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7 min
Maniquí en blanco y negro (1)
Fantasía |
26.10.19
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Sinopsis

Para demostrar las cualidades intrinsecas, a veces, hay que recurrir a estrategias inauditas.

El hombre cubría de negro su estilizada figura realzando más si cabe su fina piel órdica. Merodeaba por los estantes de la sección de papelería de los grandes almacenes, cuando le llamó la atención una agenda de piel de pequeño tamaño. La manoseó con delicadeza, la abrió, la cerró y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Con parsimonia continuó su recorrido por otros departamentos de la planta baja, hasta que en un descuido se introdujo en la zona de perfumería. Al pasar a otra calle atravesó un arco de seguridad y de inmediato su pierna derecha comenzó a emitir sonoros pitidos. Se volvió, trató de disimular, pero la empleada se dio cuenta de la maniobra y enseguida puso en alerta al servicio de seguridad de la planta.

El hombre parecía no escuchar las llamadas de atención de unos y otros, aceleró su marcha y buscó una puerta de salida al exterior. Su blanquecino rostro se había vuelto tornasolado. Al darse cuenta que una figura de chaqueta roja lo miraba con insistencia y parecía bloquearle la salida, intentó girar hacia su izquierda, por las escaleras mecánicas, pero al final de la misma divisó a un muchacho fornido, vestido de uniforme. Dio media vuelta, inició un trote mulero y se introdujo en una parte menos visible debido a que una multitud de personas rebuscaban objetos puestos en oferta. Mirase por donde mirase sabía que iban a por él. Se agachó como para atarse el cordón de un zapato y se dio cuenta de una pequeña abertura que daba acceso al escaparate exterior: su objetivo.

Ágil como una ardilla dio pie a que cuando sus perseguidores llegaron al lugar donde lo vieron por última vez, no sabían por dónde había podido escapar. Se agacharon, miraron por debajo de los estantes llenos de ofertas y tan sólo pudieron ver un sin fin de piernas masculinas y femeninas que se movían de un lado para otro. Registraron las puertas circundantes, los cajones, las estanterías, el escaparate y hasta escudriñaron el rostro de los clientes por si alguno guardaba relación con la cara que se les había grabado desde el momento que les dieron la voz de alarma. Nada. Desistieron en su intento e informaron a la central para que rebobinase la grabación de las cámaras de seguridad e informarse de las pautas a seguir.

Mientras tanto el hombre ocupaba un lugar en el escaparate a la vista de todos los viandantes, pero sin que nadie encontrase ninguna anomalía. Su figura encajaba a la perfección en medio de aquellos trabajadores a jornada continua que se pasaban allí veinticuatro horas seguidas sin necesidad de ir al servicio. En un momento de pausa visual, le arrebató el sombrero a uno de sus compañeros y se lo caló para adoptar una posición de inmovilidad que ya quisieran para sí muchos de los más antiguos en la plantilla. El olor a piel le llegaba desde el fondo de su bolsillo, era una atracción reconfortante ante el gran reto que se había marcado.

Tenía ante su vista un buen elenco de carromatos que ofrecían toda clase de baratijas, nada que ver con lo que ofertaban sus compañeros, cubiertos de finas ropas de cara al verano que se aproximaba. La gente daba vueltas alrededor de aquellas tiendas ambulantes  y a modo de escapistas entraban y salían por uno y otro espacio sin abrir puertas ni ventanas. Tocaban las telas, preguntaban por un sombrero, se probaban una pulsera, se miraban en un espejo flotante y desaparecían. Los magnolios desplegaban sus blancas ofrendas y las palmeras parecían crecer cada segundo que se dejaban de mirar. Comenzaba a notar un poco de calor, aunque su posición estaba algo distante del foco lumínico. Nadie se quejaba. Dos señoras se pararon frente a él charlando de sus cosas. Es un momento solemne, no ha de pestañear ni mover un solo músculo, no va a ser menos que esa engreída que tiene a su derecha que no hace más que mirarlo con aires de superioridad, no le quita ojo de encima desde que entró en la pecera sin agua. Viene más gente, de distintas edades, miran, comentan algo y se marchan. Le gustaría leer en los labios, pero tiene dificultad con el idioma, el español nunca se le dio bien, por está aquí, en la tierra de Velázquez, porque siempre le gustaron los grandes retos, aunque éste que ahora tiene entre manos no sabe si lo superará.

De vez en cuando nota como le mira el muchacho de la chaqueta roja, puede que sospeche algo, también percibe que abren el escaparate por dentro, pero no puede saber qué hacen, le falta un espejo de referencia, “los de seguridad andarán como locos”. De reojo se fija en su compañero de la izquierda y ve que luce un bigote postizo que se le ha levantado por un extremo, “mal asunto si alguien de dentro se da cuenta”. Un puesto portátil de palomitas de maíz se ha situado a diez pasos de él, cristal de por medio, por lo que tiene que realizar un supremo esfuerzo de concentración para no perder el equilibrio. Las palomitas son su debilidad, “sobre todo que a nadie se le ocurra comprarse un cartucho y ponerse a comer mirándome a la cara, no lo resistiría”. Tendría que cerrar los ojos, con el riesgo de ser descubierto. La única ventaja es que el olor del maíz no lo percibe, que ya es algo. Sólo huele a ropa sin estrenar y plástico recalentado y ninguna de las dos cosas son demasiado apetecibles, de momento. . Tampoco tiene mucha confianza en sus compañeros, no tiene ni idea cuando fue la última vez que los atendieron.

Aprovecha un vacío visual y cambia de postura. Ahora consigue sentarse en un taburete, ofreciendo su perfil bueno a la gente de la calle y el otro al interior de la pecera, lo cual le permite controlar la apertura interior. Frente a él dos compañeras y a su espalda deja en ángulo muerto al resto de los integrantes del turno de tarde. Es ahora cuando se da cuenta del color de piel tan poco apropiado que presenta su figura. Sus compañeras parecen auténticas musas africanas con prendas occidentales de tonos claros y veraniegos, en cambio él es una efigie de harina, revestido en negro, “¿quién sabe?, cosas más excéntricas se ven cada día en las pasarelas de moda y esto no es más que un escaparte destinado a gente de la calle”. El contraste no debe quedar mal puesto que nadie se ha extrañado. Tiene ligeras sospechas de un taxista que lo ha mirado varias veces desde que cambió de postura, “lo mismo se ha dado cuenta del movimiento y da el chivatazo, con un poco de suerte se le sube alguien al vehículo y tiene que irse, de lo contrario es capaz de descubrirlo”. Sigue el reto.

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