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11 min
Malditos 180 millones de Euros (Parte 1)
Humor |
31.01.16
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Sinopsis

¿Que ocurre si tu novia te pone los cuernos, vives en un bloque con dos locos y te han tocado 180 millones de euros? Lo típico. El loco eres tu.

                               PARTE 1:  Mi mala suerte.

 

Sonó el teléfono. Aparato que solo sirve para una cosa. Molestar.

Las tres y media de la tarde no es precisamente una buena hora para llamar. Uno está atiborrado de comer y beber, y lo último que desea es tener que mantener una conversación fuera de interés. Y esta llamada no iba a ser menos.

                Las habichuelas subieron desde mi estómago y murieron en un falso eructo acuoso. La voz de mi madre fue el Almax que necesitaba para cortar la acidez de estómago intentando rumiar el puchero. Intenté no parecer somnoliento, ni reacio a la llamada; pero a esas horas la sangre no fluía precisamente por mi cabeza.

  • Eric. No sé para qué quieres un teléfono, si nunca lo coges. – La conversación había empezado por donde debía empezar. Putas tecnologías comunicatorias. – Parece que no quieres hablar conmigo.
  • No madre, contigo solo no. No quiero hablar con nadie. – Esas palabras surgieron directas desde el interior, más o menos desde el buche. – Estoy harto de tener que escuchar absurdas sugerencias de lo que hacer con mi vida.
  • Está visto que no aceptas que se te de un consejo.
  • Mama, las cosas son como son. No toleraré que me trate como me ha tratado. – Sobre ese asunto iba a ser muy rígido. – Así que si has llamado para calentarme la cabeza sobre ese tema. Adiós.
  • No. Aunque me parezca mal tus decisiones. – Hubo unos segundos de silencio. Para mi fueron tres cuartos de hora, de los cuales deduje el siguiente punto del día. – En realidad quería hablar sobre el dinero.

Precisamente ese era el otro punto del cual no me apetecía hablar. Me sentía atrapado. No era la primera vez que me sentía abordado por el asunto. Conversar sobre el tema una, dos o incluso tres veces, vale; pero que sea el objetivo preferido de la gente. No, eso no.

Por eso elegí la opción que más problemas me daría, y que probablemente me obligaría a ofrecer alguna que otra disculpa más adelante. Colgar.

                El asuntito del dinero, mi odisea venida del cielo. Vino acompañada de Lucía y sus aventuritas de extra-cama.

Dos segundos son suficientes para que de las cuerdas vocales surjan las palabras que terminen con diez años de relación.

Lo fue todo para mí. Fue mi mitad. Con la que soñaría cualquier poeta de esos empalagosos del romanticismo. Morena con el pelo castaño a media melena. Sus ojos del mismo color de su piel se clavaban en mi como clavos en una crucifixión. Estilosa, elegante. Lo era todo. Podría pasar por la típica chica de las historias de amor que tanto le encantaban leer. Historias de pasión apasionada. De amor sufrido, que gira en espiral para hacerte sufrir con los personajes, para luego, con suma facilidad; quererse el uno al otro.

                No tuvo bastante con mi amor y mi lealtad. Sino que se buscó la de otro más. Como me hubiera gustado verle la cara al cabrón cuando abrí la puerta de mi cuarto y me vio aparecer inesperadamente. Seguramente la cara fuese parecida la mía. Mi inesperada interrupción nos pilló por sorpresa a los dos. Bueno, a los dos no, a los tres. Lucia parecía no conocernos a ninguno de los dos. Sus ojos se abrieron como cacerolas repletas de lentejas. < No es lo que parece Eric> me gritaba. Joder tío, encima me gritaba.

<No es lo que parece>. Quizás llevara razón. Simplemente le estaba enseñando como ganarse un puesto de trabajo. O nada más lejos de mi imaginación, solo quería enseñarle como se come una polla sin manos. Creo que debo tener una cara de gilipollas reconocible a distancia.

                En ese momento la mente me era un hervidero de malas ideas. Un fluir de maldades. Sin previo aviso agarré la primera idea que se me vino a la cabeza y me fui dando voces a la cocina. Aún recuerdo su voz detrás mía. Sus pechos aproximándose sobre mi espalda, amenazándome con sus pezones tiesos. Seguramente por el frio. Abrí uno de los cajones. Los nervios me jugaban una mala pasada. No recordaba donde guardaba el menaje de cocina. El segundo cajón eran paños de cocina, pero el tercero guardaba un juego de cuchillos de cocina del Buen Cocinero. Una de esas marcas que venden en la tele-tiendan. Con hoja y mango inoxidable.

Apreté mi mano sobre la empuñadura y me volví bruscamente. Nuevamente la suerte no estaba de mi lado. Ella estaba justamente detrás mía. Yo estaba nervioso por todo lo que estaba descubriendo, tenía ganas de hacer una locura; pero no a ella, a ella no. Por mucho daño que me hiciese ella tenía el salvo conducto de mi protección. El filo del cuchillo pasó rápido por su pecho. La fina piel de su pecho se abrió, ofreciendo una repugnante imagen de grasa blanca que afloraba en su interior. Rápidamente todo se tiñó de sangre. Nos dedicamos una mirada de miedo que mantuvimos durante minutos. Arrojé el cuchillo al suelo y me lancé hacia ella taponando la herida. <Déjala que se desangre. Es una zorra.> Tuve que mandar callar a mi cabeza.

Calló de rodillas y yo la imité. Me acerque a ella, y ella se acercó a mí. Vi en su rostro que reconocía la inocencia de su herida, que yo no quería hacerle daño. Y busco mi calor.

                Entonces me levante. La contemple semidesnuda en el suelo. Hubo un instante en el que pensé lo mucho que la quería, pero un rayo eléctrico atravesó mis neuronas y las imágenes me abordaron en la cabeza. Él desnudo, ella desnuda y …. No era el momento de sentirse débil.

Apareció aquel hijo de puta en la puerta de la cocina, ya vestido. Solo dejaba ver parte de su pecho al descubierto. Unos cuantos botones de la camisa abrochada y detrás unos abdominales bien marcados. Un típico payaso anabólico del gimnasio. El día que me dijo que quería apuntarse al gimnasio debí imaginarlo.

  • Mientras tú le dedicas las tardes a esa puta maqueta del Halcón Milenario, yo haré algo de ejercicio. Estoy cansada de verte pasar las horas ahí metido y ver como engordas esa barriga.

Nuevamente tuve que haberlo visto. Una chica como ella, en un gimnasio repleto de figuras de Ken vivientes; con algo más de movilidad y con paquete de verdad, era cuestión de tiempo que ocurriera.

                Corrió hacia ella y se puso a su altura. Justamente lo que yo había hecho unos minutos antes. Después de hacerle un cuestionario sobre su salud, y de calificar la gravedad de la herida, se levantó todo amenazante. Fui rápido y me hice con el cuchillo que descansaba en el suelo. Combatí su amenaza blandiendo la brillante punta del cuchillo.

  • Si te acercas, aunque sea un metro más, no dudare en hacer uso de mis más de quinientas horas de Star Wars. Coge todo lo que tengas. Y tu – volví a usar la punta del cuchillo para señalar. - No mereces que te dedique mucho más tiempo que el preciso para olvidarte. Vete con él. Esta ha sido tu última noche en esta casa. Pásate dentro de dos días y te tendré todo preparado para que te lo lleves. Voy a salir a por tabaco. Sé que no fumo, pero creo que voy a empezar a hacerlo. Cuando venga espero no veros a ninguno de vosotros.

Esto sería más o menos lo que paso. Algo reducido, pero fue lo que ocurrió. Quizás el calentón del momento no me hizo hacer un buen discurso. Pero ¿Qué decir ante tal situación? Soy un completo idiota. Diez años. ¿Cuántos cuernos llevaré en mi cabeza?

                Cuando salí a la calle tuve que ocultar mi rostro bajo las gafas de sol. Las lágrimas empañaban mis lentillas. Y aunque parezca mentira, no sé por qué, pero me apeteció fumar. En el trabajo hay quince minutos para el cigarrillo. Mis compañeros sonríen mientras fuman, y siempre que hablan de sexo, hay un    < cigarrillo de después>. No parece ser tan perjudicial ese tal TABACO.

Eran las una y media del mediodía cuando por fin entre en el establecimiento. Justo a dos manzanas de donde vivo hay un estanco, pero preferí dar tiempo para que, a mi vuelta, si era posible, no hubiera nadie en el piso. ¿O quizás esperaba a que, de un momento a otro, todo fuese un sueño? Si, seguramente fuese lo segundo.

                En el interior del estanco esperaba una mujer de edad extendida, detrás de un mostrador repleto de publicidad. <Fume tabaco, le aseguramos una muerte segura> bonito eslogan para una tabaquera. La mujer dejó caer sus gafas sobre la punta de la nariz y elevó su mirada por encima de la montura. Como si obviara que, al mirar por los cristales, la visión de un desgraciado como yo fuera más definida. Entonces dibujó una sonrisa. Analizó a su cliente y retiró las lentes de su rostro.

  • Buenas tardes. ¿Qué desea?

<Una muerte digna>. Una buena respuesta para el que quiere empezar a formar parte como ´EL LOCO DEL PUEBLO´. Pero reaccioné a tiempo y pedí un paquete de tabaco del más barato.

  • Me da un cartón de tabaco. Si es posible me da el más económico. Me gustaría comenzar a fumar.

Justo en ese momento inicié mi inmersión en el mundo de los tontos. Menuda frasecita.

                La dependienta gestualizó con ironía una sonrisa acompañada de una falsa carcajada.  Retrocedió sobre sus pasos. He de decir que me asusté en ese momento. Pensé que iba en busca de una pistola o de algún tipo de arma (bate de béisbol, porra o un cinturón con una buena hebilla) con el cual aporrearme. Pero no fue así. Rebuscó en una vieja estantería que había a su espalda, repleta de paquetillos de tabaco de diversas marcas. Un arcoíris del humo. La boutique del tabaquero. Regresó al mostrador con un paquete de tabaco.

  • Aquí tiene usted buen caballero.

Me extendió una cajetilla con denominación extranjera. EL AMOR DE FUMAR. Menudo nombre para un paquete de tabaco. Quería comenzar a fumar, y morir lentamente, no morir instantáneamente. Le pregunté el precio y me alegró saber que era tan solo un euro con ochenta y seis.  

  • Preferiría que me cobrara dos euros antes de que me devolviera el cambio de uno con ochenta y seis. ¿Qué hago con catorce céntimos? Un mendigo me los tiraría a la cara.

Nuevamente la mujer vislumbró una sonrisa. Pero a mí no me engañaba. En su interior tenia repugnancia hacia mí. ¿o era lastima?

                Entonces fue cuando me sobrevino mi odisea. Saqué del bolsillo trasero la cartera. Siempre repleta de papeles innecesarios. Un billete volátil de cinco euros, y adherido como un siamés, un boleto de la lotería nacional. Saque ambos. Mi mirada divagó por el establecimiento. La mujer se percató y me indicó la maquina donde podría confirmar mi mala suerte. Dejé el billete de cinco euros en el mostrado para que se fuera cobrando.

Pasé el boleto por los rayos infrarrojos del lector. Lo puse de todos los modos posibles. De izquierdas, de derechas, mirando hacia adelante, hacia atrás. Tras un rato muy largo, el lector consiguió leerlo. Menuda máquina de mierda. Los nuevos estudiantes de la E.S.O leen mejor las rayas.

 Repentinamente sonó un Bip y una cifra apareció.

                SU BOLETO A SIDO PREMIADO CON 180 MILLONES DE EUROS.

 

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