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6 min
Mar abatido
Drama |
17.09.16
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Sinopsis

¿Por qué el mundo que nos rodea poco a poco se va extinguiendo?...

- ¡Es cierto, abuela! –le dije casi a punto de llorar- ¡Los enanitos se han llevado el mar!

 

Mi abuela fijó sus ojos grises en los míos y me respondió lentamente para que pudiera entenderlo a pesar de mi corta edad:

 

-  Sonia, hijita, nadie ha cogido el mar. El calor del sol ha evaporado el agua.

 

Al igual que el resto de los adultos, ella siempre encontraba una explicación natural para todo lo que sucedía. Sobre los grandes cambios de temperatura que se producían, me explicaba que la Naturaleza compensaba el sofocante calor del día con el frío polar de la noche. Si le preguntaba por qué no existían plantas ni flores, por qué sólo quedaba un viejo olmo, me contestaba que los cambios de temperatura tan bruscos no permitían sobrevivir a la vegetación. Cierto día me llamó la atención que no se escuchase el canto de los pájaros y le pregunté por qué habían desaparecido:

 

- Hace años que los animales fueron migrando a otros lugares del mundo –me contestó sollozando- Primero fueron los peces, después el ganado y ahora las aves. Creo que nadie soporta vivir aquí.

 

Mi abuela y yo vivíamos en un pueblo costero dedicado a la construcción de trenes. El humo que soltaban las industrias y las chimeneas habían pintado de color gris oscuro las fachadas de las casas. Aunque estábamos acostumbrados al olor del petróleo, cada vez era más frecuente escuchar la alarma que prevenía al pueblo de un nuevo escape. Durante esos días, me hacía gracia ver las caras de la gente protegidas con máscaras antigas. Mi abuela me explicaba que eran días festivos y que todos debíamos ir disfrazados.

 

Con frecuencia, paseaba por el centro del pueblo y me quedaba mirando el olmo. Grande, medio podrido y descuidado estiraba sus retorcidas ramas hacia el cielo como rogando un milagro: alguien que se ocupara un poquito de él. “¿Qué miras con esos ojos tan grandes?”, preguntaba mi abuela. Me imaginaba que de mayor alcanzaría su copa y me dejaría caer para sobrevolar todo el mundo y observarlo desde el cielo. Pero una mañana el olmo desapareció y mi abuela me contó que el vendaval de la noche anterior había arrancado sus raíces.

 

Lo que siempre me ha encantado ha sido el mar. Había días que me pasaba horas nadando. No me importaba bañarme incluso cuando se derramaban residuos, aunque después mi abuela me castigase. Buscaba alguna caracola que me susurrase todos sus secretos. Sin embargo, hacía varios años que el mar estaba vacío.

 

Por eso, cuando descubrí lo que verdaderamente estaba sucediendo hice todo lo que me fue posible.

 

Aquella noche no podía dormir. El viento era tan fuerte que percibía como la casa se estaba meciendo. Miré por la ventana atraída por una luz intensa que provenía de la playa. Y allí estaban: una hilera de unos veinte hombrecitos se acercaba al mar; llenaban dos cubos de agua; y la vertían al interior de un gran camión cisterna, cercano a la playa, que les enfocaba con sus faros. Después regresaban a la fila para aguardar su turno.

 

Me abrigué y me dirigí hacia la fila que formaban los hombrecitos para observarles con más detalle. Ninguno de ellos medía más de un metro; incluso yo era más alta que ellos. Sus caras arrugadas parecían mostrar dolor y, sin embargo, no dejaban de sonreír mientras trabajaban. Sus pequeñas manos eran capaces de transportar cubos metálicos repletos de agua.

 

Corrí hasta la playa para llegar al principio de la fila. La extensión de arena era más grande que por la mañana; sin duda, habían conseguido llevarse varios litros de agua.

 

- Pero, ¿qué estáis haciendo? –grité mientras todos ellos se detuvieron sorprendidos de verme allí- ¿Por qué estáis robando el mar?

 

- No lo estamos robando, pequeña –me contestó uno de los hombrecillos con voz suave- Lo cambiamos de sitio.

 

Él debió notar en mi rostro que no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo y me explicó:

 

- Hace años que el hombre empezó a descuidar y destruir todo lo que le rodeaba, y para conservarlo decidimos intervenir nosotros. Comenzó arrasando los bosques y las praderas para construir enormes edificios, pero llegamos a tiempo de salvar algunos árboles y plantas. Después empezó a devorar los peces más pequeños y a experimentar con el ganado para obtener más dinero. Por fortuna, pudimos rescatar a varios animales. Al final, se cansó de escuchar el canto de los pájaros y se dedicó a cazarlos sin poner límites. También intervenimos en aquella ocasión para capturar algunas aves. Y ahora se dedica a contaminar el mar con sus basuras. Por eso hemos tenido que regresar para trasladar todo esta agua hasta nuestra tierra.

 

- Pero, ¿dónde me bañaré a partir de ahora? –pregunté alarmada.

 

Todos se miraron sorprendidos por la pregunta y comenzaron a hablar entre ellos en un lenguaje extraño. Tras varios minutos, el mismo hombrecito que me había dado la explicación, se dirigió a mí sonriente:

 

- Haremos una cosa, pequeña. Dentro de un año volveremos por aquí. Si convencieses a un solo adulto de nuestra misión, os devolveríamos las plantas, los animales y, por supuesto, tu playa.

 

Han transcurrido unos veinte años desde aquella noche. Ahora disfruto del sol en verano y de la nieve en invierno. Todas las mañanas subo al olmo, que vuelve a tener sus hojas verdes, para respirar profundamente y escuchar el canto de los pájaros. Me paso las tardes enteras disfrutando del mar, buceando en sus profundidades y descubriendo sus secretos. Y por las noches acompaño a los hombrecitos para seguir ayudándoles en su misión de conseguir un mundo perfecto.

 

También visito a mi abuela, sin que ella lo sepa. Se encuentra bien y todas las noches miro por la ventana y observo como se acerca al oído la caracola que le dejé una noche junto a la puerta.

 

Si al menos ella me hubiese creído, si se hubiese dado cuenta de que la historia que le conté no era sólo la imaginación de una niña, quizás podríamos haber convencido al resto del pueblo.

 

Aunque creo que prefiere pensar que su nieta fue arrastrada por un vendaval, me gustaría que algún día supiese que su pequeña Sonia disfruta del mar cada día como si fuese una sirena.

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  • ¡¡Muchas gracias Cesar!! Me agrada que te haya gustado pero me alegra mucho más el que me hayas comentado la parte "mala" del relato (el que no enganche) porque me ayudará en otros relatos... Te agradecería que leyeses el resto de mis relatos y que me dieras tu sincera opinión sobre ellos. ¡¡Muchas gracias!!
    Fue una grata experiencia, al principio no conseguí engancharme pero poco a poco las cosas se fueron acomodando para acabar el relato sonriendo, enhorabuena.
  • Cuando alguien busca la soledad para compartirla con quien quiere no se siente solo...

    Hasta un pequeño objeto tiene su corazoncito... y se merece su propia historia...

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