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11 min
Malditos 180 millones de Euros (Parte 3 )
Terror |
06.02.16
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Sinopsis

La tercera parte ya esta aquí. 180 millones de euros nunca tienen que venir acompañados con felicidad o si. Recuerda, que la primera parte y la segunda, está en esta misma pagina.

 

                               Parte 3: Detrás, en la planta de arriba.

 

                Eric. Sé que nada de lo que te diga puede perdonar lo que te he hecho. Pero no tengo otra opción que pedirte que intentes perdonarme. Sabes que nuestra relación no estaba pasando por el mejor de los momentos. Tu siempre en tu mundo, y me sentía sola. No quiero disculparme por lo que he hecho, simplemente que me perdones. Te amo. Dame una oportunidad de explicarme. Después, si aun así persistes en tu decisión; nos diremos adiós. Te quiero. Llámame cuando estés preparado. Un beso.

 

El folio que se había deslizado era el mismo que hace unos días había tirado a la basura. Estaba repleto de arrugas que recordaban la bola que había sido. No me quedó más remedio que alzar la ceja en una mueca de duda. La basura llevaba acumulada una semana. ¿Cómo era posible que aquel trozo de papel se hubiese colado bajo la ranura de la puerta? Y lo más terrorífico ¿Quién lo había hecho pasar por ahí?  No podía ser cierto. Esa misma hoja debía estar con todo tipo de mierda entre sus líneas. O ¿quizás aquel individuo intentaba tomarme el pelo? Seguramente habría visto a Lucia pasar la carta bajo la puerta.

                Fui directo a la cocina. Las bolsas de basura se acumulaban en la pequeña despensa que colindaba al frigorífico. Abrí una al azar. El nudo se resistía y tuve que decidirme por romperlo. El olor era despreciable. Salí a la amplitud de la cocina y desparramar todo el interior. Me arrodillé e iba separando basura, acumulando en un extremo todo lo que ya había visto. Cuando termine de inspeccionarla volví a coger una nueva bolsa de basura y la rellene con todos los desechos que impregnaban el suelo. No tenía por qué estar en esa bolsa, quedaban cuatro bolsas más. En alguna de ellas podría estar. Pero no fue así.

La última de las bolsas me desesperó. Les gritaba a los residuos que había frente a mía. < ¡Tiene que estar aquí!> Pero por mucho que gritase no parecía surtir efecto. La carta de Lucía no se encontraba entre la basura.

                Me incorporé con decisión y me dirigí a la puerta. Deslicé la hebilla de la cadena por el rail y deshice las vueltas de la cerradura. Algo me detuvo. El miedo. Corrí la trampilla de la mirilla para observar el rellano. Todo estaba tranquilamente silencioso. La oscuridad lo reinaba todo. Mis pupilas se dilataron en busca de más claridad. No había nada. Cerré la trampilla. Saqué el folio de mi bolsillo, otra vez arrugado. Volví a leer el mensaje. No tenía sentido nada de aquello. Permanecía de pie con la vista perdida en el folio. Entonces fue cuando se me ocurrió darle la vuelta.

                Shuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

¿Shuuu? Estaba escrito con irregularidad. Con lo que parecía ser pintalabios rojo. El mismo labial que tanto amaba. Es más, no tardé nada en reconocerlo, Russian Red de la franquicia MAC.

                No tuve más remedio que dejar escapar un grito. Una batería de emociones ocupó mi espacio mental. Se apoderó de mí el terror. Corrí por el pasillo. Salté por encima de las bolsas de basura que había recolocado en el paso y entré a toda velocidad en el salón. Busqué mi móvil bajo los cojines del sofá y pulsé el nombre de Lucia. 

< El numero al que llama no se encuentra disponible >

Intenté tranquilizar mis pensamientos. Probablemente no tuviera cobertura o se habría agotado la batería. Volví a la agenda del móvil y pulsé el número de teléfono de casa de sus padres. Allí podría saber de ella.

                El tono de llamada se hizo a los pocos segundos de marcar. Al segundo tono la voz de Clara, la madre de Lucía, carraspeo.

  • ¿Si?
  • Buenas tardes Clara. ¿Cómo estás? Soy Eric. – Me hubiese saltado la cortesía y hubiese entrado directamente preguntado por Lucía. Pero no quería asustarla, o en otro caso, que me viese desesperado. –
  • Gracias a dios que te has dignado a hablar las cosas con Lucia. No sabes la alegría que me das. – Su voz reflejaba la felicidad de oírme. Seguramente también buscaba el sabor de mi dinero. No puedo bajar la guardia en este asunto. Aun así, el tono con el que me habló, no era señal de alarma.  
  • Bueno, sí. De eso quería hablar precisamente con Lucía. – Mentira. Pero tenía que saber dónde estaba, y si se encontraba bien. Quizás todo fuese fruto de mi imaginación y los relajantes que me ayudaban a dormir.  - ¿Está ahí? Me gustaría hablar con ella.
  • Lo siento mucho. – Algo me apretó en el estómago. – No sé de ella desde el día que fue a tu casa. Dijo que intentaría hablar contigo.
  • Pero de eso hace ya cuatro o cinco días. – Desde el día que descubrí a Lucia en la cama con otro, el tiempo se me había descontrolado.
  • Si. Me llamó y me contó que no consiguió hablar contigo. Se sentía mal y necesitaba un tiempo para pensar. – Reflejaba tranquilidad. – Ya sabes como es. No suele contar mucho. Por lo que medio le saque, se iría unos días a la casa de campo de Mercedes.

He de reconocer que soy un poco reacio a la telefonía móvil. Sé que no tengo nada de educación vía telefónica. Y cuando ya no me interesó más la información, volví a usar la técnica del cuelgue inesperado. En esos momentos me estarían denominando como estúpido, y con mucha razón.

                < No me coge el teléfono y sus padres no saben de ella desde el día que me visitó> Me parecía que estaba dramatizando la situación. Probablemente todo fuese una simple situación. Lucía es una mujer que no suele darse a conocer. Es como yo. Bueno, no tan extremista. Pero no suele hacer muchas amigas. Tan solo Mercedes y Fátima, amigas de la facultad de Veterinaria.  (Aunque para no ser muy sociable no veas como me la dio).

 Seguro que estaba en aquella casa de campo. Relajada y buscando su famosa ¨paz interior¨. Pero si eso era cierto. ¿Cómo se había colado esa carta bajo mi puerta, con un mensaje detrás que me pedía silencio y rotulado con el pintalabios preferido de ella? Lo primero que tenía que hacer es llamar a la policía. Un psicópata vivía en mi bloque y se acababa de cargar a mi jefe. Desbloqueé nuevamente el teléfono cuando de repente una llamada me entraba. <Número desconocido>

Seguramente fuere Lucía. Se habría enterado de que había preguntado por ella y me llamaba desde la casa de campo. Muy típico de ella. Llamar en número privado para no ser localizada y no ser interrumpida de sus meditaciones. Aunque me sorprendió la rapidez de la llamada.

  • ¡Lucia!
  • Shuuuu…. ¿A quién pensabas llamar? No estarías pensando en traicionar a tu nuevo amigo. Yo, que he sido capaz de manchar mis manos por ayudarte. José y mama se han puesto muy tristes. ¿Cómo? – Algo parecía agitarse en el interior del teléfono. Algo o alguien. – Sí, claro. Lucía dice que ella también se ha puesto triste. Es tan guapa y tan buena persona, sería una lástima que le pasara algo.
  • ¿Dónde está? No te atrevas a ponerle la mano encima. Si…. (Pi pi pi pi)

El tono de final de llamada se clavó en mis tímpanos. Me había pagado con la misma moneda con la que suelo pagar.  Miré el reloj que permanecía clavado en la pared. El segundero corría en busca de una vuelta más y con ella serían las siete de la tarde.

                Salí al pasillo. Todo estaba oscuro. La negrura me envolvió. Sentí el vértigo que se apoderaba de mí. Experimenté nerviosismo en las piernas. Como si pisar aquel suelo me hubiese a quemar. Voces salían detrás de las puertas. Me avisaban, me advertían con temor en sus gargantas. El sonido de unas argollas arrastradas sonorizaba sus suplicas. < Huye. No subas. Corre aun que tienes piernas para ello.> Susurros que se deslizaban como viento bajo las ranuras de las puertas. He de reconocer que tuve miedo. No eran simples voces, eran aullidos, lamentaciones en busca de alguien que las salvara.

No perdí de vista aquellas puertas, con un ojo las vigilaba y con el otro buscaba el pequeño resplandor de la clavija de la luz. Anduve no más de cuatro o cinco pasos, cortos y dubitativos, cuando un quejido en apariencia de aliento se deslizó por mi nuca. Me hizo volver la mirada en busca del haz de luz que se desprendía desde el interior del piso. Nada allí.

Reanudé la marcha. Advertí como pequeñas siluetas se movían debajo de los umbrales de aquellas cerradas puertas. Sombras impacientes, que se deslizaban a lo largo de todo el ancho de la puerta. El fulgor que les daba su silueta era de un intenso rojo. < Huye, huye, huye > Me gritaban.

                Me apresure a encender la luz. Pulsé y la luz no se hizo. Repetí la acción una, dos, tres, cuatro… perdí la cuenta. Cada intento lo hacía con más energía, pero no daba resultado.  Me volví para vigilar mi retaguardia.

                El sonido de una moneda al caer resonó en el piso superior. < Me intenta robar el dinero. Es puro chantaje.> El repiquetear del metal contra el suelo se prolongó hasta terminar en un ligero ¨Clin¨. Otra nueva moneda sonó. En esta ocasión el retintín se oía de más cerca. Justo a la altura del primer descanso que hay entre los dos tramos de peldaños. El eco cada vez se acercaba más a mí.

El brillo que escupía la poca luz que nacía de mi piso deslumbró el alocada descender de una moneda. Cada golpe era un nuevo escalón, y un nuevo ¨Clin¨. Hasta que murió en la suela de mis zapatos. Me agaché para hacerme con ella. Entres mis dedos, aquel Euro tenía un brillo a nuevo. Como si hubiese sido forjado en ese mismo instante. Incluso estaba caliente. Parecía haber estado en el bolsillo de alguien, o apretado en la palma de las manos.

                < Mi dinero > Guardé la moneda y con la luz del Flash del móvil me comí los dos tramos de peldaños. Dieciséis duros pasos para alguien como yo, que ofrecí mis más ruidosos jadeos. Si no me mataba lo que allí vivía, me moriría yo entre sustos y carreras. La ráfaga que desprendía el móvil era lo bastante potente para iluminar parte de mi campo visual. La planta de arriba era una copia de la de abajo. Seguramente, todas eran una copia, simplemente cambiaba la distribución de las plantas casi muertas que había.

Enfrente se encontraba la puerta de uno de los pisos a medio abrir. Quizás no más de la distancia de la muñeca al codo. Suficiente para dejar ver una fracción de su interior. Alguien se dejaba ver; parecía ser el esbozo de una mujer, sentada en una silla y con algo apretado en su pecho. La cabeza reposaba sobre la pared del pasillo, el cuello estaba tan estirado que su mandíbula quedaba abierta al techo. Al oprimir mis párpados en un intento de mejorar la calidad de mi visión, observe algo extraño. Aquel cuerpo femenino estaba consumido, esquelético. Entre la ropa se dejaba ver los huesos de la clavícula y la mandíbula se marcaba a la perfección.  Era como si le hubiesen sacado todos los líquidos del cuerpo, parecía una de esas momias de los pueblos egipcios. En el pecho, apretado por aquellos huesudos brazos, un maletín.

  • ¡Lucia! – Me oí gritar. - ¡Mi dinero!

 

  

                

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