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12 min
Lulú
Fantasía |
27.02.08
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Sinopsis

Lulú se sentía muy perezosa esa mañana. Tumbada sobre el colchón miró el pequeño pedazo de cielo recortado entre los rascacielos que se asomaban al tragaluz del tejado. Era de un plomizo intenso, pesado, presagiando un nuevo aguacero como los que desde hacía varios días caían sobre la ciudad y la mantenían recluida en casa. A Lulú no le gustaba el agua, ni la de la lluvia, ni la del río que discurría delante del edificio donde vivía, ni tan siquiera para beberla, algo que sólo hacía cuando no le quedaba más remedio y por no haber hallado otra cosa con qué calmar la sed. Pero aquel día, a pesar de la lluvia, no podía quedarse de nuevo en casa. La noche anterior había terminado los últimos víveres que le quedaban y estaba obligada a salir y buscar más comida. Debía alimentarse bien ya que de ella dependían los 3 pequeños que dormían al calor de su cuerpo. Se giró lentamente y se quedó mirándoles cariñosamente: dormían plácidamente, ajenos a los peligros que pudieran acecharles. Godo, la pareja de Lulú, se había marchado poco antes del parto y ella sola cuidaba de ellos. En algunas ocasiones le había visto deambulando por la calle en compañía de alguna otra fémina, pero a Lulú ya no le importaba en absoluto. Había centrado su vida en sus bebés, en procurarles comida, en protegerles, en cuidar de ellos hasta que tuviesen el tiempo suficiente para hacerlo por sí solos. Aún eran muy pequeños y dependían por entero de la leche materna. Quizá en poco más de un mes podría comenzar a darles algo sólido, pero hasta entonces, debía ser fuerte y estar bien nutrida para que sus glándulas siguiesen produciendo el alimento necesario.

Vivían en un edifico abandonado del centro de la ciudad. Lulú se había trasladado allí antes de que sus hijos vieran la luz; el lugar donde Godo la llevó al conocerse y que habían compartido durante una breve temporada no le parecía lo bastante seguro para su futura descendencia. El cuarto que ahora ocupaban no estaba del todo mal. Era una pequeña buhardilla, bastante soleada y sin demasiada humedad, no como el sitio donde se alojó al principio, en la planta baja, un diminuto rectángulo con las paredes cubiertas de moho, extremadamente frío. Además, muchas noches el ruido de la calle y de los vecinos instalados en las plantas superiores se hacía insoportable. No obstante, y ante la inmediatez del acontecimiento, Lulú dio a luz en aquel cuchitril y, al quinto o sexto día, dejando a sus pequeños bien protegidos, decidió darse una vuelta por el inmueble y buscar un sitio mejor. Lo encontró en el último piso. Se adentró sigilosamente tras la puerta semiabierta que daba paso a la buhardilla y descubrió a su vieja y enferma propietaria tumbada sobre un acogedor colchón de espuma. Era el lugar perfecto: cómodo, acogedor, a salvo de las continuas idas y venidas del resto de inquilinos; sí, perfecto. A pesar del respeto que sentía por los mayores, Lulú no dudó un momento en echarla de allí y trasladarse con sus pequeños al ático. Presentía que a la anciana le quedaba poco tiempo de vida y de poco importaba dónde iban a transcurrir sus últimos momentos de agonía. Su instinto de protección la empujaba a buscar un lugar seguro para su familia.

Se dispuso a salir una vez hubo alimentado a los pequeños. Los escondió bien en un rincón de la buhardilla, tras unas cajas de cartón y les pidió que oyesen lo que oyesen y viesen lo que viesen no se decidieran a salir de allí ni a descubrir su paradero. Ella volvería pronto y les recordó una vez más la señal que les hacía para saber que estaba de vuelta: un leve sonido con la garganta, como un ronroneo. Lulú bajó las escaleras hasta la planta baja; no se encontró a nadie por el camino, pero pudo sentir cómo desde el segundo piso unos ojos felinos la espiaban. Cruzó la acera mojada, había comenzado a llover, la gente se movía rápidamente, apresurada, salpicándola a cada paso. Intentó abrirse paso entre la muchedumbre saltando a la carretera, pero los coches escupían nubes de agua sucia y barro a su paso. Detestaba mojarse y sobre todo ensuciarse; dedicaba largos momentos al aseo personal y de la familia y, a pesar de la mugre que invadía el edificio, se sentía muy orgullosa de su aspecto y del brillo de su pelo. Pasó rápidamente al otro lado de la carretera y subió al puente. Decididamente no le gustaban los puentes, aunque sólo conocía aquél, pero mirar hacia los lados y ver debajo aquella masa densa y negra de agua la intimidaba. Procuraba evitar siempre ese recorrido, pero era el trayecto más corto hasta la plaza del mercado y no podía perder tiempo dando la vuelta por las estrechas callejuelas del barrio; debía regresar cuanto antes a casa. Así que cogió carrerilla y atravesó el puente al galope decidida a no desviar la mirada del horizonte. Chocó contra alguien, haciéndole perder el equilibrio, pero se asió con fuerza al borde del puente evitando precipitase a aquel húmedo averno. Se repuso y siguió corriendo más rápido hasta alcanzar la otra punta. Ufff, por fin a salvo.

Llegó a la pequeña plaza donde la muchedumbre se arremolinaba ante los puestos de comida. No sabía qué día era, pero juraría que podía ser sábado dada la afluencia de gente. Fue directa al mostrador del carnicero del puesto 28, al que todos llamaban Miro: “Miro, ponme medio kilo de chuletas deshuesadas…; Miro, ¿a cómo tienes hoy el pollo?; Necesito un trocito de falda, Miro, pero no muy grande…” Era un nombre bastante ridículo para un gigante como Miro, con una barriga que le impedía moverse con agilidad detrás del mostrador y que le obligaba a entrar de lado a la cámara refrigeradora; seguro que era un apodo cariñoso, o la abreviatura de algo más contundente como Argimiro o Casimiro. Miro le solía dar pequeños trozos de carne que le quitaba a las piezas al limpiarlas, o algún pedazo más grande que le sobraba o se le había caído al suelo al pesarlo. Sabía que estaba prohibido mendigar por el mercado; alguna vez el guarda de seguridad la había echado a patadas de allí, pero aprendió a escabullirse y pasar desapercibida entre la gente. Tras recibir su ración de carne, se encaminaba siempre al puesto de Mª Luisa, donde un mostrador repleto de quesos, mantequilla, nata, yogures y todo tipo de productos lácteos (hasta leche recién ordeñada en dos grandes lecheras que acarreaba sobre un carrito de ruedas) llamaban la atención de todo el que pasaba por el mercado. Mª Luisa era ya una señora bastante mayor, que, por lo que le había oído contar a sus clientes, vivía en una casa en el campo y tenía una pequeña granja con cuatro vacas, unas pocas ovejas y un par de cabras. Lulú nunca había visto animales como los que Mª Luisa describía, pero tenían que ser muy grandes dada la cantidad de leche que podía sacárseles. Mª Luisa era muy amable con ella y siempre le daba un poco de leche y algún pedacito de queso fresco.

Estaba llena, no hubiera podido comer más aunque quisiera, así que optó por volver a casa a toda prisa. Llevaba ya un buen rato fuera y tenía miedo de que alguien pudiese entrar en la buhardilla y dar con el paradero de los pequeños. Salió del mercado y se dirigió de nuevo hacia aquel infernal puente que tanto la atemorizaba. Se detuvo unos metros antes y decidió dar un rodeo. Se encontraba demasiado pesada como para cruzarlo corriendo y hacerlo a paso normal se le antojaba imposible. Saltó a la carretera, la cruzó y se adentró en el laberinto de callejones que conformaban el barrio antiguo de la ciudad. Tampoco le gustaba aquel camino: apestaba a orines y basura, el pavimento estaba siempre resbaladizo y mugriento, y por las calles deambulaban extraños personajes, borrachos y perros abandonados con los que no le gustaba nada cruzarse. Aun así, era mejor que el puente y el maldito río.

Alcanzó el otro extremo del barrio y se dispuso a atravesar la calzada. Era una carretera enorme, con varios carriles en ambos sentidos y plagada de coches que circulaban a toda velocidad. Lulú había aprendido a esperar pacientemente tras el poste a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. De joven hubiese pasado a la carrera sorteando los coches que le pitaban, pero ahora no podía pensar sólo en ella, su seguridad y supervivencia eran imprescindibles. Mientras esperaba, oyó un frenazo y un leve ¡paf! Una mujer a su lado gritó y se llevó las manos a los ojos para no mirar. Se abrió paso entre la gente y pudo ver a Godo, el padre de sus crías, tirado en la calzada, con todo el pelaje blanco manchado de rojo y gris. El coche que le había atropellado siguió adelante y los que venían detrás pasaban por encima del cuerpo inerte de Godo. Sólo una moto se dignó a esquivarle. Horrorizada, Lulú pensó en las numerosas veces que había atravesado aquella misma carretera con Godo con los coches en movimiento. Antes de conocerle nunca lo había hecho, su madre le había enseñado a esperar y sólo cruzar cuando viese a los humanos hacerlo, pero Godo le decía que era divertido y que nunca pasaba nada. Y aunque pasase, sus antiguos amos solían afirmar que los gatos tienen siete vidas y él nunca había perdido ninguna hasta entonces. Lulú, sin embargo, recelaba de esta aseveración que ella también había oído contar a Miro y a Mª Luisa. Su madre había muerto sólo una vez y Lulú nunca volvió a verla, aunque no descartaba la idea de encontrársela algún día en cualquier rincón. Y quién sabe si volvería a ver a Godo; claro que mirándole allí, con el cuerpo desparramado por la calzada, se le hacía muy difícil pensar en él saltando de nuevo por los tejados.

Lulú llegó a casa jadeando y angustiada. Bebió unos sorbos de agua en un charco frente a la entrada del edificio. A pesar de su tétrico aspecto, era su hogar y allí se sentía a salvo. Subió corriendo las escaleras y entró sigilosamente en la buhardilla ronroneando dulcemente para que las crías la reconociesen. Miró detrás de las cajas, pero no estaban allí. Tampoco debajo del colchón ni en ningún otro rincón de la estancia. Desesperada y maullando muy fuerte salió a las escaleras. Ni rastro del resto de perros y gatos que vivían en el inmueble, todo estaba desierto, abandonado. Volvió a bajar las escaleras dando brincos y salió a la acera. En la esquina, dentro de una furgoneta blanca, vio la cabeza de Bobby, el terrier del segundo, asomándose a la puerta trasera. Se dirigió hasta allí y en el interior descubrió a todos sus vecinos apilados en pequeñas jaulas. Allí estaban también sus crías (aún no les había puesto un nombre) en una caja de madera. Lulú saltó al interior del vehículo y se tumbó dentro de la caja. Rápidamente cada uno se amarró a una teta y empezaron a chupar suavemente. A Lulú le encantaba aquella sensación. Un humano, vestido todo de gris se acercó a cerrar la puerta y se fijó en ella:

-      Mira, Félix, ha llegado la madre de los gatitos y ya están comiendo. La verdad es que son preciosos. Me da mucha pena pensar en lo que les espera…
-      Sí, una lástima, pero no podemos dejarlos; la ciudad se llenaría de gatos y perros vagabundeando por la calles. Mejor nos los llevamos.

El coche se puso en marcha. A todos les apenaba dejar aquel edificio y muchos intentaban romper las jaulas para salir, pero a Lulú le parecía que el cambio iba a estar bien. Les llevarían a alguna casa de humanos. Ella nunca había tenido dueños, nació en la calle, pero Godo solía contarle lo bien que le alimentaban los suyos y cómo le cuidaban antes de que le echaran por haber matado a los periquitos de la vecina. Lulú necesitaba estabilidad y seguridad para que sus crías creciesen bien y un humano podía darle todo aquello. Quizá su próximo dueño iba a ser Miro, y podría comer toda la carne que se le antojase, o Mª Luisa, e hincharse a leche y queso; además, por fin descubriría cómo es una vaca, o una oveja, o una cabra. Se acurrucó junto a sus crías y se quedó profundamente dormida…
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