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3 min
Mano dormida
Varios |
19.07.14
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Sinopsis

Sólo he escrito por escribir, no es nada serio y no tiene sentido, solo me he desahogado y he puesto lo que se me ha venido a la cabeza.

Recuerdo su expresión en aquella foto de polaroid envejecida por el tiempo y por los golpes de la luz del sol.

Tenia el ceño fruncido, pero no, no era de enfado, lo hacía para subir la temperatura dentro de mi El Dorado, lo hacía en cada viaje que superara los 65 kilometros exactos.

Sus ojos se perdían detras de los cristales de sus Ray Ban Clubmaster color azul, era un modelo y color exclusivos, tuvo que esmerarse mucho para robarlas en aquellos grandes almacenes que habían abierto hace unos 8 meses desde el momento de tomar aquella foto cerca de Park Avenue; mis gafas, mis gafas eran producto de un simple hurto en una estación de servicio.

Cuando la observaba dormida en los asientos traseros del carro me sentía como aquel lejano caminante sobre el mar de nubes: el misterio del romanticismo, el hombre sin rostro, la belleza del paisaje, la dorga en el bolsillo y el bastón en la mano -los curas del colegio siempre me repetían que me acabaría quedando ciego, menos mal que existen las lentillas-. El resto del tiempo me sentía como Henry Miller en París, solitario pero siempre acompañado.

Me encanta como vestía. Me encantaba su ropa, su cuerpo era un lienzo para el pop art.

Se solía poner ropa clásica vintage pero con aires modernos, enseñaba más piel que las amas de casa que vivían en las urbanizaciones blancas de las afueras de Nueva York en los años 60.

Su pelo es más de los 80, cardado, rizado.

No me olvido de sus labios, los cuales brillaban bajo la luz de las luces de los moteles gracias a su carmín rojo intenso.

Me encantaba aquella camiseta que se ponía para dormir, era una camiseta que tenía un dibujo de la portada de una de las revistas más importantes del mundo, lo que es la VIDA.

Un buen día se acabo.

Ahora es madre de dos hijos y esposa de un corredor de seguros.

Yo ahora soy padre de algún hijo, supongo, y un bebedor empedernido.

Ella dejó la delincuencia, pero para mí la delincuencia es algo que nunca se puede dejar, y ahí sigo.

Mañana tengo un golpe en la casa de un colombiano con la ayuda de unos rusos, espero que suene Palladio de Karl Jenkins mientras disparamos; y lo más importante espero no morir en el intento.

Cuando me acuerdo de ella en la cabeza resuena Boston.

A mi nada se me resiste excepto la resistencia.

(Murió. Razón: colombianos)

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