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10 min
Manchas de sangre
Suspense |
25.07.16
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Sinopsis

La sangre cubría sus manos mucho más de lo que en un primer momento Rubén pudiera haber imaginado. El cuerpo de su víctima estaba tendido, enfrente de él. Se encontraba en un estado tan febril, que ni siquiera recordaba haberse manchado las manos de sangre, haciendo apenas un minuto que había ocurrido. El cuchillo que había utilizado para el crimen se mantenía clavado entre las costillas del hombre. Rubén salió al fin del estado de ensoñación en que se había sumido desde la muerte de su enemigo. Porque evidentemente había muerto; Rubén no se atrevía a ir a mirar. No le hacía falta pues el cuchillo no se movía lo más mínimo, lo que quería decir que el hombre no respiraba, o eso era lo que él pensaba. Quería escapar, pero las piernas le temblaban demasiado. Rubén maldijo su cuchillo, con el que solía salir de fiesta para protegerse, y con el que al final había cometido un homicidio innecesario; maldijo la sangre que, sin saber cómo, ahora le cubría todo el cuerpo, incluida la ropa; maldijo los asesinatos innumerables ocurridos a lo largo de la historia de la humanidad.

En ese momento, una nube gigantesca descargó su contenido sobre Rubén, empezando a llover, y dando una esperanza de salvación a nuestro protagonista. La lluvia, casi torrencial, que cayó, sirvió a Rubén para limpiarse la sangre de todo su cuerpo. Cuando acabó, comprobó tres veces si estaba limpio; al ver que lo estaba se le escapó un grito de esperanza. La lluvia también provocó que la sangre del muerto creara charcos de color rojo. Rubén sacó fuerzas de donde no le quedaban, y salió corriendo.

Dejó atrás el callejón sin salida donde se habían producido los hechos, y no paro de correr hasta sentirse seguro de que en ese lugar era imposible que lo relacionaran con el crimen. Buscó a sus amigos por distintos bares pensando en lo que acababa de hacer. A los pocos minutos, paró de llover.

Quizá sea la naturaleza del ser humano. ¿Acaso los animales no se matan entre ellos por instinto? ¿Es que los humanos no somos animales? Las leyes que prohíben los asesinatos van en contra del propio ser del hombre. ¿No consideramos acaso a grandes belicistas de la historia como grandes hombres? Por culpa de ellos murieron miles, millones. Una persona muerta en el haber de alguien es una minucia en comparación con lo que hicieron reyes, emperadores, dictadores o militares. ¿Será que los seres humanos tenemos sed de sangre, necesidad de ella, como si fuera agua? ¿Para sobrevivir necesitamos no sólo tragar líquido transparente, sino también derramar líquido rojo? Desde los garrotes hasta las armas nucleares, el hombre siempre ha buscado maneras más efectivas de destruir a otros semejantes. La naturaleza del ser humano es tan destructiva, no sólo con seres humanos, sino con todo, que por destruir, estamos destruyendo hasta el planeta en que vivimos. Seremos estúpidos, locos o es que el que no es un destructor es el bicho raro en este mundo. Millones de hombres y mujeres a  lo largo de la historia han querido imitar a ídolos asesinos de épocas pasadas. ¿Cuántas personas han querido seguir los pasos de los grandes pacifistas mundiales? Muchísimas menos, desde luego. Pero como no vamos a ser así, si por destruir y machacar, hasta destrozamos nuestro propio cuerpo comiendo lo que no debemos o bebiendo y exhalando y aspirando lo que nos mata.

Mientras Rubén se sumía en todas estas reflexiones, tan entretenido en intentar sacar una respuesta a estas cuestiones que no tienen solución, que olvidó el lío monumental en el que estaba metido. Volvió a la realidad, cuando se dio cuenta de las miradas que le dirigían casi todas las personas que se encontraban en la calle por la que estaba pasando. En realidad no le miraban acusatoriamente y la mayoría ni le miraba, pero Rubén empezaba a tener paranoia y a entrar en un estado de psicosis.

Por fin se encontró con sus amigos; estaban bailando en un bar demasiado pequeño para la gente que se encontraba en ese momento dentro. Cada vez que Rubén tocaba a alguien, le parecía que le estaba contagiando algo, o incluso que le estaba manchando de sangre.

La luz en el bar era tenue, por lo que apenas se podía ver la cara de la persona de delante. Sin embargo, un antiguo compañero de clase de Rubén le reconoció e insistió en llevárselo a la barra para invitarle a algo. Su viejo amigo se dio cuenta de su palidez y pensó que se trataba de un mareo producido por el alcohol.

-¿Quieres beber más? Tienes mala cara-le dijo su excompañero al oído.

Rubén se encogió de hombros, presa de una parálisis que apenas le dejaba moverse, y desde luego articular palabra se le antojaba imposible. Su amigo decidió invitarle, a pesar de sus señales de mareo.

Lo siguiente que recordaría Rubén a la mañana, fue encontrarse en la calle con dos amigos suyos, habiéndose librado de su viejo compañero de clase sin saber cómo. Tres chicas aparecieron torciendo una esquina delante de los tres amigos. Uno de los dos compañeros de Rubén las invitó amablemente a que fueran con ellos. Las chicas accedieron, ante el regocijo de los dos chicos, y ante la indiferencia de Rubén. Al rato se sentaron los seis en el suelo y charlaron. Una de las chicas habló a Rubén sobre su vida, confiando en la discrecionalidad de éste, esperando una respuesta recíproca a su actitud. Por supuesto, Rubén, a pesar de que lo intentó, no podía concentrarse en hablar, y apenas le dijo cuatro banalidades y obviedades sobre su persona. Sin que el chico supiera cómo, el tema a conversar con esa chica, giró hacia la muerte.

-¿Tú que crees que hay después de la muerte?-preguntó la chica.

-No lo sé. Nada.

-Algo tiene que haber.

-No. Puede que simplemente desaparezcas. No tu cuerpo, pero sí tu vida. Tu cerebro dice adiós junto con el resto del cuerpo y se acabó. Ya no hay nada. Tu vida desaparece como si nunca hubieras existido.

Sus propias palabras le hicieron reflexionar a Rubén: ¿Quién era él para mandar a la nada a alguien? Si hubiera algo después de traspasar la línea de la vida, morir, pero sólo para seguir vivo, tampoco sería tan grave. No ha expirado del todo. Pero lo que él había hecho era acabar con una persona. Rubén notó que los ojos se le llenaban de lágrimas.

-Pero no llores-le dijo la chica preocupada-. Estamos vivos, eso es lo importante ¿no? Ya nos preocuparemos de la muerte cuando llegue.

Rubén se sentía más conectado con la muerte que nunca. Al fin y al cabo había enviado a una persona allí. Una persona con sentimientos, amigos, familia… Ya nada de eso le quedaba. A pesar de no saber nada de que hay más allá de la muerte, Rubén sentía que era imposible saber más sobre ella. Estaba conectado con ella para siempre.

-Vamos a dar un paseo-propuso la chica-. Tus amigos y mis amigas ya se han ido, cada uno con una pareja.

Se levantaron y recorriendo multitud de calles. Un borracho de unos cincuenta años, que apenas se mantenía en pie, le llamó desde atrás.

-Eh, tu chaval, tienes una mancha en el pantalón.

Rubén se dio inmediatamente la vuelta.

-¿Manchado de qué? ¿De sangre?

-No, te he tirado parte de mi copa sin querer sin que te dieras cuenta. Pero yo soy un caballero y lo confieso.

Cuando Rubén y la chica siguieron su camino, ella no pudo evitar preguntar:

-¿A qué venía lo de la sangre?

-¿Me puedes mirar a ver si tengo alguna mancha en algún lado?

Ella observó varias veces y negó con la cabeza.

-No tienes ninguna mancha, y menos de sangre.

Las manchas de sangre de Rubén no eran físicas. Estaban en su cabeza. La culpabilidad por haber derramado litros de sangre iba a tenerla siempre en su cabeza. Esas manchas no se limpiarían jamás, al contrario que las manchas de su ropa.

Rubén se encontraba realmente mal: vomitó detrás de un árbol mientras su nueva amiga le sujetaba la cabeza, en el interior de la cual, jamás se recuperaría de ese estado nervioso y culpable que tenía.

Vagabundearon un rato más por las calles medio vacías. La gente ya se había ido a sus casas. Pronto empezaría a amanecer.

En un momento dado, sin que Rubén supiera porqué, al pasar por una de las calles le temblaron las piernas. Tardó en darse cuenta de que estaban al lado del callejón donde había asesinado a ese hombre.

-¿Qué te pasa?-se extrañó su amiga.

Al llegar frente a la callejuela, los dos vieron a tres policías observando lo que parecía un cadáver, con un coche de policía con las luces puestas al lado.

-Vamos a ver qué ha pasado-dijo la chica con curiosidad.

Rubén no tuvo fuerzas para negarse. Rápidamente se plantaron al lado de los policías, que aún no habían acordonado la zona.

-No podéis estar aquí-dijo uno de ellos.

La chica estaba fascinada con la escena. Estaba prácticamente igual a como había dejado el lugar Rubén, sólo que el cadáver estaba más blanco.

Dos de los policías fueron hasta ellos y los echaron para atrás. Uno de ellos le miró fijamente a la cara a Rubén.

-¿Te pasa algo, chaval?

Rubén fue incapaz de pronunciar palabra. Los dos policías le miraron.

-¿Sabes algo de lo que ha pasado aquí?

Rubén siguió sin responder. Tras mirarlo varios minutos sin apartar la mirada, finalmente los policías detuvieron a Rubén como sospechoso. No tardarían en pillarle en un interrogatorio al más puro estilo de película, con lámpara y un policía fumando.

Rubén, de camino a comisaria, se preguntó como lo habían pillado. La chica se quedó perpleja, viendo como el coche de policía se lo llevaba.

Los policías habían visto las manchas de sangre. No físicas, sino las que tenía en mente por la culpabilidad del asesinato. Las manchas de sangre psicológicas son más fáciles de detectar que las físicas, en ocasiones. La cara de Rubén era de tal inmensa culpabilidad, y su silencio tan evidente que no dudaron en llevarlo a comisaría para interrogarlo. Y es que la sangre no se limpia jamás del todo.  

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