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5 min
Mary Shelley
Terror |
09.01.22
  • 5
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Sinopsis

Ahogada en el profundo pozo de tu mente no hay consuelo, no hay salvación ni misericordia. Sin embargo, este es mi hogar. Un relato de ultratumba inspirado en la letra de una canción que compuse.

Desde lo alto de la montaña parece como si el crepúsculo quisiera propagar un poderoso hechizo sobre el mundo. Su abrazo intenso y candente es capaz de alcanzar hasta la copa del árbol más elevado, hasta el interior de la cueva más profunda o incluso, en ocasiones, hasta la esquina más recóndita de mi atormentado corazón. Puedo sentir en mis pupilas cómo una llama incandescente arde sin piedad y es solo en ese momento cuando la eterna escarcha que recubre mis huesos parece desaparecer. En efecto es algo efímero, no dura más que el suspiro de una luciérnaga. Poco a poco se abre paso dejando el rastro de una sensación reconfortante, pero lejana. En cierto modo podría ser lo más humano que jamás llegaré a sentir, pues en esta cáscara mortuoria en la que resido no cabe lugar para el más mínimo atisbo de vida. Esa es mi condena.

Cuando el sol se esconde detrás del horizonte evaporándose en el océano despierto del cálido trance y desciendo de dos en dos las escaleras del antiguo castillo. Así es. Sumida en este oscuro y gélido lugar habito yo, en compañía de una completa e implacable soledad.

Alrededor de la fortaleza los jardines se extienden hasta donde alcanza la vista en kilómetros y kilómetros de campos de lápidas pesadas y centenarias. Casi parece que las salvajes colinas tapizadas de verde dan cobijo a todos y cada uno de los muertos que han abandonado este mundo. Los enigmáticos sepulcros se elevan hacia el cielo con estatuas de ángeles que emergen desde la tierra. Sus rostros penitentes agarrados por marañas de hiedra venenosa no ofrecen ningún otro consuelo más allá del ineludible recuerdo de la muerte. A sus pies ploriferan cantidades de ortiga que yo misma cultivo. Las ampollas brotan en las palmas de mis manos como agua hirviendo, sin embargo, ya no siento dolor. Lo que un principio fue penitencia ahora simplemente me reconforta. Detrás de las gélidas rocas en forma de cruz rasco con mis uñas resquebrajadas algunos trocitos de musgo verde con los que a menudo me alimento. Mastico muy despacio durante largos minutos y escupo el resto. Me costó siglos acostumbrarme al terrible sabor a bruma y humedad.

En las noches más solitarias me junto a conversar con las gárgolas, hasta entonces, mis únicas amigas. Me gustan porque son reservadas y a diferencia de otras criaturas saben escuchar. Me basta con encender algunas velas y recostarme sobre un par de cojines polvorientos. Son capaces de leer viejas historias y leyendas medievales en los relieves de los muros. En ocasiones cuando la lluvia azota violentamente los tejados las sorprendo sobrevolando las torres más altas del castillo. Sacuden con fuerza sus alas de dragón para acabar clavando sus garras en las desgastadas cornisas.

Mi relación con los murciélagos no es muy buena desde el día que le abrí la puerta a un chupasangre. Las marcas de mi cuello brotaron sangre negra durante horas hasta que solo quedaron dos huecos profundos y oscuros. Escuché el siseo de la niebla arrastrándose hacia mí sin piedad. Se deslizó ágilmente entre los árboles y subió la colina más rápido de lo que esperaba, colándose entre las malas hierbas tras las tumbas. La sentí entrar por los marcos de las puertas y empañando los cristales de las ventanas. Temblando de terror y a sabiendas de cuál era mi inevitable destino permanecí abrazada al enorme crucifijo de madera en vano, pues Dios ya me había abandonado tiempo atrás y la cruz se astilló en mil pedazos. Noté el vapor entrando por mi nariz y mi garganta, pudriendo todo cuanto tocaba. Me arrebató el aliento y cuando lo hubo tomado se lo llevó para siempre. Todo cuanto quedó fue una terrible anemia y un par de ojeras violáceas y perpetuas. Jamás volví a mirarme en el espejo.

Desde entonces vivo presa de mi imaginación, atrapada entre los barrotes de mi propia cabeza. Me apresuro al pasar por los largos y oscuros pasillos que parecen hacerse cada vez más estrechos. Las paredes retumban con los truenos, cediendo y agrietándose. Los relámpagos iluminan la colección de óleos de mirada pétrea y persecutoria. Me froto los ojos para quitar las telarañas de mis pestañas. Si atiendo lo suficiente al retrato de Dorian Gray, sus gusanos me hacen una reverencia.

Es inevitable sentir la decadencia que alberga este lugar atroz y olvidado por el mundo. La putrefacción es lo único que lo mantiene vivo. Es terrible descubrir que no existe cielo ni infierno, tan solo un limbo gélido y distante en el cual estás condenado a existir siendo un espectro penitente e imperceptible por el resto de la eternidad. Ahogada en el profundo pozo de tu mente no hay consuelo, no hay salvación ni misericordia. Sin embargo, este es mi hogar.

Mi nombre es Mary Shelley, reina de la oscuridad.

 

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