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9 min
MALDITA MALDICIÓN
Fantasía |
10.02.07
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Sinopsis

      Era habitual en aquellos tiempos ver a los kelpies chapoteando alegremente en las aguas de los ríos escoceses. Aunque eran conocidos por su carácter salvaje al que difícilmente se podía someter o doblegar, muchos eran los que intentaban montarlo sin resultado alguno. A simple vista, y de no ser por sus aletas anaranjadas sobre el lomo y la cabeza, parecía un elegante caballo blanco que hubiese decidido darse un baño en las mansas aguas. Unas riendas, que todos sabían eran mágicas, brotaban de sus crines plateadas y se decía que quien las pudiese coger haría del kelpie un esclavo a conveniencia, haría todo lo que el jinete dijese. Sin embargo, esto no era tarea fácil y, dado el talante del animal, pocos se atrevían a comprobarlo.

      Esa mañana, una de estas bestias tan afamadas, nadaba de un lado a otro del río con gracilidad. Fue en ese momento cuando Graham de Morphie lo vio y, conociendo las leyendas que giraban en torno al animal mágico, decidió usar sus propias bridas para montarlo.

      Se dice que el kelpie reta constantemente al ser humano y le tienta para que le gobierne. Su manera de hacerlo es compitiendo en una carrera en la que el hombre desde la orilla intenta superar al kelpie en el agua. Es frecuente ver como el humano acaba fracasado con la mano en el pecho y apoyado en sus rodillas para coger aire mientras que el animal relincha burlándose de su osadía. En contadas ocasiones incluso, el kelpie atrae al humano hacia el agua del río y le da un buen chapuzón, lo revuelca en las aguas o, en el peor de los casos, lo devora para demostrar su supremacía sobre aquellos que se vean tentados a superar su grandeza. Este es uno de los puntos que muestran la maldad que bajo su bella forma se esconde.

      Graham decidió, a sabiendas de todo lo concerniente al animal, echar sus bridas sobre el cuello del kelpie. Inexplicablemente, su audacia tuvo positivos resultados y se vio cabalgando al animal a su voluntad. Era bien sabido que Graham había comenzado la construcción de un amplio castillo en tierras escocesas, así que la servidumbre del kelpie le vino estupendamente para transportar las piedras que comprenderían la arquitectura del mismo. El asombro de los ciudadanos hizo que Graham se ganara su respeto, ninguno de los mozos de los alrededores, ni los más rápidos y resueltos, habían sido capaces de apresar las riendas de la bestia y, ni mucho menos, animarse a usar, como lo hiciera Graham, sus propias riendas. El afortunado jinete ahora paseaba por las calles con elegancia sobre el kelpie, dejando que todos admiraran su triunfo. Graham se sentía orgulloso y, cada vez que tenía que transportar una nueva piedra hacia el lugar sobre el que se erigiría su castillo, pasaba innecesariamente por el centro de la ciudad para que todos le envidiasen. Así pasaron varios meses.

      Un día, ya construido y habitado el castillo, Graham cometió el grave error de soltar las bridas que mantenían sometido al kelpie. Este corrió sin echar la vista atrás hacia el río más cercano, en el que se sumergió veloz desapareciendo entre las aguas. A mitad de camino, una voz hasta el momento desconocida brotó entre relinchos y maldijo a toda la familia de Graham. Los años venideros fueron catastróficos en todos los sentidos y las generaciones que le siguieron no vieron más que infortunio en el linaje que llevaban arrastrando, la sangre que corría por sus venas estaba maldita. El castillo acabó siendo abandonado y los descendientes fueron emigrando lejos de Escocia y sus orígenes impregnados por la desgracia que el maldito Graham les trajese. Así, en aquellas tierras ya no sonaban sus nombres y apenas constituían parte de algún que otro chascarrillo que los viejos seguían contando en las tabernas cuando se les ponía la nariz colorada. Mariam era una de esas descendientes renegadas de su pasado, Graham había sido su bisabuelo y, la historia que tanta desventura llevaba consigo no era más que un silencio más en sus relaciones familiares. Mariam desconocía por completo los motivos de su emigración familiar hacia tierras estadounidenses.

      Mariam apenas había cumplido los cuatro años cuando sus padres tomaron la decisión de abandonar Escocia para prodigar un mejor futuro a sus hijos en el país de los sueños cumplidos, América. De este modo sus recuerdos habían sido suprimidos por la confusión, Escocia no suponía para ella más que el origen de sus ancestros. Mariam no se sentía para nada escocesa, pero algunos de sus rasgos la delataban, entre ellos el suave acento que sus padres le habían contagiado con el día a día. Habían pasado casi trece años desde que viajaran a Estados Unidos y, a pesar de la maldición que llevaban sobre las espaldas, no les había ido nada mal. Sus padres encontraron pronto una ocupación que les reportó pingues beneficios y Mariam entabló fuertes lazos con los chicos y chicas del vecindario. En todo el tiempo que había pasado desde su llegada no se habían sentido excluidos en lo más mínimo por sus vecinos y aquello, sin duda, era un punto favorable a tener en cuenta cada vez que se detenían a pensar en la maldición que Graham les dejara como legado. Todo iba estupendamente, desde que estaban allí nada había perturbado su paz y prosperidad. Mariam tenía un hermano, Mike, diez años menor que ella y dos hermanas, Lorena y Dana, de once y trece años respectivamente. La diferencia entre ella y sus hermanos era que Mariam era la única hija de Mildred y Josh que había nacido en tierras escocesas. Lorena, Dana y Mike eran ciudadanos norteamericanos de nacimiento. Lo que a priori pudiera parecer una simple banalidad, no lo era en absoluto, pues la maldición aún perseguía a la familia silenciosamente y no iba a tardar en desvelarse tan cruel como solía serlo en Escocia.

      Mariam había quedado una tarde de domingo con sus amigos para ir a pasear por el parque que había junto al río. Era algo que solían hacer con asiduidad y se había conformado un ritual en torno a estas quedadas. Era un grupo reducido de unas cinco personas que gozaban de similares inquietudes por la lectura, los espacios abiertos y otras cosas más ilegales que algunos chicos de su edad procuran hacer a escondidas de la autoridad paterna y legal. A sus diecisiete años, Mariam ya tonteaba con drogas blandas, la mayoría de sus amigos lo hacían, y en sus paseos por la ribera del río acostumbraban a fumar papel de arroz con alguna que otra sustancia psicotrópica dándole sabor al tabaco liado. Esa tarde de domingo en concreto, hicieron lo de siempre, pero Mariam se despidió pronto de sus amigos para fumar un poco en soledad, sentada plácidamente con los pies metidos en el agua del río y recostada sobre la hierba del parque. Cuando empezó a anochecer vio una figura aproximarse por la orilla. Al principio se sobresaltó, pero al verlo más de cerca comprendió que no tenía por qué temer. Era un guapo joven de sonrisa amplia y porte esbelto. Apenas tendría tres o cuatro años más que ella. Mariam estaba colocada. El chico se sentó a su lado y se presentó, más tarde Mariam diría no recordar el nombre el muchacho a la policía. Una vez que los escasos transeúntes desaparecieron de su alrededor y, tras una amena pero vacía conversación no carente de sensualidad y provocación, el joven apuesto se abalanzó sobre Mariam destrozando sus ropas y violándola salvajemente. Abusó de ella una y otra vez, Mariam gritaba en vano, nadie podía oírla. Embestida tras embestida, el muchacho reía dejando escapar una especie de relincho. Mariam estaba aterrorizada. Cuando el joven la hubo violado por última vez, se despojó del resto de sus ropas y se lanzó al río. Mariam contaría más tarde que aquel chico se había convertido en una especie de caballo acuático y que se había marchado surcando las aguas de aquel testigo silencioso. Cuando volvió a casa tenía la ropa desgarrada y algunas manchas de sangre en la entrepierna, Mariam era virgen. Contó lo sucedido a sus padres entre lágrimas y sollozos, pero estos no dijeron ni media palabra acerca de la certeza del autor de aquel acto tan atroz. Sin duda, Mildred y Josh, sabían que aquello había sido obra del kelpie. Fueron a la policía, pero la descripción del muchacho era algo confusa y los detalles acerca de su transformación en el río casi produjo una burla colectiva que intimidó aún más a Mariam. Archivarían el caso y no le darían la más mínima importancia, cosas como aquella sucedían todos los días en las ciudades americanas más importantes.

      Igual que la policía diera carpetazo al asunto, sus padres lo archivaron también en su memoria para luego esconderlo en el lugar donde habían dejado todos los recuerdos ingratos que tenían de su país natal. Mariam hizo lo mismo, escondió el suceso y jamás lo volvió a sacar a la luz. La maldición les había perseguido incluso hasta allí, ahora deberían plantearse seriamente la búsqueda de una solución. Mientras, procuraron evitar cualquier acercamiento al río, pues estaban seguros que el kelpie no debía de andar muy lejos. Se acordaron entonces de Graham de Morphie y un odio intenso creció en ellos. Nunca debió intentar someter a aquella bestia, nunca debió colocar sus bridas sobre aquel ser... nunca debió dejarse tentar... ahora ellos pagaban los errores de su pasado... injustamente.
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