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17 min
Malditos 180 millones de Euros (Parte 4)
Terror |
09.02.16
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Sinopsis

La cuarta parte ya esta aquí. 180 millones de euros nunca tienen que venir acompañados con felicidad o si. Recuerda, que la primera parte, la segunda y la tercera está en esta misma pagina.

Parte 4: Locura o verdad

 

La puerta se abrió dejando escapar un olor a humedad. Una descarga de ardor ácido. Como procedencia: aquel extraño cuerpo que parecía descansar a costa de la pared. El hedor se hacía más presente conforme me acercaba. El corazón me iba a estallar. Podría ser Lucia, pero por suerte no lo fue.

Aquel maniquí de carne y hueso tendría setenta años, como mucho, podría llegar a los setenta y cinco. Su cuerpo estaba rígido. La piel parecía el cuero de un pobre cochinillo tostado al horno. Vestida con prendas oscuras que le hacían ser una sombra más. Intenté agarrar el maletín. Parecía estar con vida, aun intentando aferrarse desesperadamente a la maleta. No conseguí distinguir entre la muerta piel y la pálida maleta, aparentaba haberse aferrado a ella, como si el interior ocultara algo que no quería que le fuese quitado. En uno de los intentos por hacerme con lo que ocultaba entre su cuerpo, parte de piel se vino conmigo. Un trozo de la muñeca se desprendió, cayendo en la puntera de mi zapato. Aquello me revolvió el estómago. Estuve a punto de vomitar.  Los tendones que cruzaban la mano surgieron entre la carne seca, con un mugriento olor a putrefacto.

Aun así, tras el intento, el maletín parecía no querer desprenderse de su poseedora.

                Un crujido me alerto a mi espalda. El chirriar de una puerta abrirse acompañó el chasquido de unos pasos aproximarse. La tarima con la que estaba recubierta el suelo me aviso de una presencia. No estaba solo, era de esperar.

Alcé la mirada buscando aquel ruido. En frente de mí, el pasillo se alargaba hasta la altura de una puerta, que cerrada, finalizaba la longitud del mismo. No me detuve en observar los innumerables cuadros que pendían de las paredes. De una muy rápida pasada visual, pude diferenciar rostros y siluetas dibujadas en los cuadros. Familiares de los inquilinos, seguramente. Intenté girarme pausadamente. Prefería no llevarme un susto más.

                La puerta que había resonado era la de la cocina, que permanecía a medias tintas. Y postrado junto al marco de la puerta, con un brazo apoyado en la pared y el otro en el cinturón, él.

Ese maldito hijo de puto volvió a aparecer. Tanto tiempo sin saber de los vecinos, y ahora, justo cuando me toca la lotería, se presentan. O al menos él. Intentando cambiar mi dinero por Lucia.

  • Procura no hacer ruido. Mama está durmiendo, y no quiere que la despertemos. – Una gota de sangre surco su frente. Sacó un pañuelo del bolsillo, se limpió y la observo absorbida en el papel. – Justo ahora estaba preparando la cena para Mama y José. – Extendió un dedo y me señalo. – Me ha venido muy bien tu amigo. Mira como está Mama, necesita proteína. Desde que dejaron de abonarme su pensión, nuestras comidas son cada vez más pobres. – Se giró en un tranquilo gesto y entró en la cocina. Lo perdí de vista. – Has venido justo a tiempo para quedarte a comer con nosotros.

No hice ningún movimiento extraño. Aquello me parecía lo más cercano a un sueño, bueno, dejémoslo en una pesadilla. Seguí sus pasos hasta quedar bajo el dintel, sin dejar de lado la puerta de salida.

                La distribución de la casa era exactamente igual que la mía. Simplemente allí, todo era más viejo. La cocina tenia acabados de color negro y blanco, y una mesa rectangular dispuesta contra la pared.

En un taburete, sentado en un gesto de comer, había otro nuevo ocupante. Sus codos estaban apoyados sobre la mesa y el rostro miraba a un plato vacío. Al escudriñarlo me di cuenta que era una réplica de aquel loco. Al igual que la madre, aquel hombre parecía haber sido consumido por el fuego de una hoguera. Un pliegue de piel recaía sobre la oreja, advirtiendo que detrás había hueso.

  • Perdona a mi hermano, es algo tímido. – Hablaba mientras removía una cacerola puesta al fuego. – Cuantas veces te he hablado de la educación con la que se trata a los invitados. – Se giró para dirigir sus regañinas al cadáver que decía ser su hermano. –

Se hizo con el mango de la cacerola y con una enorme cuchara para servir caldos. Me miro y sonrió, como si todo lo que estaba ocurriendo fuese normal. Aunque para él, parecía ser de lo más cotidiano. Se colocó a la izquierda de su hermano, con cacerola en mano y cuchara en la otra, le sirvió dos buenas cucharadas del contenido. Aquello olía a perro mojado. El color era rojizo, y flotando a la deriva, trozos de carne. Se me antojó distinguir una salchicha que se había montado en una de las cucharadas. Pero cuando la volcó sobre el plato, la salchicha se convirtió en un medio dedo. Entonces diferencié la uña negruzca envuelta entre largos fideos.

                Cuando vio un plato adecuado se replegó hacia atrás, dejando el cazo en el fogón apagado. Me miró.

  • No quiero ser un mal educado. Por favor, tome asiento. – Me indicó con la enorme punta ovalada del cucharon, de donde se derramaban gotas de aquel caldo. – Siempre preparo suficiente cantidad. Me gusta que sobre. Así lo puedo congelar y tengo comida para otro día. Pero no sea usted arrogante y coja asiento, le voy a servir un buen plato.
  • La verdad es que no tengo hambre. He venido a preguntar sobre…el asunto…de esta tarde. – La voz me surgió como pudo. Intentaba hacerme el duro, pero que cojones, ¿Quién coño se hace el duro cuando está ante un puto loco? – Pero mejor vengo en otro momento. Le pillo mal, no se preocupe, cierro al salir. Adiós.

Me giré con nerviosismo. Como si un rayo atravesara mi cuerpo y en cualquier momento alguien me hubiese a dar un susto.

                Creo que apenas pude pasar por debajo de aquella lámpara en forma de triángulo, con sus colores acristalados. Un estruendo me impactó sobre el lóbulo de la oreja, dejando un silbido en mis tímpanos. Aquello me hizo llevar mis manos hacia la zona. Me encorvé, intentando que el dolor se disipara, pero era imposible. Un fino curso de sangre brotó desde el interior.  El dolor me invadió toda la parte izquierda de la cara, la oreja comenzó a tomar un color rojizo, que se vio acompañado de una ardiente sensación.  Lo maldije con todos los improperios que me vinieron a la cabeza. Pero sé que fueron pocos, aquello me había dejado algo perdido.

                Al erguirme, mi cuerpo se desestabilizó, torcí con torpeza el pie y caí de espaldas contra la pared. Mi cuerpo se quedó sentado en una absurda posición. Tuve que llevarme nuevamente la mano a la oreja, la sangre no dejaba de salir y el oído no paraba de chirriarme. Aquel hijo de puta me había dejado sordo. Intenté levantarme, pero las manos tiznadas de rojo resbalaron en el parquet y me hicieron volver a caer.  

Él se acercaba muy despacio, intentando asustarme. Lo que no sabía, el muy cabrón, es que lo estaba consiguiendo. Mi corazón latía tan rápido que un médico se abría reído de mí.

En la mano llevaba aquel enorme cucharón. Cuando estuvo a mi altura, alzó la mano y la descargó contra mí. Yo era como uno de esos muñecos de las pruebas de seguridad de los coches. El cucharon bajaba y subía, impactaba y volvía a impactar sobre mi cuerpo. Con cada encontronazo un torbellino de tortura me angustiaba allí donde la parte oval impactaba. Yo solo decía un simple <Ahhhh>, que a veces aparecía con un gallo en la garganta o una lagrima cohibida. Un fuerte golpe en la coronilla, que resonó con un crujido, me advirtió de que la cabeza era más vulnerable que un brazo, o el pecho. Resguarde la mollera bajo los magullados brazos, esperando a que la tormenta pasase. Pero a estas alturas, me doy cuenta de lo mierda que soy. Me quede ahí, esperando a que todo terminara. Los golpes se presentaban uno tras otro. Mi cuerpo se fue recubriendo de moratones, sangre coagulada y alguna que otra brecha que comenzó a sangrar.

                Igual que comenzó todo, inesperadamente dejaron de surtir golpes. Como un conejo que sale de su madriguera, levante la mirada. Él estaba de pie frente a mí, con una absurda sonrisa entre los labios.  Los brazos apoyados sobre la cintura y el cucharon enganchado de un dedo. Su mirada se clavaba en mis heridas, como si aquello hubiese sido por mi bien. Como la regañina de una madre a su hijo.

  • No te han enseñado el protocolo de actuación ante una invitación ¿Verdad? – Hizo un gesto de decepción y de negación. Y volvió a entrar en la cocina. - 

Aquel momento fue el ideal para escapar de allí. No quería permanecer ni un minuto más allí. Lo que estuviera ocurriendo, la policía se encargaría de todo. No iba aguantar ni un golpe más. Lucia me vino a la cabeza. Podría estar en alguna habitación. Amordazada y torturada. Me daba igual, llamaría a la policía y ellos solucionarían todos los problemas. ¿Y si mata a Lucia? Tenía 180 millones de Euros para buscarme otra Lucia mejor.

                Me incorporé con dificultad. El cuerpo era un dolor gigante. Me quejaba más que el juego OPERACIONES. No hice ningún ruido, no quería llamar la atención de aquel lunático. La puerta seguía en una actitud de abierta-cerrada, el exterior se vislumbraba. Aunque todo estaba oscuro allí afuera, era mejor que permanecer allí. Volví la vista atrás para comprobar que no me seguía. Salpicaduras de sangre se repartían por la pared, pequeñas gotas lanzadas con la virulencia de cada uno de los golpes.

Cuando la puerta estaba lo bastante cerca, corrí hacia ella. Salí al pasillo, me dirigí hacia la boca de las escaleras e intenté encender la luz. Pero no se encendió. Me dispuse a bajar lo más rápido posible.

                Una moneda me impacto en la nuca. El sonido que hizo al caer al suelo me detuvo en seco antes de pisar el primer escalón. Torcí la mirada. La circunferencia que era la moneda giraba sobre el canto. La luz que salía del piso incidía sobre ella, dándole un brillo amenazante, apetecible a la vez. Escudriñé la oscuridad y lo poco que se veía del piso, siempre desde mi posición. No había nadie que me pudiera haber lanzado aquello. La moneda se detuvo ofreciendo una de sus partes.

                Me hice con ella. La cara del rey parecía mirarme. <Esto es una locura> me quede observando lo poco que se distinguía de la moneda. La hice girar un par de veces y la metí con la otra moneda. Al metérmela en el bolsillo choco en el interior con la otra moneda, repitiendo aquel metálico sonido. Un ruido que empezaba a gustarme.

Me vino a la cabeza el peligro que corría estando allí. Estar allí era estar indefenso.

Iría a casa, cerraría la puerta con toda su seguridad y llamaría a la policía. Una vez hecho eso, solo me quedaría esperar a que todo terminase. Les hablaría de lo ocurrido con Tomas. Como aquel loco atravesó su garganta con el mástil de un paragua. Le explicaría lo de Lucia. Como me había amenazado con matarla si llamaba a emergencias. Que intentó robarme mi dinero. Todo se terminaría solucionando. Si Lucia había muerto, sería un riesgo que hubo que correr.

                Me encaminé a bajar las escaleras. Tenía que ser rápido y no perder más el tiempo. Me agarré a la barandilla para no perder el equilibrio en la oscuridad y me giré. Entonces apareció su rostro frente al mío. Estaba en una posición mucho más baja que yo, pero no le impidió alzar la mano y estrellarme el cucharon entre ceja y ceja.

Mil, dos mil o sepa dios cuantos puntitos aparecieron en las imágenes que me daba mi visión. Todos de colores. El silencio se hizo sordo y la poca claridad que había se alejaba. Él se apartó a un lado de las escaleras sin perder la sonrisa. Intenté abrazarme a la barandilla, pero me fue inútil. Un líquido caliente me corría por la nariz y se metía en la boca. Su sabor a oxido me dio náuseas. Una de mis rodillas se dobló y con ella todo mi cuerpo se vino abajo. Lo primero que impactó contra el peldaño fue el hombro. Los filos de los escalones se clavaban entre la columna mientras me deslizaba hacia abajo, en una lacerante caída. Hasta que todo se apagó cuando mi cráneo aterrizó contra el rellano.

                Abrí los ojos con dolor. La luz me molestaba. Era como el ardor de una resaca. Intenté levantarme. Una mala idea. Todo el cuerpo se estremeció ante el intento. A duras penas conseguí sentarme.

Estaba acostado en mi cama de matrimonio. Arropado hasta la barbilla. Toda mi ropa se encontraba tirada por el suelo en un perfecto desorden. Algo me apretaba en el brazo. Una goma me apretaba y me impedía la correcta circulación de la sangre. Más arriba de la mitad del antebrazo había miles de moratones, y de pequeñas punzadas. Salí de la cama por la parte que pegaba a una gran ventana, desde donde el sol iluminaba el interior. Al pisar con uno de los pies el suelo, un aguijonazo me punzó en el pie. Solté un agresivo y resacoso: <Joder>. Alguien parecía haberse percatado de mi despertar en la cocina.

Miré al suelo y vi una aguja que me amenazaba. Busqué algo de ropa. Mientras tanto, Lucía apareció por la puerta de la habitación con una naranja en la mano. Me miró con tristeza y volvió a la cocina, a hacer lo que estuviera haciendo.

                Una vez vestido hice presencia junto a ella. Estaba terminando de exprimir la mitad de otra naranja. En la mesa de la cocina, colocado en una perfecta jerarquía, un deleitoso desayuno.

Me puse detrás de ella, su blusa reflejaba tranquilidad hipnótica, que bailaba al son de pequeñas bocanadas de aire que entraban por la ventana.

  • Siéntate y desayuna. Recuerda que hoy tienes reunión con el grupo de apoyo. – Aquello lo dijo mientras vertía el zumo en un vaso, que puso frente a mí. – Siempre me dices que vas a dejar las drogas. Pero ya he oído eso mil veces.
  • ¿Drogas? Si esto es una broma, será mejor que lo dejéis ya. ¿Crees que tu zorrería me va a engañar? ¿Dónde está ese puto loco? – La rabia se iba apoderando de mí. ¿Cómo es que ahora todo era tan normal? – Anoche estuvo a punto de matarme.  
  • ¿De qué hablas? ¿Te estas oyendo? – Su gesto estaba sembrado de nostalgia y tristeza. Que buena actriz. – Anoche me llamo Tomas par que pasara a recogerte. Te habías quedado dormido en la puerta de la discoteca. Y luego, por si te había sabido a poco, con la excusa de no poder dormir; te drogas en nuestra habitación. Eric, ¿Qué te está ocurriendo? – Sus ojos se humedecieron. –
  • Ya está bien de tanta falsedad. Y estas heridas, ¿De qué son? Mira – Alcé las mangas de mi sudadera para enseñarle los moratones. Y apreté con fuerza la oreja condolida. – Estuvo a punto de matarme con el puto cucharon. Y tu ¿Dónde estabas? Zorreando. – Aquello me estaba calentando cada vez más. Termine con un puñetazo en la meza. El zumo saltó en el interior del vaso, impregnando la mesa y las tostadas. –

Ella retrocedió asustada. Me dirigí enfurecido en busca de algo contundente, algo que me sirviera para golpear y reventar cráneos.

  • Voy a por 180 millones de euros. Voy a recuperarlos. Sé que los tiene él. Y tu...también. – Aquello lo grite desde el salón. –

Estiré de la cortina con fuerza. La barra que la sujeta cayó al suelo, rompiendo en su caída un cuadro que había en una pequeña mesa. Ella y yo besándonos en un soleado día de playa.

  • Eric. ¿Qué 180 millones de Euros? No puedo repetirte una y otra vez lo mismo. Tú no tienes ese dinero. – Ella apareció por mi espalda, se abrazó a mis hombros e hizo que lloraba. Quizás me estuviera volviendo loco. –
  • ¡Claro que tengo dinero! Y tú quieres hacerte con él. ¿Dónde está ese carbón con mi dinero? – La cogí del brazo y la zarandeé. Marqué mis dedos en su piel. –
  • Basta ya – Me grito. – Me estás haciendo daño. – Comenzó a llorar. No tuve más remedio que soltarla. Cayó de rodillas al suelo y mi alma con ella. – No te das cuenta. Estas destrozando todo lo que éramos. Todo por mierda de las putas drogas. Mira tus brazos y dime que ves.

Dirigí mi mirada a los brazos. Negros por moratones, repletos de pequeños agujeros que rebuscaban en mi cuerpo. Pequeños pinchazos que me atravesaban.

¿Y si llevaba razón? ¿Y si todo era fantasía creada por las drogas? Soy débil. Caí a sus pies. Me abrace a ella y le prometí que me curaría. Se lo prometí una vez más, según ella.

                Estábamos los dos en el suelo, abrazados en un nido de amor. Prometiéndole que nada de eso se repetiría, que aria todo lo posible por volver a ser lo que era.

                El mástil de un paragua me llamó la atención. Estaba apoyado sobre el paragüero, pero no dentro. Una macha rojiza, diminuta casi, me llamó. El mástil estaba ligeramente doblado. Y entonces lo sentí. Me llevé una mano al interior de mis vaqueros. Palpe el interior de los bolsillos: Dos monedas de euro. 

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