a nadie que influya en mí, salvo Lucrecia, y hasta cierto punto. Lucas dice que son las defensas, las barreras que pongo. Sufro de trastorno obsesivo compulsivo.


Se aferró a las sábanas como una gata en celo, se contoneaba ante mis embestidas, que lejos de ser brutales, no la terminaban de satisfacer. Era insaciable su necesidad de ser sometida, se enredaban sus gemidos de placer con sus gritos de dolor. Ella subía y bajaba de la cima de su abandono, y seguía naufragando en esas oleadas, era una cáscara de nuez en el mar agitado de su inconciencia. Su voz aniñada pedía más, me rogaba horadar más profundo aumentando su tortura, porque en apariencia —eso lo pensé después— era el martirio lo que le potenciaba el placer.


Yo también logré desatar en esa cama todos mis instintos primitivos, nunca lo había podido experimentar con otra mujer hasta esa noche. Había algo en ella que me percibía, lograba meterse dentro de mis sentimientos, por decirlo de alguna manera. Me agitaba viendo las ondas de su espalda en un movimiento rítmico, también estaba perdido, las sensaciones no me dejaban pensar, tocaba sus carnes, me hamacaba con ímpetu, la escuchaba gritar cosas ordinarias y me enceguecía más. En la furia ya desatada me ordenó sodomizarla, pero quería conservarme bajo su dominio, ella misma con sus manos me guió en el camino a lo profundo, se desgarraba en gritos, furiosa, me pedía más y más, estaba enloquecida, inmersa en esa mezcla de gozo y sufrimiento. Yo estaba a punto de llegar al límite y se dio cuenta inmediatamente.


Entonces se apuró a pedirme que por favor volviera a hincarme en el hambre de su vulva, sin cambiar de posición, exigiendo, sufriendo, gritando, gimiendo, y así fueron llegando los últimos estertores. Me fui derramando dentro sin dejar de detener mis embestidas, mientras ella entraba en las últimas convulsiones de su orgasmo.


Yo ya había tenido el mío y estaba extenuado al costado de la cama mirándola, agitado todavía, mirando extasiado los movimientos ondulantes de su pelvis. Su cabeza desmelenada se movía de un lado a otro, los dedos todavía arañaban la almohada, los gritos se iban convirtiendo de a poco en gemidos. Eran las estribaciones de la tormenta que precedían la calma.

 
Me toqué la piel, casi no había transpirado a pesar de la energía gastada, aunque el ambiente de la casa estaba cálido. Mi baja percepción del dolor, mi indolencia, viene acompañada con mi pobre sudoración, es una etiqueta adherida que tiene mi trastorno. Lucrecia es friolenta y tiene la calefacción siempre encendida en invierno, eso me incomoda.


Me levanté despacio y me fui a dar una ducha mientras ella seguía mascullando palabras groseras y dulces en voz baja, todavía boca abajo sobre el colchón. Me siento muy molesto si no me lavo después de haber tenido sexo, después de haber estado en contacto con otra piel, con otros fluidos, me torno irritable si no me higienizo. No lo puedo evitar.


Sobre el bidet del baño encontré tres bombachas usadas, seguro que las había dejado a propósito, me las acerqué a la nariz y aspiré. Sentí el mismo olor en su cuerpo, hace un rato, en el dormitorio. Era leve. Me cuesta percibir por medio del olfato, otra característica de mi indolencia, siempre viene acompañada por una baja percepción a los olores. Lucrecia era capaz de hacer cualquier cosa para atraerme sexualmente, necesitaba un hijo y yo sabía por qué, yo conocía la historia.

 
Cuando regresé a la sala después de vestirme me senté en el sillón grande, en el mismo lugar que me siento siempre. Había un vaso de whisky lleno sobre la mesa ratona. Ella se había puesto la bata y estaba cruzada de piernas cepillándose el cabello.

 
—Te serví uno doble


Miré el vaso como si me estuviese observando el alma. Hoy ya había tomado tres, este sería el cuarto trago del día. Tuve un chispazo de duda, muy fugaz, algo me había tocado un nervio sensible, pero cedí. «Uno más, no va a ser un gran exceso», me dije.


Lucrecia tiene la piel blanca, es bonita, de cara alargada, ojos celestes y pestañas muy largas. Los labios son delgados y siempre los tiene pintados de un color marrón oscuro. Es rubia, de pelo casi blanco, se lo corta en forma de melena, quiere aparentar ser un muchacho joven, y se lo tiñe con mechones de color verde. Esa combinación le da un aire perverso.

 
Pero aquí me quiero detener en un detalle que para mí no es menor. Lo de la perversidad, digo. Lo he notado en varias ocasiones; con el lápiz oscuro, con el delineador, se dibuja una raya horizontal continuando el extremo de la ceja hasta que se funde entre sus cabellos, pero de un solo lado de la cara; parece una tontería, pero, a mí, esas cosas me perturban un poco, la asimetría es una, la asocio con la necesidad de desarmar un orden, pero además estoy seguro, quiere simular un tajo, una línea delgada hecha con el bisturí, demostrando que es capaz de hacer daño y al mismo tiempo provocando, como si quisiera que por ahí, exactamente ahí, le rebanen la cabeza.


Me señaló con la punta del cepillo sin sonreír. Generalmente estaba seria.


—Lo hiciste muy bien Marcos, todavía siento tu tibieza dentro ¿sabés?
—Tendrías que ir a darte una ducha.
—Después voy.
—Lucrecia, seguís tomando las pastillas ¿no?
—Ese no es problema tuyo…, ya lo hablamos…, quien da las órdenes soy yo —dijo con voz suave y con calma.
—Es una pregunta, no una orden. Sabés que no quiero problemas, ni con chicos ni con abortos ¡¿Está claro?!


Seguimos hablando de otra cosa. Me contó que había conseguido a un pordiosero, un tal Gordon, a quien pagaba unos pesos a cambio de matar gatos del Botánico y llevarlos al jardín lindero del edificio donde vivo. Todo el barrio, todavía, sigue alarmado por esos sucesos, prácticamente quedaron exterminados todos esos animales del parque.


Yo me enganché con la idea porque odio a esos bichos, me dan asco, jamás tendría uno en mi departamento, dejan pelos por todos lados. Ayer salí a la vereda rumbo a la redacción y la vi a la vecina, tenía un gatito en sus brazos, pasé a su lado y lo miré distraído. Tenía plumas en la boca, la mujer me miró sonriendo y me dijo que se había comido un pájaro, me dio asco y apuré el paso.


A Lucrecia la conocí en la época de estudiante de Medicina, siempre tuvimos conversaciones esporádicas, siempre nos llevamos bien porque no hace preguntas estúpidas. Ahora es cirujana, nos encontramos hace cuatro meses después de algunos años de no vernos, y fue surgiendo lo de los gatos.

 
Cuando salí de su casa, esa noche, volví caminando al departamento. Por las calles de Palermo, silenciosas, iba despacio, meditando. Los faroles derramaban una niebla color crema, un halito pastoso, sobre las hojas caídas de los plátanos, confundiendo los colores. Las copas de los árboles en lo alto, por encima de los focos, permanecían en la sombra y se agitaban con la brisa helada, brazos desesperados como almas agitándose al cielo pidiendo ser rescatadas de los horrores de la oscuridad.

 
Era el estado ideal para concentrarme en lo que había pasado esa noche ¿Por qué me había “perdido” en esa lujuria? ¿En qué había fallado? Cuando llegase, me serviría otra copa, la última de esta velada, y me tiraría en la cama a pensar en esto. Al abrigo de mi dormitorio estaría más seguro, podría clarificar mejor las cosas.


Doblé por la cortada y subí por las escaleras del edificio, no quise hacer mucho ruido, sino después tendría que bancarme las quejas de los vecinos, odio esas discusiones con la gente. Me puse cómodo y me tiré a fumar de espaldas con el vaso de whisky sobre la mesita de noche.

 
Apagué la luz, había tomado mucho, mi cuerpo parecía suspendido en el aire, las sienes me latían y la cabeza se hundía irremediablemente, como si no tuviese apoyo. Tuve miedo y encendí el velador, el cenicero no estaba en su lugar, miré hacia adelante y lo vi en la biblioteca. Me incorporé, y cuando salí de la cama me caí de la borrachera que tenía. No me dolió el golpe, la brasa del cigarrillo quedó bajo mi mano lastimando la piel y se apagó, no sentí nada, después me di cuenta de la quemadura, gateando traje el cenicero y me acosté nuevamente. Apagué y encendí la luz varias veces. La obsesión y la compulsión me afloraban, el estigma que no me abandona. Al final la apagué.


Me había disipado, ya no había volutas de humo, pensé en lo ocurrido en estas semanas antes de dormirme. Me subió una congoja a la garganta y me dieron ganas de llorar, ganas irrefrenables, me temblaba la mano derecha, hipaba, estuve así un rato hasta que me calmé, había bebido de más y lo estaba pagando.


En todo caso, pensé, lo de esos felinos que detesto fue algo sin mucha importancia, a mí me atraen las ratas. Me gusta verlas comer, siento atracción al contemplarlas, me regodeo con beneplácito en verlas completar la tarea de la muerte, la desaparición de la carne y la sangre, disfruto al ver como dejan los huesos pelados. Me atrae la muerte, ese misterio, veo un cadáver y se me disparan un montón de pensamientos, me quedo mirando el cuerpo sin vida, meditando. Tal vez mi grado de morbosidad sea un poco mayor que la del resto de la gente, no sé, algún día, tal vez, lo hable con Lucas.

 
Para Lucrecia, lo del Jardín Botánico fue una prueba, ahora tiene un plan más ambicioso.

 

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Comentarios
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  • Muchas gracias, Bella, por tu comentario. A mí me gusta mucho como escribes, quizás la empatía, los temas, los intereses literarios similares nos lleven a leernos y a disfrutar de nuestros textos. Tú también eres una gran escritora. Un abrazo.
    Ariel, que se me escapan varios de tus escritos que se merecen toda la atención del mundo. Ese personaje, es un estupendo ejemplo del pensamiento oscurantista. Al principio me crea un misterio que trasciende el pensamiento. Roles esa escena del sexo, tan vigoroso y efervescente. Te lo digo Ariel, haste de un libro, sería un gozo leerte de línea a línea. ¡Un abrazo gran escritor!
    Muchas gracias, León, por pasar por aquí, te mando un gran saludo!!
    La parte de la relación sexual es genial, hasta me la he imaginado y todo XD Lo de las ratas me está recordando a la película Willard jajajajaja saludos. Seguiré leyendo.
    Muchas gracias Nubis, te agradezco los elogios, sinceramente, y viniendo de ti, es como que me da la sensación que vale doble, compañero!!
    Guau. Me ha parecido un relato de alto nivel. El protagonista y la narración bien construidos, y Lucrecia deja un misterio que la hace atrayente. La escena de sexo no es explícita pero deja la misma sensación, un morbo común entre mortales. La escena del gato que se ha comido al pájaro me parece perfecta para comprender el asco hacia los felinos del protagonista. Genial, Ariel, la leche en verso, jeje.
    Muchas gracias por todo lo que dices, Yolanda, es muy grato tenerte por aquí con tantos elogios lindos. Te mando un gran saludo.
    Excelente relato Ariel!!!! Como siempre consigues transmitir al lector e indagar en la mente de los personajes. Instintos voluntarios, con desviaciones de conductas sexuales. Sentimientos generados con respecto a lo socialmente establecido. Perversidad, aspereza, exigencia. Escenas de alto voltaje narradas con excelencia y naturalidad. Dejando un final abierto. Prisioneros de la sexualidad o pioneros en prácticas sexuales. Felicitaciones. Un saludo afectuoso.
    Marimoñas, es una verdadera alegría tener tu comentario por aquí. Aunque es inquietante me alegra que te interese el personaje. Te he dejado una respuesta más larga en el blog. Te mando un gran saludo.
    Muchas gracias Gustavo. Un saludo.
  • Victoria percibe que puede encontrar un alivio para su soledad, no sabe de qué se trata, pero sí sabe dónde ir a buscarlo.

    Solo cuando me enamoré de ella pude animarme a decirle estas cosas.

    Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

    Mujer, lee estas sugerencias si quieres conocer lo que es vivir un hechizo de amor.

    En ocasiones nos quedamos sin ningún susurro de la imaginación que nos venga a recitar algo bonito al oído para transcribirlo en palabras.

    Fue un miércoles negro, cuando las mujeres vinieron a la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, a gritar, a intentar detener la violencia de género que padecen.

    Este es el cuarto relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada: I: Moscas, moscas y más moscas. II: A la mañana siguiente, la ventana. III: Lucrecia. IV: Una línea muy delgada

    La perversión va cubriendo su vida como una nevada fina que lo va a llevar por un camino siniestro

    Si te gustó el primer relato "El clan siniestro"... espero que disfrutes del mismo con una continuación que el autor "fenix" ha realizado (en negrita), en lo que podríamos considerar nuestro segundo relato conjunto.

    Las ventanas, las obsesiones y los cadáveres empiezan a tener alguna conexión.

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Y ya con mi primer libro: https://www.amazon.es/El-sonido-tristeza-Raul-Victoriano-ebook/dp/B073XNCJGK/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1502907457&sr=1-1&keywords=el+sonido+de+la+tristeza

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