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50 min
Malditos 180 millones de Euros (Parte 1, 2,3 y 4)
Terror |
09.02.16
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Sinopsis

Simplemente 180 millones de Euros. Locura o realidad

                               PARTE 1:  Mi mala suerte.

 

Sonó el teléfono. Aparato que solo sirve para una cosa. Molestar.

Las tres y media de la tarde no es precisamente una buena hora para llamar. Uno está atiborrado de comer y beber, y lo último que desea es tener que mantener una conversación fuera de interés. Y esta llamada no iba a ser menos.

                Las habichuelas subieron desde mi estómago y murieron en un falso eructo acuoso. La voz de mi madre fue el Almax que necesitaba para cortar la acidez de estómago intentando rumiar el puchero. Intenté no parecer somnoliento, ni reacio a la llamada; pero a esas horas la sangre no fluía precisamente por mi cabeza.

  • Eric. No sé para qué quieres un teléfono, si nunca lo coges. – La conversación había empezado por donde debía empezar. Putas tecnologías comunicatorias. – Parece que no quieres hablar conmigo.
  • No madre, contigo solo no. No quiero hablar con nadie. – Esas palabras surgieron directas desde el interior, más o menos desde el buche. – Estoy harto de tener que escuchar absurdas sugerencias de lo que hacer con mi vida.
  • Está visto que no aceptas que se te de un consejo.
  • Mama, las cosas son como son. No toleraré que me trate como me ha tratado. – Sobre ese asunto iba a ser muy rígido. – Así que si has llamado para calentarme la cabeza sobre ese tema. Adiós.
  • No. Aunque me parezca mal tus decisiones. – Hubo unos segundos de silencio. Para mi fueron tres cuartos de hora, de los cuales deduje el siguiente punto del día. – En realidad quería hablar sobre el dinero.

Precisamente ese era el otro punto del cual no me apetecía hablar. Me sentía atrapado. No era la primera vez que me sentía abordado por el asunto. Conversar sobre el tema una, dos o incluso tres veces, vale; pero que sea el objetivo preferido de la gente. No, eso no.

Por eso elegí la opción que más problemas me daría, y que probablemente me obligaría a ofrecer alguna que otra disculpa más adelante. Colgar.

                El asuntito del dinero, mi odisea venida del cielo. Vino acompañada de Lucía y sus aventuritas de extra-cama.

Dos segundos son suficientes para que de las cuerdas vocales surjan las palabras que terminen con diez años de relación.

Lo fue todo para mí. Fue mi mitad. Con la que soñaría cualquier poeta de esos empalagosos del romanticismo. Morena con el pelo castaño a media melena. Sus ojos del mismo color de su piel se clavaban en mi como clavos en una crucifixión. Estilosa, elegante. Lo era todo. Podría pasar por la típica chica de las historias de amor que tanto le encantaban leer. Historias de pasión apasionada. De amor sufrido, que gira en espiral para hacerte sufrir con los personajes, para luego, con suma facilidad; quererse el uno al otro.

                No tuvo bastante con mi amor y mi lealtad. Sino que se buscó la de otro más. Como me hubiera gustado verle la cara al cabrón cuando abrí la puerta de mi cuarto y me vio aparecer inesperadamente. Seguramente la cara fuese parecida la mía. Mi inesperada interrupción nos pilló por sorpresa a los dos. Bueno, a los dos no, a los tres. Lucia parecía no conocernos a ninguno de los dos. Sus ojos se abrieron como cacerolas repletas de lentejas. < No es lo que parece Eric> me gritaba. Joder tío, encima me gritaba.

<No es lo que parece>. Quizás llevara razón. Simplemente le estaba enseñando como ganarse un puesto de trabajo. O nada más lejos de mi imaginación, solo quería enseñarle como se come una polla sin manos. Creo que debo tener una cara de gilipollas reconocible a distancia.

                En ese momento la mente me era un hervidero de malas ideas. Un fluir de maldades. Sin previo aviso agarré la primera idea que se me vino a la cabeza y me fui dando voces a la cocina. Aún recuerdo su voz detrás mía. Sus pechos aproximándose sobre mi espalda, amenazándome con sus pezones tiesos. Seguramente por el frio. Abrí uno de los cajones. Los nervios me jugaban una mala pasada. No recordaba donde guardaba el menaje de cocina. El segundo cajón eran paños de cocina, pero el tercero guardaba un juego de cuchillos de cocina del Buen Cocinero. Una de esas marcas que venden en la tele-tiendan. Con hoja y mango inoxidable.

Apreté mi mano sobre la empuñadura y me volví bruscamente. Nuevamente la suerte no estaba de mi lado. Ella estaba justamente detrás mía. Yo estaba nervioso por todo lo que estaba descubriendo, tenía ganas de hacer una locura; pero no a ella, a ella no. Por mucho daño que me hiciese ella tenía el salvo conducto de mi protección. El filo del cuchillo pasó rápido por su pecho. La fina piel de su pecho se abrió, ofreciendo una repugnante imagen de grasa blanca que afloraba en su interior. Rápidamente todo se tiñó de sangre. Nos dedicamos una mirada de miedo que mantuvimos durante minutos. Arrojé el cuchillo al suelo y me lancé hacia ella taponando la herida. <Déjala que se desangre. Es una zorra.> Tuve que mandar callar a mi cabeza.

Calló de rodillas y yo la imité. Me acerque a ella, y ella se acercó a mí. Vi en su rostro que reconocía la inocencia de su herida, que yo no quería hacerle daño. Y busco mi calor.

                Entonces me levante. La contemple semidesnuda en el suelo. Hubo un instante en el que pensé lo mucho que la quería, pero un rayo eléctrico atravesó mis neuronas y las imágenes me abordaron en la cabeza. Él desnudo, ella desnuda y …. No era el momento de sentirse débil.

Apareció aquel hijo de puta en la puerta de la cocina, ya vestido. Solo dejaba ver parte de su pecho al descubierto. Unos cuantos botones de la camisa abrochada y detrás unos abdominales bien marcados. Un típico payaso anabólico del gimnasio. El día que me dijo que quería apuntarse al gimnasio debí imaginarlo.

  • Mientras tú le dedicas las tardes a esa puta maqueta del Halcón Milenario, yo haré algo de ejercicio. Estoy cansada de verte pasar las horas ahí metido y ver como engordas esa barriga.

Nuevamente tuve que haberlo visto. Una chica como ella, en un gimnasio repleto de figuras de Ken vivientes; con algo más de movilidad y con paquete de verdad, era cuestión de tiempo que ocurriera.

                Corrió hacia ella y se puso a su altura. Justamente lo que yo había hecho unos minutos antes. Después de hacerle un cuestionario sobre su salud, y de calificar la gravedad de la herida, se levantó todo amenazante. Fui rápido y me hice con el cuchillo que descansaba en el suelo. Combatí su amenaza blandiendo la brillante punta del cuchillo.

  • Si te acercas, aunque sea un metro más, no dudare en hacer uso de mis más de quinientas horas de Star Wars. Coge todo lo que tengas. Y tu – volví a usar la punta del cuchillo para señalar. - No mereces que te dedique mucho más tiempo que el preciso para olvidarte. Vete con él. Esta ha sido tu última noche en esta casa. Pásate dentro de dos días y te tendré todo preparado para que te lo lleves. Voy a salir a por tabaco. Sé que no fumo, pero creo que voy a empezar a hacerlo. Cuando venga espero no veros a ninguno de vosotros.

Esto sería más o menos lo que paso. Algo reducido, pero fue lo que ocurrió. Quizás el calentón del momento no me hizo hacer un buen discurso. Pero ¿Qué decir ante tal situación? Soy un completo idiota. Diez años. ¿Cuántos cuernos llevaré en mi cabeza?

                Cuando salí a la calle tuve que ocultar mi rostro bajo las gafas de sol. Las lágrimas empañaban mis lentillas. Y aunque parezca mentira, no sé por qué, pero me apeteció fumar. En el trabajo hay quince minutos para el cigarrillo. Mis compañeros sonríen mientras fuman, y siempre que hablan de sexo, hay un    < cigarrillo de después>. No parece ser tan perjudicial ese tal TABACO.

Eran las una y media del mediodía cuando por fin entre en el establecimiento. Justo a dos manzanas de donde vivo hay un estanco, pero preferí dar tiempo para que, a mi vuelta, si era posible, no hubiera nadie en el piso. ¿O quizás esperaba a que, de un momento a otro, todo fuese un sueño? Si, seguramente fuese lo segundo.

                En el interior del estanco esperaba una mujer de edad extendida, detrás de un mostrador repleto de publicidad. <Fume tabaco, le aseguramos una muerte segura> bonito eslogan para una tabaquera. La mujer dejó caer sus gafas sobre la punta de la nariz y elevó su mirada por encima de la montura. Como si obviara que, al mirar por los cristales, la visión de un desgraciado como yo fuera más definida. Entonces dibujó una sonrisa. Analizó a su cliente y retiró las lentes de su rostro.

  • Buenas tardes. ¿Qué desea?

<Una muerte digna>. Una buena respuesta para el que quiere empezar a formar parte como ´EL LOCO DEL PUEBLO´. Pero reaccioné a tiempo y pedí un paquete de tabaco del más barato.

  • Me da un cartón de tabaco. Si es posible me da el más económico. Me gustaría comenzar a fumar.

Justo en ese momento inicié mi inmersión en el mundo de los tontos. Menuda frasecita.

                La dependienta gestualizó con ironía una sonrisa acompañada de una falsa carcajada.  Retrocedió sobre sus pasos. He de decir que me asusté en ese momento. Pensé que iba en busca de una pistola o de algún tipo de arma (bate de béisbol, porra o un cinturón con una buena hebilla) con el cual aporrearme. Pero no fue así. Rebuscó en una vieja estantería que había a su espalda, repleta de paquetillos de tabaco de diversas marcas. Un arcoíris del humo. La boutique del tabaquero. Regresó al mostrador con un paquete de tabaco.

  • Aquí tiene usted buen caballero.

Me extendió una cajetilla con denominación extranjera. EL AMOR DE FUMAR. Menudo nombre para un paquete de tabaco. Quería comenzar a fumar, y morir lentamente, no morir instantáneamente. Le pregunté el precio y me alegró saber que era tan solo un euro con ochenta y seis.  

  • Preferiría que me cobrara dos euros antes de que me devolviera el cambio de uno con ochenta y seis. ¿Qué hago con catorce céntimos? Un mendigo me los tiraría a la cara.

Nuevamente la mujer vislumbró una sonrisa. Pero a mí no me engañaba. En su interior tenia repugnancia hacia mí. ¿o era lastima?

                Entonces fue cuando me sobrevino mi odisea. Saqué del bolsillo trasero la cartera. Siempre repleta de papeles innecesarios. Un billete volátil de cinco euros, y adherido como un siamés, un boleto de la lotería nacional. Saque ambos. Mi mirada divagó por el establecimiento. La mujer se percató y me indicó la maquina donde podría confirmar mi mala suerte. Dejé el billete de cinco euros en el mostrado para que se fuera cobrando.

Pasé el boleto por los rayos infrarrojos del lector. Lo puse de todos los modos posibles. De izquierdas, de derechas, mirando hacia adelante, hacia atrás. Tras un rato muy largo, el lector consiguió leerlo. Menuda máquina de mierda. Los nuevos estudiantes de la E.S.O leen mejor las rayas.

 Repentinamente sonó un Bip y una cifra apareció.

                SU BOLETO A SIDO PREMIADO CON 180 MILLONES DE EUROS.

 

 

 

 

 

 

                               PARTE 2: Mi nuevo vecino

 

Pues sí. Ahora era el nuevo millonario del pueblo. Repleto de repugnante dinero, con una puntiaguda nota: tengo más cuernos que la pareja de una actriz porno. Y encima, 180 millones de euros que se burlan de mí.

                Mi nueva vida no tenía nada de especial. Todo el día sentado en el sillón. Si no estaba mirando la televisión, estaba viendo videos de gente que se cae; o videos de gente que muere a manos de locos que reclaman la verdad de la Yihad. Internet es la comunidad de lo indeseado. ¿Qué no encontraras?

Así estaba yo. Más cerca de la locura que de la cordura. Con ganas de despertar en medio de una febril convulsión. Que una atractiva enfermera se acercara a mí, sonriente y blanquecina. <Has salido de un coma profundo. Ya está usted curado. Su familia le está esperando. No se preocupe, ha dejado de ser asquerosamente millonario>

                Pero nada de eso ocurría. Los días se acumulaban en montañas para dejar paso a las semanas. La basura era un hervidero de cajas de pizza, amenazantes en derrumbarse. Internet era mi fiel amigo. Todo estaba allí a mi disposición. La mejor despensa para un psicópata que busca a su víctima bajo el disfraz de las redes sociales. Todo lo que me hacía falta estaba bajo mi dedo. Con un simple click, la tarjeta de crédito virtual que me había creado hacia una cuenta regresiva económica. Cada nuevo click, sus números se venían a menos. Pero por mala suerte, con otro simple click, hacía una transferencia bancaria de mis muchos millones; acunándolos en la ficticia tarjeta. Pedir comida y hacer la compra era así de fácil.

                Facebook me servía para preguntar por los míos. Un simple vistazo por sus bandejas de entrada me daba la información necesaria. Y de ella también.

Sus estados me agitaban. <Eric, te necesito. Perdóname.> Un recitar de clemencias a mí.

¿Cómo puedo perdonar lo más importante? La confianza no se perdona, ni se gana. Se construye con el día a día. Paso a paso se fue creando una confianza que tenía nombre propio. Era suyo y mío. No compatible con otras personas, con otras confianzas. Reparar esa tranquilidad que habíamos tejido, … pudiera ser. Pero su resistencia se vería dañada. No podría mantenerme en pie en ella durante mucho tiempo. Caería mil veces en la duda.

                Esto parecía estar claro en mí. Pero los demás no lo conseguían entender. Lucia llamaba constantemente a mi móvil. Dejaba todo tipo de mensajes; de voz, en el whatsapp e incluso en la puerta.

Una mañana estuvo detrás del umbral que separa mi nueva vida de la de los demás. Mi piso. Llamó incesantemente. Parecía no tener fin su esperanza. Golpeó con fuerza la puerta. Estuvo a punto de quemar el timbre. Pero yo fui duro e hice como que no estaba. Aunque ella, mucho más inteligente que yo, sabía que dentro de su guarida el lobo era cordero, y me ocultaba detrás.

                Quizás se había enterado de mi mala suerte con números. Seguramente quería apoderarse de ese repugnante botín. No dudaría, que de repente, sin yo saberlo, fuese a ser padre. <Ese hijo no es mío> No recuerdo si simplemente lo pensé, o lo grité. 

Al cabo de muchos intentos, sucumbió. Un silencio dio paso a medio folio que se deslizo por la ranura de la puerta. No más de cinco líneas que terminaron en una bola junto a una pirámide de pizzas.  

                Todos insistían en saber de mí. Mi jefe se presentó en mi casa. Antes, se ocupó de informarme que tenía previsto hacerme una visitita. Solo para saber de mí y de mi ausencia en el trabajo.

El timbre sonó a las seis de la tarde. ¿Quién mierda tiene la costumbre de dejarse la puerta del bloque abierta? Aquel zumbido me sacó del entretenimiento que nuevamente comenzaba a retomar. Mi nave estelar. Han Solo y Chuwbacca esperaban la finalización de la nave a tiempo para luchar contra el imperio.

Dejé a un lado las pinzas de precisión con que colocaba los detalles más diminutos. Salí del cuarto y abrí la puerta a lo que daba la cadena de seguridad. Tomás se encontraba justo encima del felpudo que daba la bienvenida. Su bigote tipo manillar de bicicleta me sonrió. Vestía la ropa de mi abuelo. Por lo visto ahora es ropa Vintage. Bueno, dejémoslo en ropa usada. Desde el hombro izquierdo nacía una banda que cruzaba el pecho para morir en el lado contrario, donde un bolso hacia bulto. Lo que viene siendo una mariconera de toda la vida. No hay más que hablar. Mi jefe era un Hipster.

                Alzó la mano en un absurdo gesto de saludo. Hizo un movimiento con los brazos, como si se alegrará de verme.

Maldito hijo de la gran puta. Seis años trabajando en su empresa y la única palabra que me ha dedicado fue: <Tu debes ser el nuevo. Ya era hora. Puedes empezar por los cristales del primer piso> Un error lo puede tener cualquiera. Pero no cuando llevas seis años llevando la contabilidad de la empresa.

                Mi rostro intentó devolverle la sonrisa. Pero la cadena de la puerta me oculto el gesto. Tomás hizo el intento de empujar la puerta.

  • Si tienes algo que decirme, ahí donde estas, se te escucha a la perfección.
  • Eric, no vas a ofrecerme un café. Joder tío, que nos conocemos desde hace tiempo. Y recuerda, soy tu jefe. – Hizo un arco con las cejas y estallo en carcajadas. – Es broma joder. ¿Tienes compañía? Ehhhh bribón. – Dejó un tiempo para que macerara la respuesta. Pero al ver que no iba a dedicarle mucho tiempo volvió a romper el silencio. – Siento mucho lo tuyo con María. Se ha oído hablar por el trabajo del asunto. Por lo visto era de esperar. 

Mire fijamente su brillante bigote. ¿María? Ja ja ja ¿Pero…? No sabe ni lo que está hablando. Ha venido a por el dinero.

                El ascensor se puso en marcha. Un chirrido agudo lo confirmó. El sonido de la caja deslizándose por los raíles era, cuanto más, ensordecedor.  Aunque el piso estaba recién reformado, el bloque era de lo más terrorífico. Lo más parecido a la comunidad vecinal de REC. En la misma planta existían 4 pisos sin contar el mío.

Cuando el sonido del ascensor se detuvo, justo en mi planta, el ruido de las grandes mirillas resonó en la planta. Rejillas ovaladas, recubiertas por una malla de acero de un dedo de grosor. No era el único que estaba inmerso en la absurda conversación que habíamos iniciado Tomás y yo. Demasiados cotillas para tan pocos conocidos. Es más, no había coincidido con ningún vecino desde mi llegada al bloque. No es que saliera mucho, pero era extraño que nunca se oyera el cerrar o el abrir de puertas; al menos en mi planta. Solo alcanzaba oír las voces del vecino de arriba. Siempre estaba discutiendo con el que parecía ser su hermano. Por lo que sabía, que era bastante poco, vivían con su madre. < ¡Has hecho llorar a mama con tu insolencia!> Menudo numeritos montaban todas las noches.

                Tomás interrumpió la conversación cuando la luz se apagó. Sin duda se asustó. El cronometro que daba tiempo a la luz del pasillo era de larga duración. El bloque de pisos estaba encajado en la muralla que rodeaba el casco antiguo del pueblo, y carecía de ventanas de iluminación. Por lo que comentaban los agentes de venta, un simple asunto de estética. 

  • ¿Dónde coño se enciende la luz?

Hacía tiempo que no me reía tanto. Oír la voz de mi Ex jefe con una pizca de mierda era divertido. No pude aguantar una carcajada antes de decírselo. < A mitad de planta. Aquella luz roja que hay junto a las escaleras> La poca luz que arrojaba la oquedad de mi puerta dejaba ver la silueta de los enseres del pasillo.  

                A mitad de camino el ascensor se abrió. La luz que escupió creó un abanico, iluminando a Tomás que se encontraba cerca de la puerta del elevador. Junto a las escaleras, como suele pasar en todos los edificios, se encontraba el ascensor. Muy típico en los planos de construcción.

Tomás se quedó observando el interior. Me miró y maldijo la situación. Menudo gallina está hecho. Mucho Vintage, y mucho Hipster, pero un gallina en toda regla. Alargó la mano para hacerse con el botón de la luz que disipara su terror.

                La claridad duchó con intensidad toda la planta. Una luz que intentaba ser cálida. Un ocre tenue que se ocultaba detrás de la pantalla del foco, que en sus inicios fue de un blanco radiante y que el tiempo había consumido como el techo de un fumador. 

Desde la oscuridad se iluminó Tomás, con ojos como platos. El fulgor le brilló en el rostro, que nuevamente le sobrevino con una sonrisa. Detrás de él un resplandor metálico rasgó la escena. Alguien apareció por su retaguardia, de imprevisto. Se mostró del hueco de las escaleras que descendían a la planta de abajo. Sin previo aviso se puso a su altura. Tomás parecía no haberse dado cuenta. El individuo alzó la mano moviendo aquel objeto metálico, que se dejó ver en toda su dimensión.  Hizo un brusco movimiento. Como un jugador de Críquet intentando lanzar la bola lo más lejos posible. La punta se abrió paso por el cuello, desgarrando piel y musculo a su paso. La empuñadura topó con la mandíbula que se abrió en una muesca de dolor y de sobresalto. Entonces fue cuando me di cuenta que lo que le atravesaba el pescuezo era el mástil metálico de un paragua. En el extremo del paragua empezó a brotar gotas de sangre, que seguidamente se convirtió en un fino hilo de sangre que colgaba hasta el suelo.

                Mi cuerpo estaba hipnotizado. No conocía reacción para este tipo de tesituras. Mi jefe, bueno, a estas alturas era definitivamente mi ex jefe; se encontraba atravesado por una barra metálica, y yo no sabía qué hacer.

Para no llamar mucho la atención decidí permanecer inmóvil. Si ese lunático pretendía agujerear mi garganta, antes tendría que pasar por encima de la puerta. Una puerta de las de antes, pesada y resistente. Sin contar con el tipo de cerradura que lleva y la cadena de seguridad que me instalaron. Para entonces la policía ya estaría deteniéndolo.

                El cuerpo de Tomás se dobló hacia delante describiendo una curva que finalizó de bruces en el suelo. La llave del coche saltó del bolso y se topó contra el rodapié. Sus ojos me buscaron en un S.O.S. El suelo se tiñó del mismo color que la sangre. Tomás abrió y cerró las manos en un intento de afianzarse a la vida. Pero no le sirvió de mucho.

                Aquel individuó se dejó ver en su esplendor. Se colocó bajo el foco de la luz, incidiendo desde la altura y oscureciendo sus facciones. Podría tener cincuenta años. Podría tener más y aparentar menos, o tener menos edad y aparentar más. Su rostro era redondo y su cuerpo achaparrado. Apenas levantaba del suelo un metro sesenta. No tenía pelo en la cabeza, calvo como el que más de los calvos. Simplemente, por encima de las orejas le crecían tres dedos de ancho de un recortado vello, blanquecino. Su nariz se asimilaba a la de un cerdo y por debajo unas líneas hacían de labios.

Dio unos pasos en mi dirección con la sonrisa escrita en sus líneas. Alzó las manos en ademán de paz.

  • ¡Eh amigo ¡No te asustes! Estaba en casa escuchando tu corto apuro. – Cuando me di cuenta ya estaba sintiendo su aliento entrar por la apertura. Un olor a bar le sobrevenía del interior. – cuando mama y José me aconsejaron que te ayudara a salir de este apuro. Son buena gente mi familia ¿verdad? Este tipo es un puto vampiro – se giró y señalo el cadáver de Tomás. - solo quería tu dinero. Amigos hoy en día no los hay. – Hizo un gesto con las manos, como si le hubiera entrado prisa. – Bueno, no quiero entretenerte. Tienes una nave que tripular. – No sé cómo calificar la carcajada que afloró de su interior. Sus dientes se mostraron tal como eran. Parecían como si se estuvieran cachondeando de él, uno si otro no, uno si otro no. Un diente, un hueco, un diente, un hueco. – No te preocupes por este pequeño desastre. De esto me encargo yo.

Me obligó a que cerrar la puerta. Al cerrar comencé a escuchar ajetreo detrás de la puerta. Como si un grupo de mudanza estuviese en el rellano. Corrí la pequeña puerta de la mirilla, pero la luz se encontraba apagada. Solo había oscuridad y ese ruido que resonaba con eco. Intenté esforzar la mirada, pero no obtuve nada como resultado. Inesperadamente algo llamó mi atención en mis pies. Medio folio se deslizaba bajo la puerta.

 

 

 

 

 

               

                               Parte 3: Detrás, en la planta de arriba.

 

                Eric. Sé que nada de lo que te diga puede perdonar lo que te he hecho. Pero no tengo otra opción que pedirte que intentes perdonarme. Sabes que nuestra relación no estaba pasando por el mejor de los momentos. Tu siempre en tu mundo, y me sentía sola. No quiero disculparme por lo que he hecho, simplemente que me perdones. Te amo. Dame una oportunidad de explicarme. Después, si aun así persistes en tu decisión; nos diremos adiós. Te quiero. Llámame cuando estés preparado. Un beso.

 

El folio que se había deslizado era el mismo que hace unos días había tirado a la basura. Estaba repleto de arrugas que recordaban la bola que había sido. No me quedó más remedio que alzar la ceja en una mueca de duda. La basura llevaba acumulada una semana. ¿Cómo era posible que aquel trozo de papel se hubiese colado bajo la ranura de la puerta? Y lo más terrorífico ¿Quién lo había hecho pasar por ahí?  No podía ser cierto. Esa misma hoja debía estar con todo tipo de mierda entre sus líneas. O ¿quizás aquel individuo intentaba tomarme el pelo? Seguramente habría visto a Lucia pasar la carta bajo la puerta.

                Fui directo a la cocina. Las bolsas de basura se acumulaban en la pequeña despensa que colindaba al frigorífico. Abrí una al azar. El nudo se resistía y tuve que decidirme por romperlo. El olor era despreciable. Salí a la amplitud de la cocina y desparramar todo el interior. Me arrodillé e iba separando basura, acumulando en un extremo todo lo que ya había visto. Cuando termine de inspeccionarla volví a coger una nueva bolsa de basura y la rellene con todos los desechos que impregnaban el suelo. No tenía por qué estar en esa bolsa, quedaban cuatro bolsas más. En alguna de ellas podría estar. Pero no fue así.

La última de las bolsas me desesperó. Les gritaba a los residuos que había frente a mía. < ¡Tiene que estar aquí!> Pero por mucho que gritase no parecía surtir efecto. La carta de Lucía no se encontraba entre la basura.

                Me incorporé con decisión y me dirigí a la puerta. Deslicé la hebilla de la cadena por el rail y deshice las vueltas de la cerradura. Algo me detuvo. El miedo. Corrí la trampilla de la mirilla para observar el rellano. Todo estaba tranquilamente silencioso. La oscuridad lo reinaba todo. Mis pupilas se dilataron en busca de más claridad. No había nada. Cerré la trampilla. Saqué el folio de mi bolsillo, otra vez arrugado. Volví a leer el mensaje. No tenía sentido nada de aquello. Permanecía de pie con la vista perdida en el folio. Entonces fue cuando se me ocurrió darle la vuelta.

                Shuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

¿Shuuu? Estaba escrito con irregularidad. Con lo que parecía ser pintalabios rojo. El mismo labial que tanto amaba. Es más, no tardé nada en reconocerlo, Russian Red de la franquicia MAC.

                No tuve más remedio que dejar escapar un grito. Una batería de emociones ocupó mi espacio mental. Se apoderó de mí el terror. Corrí por el pasillo. Salté por encima de las bolsas de basura que había recolocado en el paso y entré a toda velocidad en el salón. Busqué mi móvil bajo los cojines del sofá y pulsé el nombre de Lucia. 

< El numero al que llama no se encuentra disponible >

Intenté tranquilizar mis pensamientos. Probablemente no tuviera cobertura o se habría agotado la batería. Volví a la agenda del móvil y pulsé el número de teléfono de casa de sus padres. Allí podría saber de ella.

                El tono de llamada se hizo a los pocos segundos de marcar. Al segundo tono la voz de Clara, la madre de Lucía, carraspeo.

  • ¿Si?
  • Buenas tardes Clara. ¿Cómo estás? Soy Eric. – Me hubiese saltado la cortesía y hubiese entrado directamente preguntado por Lucía. Pero no quería asustarla, o en otro caso, que me viese desesperado. –
  • Gracias a dios que te has dignado a hablar las cosas con Lucia. No sabes la alegría que me das. – Su voz reflejaba la felicidad de oírme. Seguramente también buscaba el sabor de mi dinero. No puedo bajar la guardia en este asunto. Aun así, el tono con el que me habló, no era señal de alarma.  
  • Bueno, sí. De eso quería hablar precisamente con Lucía. – Mentira. Pero tenía que saber dónde estaba, y si se encontraba bien. Quizás todo fuese fruto de mi imaginación y los relajantes que me ayudaban a dormir.  - ¿Está ahí? Me gustaría hablar con ella.
  • Lo siento mucho. – Algo me apretó en el estómago. – No sé de ella desde el día que fue a tu casa. Dijo que intentaría hablar contigo.
  • Pero de eso hace ya cuatro o cinco días. – Desde el día que descubrí a Lucia en la cama con otro, el tiempo se me había descontrolado.
  • Si. Me llamó y me contó que no consiguió hablar contigo. Se sentía mal y necesitaba un tiempo para pensar. – Reflejaba tranquilidad. – Ya sabes como es. No suele contar mucho. Por lo que medio le saque, se iría unos días a la casa de campo de Mercedes.

He de reconocer que soy un poco reacio a la telefonía móvil. Sé que no tengo nada de educación vía telefónica. Y cuando ya no me interesó más la información, volví a usar la técnica del cuelgue inesperado. En esos momentos me estarían denominando como estúpido, y con mucha razón.

                < No me coge el teléfono y sus padres no saben de ella desde el día que me visitó> Me parecía que estaba dramatizando la situación. Probablemente todo fuese una simple situación. Lucía es una mujer que no suele darse a conocer. Es como yo. Bueno, no tan extremista. Pero no suele hacer muchas amigas. Tan solo Mercedes y Fátima, amigas de la facultad de Veterinaria.  (Aunque para no ser muy sociable no veas como me la dio).

 Seguro que estaba en aquella casa de campo. Relajada y buscando su famosa ¨paz interior¨. Pero si eso era cierto. ¿Cómo se había colado esa carta bajo mi puerta, con un mensaje detrás que me pedía silencio y rotulado con el pintalabios preferido de ella? Lo primero que tenía que hacer es llamar a la policía. Un psicópata vivía en mi bloque y se acababa de cargar a mi jefe. Desbloqueé nuevamente el teléfono cuando de repente una llamada me entraba. <Número desconocido>

Seguramente fuere Lucía. Se habría enterado de que había preguntado por ella y me llamaba desde la casa de campo. Muy típico de ella. Llamar en número privado para no ser localizada y no ser interrumpida de sus meditaciones. Aunque me sorprendió la rapidez de la llamada.

  • ¡Lucia!
  • Shuuuu…. ¿A quién pensabas llamar? No estarías pensando en traicionar a tu nuevo amigo. Yo, que he sido capaz de manchar mis manos por ayudarte. José y mama se han puesto muy tristes. ¿Cómo? – Algo parecía agitarse en el interior del teléfono. Algo o alguien. – Sí, claro. Lucía dice que ella también se ha puesto triste. Es tan guapa y tan buena persona, sería una lástima que le pasara algo.
  • ¿Dónde está? No te atrevas a ponerle la mano encima. Si…. (Pi pi pi pi)

El tono de final de llamada se clavó en mis tímpanos. Me había pagado con la misma moneda con la que suelo pagar.  Miré el reloj que permanecía clavado en la pared. El segundero corría en busca de una vuelta más y con ella serían las siete de la tarde.

                Salí al pasillo. Todo estaba oscuro. La negrura me envolvió. Sentí el vértigo que se apoderaba de mí. Experimenté nerviosismo en las piernas. Como si pisar aquel suelo me hubiese a quemar. Voces salían detrás de las puertas. Me avisaban, me advertían con temor en sus gargantas. El sonido de unas argollas arrastradas sonorizaba sus suplicas. < Huye. No subas. Corre aun que tienes piernas para ello.> Susurros que se deslizaban como viento bajo las ranuras de las puertas. He de reconocer que tuve miedo. No eran simples voces, eran aullidos, lamentaciones en busca de alguien que las salvara.

No perdí de vista aquellas puertas, con un ojo las vigilaba y con el otro buscaba el pequeño resplandor de la clavija de la luz. Anduve no más de cuatro o cinco pasos, cortos y dubitativos, cuando un quejido en apariencia de aliento se deslizó por mi nuca. Me hizo volver la mirada en busca del haz de luz que se desprendía desde el interior del piso. Nada allí.

Reanudé la marcha. Advertí como pequeñas siluetas se movían debajo de los umbrales de aquellas cerradas puertas. Sombras impacientes, que se deslizaban a lo largo de todo el ancho de la puerta. El fulgor que les daba su silueta era de un intenso rojo. < Huye, huye, huye > Me gritaban.

                Me apresure a encender la luz. Pulsé y la luz no se hizo. Repetí la acción una, dos, tres, cuatro… perdí la cuenta. Cada intento lo hacía con más energía, pero no daba resultado.  Me volví para vigilar mi retaguardia.

                El sonido de una moneda al caer resonó en el piso superior. < Me intenta robar el dinero. Es puro chantaje.> El repiquetear del metal contra el suelo se prolongó hasta terminar en un ligero ¨Clin¨. Otra nueva moneda sonó. En esta ocasión el retintín se oía de más cerca. Justo a la altura del primer descanso que hay entre los dos tramos de peldaños. El eco cada vez se acercaba más a mí.

El brillo que escupía la poca luz que nacía de mi piso deslumbró el alocada descender de una moneda. Cada golpe era un nuevo escalón, y un nuevo ¨Clin¨. Hasta que murió en la suela de mis zapatos. Me agaché para hacerme con ella. Entres mis dedos, aquel Euro tenía un brillo a nuevo. Como si hubiese sido forjado en ese mismo instante. Incluso estaba caliente. Parecía haber estado en el bolsillo de alguien, o apretado en la palma de las manos.

                < Mi dinero > Guardé la moneda y con la luz del Flash del móvil me comí los dos tramos de peldaños. Dieciséis duros pasos para alguien como yo, que ofrecí mis más ruidosos jadeos. Si no me mataba lo que allí vivía, me moriría yo entre sustos y carreras. La ráfaga que desprendía el móvil era lo bastante potente para iluminar parte de mi campo visual. La planta de arriba era una copia de la de abajo. Seguramente, todas eran una copia, simplemente cambiaba la distribución de las plantas casi muertas que había.

Enfrente se encontraba la puerta de uno de los pisos a medio abrir. Quizás no más de la distancia de la muñeca al codo. Suficiente para dejar ver una fracción de su interior. Alguien se dejaba ver; parecía ser el esbozo de una mujer, sentada en una silla y con algo apretado en su pecho. La cabeza reposaba sobre la pared del pasillo, el cuello estaba tan estirado que su mandíbula quedaba abierta al techo. Al oprimir mis párpados en un intento de mejorar la calidad de mi visión, observe algo extraño. Aquel cuerpo femenino estaba consumido, esquelético. Entre la ropa se dejaba ver los huesos de la clavícula y la mandíbula se marcaba a la perfección.  Era como si le hubiesen sacado todos los líquidos del cuerpo, parecía una de esas momias de los pueblos egipcios. En el pecho, apretado por aquellos huesudos brazos, un maletín.

  • ¡Lucia! – Me oí gritar. - ¡Mi dinero!

 

 

 

Parte 4: Locura o verdad

 

La puerta se abrió dejando escapar un olor a humedad. Una descarga de ardor ácido. Como procedencia: aquel extraño cuerpo que parecía descansar a costa de la pared. El hedor se hacía más presente conforme me acercaba. El corazón me iba a estallar. Podría ser Lucia, pero por suerte no lo fue.

Aquel maniquí de carne y hueso tendría setenta años, como mucho, podría llegar a los setenta y cinco. Su cuerpo estaba rígido. La piel parecía el cuero de un pobre cochinillo tostado al horno. Vestida con prendas oscuras que le hacían ser una sombra más. Intenté agarrar el maletín. Parecía estar con vida, aun intentando aferrarse desesperadamente a la maleta. No conseguí distinguir entre la muerta piel y la pálida maleta, aparentaba haberse aferrado a ella, como si el interior ocultara algo que no quería que le fuese quitado. En uno de los intentos por hacerme con lo que ocultaba entre su cuerpo, parte de piel se vino conmigo. Un trozo de la muñeca se desprendió, cayendo en la puntera de mi zapato. Aquello me revolvió el estómago. Estuve a punto de vomitar.  Los tendones que cruzaban la mano surgieron entre la carne seca, con un mugriento olor a putrefacto.

Aun así, tras el intento, el maletín parecía no querer desprenderse de su poseedora.

                Un crujido me alerto a mi espalda. El chirriar de una puerta abrirse acompañó el chasquido de unos pasos aproximarse. La tarima con la que estaba recubierta el suelo me aviso de una presencia. No estaba solo, era de esperar.

Alcé la mirada buscando aquel ruido. En frente de mí, el pasillo se alargaba hasta la altura de una puerta, que cerrada, finalizaba la longitud del mismo. No me detuve en observar los innumerables cuadros que pendían de las paredes. De una muy rápida pasada visual, pude diferenciar rostros y siluetas dibujadas en los cuadros. Familiares de los inquilinos, seguramente. Intenté girarme pausadamente. Prefería no llevarme un susto más.

                La puerta que había resonado era la de la cocina, que permanecía a medias tintas. Y postrado junto al marco de la puerta, con un brazo apoyado en la pared y el otro en el cinturón, él.

Ese maldito hijo de puto volvió a aparecer. Tanto tiempo sin saber de los vecinos, y ahora, justo cuando me toca la lotería, se presentan. O al menos él. Intentando cambiar mi dinero por Lucia.

  • Procura no hacer ruido. Mama está durmiendo, y no quiere que la despertemos. – Una gota de sangre surco su frente. Sacó un pañuelo del bolsillo, se limpió y la observo absorbida en el papel. – Justo ahora estaba preparando la cena para Mama y José. – Extendió un dedo y me señalo. – Me ha venido muy bien tu amigo. Mira como está Mama, necesita proteína. Desde que dejaron de abonarme su pensión, nuestras comidas son cada vez más pobres. – Se giró en un tranquilo gesto y entró en la cocina. Lo perdí de vista. – Has venido justo a tiempo para quedarte a comer con nosotros.

No hice ningún movimiento extraño. Aquello me parecía lo más cercano a un sueño, bueno, dejémoslo en una pesadilla. Seguí sus pasos hasta quedar bajo el dintel, sin dejar de lado la puerta de salida.

                La distribución de la casa era exactamente igual que la mía. Simplemente allí, todo era más viejo. La cocina tenia acabados de color negro y blanco, y una mesa rectangular dispuesta contra la pared.

En un taburete, sentado en un gesto de comer, había otro nuevo ocupante. Sus codos estaban apoyados sobre la mesa y el rostro miraba a un plato vacío. Al escudriñarlo me di cuenta que era una réplica de aquel loco. Al igual que la madre, aquel hombre parecía haber sido consumido por el fuego de una hoguera. Un pliegue de piel recaía sobre la oreja, advirtiendo que detrás había hueso.

  • Perdona a mi hermano, es algo tímido. – Hablaba mientras removía una cacerola puesta al fuego. – Cuantas veces te he hablado de la educación con la que se trata a los invitados. – Se giró para dirigir sus regañinas al cadáver que decía ser su hermano. –

Se hizo con el mango de la cacerola y con una enorme cuchara para servir caldos. Me miro y sonrió, como si todo lo que estaba ocurriendo fuese normal. Aunque para él, parecía ser de lo más cotidiano. Se colocó a la izquierda de su hermano, con cacerola en mano y cuchara en la otra, le sirvió dos buenas cucharadas del contenido. Aquello olía a perro mojado. El color era rojizo, y flotando a la deriva, trozos de carne. Se me antojó distinguir una salchicha que se había montado en una de las cucharadas. Pero cuando la volcó sobre el plato, la salchicha se convirtió en un medio dedo. Entonces diferencié la uña negruzca envuelta entre largos fideos.

                Cuando vio un plato adecuado se replegó hacia atrás, dejando el cazo en el fogón apagado. Me miró.

  • No quiero ser un mal educado. Por favor, tome asiento. – Me indicó con la enorme punta ovalada del cucharon, de donde se derramaban gotas de aquel caldo. – Siempre preparo suficiente cantidad. Me gusta que sobre. Así lo puedo congelar y tengo comida para otro día. Pero no sea usted arrogante y coja asiento, le voy a servir un buen plato.
  • La verdad es que no tengo hambre. He venido a preguntar sobre…el asunto…de esta tarde. – La voz me surgió como pudo. Intentaba hacerme el duro, pero que cojones, ¿Quién coño se hace el duro cuando está ante un puto loco? – Pero mejor vengo en otro momento. Le pillo mal, no se preocupe, cierro al salir. Adiós.

Me giré con nerviosismo. Como si un rayo atravesara mi cuerpo y en cualquier momento alguien me hubiese a dar un susto.

                Creo que apenas pude pasar por debajo de aquella lámpara en forma de triángulo, con sus colores acristalados. Un estruendo me impactó sobre el lóbulo de la oreja, dejando un silbido en mis tímpanos. Aquello me hizo llevar mis manos hacia la zona. Me encorvé, intentando que el dolor se disipara, pero era imposible. Un fino curso de sangre brotó desde el interior.  El dolor me invadió toda la parte izquierda de la cara, la oreja comenzó a tomar un color rojizo, que se vio acompañado de una ardiente sensación.  Lo maldije con todos los improperios que me vinieron a la cabeza. Pero sé que fueron pocos, aquello me había dejado algo perdido.

                Al erguirme, mi cuerpo se desestabilizó, torcí con torpeza el pie y caí de espaldas contra la pared. Mi cuerpo se quedó sentado en una absurda posición. Tuve que llevarme nuevamente la mano a la oreja, la sangre no dejaba de salir y el oído no paraba de chirriarme. Aquel hijo de puta me había dejado sordo. Intenté levantarme, pero las manos tiznadas de rojo resbalaron en el parquet y me hicieron volver a caer.  

Él se acercaba muy despacio, intentando asustarme. Lo que no sabía, el muy cabrón, es que lo estaba consiguiendo. Mi corazón latía tan rápido que un médico se abría reído de mí.

En la mano llevaba aquel enorme cucharón. Cuando estuvo a mi altura, alzó la mano y la descargó contra mí. Yo era como uno de esos muñecos de las pruebas de seguridad de los coches. El cucharon bajaba y subía, impactaba y volvía a impactar sobre mi cuerpo. Con cada encontronazo un torbellino de tortura me angustiaba allí donde la parte oval impactaba. Yo solo decía un simple <Ahhhh>, que a veces aparecía con un gallo en la garganta o una lagrima cohibida. Un fuerte golpe en la coronilla, que resonó con un crujido, me advirtió de que la cabeza era más vulnerable que un brazo, o el pecho. Resguarde la mollera bajo los magullados brazos, esperando a que la tormenta pasase. Pero a estas alturas, me doy cuenta de lo mierda que soy. Me quede ahí, esperando a que todo terminara. Los golpes se presentaban uno tras otro. Mi cuerpo se fue recubriendo de moratones, sangre coagulada y alguna que otra brecha que comenzó a sangrar.

                Igual que comenzó todo, inesperadamente dejaron de surtir golpes. Como un conejo que sale de su madriguera, levante la mirada. Él estaba de pie frente a mí, con una absurda sonrisa entre los labios.  Los brazos apoyados sobre la cintura y el cucharon enganchado de un dedo. Su mirada se clavaba en mis heridas, como si aquello hubiese sido por mi bien. Como la regañina de una madre a su hijo.

  • No te han enseñado el protocolo de actuación ante una invitación ¿Verdad? – Hizo un gesto de decepción y de negación. Y volvió a entrar en la cocina. - 

Aquel momento fue el ideal para escapar de allí. No quería permanecer ni un minuto más allí. Lo que estuviera ocurriendo, la policía se encargaría de todo. No iba aguantar ni un golpe más. Lucia me vino a la cabeza. Podría estar en alguna habitación. Amordazada y torturada. Me daba igual, llamaría a la policía y ellos solucionarían todos los problemas. ¿Y si mata a Lucia? Tenía 180 millones de Euros para buscarme otra Lucia mejor.

                Me incorporé con dificultad. El cuerpo era un dolor gigante. Me quejaba más que el juego OPERACIONES. No hice ningún ruido, no quería llamar la atención de aquel lunático. La puerta seguía en una actitud de abierta-cerrada, el exterior se vislumbraba. Aunque todo estaba oscuro allí afuera, era mejor que permanecer allí. Volví la vista atrás para comprobar que no me seguía. Salpicaduras de sangre se repartían por la pared, pequeñas gotas lanzadas con la virulencia de cada uno de los golpes.

Cuando la puerta estaba lo bastante cerca, corrí hacia ella. Salí al pasillo, me dirigí hacia la boca de las escaleras e intenté encender la luz. Pero no se encendió. Me dispuse a bajar lo más rápido posible.

                Una moneda me impacto en la nuca. El sonido que hizo al caer al suelo me detuvo en seco antes de pisar el primer escalón. Torcí la mirada. La circunferencia que era la moneda giraba sobre el canto. La luz que salía del piso incidía sobre ella, dándole un brillo amenazante, apetecible a la vez. Escudriñé la oscuridad y lo poco que se veía del piso, siempre desde mi posición. No había nadie que me pudiera haber lanzado aquello. La moneda se detuvo ofreciendo una de sus partes.

                Me hice con ella. La cara del rey parecía mirarme. <Esto es una locura> me quede observando lo poco que se distinguía de la moneda. La hice girar un par de veces y la metí con la otra moneda. Al metérmela en el bolsillo choco en el interior con la otra moneda, repitiendo aquel metálico sonido. Un ruido que empezaba a gustarme.

Me vino a la cabeza el peligro que corría estando allí. Estar allí era estar indefenso.

Iría a casa, cerraría la puerta con toda su seguridad y llamaría a la policía. Una vez hecho eso, solo me quedaría esperar a que todo terminase. Les hablaría de lo ocurrido con Tomas. Como aquel loco atravesó su garganta con el mástil de un paragua. Le explicaría lo de Lucia. Como me había amenazado con matarla si llamaba a emergencias. Que intentó robarme mi dinero. Todo se terminaría solucionando. Si Lucia había muerto, sería un riesgo que hubo que correr.

                Me encaminé a bajar las escaleras. Tenía que ser rápido y no perder más el tiempo. Me agarré a la barandilla para no perder el equilibrio en la oscuridad y me giré. Entonces apareció su rostro frente al mío. Estaba en una posición mucho más baja que yo, pero no le impidió alzar la mano y estrellarme el cucharon entre ceja y ceja.

Mil, dos mil o sepa dios cuantos puntitos aparecieron en las imágenes que me daba mi visión. Todos de colores. El silencio se hizo sordo y la poca claridad que había se alejaba. Él se apartó a un lado de las escaleras sin perder la sonrisa. Intenté abrazarme a la barandilla, pero me fue inútil. Un líquido caliente me corría por la nariz y se metía en la boca. Su sabor a oxido me dio náuseas. Una de mis rodillas se dobló y con ella todo mi cuerpo se vino abajo. Lo primero que impactó contra el peldaño fue el hombro. Los filos de los escalones se clavaban entre la columna mientras me deslizaba hacia abajo, en una lacerante caída. Hasta que todo se apagó cuando mi cráneo aterrizó contra el rellano.

                Abrí los ojos con dolor. La luz me molestaba. Era como el ardor de una resaca. Intenté levantarme. Una mala idea. Todo el cuerpo se estremeció ante el intento. A duras penas conseguí sentarme.

Estaba acostado en mi cama de matrimonio. Arropado hasta la barbilla. Toda mi ropa se encontraba tirada por el suelo en un perfecto desorden. Algo me apretaba en el brazo. Una goma me apretaba y me impedía la correcta circulación de la sangre. Más arriba de la mitad del antebrazo había miles de moratones, y de pequeñas punzadas. Salí de la cama por la parte que pegaba a una gran ventana, desde donde el sol iluminaba el interior. Al pisar con uno de los pies el suelo, un aguijonazo me punzó en el pie. Solté un agresivo y resacoso: <Joder>. Alguien parecía haberse percatado de mi despertar en la cocina.

Miré al suelo y vi una aguja que me amenazaba. Busqué algo de ropa. Mientras tanto, Lucía apareció por la puerta de la habitación con una naranja en la mano. Me miró con tristeza y volvió a la cocina, a hacer lo que estuviera haciendo.

                Una vez vestido hice presencia junto a ella. Estaba terminando de exprimir la mitad de otra naranja. En la mesa de la cocina, colocado en una perfecta jerarquía, un deleitoso desayuno.

Me puse detrás de ella, su blusa reflejaba tranquilidad hipnótica, que bailaba al son de pequeñas bocanadas de aire que entraban por la ventana.

  • Siéntate y desayuna. Recuerda que hoy tienes reunión con el grupo de apoyo. – Aquello lo dijo mientras vertía el zumo en un vaso, que puso frente a mí. – Siempre me dices que vas a dejar las drogas. Pero ya he oído eso mil veces.
  • ¿Drogas? Si esto es una broma, será mejor que lo dejéis ya. ¿Crees que tu zorrería me va a engañar? ¿Dónde está ese puto loco? – La rabia se iba apoderando de mí. ¿Cómo es que ahora todo era tan normal? – Anoche estuvo a punto de matarme.  
  • ¿De qué hablas? ¿Te estas oyendo? – Su gesto estaba sembrado de nostalgia y tristeza. Que buena actriz. – Anoche me llamo Tomas par que pasara a recogerte. Te habías quedado dormido en la puerta de la discoteca. Y luego, por si te había sabido a poco, con la excusa de no poder dormir; te drogas en nuestra habitación. Eric, ¿Qué te está ocurriendo? – Sus ojos se humedecieron. –
  • Ya está bien de tanta falsedad. Y estas heridas, ¿De qué son? Mira – Alcé las mangas de mi sudadera para enseñarle los moratones. Y apreté con fuerza la oreja condolida. – Estuvo a punto de matarme con el puto cucharon. Y tu ¿Dónde estabas? Zorreando. – Aquello me estaba calentando cada vez más. Termine con un puñetazo en la meza. El zumo saltó en el interior del vaso, impregnando la mesa y las tostadas. –

Ella retrocedió asustada. Me dirigí enfurecido en busca de algo contundente, algo que me sirviera para golpear y reventar cráneos.

  • Voy a por 180 millones de euros. Voy a recuperarlos. Sé que los tiene él. Y tu...también. – Aquello lo grite desde el salón. –

Estiré de la cortina con fuerza. La barra que la sujeta cayó al suelo, rompiendo en su caída un cuadro que había en una pequeña mesa. Ella y yo besándonos en un soleado día de playa.

  • Eric. ¿Qué 180 millones de Euros? No puedo repetirte una y otra vez lo mismo. Tú no tienes ese dinero. – Ella apareció por mi espalda, se abrazó a mis hombros e hizo que lloraba. Quizás me estuviera volviendo loco. –
  • ¡Claro que tengo dinero! Y tú quieres hacerte con él. ¿Dónde está ese carbón con mi dinero? – La cogí del brazo y la zarandeé. Marqué mis dedos en su piel. –
  • Basta ya – Me grito. – Me estás haciendo daño. – Comenzó a llorar. No tuve más remedio que soltarla. Cayó de rodillas al suelo y mi alma con ella. – No te das cuenta. Estas destrozando todo lo que éramos. Todo por mierda de las putas drogas. Mira tus brazos y dime que ves.

Dirigí mi mirada a los brazos. Negros por moratones, repletos de pequeños agujeros que rebuscaban en mi cuerpo. Pequeños pinchazos que me atravesaban.

¿Y si llevaba razón? ¿Y si todo era fantasía creada por las drogas? Soy débil. Caí a sus pies. Me abrace a ella y le prometí que me curaría. Se lo prometí una vez más, según ella.

                Estábamos los dos en el suelo, abrazados en un nido de amor. Prometiéndole que nada de eso se repetiría, que aria todo lo posible por volver a ser lo que era.

                El mástil de un paragua me llamó la atención. Estaba apoyado sobre el paragüero, pero no dentro. Una macha rojiza, diminuta casi, me llamó. El mástil estaba ligeramente doblado. Y entonces lo sentí. Me llevé una mano al interior de mis vaqueros. Palpe el interior de los bolsillos: Dos monedas de euro.

 

 

  

                

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