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5 min
Malditos libros
Reflexiones |
16.01.19
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Sinopsis

No sé el tiempo que llevaba perdida. Pero todos los caminos fáciles se interponían delante de mí.

No sé cuándo fue el día que empecé a obviar todas las pocas responsabilidades que tenía para centrarme en la paranoide idea de impregnarme de todos aquellos libros, para por la noche hacerlo de todas aquellas pieles.

Sean pieles u hojas siempre he pensado que podría llamarlas casi que de la misma forma. Siempre había odiado hacerlo pero ahora solo podía pensar en ello. Aun así la idea de sentirme un fraude me acechaba cada vez que trasnochaba ocultando todos mis puntos débiles.

Quienes de verdad me conocían sabía que era todo lo contario a una mujer fría. Mis pasiones más ocultas me habían arrastrado a la habitación de aquel hotel, o al sofá de aquel garaje sin quizás sentido alguno. Podría seguir este relato sin los detalles más eróticos, pero eso me haría sentir que me falta una mitad.

En uno de esos momentos mi única gran mitad podría ser aquella diosa de cabellos de color azabache que después de acostarnos siempre se hacía la inocente, y acariciaba mi torso como si fuera lo único que sabía hacer bien. Era con la primera y única mujer con la que me había acostado y aun así su voz chillona ponía mis nervios de punta.

Siempre odie a la gente mediocre que nunca había pasado más de cinco horas leyendo al día, desde que entré en aquel garaje solo pensaba en dónde podría esconder los libros, pero mi visión no daba para obviar más que aquellas botellas de bombai, o de un bote con marihuna.

Quizás sean mis idea paranoides pero juraría que en aquella mesa había aún restos de cocaína. Se percató de que mis ojos tristes o quizás ansiógenos se hacían eco de aquellos restos de puede que solo fuera tabaco y acto seguido limpió la mesa.

Si tuviera que elegir entre aquella piel morena impregnada en esa fragancia que tanto me ponía o en aquella mente viajera que me suscitaba un fingido interés, elegiría no haber sido pecadora de ninguna de aquellas imposiciones que la sociedad tachaba de ilegitimas y lujuriosas. La habitación estaba llena de las bandera de todos los países a los que había viajado y en los que había vivido, entonces di por sentado que mínimo más de un libro debería de haber leído aunque no diera fe de ello, quizás los guardaría en un lugar más privado y aquí solo tendría aquello que quería mostrar a los demás.

A mi nunca me había gustado mostrar más allá del me gusta leer, pero hacía tiempo que necesitaba un coloquio intenso sobre todas aquellas ideas perdidas que vagaban por mi cabeza sin haberles dado sentido aún. Tras explicarles mis más recónditas controversias desde política hasta las convenientes a mi condición sexual me percaté en que aparte de ser escuchada era casi que comida con aquella mirada. Siempre me había gustado sentirme presa de aquellos que sabiendo que son más que los demás te dan importancia para que pienses que no eres más que ellos. En verdad a mi siempre me había gustado ese juego.

 

Su mirada se parecía mucho a la de ella, pero para nada me encontraba en el mismo lugar ni contexto. Sin ropa se ubicaba cautelosamente en aquella cama de matrimonio de aquel escondido hotel, para maliciosamente jugar con nosotros dos, aunque aún no había sido consiente de quien de los tres era el que jugaba mejor, de todas formas creo yo siempre salía ganando y esperaba no muy tarde tenerla solo para mí. Quizás este juego se me daba mejor que el otro. Detrás de aquel espectacular físico parecía que todo lo demás carecía de importancia. Aún no escuché de su boca nada tan conflictivo que me pareciera interesante. Pero si de algo estaba segura es que aquellos labios y no os diré cuales me habían dado los besos más calientes que rozaron mi fría boca. Sus largas uñas arañaban mi espalda mientras escuchaba sus gemidos cada vez más cerca de mis oídos. Era pura bomba cuando se acercaba a mí y ella era demasiado consciente de ello.

Después de sentirme desnudada por aquella mirada, él sujetó mi brazo con aquella masculinidad y decisión que tanto me gustaba, pensé en ese mismo momento en llamarlo por su nombre pero indudablemente ni siquiera lo recordaba, ni siquiera recodaba que me lo hubiera dicho tampoco.

Tras todo aquel arrebato anterior de sinceridad, deseada impregnarme en aquella nueva piel y por tanto lo más sexy posible desabroche aquel cinturón y esa pantalón de aquel fuerte cuerpo como si yo hubiese sido la que había tomado aquella decisión. Ahora era yo la que dejaba clavadas las uñas en su espalda curtida, mientras gemía lo más cerca de sus oídos porque sabía lo que podía llegar a excitar a alguien.

Seguía perdida pero después de impregnarme en aquellas interesantes o no, pieles, lo hacía en aquellas hojas, era mi terapia para poder conciliar el sueño todas las noches. Y coger las fuerzas necesarias para seguir intentando al día siguiente cumplir mis pequeñas responsabilidades con bajo nivel de éxito.

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