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8 min
Madre
Amor |
30.05.20
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Sinopsis

Ratamacratapam

Hoy mi madre me hablaba de su amiga Vicky. Mi madre le compra ropa. Vicky tiene una feria americana. La ropa que vende es de muy buena calidad. Aparte, ropa muy cuidada. No es como esas ferias americanas que parecen basureros, donde la ropa tiene aspecto lastimoso. Colgada de los escaparates, arrugada; cuerpos muertos, ahorcados; ropa demacrada, inerte. Camperas, buzos, crucificados. Olor a humedad y bolitas antipolillas. ¡Para salir corriendo! ¿Quién se puede probar esa ropa? Desinfectada dicen. Manchones amarillos, oscuros. Está bien, dos pesos. Pero no vale la pena. Vicky es todo lo contrario. La ropa, impecable. Bien ordenada. Un local pequeño, minúsculo, decorado con finura. Todo huele bien. Quizás, un poco de exceso con los sahumerios, pero preferible al olor de las ferias decrépitas. Y la ropa. Es de las mujeres de alta alcurnia de Ramos Mejía. Ropa que la dejan de usar estando casi nueva. Ropa de marca o comprada en algún viaje europeo, americano o a la India. Mucha ropa hindú. Mi madre compra todo occidental, de la India, nada. Y lo que compra tiene mucho estilo. Es que mi madre tiene estilo. Una mujer que no sale a sacar la basura si antes no pasa por el espejo para acomodar su siempre excelente aspecto. Mi madre es una señora. Sesenta y ocho años. Pasó por dos enfermedades complejas. Una de esas enfermedades, la dejó pelada, por un tiempo. No importó. En lo de Vicky había unos pañuelos de seda que eran pura coquetería. Podía no estar muy bien de ánimo, pero la presencia, no la negoció nunca. Esa primera enfermedad no la viví tan cerca de ella. ¿Qué me pasó? No sé, no busco excusas, pero no estaba cerca de mi madre. Ella estaba en su casa, con mi padre que la cuidaba como un tesoro. Mi padre, yendo de un lado al otro para conseguir esos remedios. Siempre, siempre presente. Pero yo no estaba en la casa con ellos. Es más, iba poco a la casa de mis padres. El clima era malo. Se llevaban pésimo. Se peleaban. Cuando mi madre se levantaba de la cama, lo retaba a mi padre. Los platos sucios, el piso, la ropa, etc. Puro reproche. A mi padre lo colmaba la paciencia. Mi padre, jamás, esperó que le dieran las gracias por nada. Lo conozco, todo lo hace porque quiere. Sino, no lo hace. Su carácter no le permite vivir en la medianía de la compensación. Y mi madre, estaba mal. Le dolía el cuerpo. Estaba golpeada de espíritu. La enfermedad, la afección, la ira. Y para éso estaba mi padre. Para la descarga. Cuando mi madre se recuperó, se separaron. Pero no por tanto tiempo. Igual, vivieron siempre en la misma casa. Mi padre sólo se mudó de habitación. Dormir en la otra cama, encerrarse en su propio lugar. Ahí, cansando la mano de tanto hacer cuentas. El juego del solitario que disfruta mi padre. Hacer números. Abstracción total, absoluta. Un camino a miles de sueños y a la nada misma. Soñar con números. Pensar en números. No lo discuto, es un gran administrador.

Como decía, en esa primera enfermedad que dejó pelada a mi madre, estuve ausente. Lo recuerdo y me da vergüenza. Vivía solo. Tenía mi casa, toda para mí. No quería salir. Noches y noches de alcohol. Gente amiga, o algo así, porque a muchos no los recuerdo y a otros los borré. Será por eso que cuando mi madre volvió a enfermar, varios años después y de algo muy distinto a la primera enfermedad, fue otra la historia. Ahí sí estuve. Cómo lloré, la puta madre. Estaba sensible. Quizás por la edad, por estar más viejo, no sé. Mi madre se recuperó, claro. Creo que lo que salvó a mi madre es su enorme sentido del humor, y su elegancia. Sin dudas. Su elegancia es fundamental. Y la sostiene con su humor, su sonrisa blanca, de dientes perfectos. Dientes del interior, del campo. “Me lavaba con limón”, me decía, cuando le preguntaba por esos dientes perlados cuando era un niño y me maravillaba por esa dentadura. Aparte de ser muy blancos, forman una hilera muy pareja y tienen el tamaño justo; no son pequeños, como los de mi hermana, que parecen de mentira, de ratita. Ni como los míos, grandes, de caballo. Son dientes perfectos. Ahora se le cayeron dos. Cuando se ríe se tapa la boca. Es la vergüenza, claro. La coquetería se trastoca. Cosas de la vida, de los años, del derrumbe, de la falta de calcio, lo que sea. Tapó los agujeros con unas coronas. El cuerpo se las rechaza. Se salen. Cansada, prefiere sonreír, antes que reír a carcajadas como era su costumbre. Es raro ese agujero. Cuando se ríe, suelta, ante mí, porque soy su hijo, elemento de confianza, no puedo dejar de reírme. Se enoja, porque me río de su dentadura fallida, pero no es con maldad, juro que es con ternura. Aparte, no hay nada más gracioso, dentro de las desgracias humanas, que una dentadura incompleta.

Hoy, mi madre, me contaba sobre Vicky. Mi madre me decía que Vicky estaba escuchando un tema en la radio, en el negocio, y que le gustaba, que lo conocía, pero que nunca recordaba quién lo tocaba. Mi madre le dijo, “¡es Jimmy Hendrix! Purple Rain”. Vicky se sorprendió de la respuesta de mi madre. La felicitó por su conocimiento musical. Mi madre, me comentó, en nuestra charla posterior, que en realidad se había equivocado. El tema era Purple Haze. Según ella dijo Purple Rain, porque cuando salía de su casa para ir a lo de Vicky, lo estaban pasando por la radio. Y es cierto también, aunque no sé si eso la confundió o no, de que el tema de Prince tiene cositas de Hendrix. 

Y siguiendo con Vicky, no sé por qué, le hice un comentario extraño, le dije que se notaba que Vicky había vivido bastante. “¡Sí!”, me dijo mi madre. “Ella se casó con el tecladista de Rata Blanca. Era hermosa. Se casaron muy jóvenes. Él la maltrataba y ella con el tiempo se cansó y se separaron. Después, conoció al padre de su hija. También la maltrataba. Le pegaba. El hombre se drogaba y se iba durante días, semanas, teniendo ya la nena que era una bebé. Siempre que se peleaban, él se iba a la casa de su madre. Vicky, entonces, un día, no lo dejó entrar a la casa, le tiro sus porquerías a la calle y lo mandó a vivir con la madre. Así fue, todavía vive con ella. La hija de Vicky no quiere saber nada con el padre. Un día fue a visitarla y lo echó. ¡Le tiró con una silla desde el balcón! ¡Le pegó en la cabeza! ¡Fue la ambulancia, la policía! El hombre hizo la denuncia. Vicky lo amenazó. Le dijo que ella lo iba a denunciar como narcotraficante. Al final, no pasó nada. Es que no dejaba de tocar el timbre y claro, nadie puede soportar eso. Yo la felicité. Y después de que se separó de ese engendro, se puso de novia con un negro bien negro. No negro africano, sino un negro de esos bien morochones, bruto, feo, negro, negro. Un estilo Monzón. Vicky estaba enamoradísima. Imaginate, ella, rubiecita, flaquita, una belleza de jovencita. Me contó, que el negro estaba casado, pero a ella no le importaba. Siempre me dice, ¨nunca nadie me cogió como ese negro´. ¡Qué risa esta Vicky! A veces envidio la vida que llevó. Yo me puse de novia a los dieciocho años, con tu papá. Hace más de cincuenta años que estamos juntos. ¡Un montón! Yo no viví nada. Pero los tuve a ustedes, eso es lo bueno”. Así, entre risas y un tono natural, suave. 

 
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