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39 min
Malditos buitres de Marduk
Suspense |
10.06.21
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Sinopsis

No tengas piedad. Estos malditos buitres de Marduk han secuestrado y matado impunemente durante generaciones. ha llegado la hora de que reciban su merecido. Mátalos, mátalos a todos en este relato lleno de locura y violencia.

Me presentaré con el nombre de Carlos Jiménez, ¡aunque inocentes de aquellos que lo consideren verdadero! La historia que contaré es demasiado incriminatoria como para revelar mi auténtica identidad.

Quizá, cuando estas páginas sean publicadas, yo ya me encontraré a muchas millas de aquí, y todas las autoridades verán por resuelto uno de los casos más problemáticos que se han investigado, y en el que nada se ha sacado a la luz por esta panda de inútiles.

Yo aportaré pruebas y datos concluyentes que demuestran una ruin conspiración por parte del clero y los altos dirigentes del ayuntamiento de la ciudad de Valencia. Pruebas más que palpables, verídicas e impresionantes, que los gilipollas de la policía ignoraron la primera vez que traté de pedirles ayuda. Pruebas estremecedoras de unos asesinatos demenciales y de locura. De unos asesinatos en nombre a la figura falsa de un Dios, a la figura falsa que una secta blasfema ha utilizado para comer la cabeza a la gente, y esta secta no es ninguna otra que la Iglesia. La Iglesia católica que tanto tiempo la plebe ha seguido, ciega, con una venda en los ojos que no les permitía ver lo sucedido, ni darse cuenta de que la religión es un estigma podrido de maldad.

En efecto, como muchos ya se imaginarán, la matanza del Convento de Santo Domingo, en la ciudad de Valencia, y el posterior incendio que quemó vivas a más de veinte personas —entre ellas gente “respetable” de la Iglesia y del ayuntamiento— y destruyó por completo el interior del recinto, tienen mucho que ver con todo este asunto. Pues la autoría de esa brutal matanza es mía.

Y me enorgullece decir que no siento remordimiento alguno, ni pena ni ningún tipo de malestar, todo lo contrario:

Haber matado a esa gente me ha supuesto un enorme placer.

Podéis juzgarme, podéis condenarme, escupir sobre estos papeles, odiarme y maldecirme, pero lo único que haréis será blasfemar hacia un fantasma, maldecir vagas sombras que jamás adivinaréis. Y aunque la policía se ponga a buscarme para hacer caer todo el peso de la ley sobre mí, dudo mucho que sean capaces de encontrarme, pues a los muy inútiles les faltan bastantes luces como para darse cuenta hasta del terreno que están pisando.

Además, os estaréis equivocando de criminal, pues ellos no fueron víctimas de los disparos de mi arma o del fuego que encendí en la torre y la condenó a la destrucción, ellos fueron los monstruos castigados por la furia y el odio, los dos jinetes negros que nadie osa liberar, pero que yo guie con gusto y placer a lomos de una montura aún más oscura y luctuosa cuyo nombre es Venganza.

Monstruos que torturaron y asesinaron a niños pequeños, infantes inocentes y libres de cualquier culpa, y a mujeres jóvenes y bellas en la flor de la vida, sacrificadas bajo el influjo de los delirios de una religión harto carcomida por la maldad y la vileza.

¡¡Hijos de puta!! ¡¡Malditos bastardos!! Os aseguro que se pudrirán entre las garras ponzoñosas del Hades de la fatalidad sepulcral, y cuando terminéis de leer estas páginas y veáis las pruebas y los documentos que os entrego, os garantizo que vais a sentir lo mismo, que vais a odiar a la Iglesia y a condenar sus crímenes, los crímenes de los malditos buitres de Marduk.

Aunque no os puedo decir que va a ser fácil plantarles cara, pues son poderosos y, alrededor de todos nosotros, han tejido una inmensa telaraña, el juego de cuyos hilos lo remueven los altos dirigentes de un gobierno corrompido por la demencia de un clero más falso que la nariz de un puto payaso.

Desde fuera, con sus poses mojigatas y sus caras bonachonas, áridas, de mejillas sonrosadas y expresiones benevolentes; parecen la clase de personas que uno debe respetar y admirar, y que ante su presencia hay que inclinarse. Es la fachada perfecta para la maldad más pura. ¡Qué asco me da! La gente es imbécil, se deja guiar por algo que no se puede explicar y que es intangible. Pero cuando se les habla de ciencia, o de psiquiatría o de biología entonces sí que le ven peros a todo. Piden explicaciones, razones y pruebas. De pronto se transforman en las personas más incrédulas sobre la faz de la Tierra, pero cuando se trata de religión, de la palabra de Dios, de lo que dice el puto Vaticano, todo va a misa… ¡qué expresión más aborrecible!

Y así, al amparo de la estupidez de unos protocolos sociales que dan por sentada la integridad y la benevolencia de la Iglesia y de sus feligreses, estos lacayos del Demonio de la Perversión se divierten perpetuando sus planes maquiavélicos y festejando sus terribles sacrificios. Pues de eso trata todo el asunto, toda esta lamentable y odiosa historia que os voy a relatar. Y no sólo con meras palabras que la gente debe creer, sino que, junto a estos documentos encontraréis unos datos probados que sacarán a la luz los sacrificios de mujeres vírgenes e inocentes niños que se han estado llevando a cabo durante más de veinte años en la ciudad de Valencia.

“¡¿Y cómo coño puede ser posible?!” Se preguntarán muchas personas. “¡Es solo la palabra de un necio! ¡De un mentiroso!” Pero sus caras palidecerán al instante cuando lo oigan por la radio, en todas las emisoras y a todas horas. Cuando el escándalo salte a la calle y salpique al mismo alcalde de la ciudad. Cuando se hable de los memorándums de la administración de un centro penitenciario o de un orfanato, de sus libros de cuentas y de sus registros de presos, de pacientes y de niños huérfanos.

Pues aquí está todo esto, aquí, reunidas las pruebas más impresionantes de los crímenes más abyectos de nuestro siglo. Números, datos, mentiras escondidas entre fórmulas, ensombrecidas por la obtusa burocracia de un país que sueña como una Madame Bovary resignada ante la realidad.

Y así, ya no es sólo mi palabra o mis imaginaciones. Pues los números no mienten, y las fechas que aquí expondré mostrarán con tanta claridad la evidencia de estos crímenes que, durante los instantes que seáis testigos de estos documentos, los mudos no estarán en absoluto tan solos como deben estarlo normalmente.

Abril del 1949, centro psiquiátrico penitenciario de Valencia, una paciente llamada Sandra Moreno muere repentinamente a las 2:26 horas del día doce. Según muchos testigos y las voces, posteriormente acalladas, de sus compañeras de celda, Sandra era una mujer fuerte, de salud vigorosa y nunca había tenido ningún problema cardíaco, como el que achacaban a su muerte prematura. Tan sólo tenía veinte años.

Quince de ese mismo mes, las 5:02 de la madrugada. Otra paciente con trastornos de depresión sucumbe imprevisiblemente por un fallo cardiovascular. Nunca se habló de los incidentes que se sucedieron después de su muerte, ni de los altercados de las demás pacientes pidiendo justicia por un crimen oculto entre papeleo y datos falsos. Su nombre era Sara Leníndez, aún no había cumplido los diecinueve años.

Veintiocho del mismo mes de abril, las 3:52 horas. Según los libros de registro, Carla Sacristán es llevada a la sala de castigos. Nunca más se la volvió a ver. En los libros de registro aparece que dos días más tarde salía en libertad. Lo chungo del caso es que su padre no sabía nada del asunto y nadie le informó de la presunta liberación de su hija pequeña. ¿Hice mal en meterlo a él en este terrible asunto? Al cabo de unos días su cuerpo apareció tirado entre los contenedores de basura de una calle sórdida de Bétera. Atribuyeron el asesinato a algunos ladrones sin escrúpulos. Nunca me perdonaré esta pérdida, ¡hijos de puta!

Y estos tan sólo son algunos ejemplos de los muchos casos que sucedieron durante este último año. Todos juntos llenan un ingente montón de papeles, demasiado kafkiano y enloquecedor para las mentes comunes. Así que lo dejaré para el final, junto con las pruebas, registros y memorándums. Lo encontraréis con un sello violeta.

Ahora quiero proseguir con el caso que motivó mi investigación y que inició mi historia.

Juan Manrique era un respetado investigador privado que desapareció de la noche a la mañana sin dejar huella. La gente que le conocía hablaba maravillas de su persona. Un talento notable para esclarecer enigmas, una alta capacidad deductiva y de razonamiento lógico, remarcable habilidad en la resolución de rompecabezas, etc. Seguí sus pasos y logré sonsacarle a ese conserje del orfanato Niños Huérfanos San Vicente Ferrer información valiosa sobre un supuesto inspector de sanidad del ayuntamiento que había ido al orfanato en repetidas ocasiones, y que sus apariciones habían causado algún que otro dolor de cabeza al director del centro y al obispo Jesús De Salva. Según las palabras de este conserje, el inspector de sanidad no era lo que realmente parecía y buscaba otras cosas, quizá estaba metido en algo turbio. Le encontraron fisgoneando entre los libros de registro y llamaron de inmediato a la policía, pero cuando éstos llegaron ya había desaparecido.

Seguramente el conserje estaba en lo cierto, pero el enfoque era erróneo. Sí que había algo oscuro en todo eso, pero era por parte del director y del obispo Jesús De Salva.

Jesús De Salva… ¿de qué me sonaba ese nombre? Mierda, da igual.

Siguiendo con Juan Manrique, descubrí que se alojaba cada noche en una pensión diferente. Protegía muy bien su rastro y sus datos, y perdí su pista a la séptima noche de sus andaduras. Así que me dispuse a seguir sus investigaciones por mi propio camino.

Encontré en la misma calle Roger de Lauria una casa abandonada desde cuyas ventanas de la segunda planta se podía ver —y vigilar— con total claridad los movimientos en el San Vicente Ferrer. Ese era el sitio ideal para mi escondite y mi base de operaciones. Pero tenía que entrar dentro del orfanato, desde afuera poco podía hacer.

Decidí que lo mejor sería ampararme en las sombras de la noche para poder colarme en su interior, y así lo hice. La tercera noche de mi guardia salí de la casa abandonada. Trepé por un arbusto cercano al muro exterior y salté al otro lado sin muchas dificultades. Según el plano que había conseguido, los archivos del Colegio Imperial del orfanato se encontraban en el ala este del edificio, el cual estaba constituido por un bloque central —en el que se encontraban todos los niños huérfanos—, la torre oeste —donde había los almacenes— y la torre este —en la que también el director tenía su despacho, además de los archivos—.

Con sigilo saqué las herramientas para abrir una de las ventanas del despacho del director. El ambiente sosegado y el leve rumor del aire me inspiraban seguridad mientras me disponía a asaltar un edificio gubernamental que gozó años atrás de la protección de Emperadores y Reyes. Abrí la ventana con ligereza y de un salto me colé en su interior.

Husmeé un buen rato por la habitación, pero no encontré nada de interés. Así que salí y me dirigí al piso superior. La puerta totalmente bloqueada, con una cerradura muy sofisticada para los archivos de un simple orfanato, por muy antiguo e ilustre que fuese. Mi olfato me decía que ahí dentro había algo.

Con un poco más de esfuerzo e ímpetu de lo normal, conseguí abrir las cerraduras y atravesar una puerta que guardaba terribles secretos. En efecto, no me sorprendió en absoluto descubrir que ahí dentro había mucho más que meros archivos.

A los pies de unas estanterías etiquetadas con los nombres de diferentes centros psiquiátricos penitenciarios, había dos jaulas metálicas de poco menos de un metro de alto y ancho. ¿Para qué coño necesitarían unas jaulas en un orfanato? Pero eso no era lo peor. Las estanterías guardaban multitud de cápsulas con fármacos anestésicos, alucinógenos y psicotrópicos. Eso me llenó de inquietud, pues había tantos como para llenar una farmacia.

¿De dónde sacarían eso? ¿Tanto poder tenían?

Unos pasos fuertes y secos me sacaron repentinamente de mis pensamientos. Apagué de un soplo la lámpara de aceite y me tiré a un lado de la habitación, detrás de una pila de cajas de madera.

La puerta se abrió vacilando, mientras escuchaba a dos personas conversar. La oí cerrarse y, unos segundos después, se hizo la luz en la habitación, lo que me incomodó bastante. Dos sillas se arrastraron, sin compás alguno, y unos sonidos cristalinos golpearon la madera de lo que parecía la mesa, uno después del otro. Percibí el aroma de un buen whisky, precedida del sonido de destaponar una botella.

—Torafina —dijo uno de ellos, con voz ronca y monótona.

 

—Es muy floja —respondió el otro, con una voz suave—, y sólo produce efectos intermitentes. Necesitamos algo más fuerte.

(¿De qué coño me sonará esta voz? ¡La he oído en algún sitio!)

—Pues entonces obital sódico o alucinógenos opiáceos —inquirió la voz más ruda, que parecía la de un hombre de avanzada edad, de carácter seco y antipático.

—¿Y qué me dice de la cloropromafina? —preguntó el otro hombre, con más temple y una voz más sosegada.

—Puede ser una buena alternativa, aunque existen algunos narcóticos neurolépticos que vuelven al paciente totalmente manipulable, y no hace falta un gran número de dosis durante los días anteriores al sacrificio, sino que con seis horas de antelación el neuroléptico consigue niveles viables en la sangre, convirtiendo al paciente en una especie de fantasma.

(¡Narcóticos neurolépticos! ¡Sacrificios!)

—Ese sería un gran método, señor Juárez —pronunció con calma la otra voz—, nos evitaría el tener que drogar durante tantos días a nuestro sacrificio y también las dificultades que eso conlleva. Con estos narcóticos podríamos agilizar mucho los trámites. ¿Cuándo cree que podríamos disponer de ellos?

—Bueno —dijo con suavidad y aire dubitativo—, mi farmacia está a punto de recibir un cargamento, podría conseguirlos mañana mismo y que me llegaran para el jueves junto con mi cargamento.

—¡Excelente! —anunció regocijado el hombre de la voz sosegada.

(¡Malditos asesinos! Qué asco, desgraciados, cabrones de mierda, son unos monstruos. ¡Planean sacrificios drogando a sus víctimas! Joder, mierda… tengo que pararles los pies, debo saber su identidad.)

Levanté la cabeza con sigilo. Mis ojos se asomaron lentamente desde su escondite y, en su respuesta, todas las imágenes vinieron lanzadas hacia mis córneas a una velocidad demencial. La decoración, la mesa, las cortinas, los fármacos, las jaulas, el pisapapeles, el mapa, la botella de whisky y los dos vasos, los dos hombres que sorbían lentamente.

Uno llevaba bigote, cano, como su mismo pelo. Entre los 50 y 60 años. Alto, 1´80 metros aproximadamente, delgado, no más de 70 kilos. Vestía ropas informales, casaca de cuero, guantes y botas de piel de ganso.

El otro hombre era mucho más bajo, quizá 1´70 metros. Rechoncho, casi obeso, diría que de un peso de más de 80 kilos. Rostro sonrosado, calvo, 60—70 años. Manos templadas, gesto apacible, movimientos pausados y tranquilos. Vestía ropas elegantes. Pantalones ajustados de piel de ganso, casaca y chaqueta aterciopelada. Bufanda y gorro de lana.

—Magnífico, entonces —empezó a canturrear el hombre obeso—, ya tenemos el tema de los opiáceos solucionado y listo para antes del sacrificio de este sábado. Cuando te lleguen los narcóticos házmelo saber, enviaré a algunos de mis lacayos a buscarlos. Ahora puedes retirarte.

El señor Juárez se levantó decidido de la silla, y se giró de tal modo que sus ojos se cruzaron fugazmente con los míos. Pero no se dio cuenta al instante. De pronto se quedó parado, con la mirada perdida, giró la cabeza siguiendo su anterior recorrido y se paró de frente a la pila de cajas de madera.

—¿Pasa algo, señor Juárez? —inquirió el otro hombre.

No respondió al instante, por un momento dudó mientras yo me preparaba para salir a la carrera y saltar por la ventana.

—Ahh no… —vociferó—, es tarde y a estas horas a uno ya se le mezcla el sueño con la imaginación. —Y escupió una leve risotada.

—Muy bien, espero que no imagine demasiado, y que todo esto no le afecte a usted, un colegiado de la rama de la medicina —le acusó con picardía.

—No, no. No es nada, no se preocupe. Buenas noches, obispo.

(¡Obispo! ¡Por todos los hijos de Satanás! Así que eres tú. Voy a por todos vosotros, cabrones.)

La noche pasó y se hizo el nuevo día. Busqué durante toda la semana en la lista telefónica todos los farmacéuticos de apellido Juárez que había en la ciudad. Nada más que seis privados y ocho farmacias.

Tenía poco tiempo. El jueves les llegaba el suministro y tenía que estar ahí. Así que con diligencia me metí en cuestión. Y fue con tanto ímpetu y tanta soltura que tomé cartas en el asunto, que dejé de lado la desconcertante impresión que me infundió el rostro del obispo Jesús De Salva al verlo furtivamente en el orfanato, y el por qué su nombre me parecía tan familiar.

Descarté rápidamente los seis farmacéuticos privados y el miércoles ya me encontraba investigando a la quinta farmacia de mi lista. ¡Ahí estás! ¡Cabrón! Lo encontré más rápido de lo que había esperado, y eso energizó mi estado de ánimo. Ahí estaba el cabrón, hablando con alguno de sus lacayos en el callejón trasero de la farmacia. No les oí con mucha claridad, pero deduje que por ahí llegaría la mercancía el jueves por la mañana. Así que me relajé un poco. Me sentía demasiado tenso y agobiado con todo el asunto. Me fui a casa y pasé el día entero con mi mujer. Ella estaba algo preocupada e intranquila por mi comportamiento de esos últimos días, pero no creí que sospechara nada.

A primera hora de la mañana del jueves me dirigí hacia el callejón de la farmacia del doctor Juárez. Me escondí detrás de unos bidones grises, ocultos bajo una sombra profunda, y ahí aguardé observando, vigilando los alrededores. El doctor Juárez no me decepcionó en absoluto. Al cabo de unos minutos llegó el carruaje con los suministros. Bajaron dos lacayos de aspecto aguileño, delgados y curtidos en el trabajo duro. Mientras empezaban a desatar bultos y cajas, el doctor Juárez apareció por la puerta trasera y les indicó que le siguieran.

Los lacayos cogieron un par de cajas cada uno y se adentraron en el edificio siguiendo a Juárez. El carruaje estaba solo. Me escabullí de mi escondite y me subí al interior del carro. Abrí unas cuantas cajas y ahí estaban, con sus albaranes y documentos falsificados de compraventa en un mercado más turbio que las aguas del Turia.

Cogí un puñado de ellos, observando detenidamente sus etiquetas y los frascos. También metí en la bolsa los albaranes y las facturas, y empecé a tapar las cajas. Una de ellas se me fue de las manos cuando trataba de ponerle la tapa, la otra la siguió al instante, cogida por dos manos huesudas de dedos afilados.

—¡¿Pero, qué coño?! —escupió uno de los lacayos al ver su cargamento abierto, pero no logró pronunciar ninguna palabra más después de que mi bota se encastara en su cara.

Salté rápido entre las oscuras sombras y, cogiendo al otro lacayo por el cuello, lo tiré al suelo y le pateé la cabeza al son de los gruñidos que se le ahogaban en la garganta.

—¡Me cago en la pu…! —escupió Juárez, con un hilo de voz que se le acabó de súbito al ver mi pistola apuntando directamente a su cabeza—. No me mates, no sabes quién soy, si me haces daño tendrás problemas…

—¡Calla, hijo de puta! —le grité—. Claro que sé quién eres, estúpido ¿Hay alguien más en la farmacia?

—¿Qué? ¿En la farmacia?

—No te hagas el tonto y responde ¡O te vuelo la cabeza, malnacido!

—¡No, no! ¡No hay nadie más! —su voz parecía atragantársele—, Llegan más tarde…

—Perfecto, pues adentro, cabrón, ¡tira para dentro!

—¿Qué me va a hacer? ¡No me haga daño, por favor! —suplicaba el muy hijo de perra con un tartamudeo lamentable que me sacó de las casillas.

—¡Adentro, he dicho, hijo de puta! —y le empujé hacia el interior de su guarida, golpeándole la cabeza con la empuñadura de mi Colt.

No tengo intención de enrollarme con lo que pasó dentro. Sólo os diré que le sonsaqué toda la información posible a ese piltrafa y que cantó como un gallo. Estos hijos de puta por fuera parecen lo más disciplinado. Se ven temibles y seguros de sí mismos, pero en realidad no son una mierda. Sólo aparentan lo que la plebe necesita ver, y se disfrazan de algo temible y seguro, pero en realidad son lo peor, lo más cobarde que te puedan tirar a la cara.

Lo malo de todo es que ya sabían que iba a por ellos y quizá me estarían esperando, pero no podía echarme atrás, ya no, con todo lo que había visto…

El sábado estaba próximo. Sólo quedaban dos días para que se celebrase el sacrificio. Según los documentos que le saqué a Juárez, en esta celebración se liberaría a Mónica Gutiérrez. Caucásica, 18 años, virgen. Y a un niño tuteado con el nombre de Martín, del orfanato San Vicente Ferrer.

Moví mis contactos y empecé a prepararme para el asalto.

Así que, al atardecer del martes 15 de agosto del 1950 salí dispuesto de mi casa, en dirección a la Masía del Olivar de Bétera, donde tenía que celebrarse el sacrificio de la semana.

Salí con la normalidad de cada día, intentando no despertar más sospechas a la gente de mi alrededor. Mi mujer estaba intranquila. No era buena disimulando, pero tampoco creí que supiera demasiado del asunto. Estaba preocupada, tanto como puede preocuparse una mujer por la ausencia demasiado prolongada de su marido o por sus recientes extraños hábitos. Pero, aparte de eso, estaba seguro que ella no había visto más allá de este velo.

Por eso, despidiéndome con un suave y plácido beso, dejé la puerta tras de mí, cerrándola lentamente con un empuje vago y despreocupado. En ese instante, ella miró como me iba, me observó desde esa rendija suspendida en el chirrido de la puerta entreabierta. Y, para ella, ese momento irrisorio, tan simple y fugaz, que se sucedió en unos minúsculos segundos, se le gravó en la retina tan vivamente como se le graba con ardiente fuego la insignia al ganado.

Pero yo, en ese momento no me di cuenta. Y a espaldas de mi hogar, con la mirada y el pensamiento concentrados en el mismo objetivo, ese momento huyó sin vacilación para que no le prestara más interés.

Seguramente mi mujer acabó de empujar la puerta, que yo dejé entreabierta. Sujetó el pomo con firmeza, giró los postigos y acabó de correr del todo las cortinitas de seda amarilla, para deslizarse de nuevo, entre los susurros de sus ropas, al interior del cálido hogar.

Yo, con la conciencia segura y tranquila, sin la mínima preocupación de que ningún hilo se discurriera, avancé decidido a través de la muchedumbre hasta el otro extremo de la calle, donde me esperaba el carruaje tirado por dos magníficos purasangre.

Entré en la cabina y di la orden de salir.

Durante un buen rato estuve meditando y reflexionando. Trazando en mi cabeza el itinerario a seguir, asegurándome de que lo tenía bien memorizado.

Tal y como había esperado, tardé poco más de dos horas en llegar al pie de la alameda que se extendía a las afueras del pueblo de Bétera. Le indiqué al conductor que me dejase ahí, y esperé a que se fuera. Los ojos curiosos a veces pueden excitar lenguas de inocente veneno.

No quería seguir más lejos en carruaje, pues temía que hubiesen mandado alguien tras mis pasos. Prefería mezclarme entre la gente de Bétera, ya que se estaban celebrando unas fiestas Patronales en honor a Sant Roc y a la Mare de Déu d’Agost. El ambiente estaba agitado. La gente bailaba alrededor de unas altísimas albahacas guarnecidas con flores de colores, lazos y serpentinas.

A mis espaldas, a unas cincuenta yardas, quedaba un majestuoso castillo arabesco que se alzaba con aires de victoria sobre el cerro del centro de Bétera. Las trompetas y los coros llegaban hasta mis oídos con total claridad.

Qué día tan bonito para celebrarse delante de sus narices, a unas pocas yardas del lugar, otra fiesta de sacrificios en honor al Dios Marduk.

Turbado ante esa idea, me mezclé ante la gente y me dirigí dirección noroeste. Al cabo de unos minutos ya estaba al pie del acantilado donde prepararía mi ofensiva, muy cerca de donde se alzaba la masía del Olivar.

Observé el terreno analizando posibles rutas de escape y buscando otros senderos que no hubiese advertido.

Cerciorándome de que ningún ojo avizor me pudiera estar espiando, subí la loma del escarpado valle que zigzagueaba de tal modo que parecía como si la dentadura mal formada de algún monstruo subterráneo intentara abrirse paso al exterior a base de torpes mordiscos. El ambiente zozobraba un aire pesado, como el hálito viciado de ese mismo monstruo de pesadilla que abría sus fauces bajo mis pies.

Poco a poco fue cayendo la noche, estallando los últimos rayos del sol en un horizonte gris, congregado de nubes plomizas que anunciaban tormenta.

Cuando llegué a la cima me encontré con dos árboles retorcidos hacia delante en una postura grotesca, como si fueran dos lacayos que me recibieran en esas latitudes que amparaban perversos secretos.

Supe que esa era la entrada por donde esos malditos se adentraban en el bosque y, al avanzar un poco más, percibí lo artificial de ese camino que estaba seguro que era el que conducía a su lugar de reunión y de festejos.

Anduve un buen trecho mientras las tinieblas se espesaban cada vez más. Los árboles se cerraban a mí alrededor, confinando mi cuerpo en una especie de prisión habitada por los sonidos salvajes de las criaturas de la oscuridad. En esas horas de brujas, los ruidos espeluznantes de los seres que despertaban en la noche empezaron a hostigar mi mente y asediar mis visiones.

Empecé a dudar de si ese era el camino correcto, y la información que había conseguido era verídica, pero no terminé de formular mis dudas cuando unas voces secas alertaron todo mi ser. Las oí fluctuar desde detrás, como un viento árido que rasca la piel con un tacto áspero. Me escondí rápidamente en un flanco del camino, detrás de unos matorrales secos.

De pronto las voces se intensificaron al llegar muy cerca de mí. El crujido de las hojas secas bajo sus botas gruñía a mí alrededor y, poco a poco, todo el sendero se fue llenando del mismo ruido y de muchas otras voces humanas que se iban congregando en el lugar.

Hubiera preferido llegar un poco antes, pero ya no importaba. Lo había logrado, había encontrado el lugar y dentro de poco empezaría todo. Fusil en mano y con la pistola preparada para sufragar cualquier inconveniente imprevisto, seguí a los últimos de una larga manada.

De pronto el camino empezó a ascender, y a lo lejos podía vislumbrar un ancho claro que se asomaba entre los espesos árboles del bosque como una cabeza calva, perfectamente rasurada. Corrí por el flanco, rodeando a toda la procesión de sectarios, y me escondí a las puertas del claro, bajo unos espesos arbustos de aspecto monstruoso.

Y ahí estaban todos. Había decenas, un centenar quizá, o más… tanta gente consumida y poseída por el influjo perverso de la maldad católica. Se encontraban todos mirando hacia un gran altar de roca, donde se erguían, jactanciosas y presumidas, dos figuras humanas ensombrecidas por unas ramas anchas.

Al lado del altar se encontraban otras rocas en forma de mesa, todas ellas manchadas con ceniza y otras sustancias tenebrosas.

“He aquí una asamblea tan inexpresiva como sombría es su indumentaria”, pensé en mis adentros.

Y en verdad lo era. Entre ellos, oscilando una y otra vez entre la luz y las tinieblas, se veían rostros que serían vistos al día siguiente en el ayuntamiento y otros que, domingo tras domingo, miraban devotamente al cielo y con benevolencia a los bancos de los fieles, desde los más venerables púlpitos de la comarca.

En un momento dado, a no ser que los súbitos fulgores que resplandecían sobre la oscuridad mortecina me hubieran deslumbrado, creí reconocer a una veintena, o hasta a una treintena de miembros de la Parroquia de Santo Domingo, conocidos por su especial santidad. Un anciano y bondadoso diácono de esta misma parroquia se asomó entonces entre la multitud y, acercándose a los pies de los dos hombres erguidos en el altar, se arrodilló y se pegó a sus faldas, reverenciando aquellos santos venerables. Y muchos más se levantaron y siguieron al viejo diácono, en medio de otros tantos personajes de la iglesia y del ayuntamiento que se mezclaban impíamente con otros hombres de vida disoluta y mujeres de dudosa reputación. Entre ellos había los linajes más reputados y píos de la sociedad, las damas más nobles y castas… y también los granujas más abocados a todos los vicios mezquinos y despreciables, e incluso sospechosos de horribles crímenes.

Era extraño comprobar cómo los “virtuosos” no se amedrentaban ante los malvados, ni los pecadores sentían vergüenza alguna ante tan “castas” personalidades. Toda esa gente se mezclaba como los líquidos desperdiciados de una monstruosa fábrica del antro más corrupto y contaminado del planeta.

Con el alma invadida por el asco me acerqué tanto como pude, rodeando el claro hacia el altar, procurando no hacer ruido con mis pisadas. Pasaron los minutos, y la angustia crecía con cada nuevo sectario que se agregaba a la ceremonia. Aún no podía atacar, era demasiado precipitado. Tenía que esperar a que sacaran a la mujer y al niño, tenía que rescatarlos y además conseguir las pruebas concluyentes de sus satánicas festividades.

            Al cabo de unos instantes vi cómo la gente se sentaba en el suelo y dirigía sus miradas hacia las dos figuras erguidas en el altar, que en ese momento salieron a la vista, y sus rostros se destaparon y se iluminaron con la luz de múltiples antorchas. La secta entera empezó a cantar una melodía lenta, de tonos bajos, en la que de pronto la letra gorjeaba algo ininteligible, mientras en otro sector de la congregación se coreaba con voces graves y rudas un tarareo desazonado y amargo.

—¡Iäh! ¡Iäh! ¡Marduk sflght trogstar da to nurrgf yevah! —los dos del altar canturrearon esto, esta frase que sólo la fantasía más enfermiza podría transmutar en lenguaje. Algo vomitivo que salió de sus gargantas como unos escupitajos.

Los demás feligreses respondieron al canto y repitieron esas mismas palabras —si a eso en algún mundo, sea aquí o en los pozos oscuros del submundo se le puede llamar palabras— a un coro pausado y sepulcral.

Tan horrorizado estaba que no presté atención al rostro demasiado reconocido del obispo Jesús De Salva, quién seguía canturreando esa horripilante tonada con ánimos monótonos y lúgubres. Unos metros por detrás de él dos sectarios conducían solemnemente —cogiéndola de las manos— a una mujer de aspecto ensimismado.

Se oyó otra estrofa del canto, un compás lento y lastimero, de esos que tanto gustan a las personas piadosas, pero sus palabras expresaban todo lo que nuestra naturaleza puede concebir de malvado; misteriosamente, insinuaban algo peor. Mientras, la mujer iba siendo conducida hacia la luz que propagaban las llamas de una gran hoguera que algunos de los sectarios habían encendido encima de las rocas cenicientas.

Insondables son para los simples mortales los arcanos del maligno…

            Una tras otra resonaban las estrofas y el selvático coro seguía aumentando hacia un acorde final de infame antífona. Los gritos caóticos y gorjeantes se mezclaron como notas de un inmenso órgano satánico, despertando los ruidos nocturnos del bosque, coincidiendo apocalípticamente con el rugido del viento, el fragor de las corrientes y el aullido de las bestias.

Las llamas de las rocas se elevaron con poderío, fulgurando una potente luz que mostró tétricamente rostros y siluetas horripilantes entre las volutas de humo que se alzaban sobre la impía asamblea.

—¡Hijos míos! —cantó el infame obispo—, ¡miraos unos a los otros, observad vuestros rostros y saludaos como hermanos!—.

Y así, como hijos de Satanás, los respetables miraron a los paganos, y los paganos miraron a los respetables. Todos se miraron entre ellos y, delante una espesa cortina de fuego, sus sonrisas siniestras se iluminaron cuando presentaron la mujer ante la gran llama del diablo.

Cogiendo el fusil aún con más fuerza no pude controlar mis gritos.

—¡Carolina! ¡Por el Cielo! ¡Carolina! ¡Carolina! —y salí de la espesura con un salto, adentrándome al claro del bosque hacia esos malditos hijos del diablo que pretendían quemar viva a mi mujer.

¡Qué estúpido fui! ¡Imbécil! ¡Cómo no pude prestarle más atención! No me había parado a pensar porque el obispo Jesús De Salva me sonaba tanto, porque pugnaba por despertar algún recuerdo en mí… ¡entonces me di cuenta! ¡Idiota de mí! El obispo fue quién bautizó a mi amada Carolina, ¡y quién tenía una estrecha amistad con sus padres! ¡Había puesto a mi mujer en un terrible peligro! No sabían con quién estaban jugando, iba a matarles a todos si era necesario para proteger a mi mujer.

Apunté directo con mi fusil de asalto al obispo Jesús De Salva, y mi amenaza la acompañé con palabras: —¡desgraciados, qué le habéis hecho a mi mujer! ¡Soltadla ahora mismo! ¡Soltadla, os digo! ¡U os mato a todos!

Un feligrés saltó cruzándose en mí camino, enseñándome los dientes bajo una mirada poseída por el diablo. Apreté el gatillo sin vacilar. Su cuerpo voló varias yardas impactando contra otros sectarios que pretendían proteger a su obispo. Volví a disparar. La cabeza de algún desgraciado que quería placarme por la espalda salpicó a la muchedumbre enloquecida, que se echó hacia atrás huyendo de mí. Me encaré de nuevo hacia el obispo y le amenacé de muerte, acercándome hacia el altar con anchos pasos.

—¡Pecador! ¡Hereje! —gritó el maldito hijo de Satanás.

 

—¡Pecador! ¡Hereje! —respondió toda la chusma a coro, y se acercaron unos pasos hacia mí.

Volví a disparar sin miramientos. Otro cuerpo cayó mutilado y esos monstruos se tragaron su fanfarronería cayendo de culo al suelo.

—¡Maldito nefando! —gritó de nuevo el obispo—, ¡si vuelves a disparar despídete de tu mujer!

—¡Hijo de puta! —grité encolerizado, y dirigí mi cañón hacia su cabeza—, ¡si osas hacerle algún daño te mataré! ¡¿Lo entiendes?! ¡Te mataré! Déjala libre. ¡Ahora!

—Oh no, muchacho, te equivocas. Suelta tú el arma o la lanzo al fuego.

—¡No! ¡Libérala!

El muy tarado me sonrió mientras arrojaba a mí mujer hacia el fuego, ¡no podía permitirlo! Disparé sin vacilar, dando al obispo en pleno pecho. Su cuerpo salió disparado hacia atrás y cayó inerte sobre la hierba verde. Hice una carrera desesperada y salté por encima del fuego, cogiendo a mí mujer por la cintura y arrastrándola hacia abajo del altar. La caída me desconcertó unos instantes y los sectarios aprovecharon para quitarme el arma e intentar volver a atrapar a mí mujer.

Me levanté lleno de furia y arremetí de cara contra un grupo de ellos. Les tumbé placándoles en el vientre, y salimos disparados tres o cuatro dando vueltas y peleando por el suelo. Pateé varias veces la cabeza de uno y, mientras me levantaba, tuve que noquear a otro que me quería tumbar. Recibí un golpe muy fuerte en la cabeza y caí de espaldas. Sentí otra vez más impactos, como de un garrote, que me dejaron desorientado.

            Y entonces, en un instante desesperado saqué mi pistola y empecé a disparar hacia todos lados. Mi asaltante cayó de rodillas, con un agujero en el pecho. Me levanté con el arma al frente y todos los sectarios se pusieron en guardia, suplicando. Pestañeé con dificultad, mientras me quitaba la sangre que me caía por la sien. Disparé sin pensar. Uno a uno iban cayendo. ¡Malditos degenerados! Pero entonces advertí algo que me atormentará el resto de mis días:

Algunos de ellos habían arrojado al fuego a la chica virgen y al niño huérfano, aprovechando mi lucha con el sectario del garrote.

No trataré de describir los gritos, los espasmos y los movimientos encartonados de la pobre chica y de un niño… un pobre niño pequeño de unos cinco años de edad que podría ser el hijo de cualquiera.

Escapa a la razón.

No pude contener mis lágrimas mientras cogía a mi drogada mujer en brazos y huía de ahí intentando no mirar hacia atrás.

Al cabo de un par de horas llegué lo suficientemente lejos como para pensar que ya estaba fuera de peligro. Dejé a mi mujer en el suelo, apoyando su cabeza sobre la gran raíz de un árbol. Estaba totalmente ida, absorta mirando el cielo con los ojos muy abiertos. Entonces yo me percaté de que ahí arriba tenía que haber algo, pero no me lo podía creer.

¿Cómo puede haber un Cielo existiendo tanta maldad en la tierra?

No me lo podía creer. Había visto lo que los seres humanos pueden hacer a otros seres humanos.

El mundo está maldito, vivimos en un mundo de insana maldad. ¿Cómo puede haber un cielo y unas benditas estrellas allí arriba en la bóveda celestial?

Levanté la mirada con pesadez, con toda la cara perlada por las lágrimas de la aflicción, y ahí arriba, justo encima de mí, había un cielo claro, iluminado por las doradas estrellas del firmamento. No me lo podía creer, mi mirada tembló y nuevas lágrimas volvieron a verterse por mis mejillas. Pero entonces, pese a no volar ningún viento, una nube irrumpió en el cénit y ocultó las resplandecientes estrellas. El cielo aún era visible, excepto en el espacio que me cubría la cabeza, donde esas espesas nubes negras se deslizaban hacia el norte.

Bajé la mirada sabiendo que, aunque aún quedaba algo bondadoso y justo en el mundo, el resto era pura monstruosidad.

Ahora debo luchar para lo bueno, para lo bondadoso que queda en el mundo, luchar por lo que amo.

A la mañana siguiente mi mujer ya se había recuperado de las drogas. Para ella todo había sido como una especie de sueño, casi no recordaba nada, y cuando se le preguntaba cómo había llegado hasta el bosque, no sabía responder.

Hicimos los preparativos necesarios y nos dispusimos a largarnos de ese antro de mala muerte que era Valencia. Mis contactos nos ayudarían, la huida sería relativamente fácil… Así que, decididos con el plan, mi mujer hizo el equipaje y se fue. Yo ya me encontraría con ella más tarde, primero tenía que zanjar un asunto.

Es irónica la forma en la que la vida te devuelve la patada en el trasero o en los mismos huevos; o en otras ocasiones como te abofetea la cara, utilizando trucos, engaños y sarcasmo a partes iguales. En mi caso el juego se desarrolló con una dosis extra de sarcasmo, mezclada con algo de ironía y de burla.

Me apetecería entrar en detalles y no ocultaré el hecho de que me divierte pensarlo y que me regocijaría en explicar —y en recordar con vivas imágenes en mi mente— lo que sucedió ese domingo 20 de agosto del 1950 a las doce en punto del mediodía, en el lindero del Turia, más concretamente en la parroquia de Santo Domingo.

No obstante, aunque me encantaría extenderme en el relato, no lo haré. Quizá esto es debido a mi falta de respeto por sus protagonistas o porque me llena de orgullo y de un perverso júbilo la insinuación, el insulto y la blasfemia.

No un insulto directo, propio de una persona garrula. Prefiero la picaresca de un rufián, la ágil sutiliza de un ladrón. Aunque yo no soy un ladrón, ni un rufián. No es mi estilo. La falta de creatividad artística me parece una carencia demasiado importante.

Imaginaos por un momento un incendio provocado con un bidón de aceite y unas cerillas; o una explosión de dinamita que lo hace saltar todo por los aires. Algo muy visto ¿verdad? Carente de imaginación, vacío de carácter. Yo pienso que, si vas a matar a alguien ¿Al menos hazlo con estilo, no?

Pues ahora imaginaos las fauces de Satanás, escupiendo el fuego del purgatorio. Imaginaos ese monstruo, con un entrecejo aterrador y sus múltiples colmillos erectos, hacia arriba, saliendo de su boca rojiza como las costillas de un animal descarnado, o las tuberías de un instrumento musical enorme, pesado, que llena todo un altar. Imaginad por un momento su boca, escupiendo un aire venenoso y abrasante, como los fuelles de ese instrumento musical, cuyo sonido eclesiástico lame los más altos frescos de un techo con pretensiones celestiales. Ahora intentad visualizar en vuestra mente ese entrecejo aterrador, ese entrecejo y un maniquí bailando sin ritmo alguno, o el ancho teclado de ese instrumento musical, divirtiéndose en su juego de baile con el secreto; y el fogoso mensaje que trae un homónimo morfema.

Imaginad este maniquí pulsando las teclas, con golpes parsimoniosos, decididos, pero con una cadencia lenta y ceremonial. Sus manos rígidas, sus manos abiertas, pulsan con todos sus dedos las teclas, blancas y negras, como granos de pus de un engendro demoníaco o del mismísimo Satanás. Los fuelles soplan, el aire es expelido, un sonido celestial inunda los hondos techos de la basílica. Pero hay algo más en esta canción, algo de ironía, algo blasfemo, algo satánico contra lo cual han estado todo el tiempo previniéndose, y que ahora, desde su seno, desde su más amado órgano musical se enciende con llamas intrusas que lamen hasta el último de los feligreses.

Es irónico, realmente, como lo más venerado, lo más respetado, y con lo que te has guarnecido durante muchos años, te devuelve la patada en toda la entrepierna. Y además es realmente divertido, un juego que me gustaría repetir, con más aceite y quizá, con algo de nitroglicerina.

Que el infierno os lleve.

 

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