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17 min
Más de lo que crees
Drama |
16.11.17
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Sinopsis

Me miro las manos, asustado. ¿Dónde han quedado esas manitas de niño en las que no cabían nada y que denotaban inocencia? Han muerto hace mucho, junto con mis esperanzas por ser feliz en un mundo tan cruel. El humo del tabaco y el del vaho se condensan y forman un solo ente por encima de mi cabeza. Es cierto lo que decía mi hermano, si naces pobre, seguirás pobre. No puedes cambiar quién eres, tu condición social forma parte de ti, no se trata de ganar dinero o no. Por ello, nosotros seguimos siendo pobres aunque le tocara la lotería a mi padre. Es lo que no comprenden mis progenitores, no dejaré de ser lo que soy porque me envíen a un colegio privado del centro de la ciudad, sacándome del cochambroso y poco cuidado instituto público de mi barrio. Debería estar en la universidad, ahora que podemos permitírnoslo, pero repetí un curso y aún estoy en segundo de bachiller. Que no me insistan mis padres, no pienso hacer ninguna carrera. Yo me quedaré aquí hasta que me muera, con mis amigos de toda la vida.

El frío se deja sentir en mis falanges sin cubrir, pues mis guantes están recortados por esa zona. Mi madre siempre me insiste en que no me los ponga, y precisamente por eso me los pongo. La oscuridad impera a mi alrededor, no veo lo que tengo delante de mi rostro. Gracias a eso puedo reflexionar, sin que ningún estímulo externo me fastidie mi pensamiento. Un pájaro a lo lejos pía, ignorante y sin saber que un alma más se encuentra en ese momento en la calle desierta. El rumor de la carretera cercana inunda de pronto mis oídos de sonidos del motor. Cuando unos faros se acercan hasta mí, reconozco el coche. Mi hermano baja de él, vestido de camisa y con el cuello de la prenda para arriba, tapando en gran medida su rostro. La luz me daña los ojos, rojos por la falta de sueño.

-¡Aarón! ¡Ven aquí! ¿No tienes frío?

-Un poco, Orlando. Pero estoy bien.

Nos abrazamos y así entramos algo en calor. Orlando me insta a que entre en el coche rápido. Montamos y silbo durante uno o dos segundos.

-Vaya coche. ¿No te habrá tocado a ti también la lotería, hermanito?

-Es de Carolina. Ya sabes que su familia está más desahogada económicamente que la nuestra.

-La nuestra es millonaria, Orlando.

-Nunca me acostumbro. Tienes razón. ¿Cómo están las cosas por casa? ¿Les ha importado mucho que me haya ido?

-Cómo siempre, los dos parados sin hacer nada en casa. No saben qué hacer con tanta pasta. No parece que se acuerden mucho de ti.

Orlando mira el volante fijamente. A mí me entra un ataque de tos y cuando paro mi hermano ya se ha girado para mirarme a los ojos.

-Mira, nosotros no hemos tenido una vida fácil. Nuestro padre siempre estaba trabajando para tener algo que comer, que no era mucho. Nuestra madre nunca se preocupó lo más mínimo por nosotros, nos cuidamos el uno al otro. Nos criamos juntos y hemos sido siempre el confidente del otro. Por eso, no quiero que el que me haya ido de casa signifique nuestro distanciamiento.

-No nos hemos distanciado, por eso te he contado por teléfono lo que va a pasar mañana. De todos modos, si tanto querías que no nos separásemos, haberte quedado en casa.

-Sabes que no podía quedarme ni un día más con esas dos personas. Nunca han sido nuestra familia. Siempre hemos sido tú y yo. Después cada uno nos hicimos amigos de chicos de nuestra edad que tenían una vida mucho más dura que la nuestra. Yo les considero mi familia, igual que a ti y a nadie más. Bueno, ahora Carolina es mi familia también, y la tuya, por lo tanto.

-¿Sabes de qué me he acordado mientras te esperaba? De la vez que tuvimos que andar cinco kilómetros porque esos dos que duermen en casa querían alquilar una película. En vez de ir ellos hasta el videoclub, mandaron a sus hijos debajo de esa nevada que estaba cayendo a por la mierda esa de “Pretty Woman”. No había autobuses, tuvimos que andar hasta el centro de la ciudad para cogerla, pues éramos inocentes y siempre hacíamos todo lo que dijeran. Cuando llegamos a casa tenía las manos moradas y nunca hemos podido tener calefacción en invierno por la falta de dinero. Corrí adonde nuestra madre. Les echó un vistazo, indiferente, y me exigió que pusiera el disco en la televisión. No podía, me temblaban las manos, me dolían. Se me cayó al suelo y se debió rayar, pues ya no reproducía nada. Me dieron tantas cachetadas que se me puso todo el cuerpo rojo menos las manos que seguían moradas. Recuerdo haberme mirado en el espejo, asustado, pensando que me iba a quedar así. Lo único que me preocupaba era estar guapo para las chicas de mi clase. Tendría yo seis años y tú nueve. Tenemos cientos de ejemplos del poco amor que hemos recibido de ellos.

-Está claro, Aarón. No son mi familia, y así se lo dije a la cara a los dos cuando me fui a vivir con mi novia. Hasta mi nombre yo quiero que lo eligieron para fastidiarme. Me han acogido bien, hermanito. Sus padres son un amor, me han dicho que esté tranquilo, que puedo quedarme allí de gratis mientras busco trabajo. Tengo que venir por aquí más a menudo, a visitar a mi familia. ¿Cómo están Pedro y Toni? No me responden a los mensajes, ni me cogen las llamadas.

-Orlando… Pensaba que lo sabías. Les han pillado atracando en una tienda y les han metido en la cárcel. Están a la espera de juicio.

Orlando tarda un poco en recuperarse de la noticia. Se saca un cigarro y explota de la rabia:

-¡No es justo, nada de esto es justo! Ellos robaban para llevar dinero a su familia, que la necesitan más que nadie. Encima siempre robaban en tiendas donde no les hacía falta el dinero, en la parte rica de la ciudad.

Mantenemos un rato el silencio, fumando y pensando. Miro por la ventanilla sin ver la calle, pues la condensación es enorme.

-Yo fui con ellos unas cuantas veces a robar-murmura mi hermano y giro el cuello a tal velocidad que me lo lastimo-. Hace unos años cuando papá se quedó sin empleo, decidí hacer lo que tenía que hacer, es decir, tomar las riendas. Les daba el dinero y ellos ni me preguntaban cómo lo conseguía. Luego consiguió ese trabajo de mierda y pude dejar de robar con ellos. Podría haber sido yo también y estar ahora en la cárcel.

-Recuerdo esos días. Yo estaba creciendo y necesitaba comer. Un par de semanas no había comida en casa y nuestros padres se inventaban cualquier cosa para conseguir alimentarnos y, sobre todo, alimentarse ellos. De repente volvió a haber comida en casa, pero nadie tenía trabajo.

No decimos nada durante un buen rato, fumando. Cuando el silencio se hace insoportable para mí, le comento:

-¿Y esa camisa que llevas puesta? No te habrás vuelto un pijo tú también.

-Deja de atacar, Aarón. Me la ha dejado el padre de Carolina porque en mi salida precipitada de casa me deje gran parte de la ropa y todavía no he tenido tiempo de comprar ropa normal. Es la primera vez que me pongo una camisa. Te veo muy agresivo, me da miedo que mañana se os vaya de las manos. Entiendo vuestro enfado y que queráis defender vuestro honor. Yo también me siento ofendido como clase obrera que soy. Pero, ¿no será esto acaso una venganza por el rechazo de la chica esa?

-Tenías que haber visto su cara cuando esos hijos de puta le contaban sus averiguaciones sobre mí. Era una especie de asco y odio… Como si yo tuviera la culpa de ser pobre.

-Ya no lo eres-razona mi hermano.

-Tú mismo me dijiste una vez que pobre se nace, no puedes dejar atrás la familia en la que has nacido. No te quise hacer caso y me hice pasar por uno más de ellos en ese instituto asqueroso. Me costaba estar con esos chavales de un año menos que yo con corbata o pajarita. Pero, aun así, lo intenté, intenté dejar atrás mi pasado. Y lo peor de todo, intenté dejar atrás a mi familia, a la de verdad. Son justo el contrario, mal vestidos, escuálidos y mal alimentados, poco atractivos... Quería ser cómo los de mi clase: fuertes y musculosos de ir mucho a un gimnasio caro; de rostros perfectos, pues si necesitaban una ortodoncia o tenían alguna imperfección se las arreglaban pagando; visten siempre con ropas más caras que las casas de algunos de nuestros amigos…

-El mundo no es justo. Tú y yo lo sabemos, llevamos desde bien niños aprendiéndolo. Tienes que tener mucho cuidado, Aarón. Os pueden meter a la cárcel, ya eres mayor de edad. Estas tonterías las hacía yo, pero siendo menor. Tuve una vez una pelea con mis amigos contra unos repelentes repeinados ricos que venían a nuestro barrio a las fiestas, pero también a molestarnos a los de aquí. No sé, hermanito, ¿vale la pena arriesgarte a que te metan en la cárcel por un encaprichamiento adolescente?

-Es mucho más que eso, Orlando, no lo entiendes. Además, mis amigos ya no van a dar marcha atrás, les han ofendido en su honor.

-Diles que era todo porque te gustaba una chica y ya, que dijeron esas cosas de ellos porque se gustan de la misma que tú.

-¡No me gusta! Es mucho más que eso-exploto. Noto mis venas retumbar en la frente- Antes de empezar a quedar con ella no tenía ilusiones ni esperanzas por nada, habiendo vivido en esa casa toda mi vida no tenía ganas del futuro, no creía que yo valiera para algo. Ella me dio toda la energía para confiar, todo eso que no nos dieron en casa. Obviamente, era una niña rica, una niña de papá, una pija, pero me transmitió su ilusión por vivir, sus esperanzas de lograr ser una gran diseñadora de moda…  Cuando llevas dieciocho años yendo a dormir con el rugir de tus tripas por el hambre golpeándote los tímpanos, cuando te llevas despertando todo ese tiempo con los gritos de desgana y con la falta de amor de nuestra querida madre, cuando nunca nadie te había dicho que tu vida vale para algo, cuando nadie te ha dicho que has llegado a este mundo para lograr algo más que sobrevivir día a día… Que llegue ella, Athalia, a decirte todas esas cosas… Eso no es que te guste sólo una chica. Es que vives para verla y escucharla, pues ¿qué más tengo en esta vida ilusionante? Nada. Para intentar algo con ella le oculté mi pasado, pensaba contárselo con el tiempo, que lo entendería. Pero no contaba con esos pijos amigos suyos, que estaban celosos y empezaron a escarbar. Vinieron hasta este barrio tras espiarme mis amigos de Facebook, mis seguidores en Instagram, para conocer a mis amigos. Lo que vieron les dejó sin palabras… Estaban todos bastante achispados, llevaban unas copas de más pues era viernes por la noche, y les contaron sus vidas, y también la mía. Puedes imaginártelo, Mario contando cómo su padre alcohólico le tiró a una basura cuando era un bebé, que lo tuvieron que rescatar y que hace unos años le soltaron de la cárcel y le tiene que ver por la calle; o a Fran contando como le quita la jeringuilla de las venas a su madre todas las noches. Les quiero muchísimo, con todos sus traumas y sus problemas, me arrepiento muchísimo de haber ocultado a mi familia a todos esos pijos. No me avergüenzo para nada de ellos.

-Eso está muy bien. Pero ten en cuenta que los ricos también tendrán problemas similares. Es decir, no acabo de comprender que le han dicho a la tal Athalia para que haya pasado esto.

-Los que tienen dinero ocultan sus problemas de este tipo. Lo que le han contado a Athalia no es eso, solamente los ponía de ejemplo para explicar lo que vieron. A Athalia simplemente le dijeron, conmigo delante, que era un pobretón, que tuve suerte y gané la lotería y por eso estaba en ese sitio. Me miraron fijamente y me recriminaron que quisiera ser como ellos, que eran superiores a mí, eso me dijeron. Después dijeron que mis amigos eran como yo, que esas eran mis influencias, gente muy peligrosa, de barrio. Le interpelaron a Athalia diciéndole que conmigo no estaba segura y que me dejara cuanto antes. Fue en ese momento… Esa cara que puso… No quiero hablar más de ello. Sólo digo que ella me ha jodido más de lo que cree. No sabe el bien que había hecho en mí, y lo derrotado que me ha dejado ahora.

-Puede que se enfadara porque le mentiste, no porque seas pobre.

-No viste su cara. Era de desprecio.

-Pues estabas enamorado de una imagen mental que tenías, no de una persona. Esa Athalia no merece la pena. Todo eso que sentiste con ella lo sentirás con otra persona. No pierdas esa ilusión y confianza que ella te dio.

-Tarde. Bueno, cuando le conté a mis amigos cómo les habían engañado y cómo habían hablado de ellos, decidieron vengarse. No tenemos nada que perder. Es que, si nos quitan el honor ¿qué nos queda? Era lo único que teníamos.

-No exageres hermanito. Podría salir todo bien. Os vengáis y no tiene más consecuencias. O puede que os denuncien y ya os conocen, saben quiénes sois. No te arriesgues por una cosa de celos.

-No es una cosa de celos, tiene que ver con la clase social.

-No se te puede convencer, hermanito. Yo no voy a ser el que te insista más, pero por favor ten cuidado. No quiero tener a más familia en la cárcel.

-Tú ve a visitar a Pedro y a Toni. Yo ya veré que hago mañana.

 

 

 

El sol transmite algo de calor en el frío invernal. Las orejas me arden en ese ambiente grisáceo que cubre con su manto la ciudad entera. No queda mucho para que suene el timbre del fin de las clases a las que ni me he molestado en ir. Mis amigos no han llegado todavía.

No entiendo muy bien de dónde nace el odio. Es algo que tenemos dentro y sale cuando menos te lo esperas, en muchas ocasiones. Lo que yo tengo claro es que las buenas personas no tienen nada que ver con en que familia naces. ¿Acaso el padre de Mario es buena persona? Y no tiene un duro. Lo que también sé es que nunca dejaré a mis amigos, a pesar de todos los problemas que tienen. Haría lo que fuera por ellos. Aunque a Athalia solo le guste la gente sin problemas económicos o sociales, nunca les dejaré.

Mis amigos ya llegan. Son diez, algunos con barras de metal. Me estoy arrepintiendo de haberles convocado. Igual no es para tanto eso del honor. Puede que todas esas ganas de vengarme sean por una mirada de Athalia, sólo por eso. ¿De verdad había entendido esa mirada? Esos chicos eras malas personas, sin duda, pero, ¿no estábamos yo y mis amigos generalizando y deseando vengarnos de unas malas personas en nombre de todos los que nosotros considerábamos de otra clase? Decido dejarlo, yo no me voy a vengar de nadie, sólo faltaba en mi vida acabar en la cárcel con tan solo dieciocho años. Mis amigos no están muy de acuerdo.

-Tú haz lo que quieras. Yo les voy a enseñar a esos tipos que no se deben meter con nosotros nunca más-dice Mario. Todos los demás se muestran a favor de lo que dice él.

Suena el timbre y los jóvenes comienzan a salir de manera desordenada del edificio vetusto y antiguo en el que estudian. Mis amigos ya se preparan para cuando salgan. Me quedo bloqueado, sin saber qué hacer. Cuando al fin salen los tres chavales que descubrieron mi engaño, les acompaña Athalia. Pero algo no marcha bien: uno de ellos, Marcos, está llorando. Athalia y los demás le tratan de consolar. Me recuerda a mí llorando por Athalia, como hago frecuentemente. Me doy cuenta de que quizá todos somos iguales, seres humanos y que debemos tratarnos como a iguales, pues lo somos. Todos lloramos, todos nacemos y morimos igual. Esos tipos nos habían tratado como inferiores, pero sólo caemos igual de bajo que ellos si les pegamos, les estaríamos considerando menos que nosotros, y esto es un bucle sin fin. Toda la historia ha sido así. ¿Por qué la sociedad no nos deja tener las mismas oportunidades a todos? Lo que hay que hacer es cambiar todo de raíz y lograr una igualdad que no existe.

Es tarde para que mi familia se frene por unas pocas lágrimas. Se abalanzan encima de ellos con una furia inusitada. Entiendo que en mi vida no hay nadie bueno. Pero no, es la sociedad la que crea monstruos en cada uno de nosotros, siendo tan profundamente desigual. Nadie es culpable de la educación que ha recibido. Marcos y los demás apaleados han recibido informaciones que les hace ser como son. Y mis amigos, apenas han podido tener educación.

Me escapo corriendo antes de que me vea Athalia. Corro y corro, pero freno en un parque vacío y me siento en un banco con la cabeza entre las manos.

-¿Tanto me odias?

Es Athalia. Se ha sentado al lado mío. Mis amigos no le han hecho nada, pero no me quiero imaginar cómo estarán los suyos. Me mira muy enfadada por encima de su bufanda de marca. El maquillaje de su rostro se entremezcla con el sudor por los nervios de lo que está ocurriendo. Al mirarnos a los ojos, su enfado disminuye considerablemente, para ser sustituido por una tristeza infinita.

-Más de lo que crees-le respondo.

Nos quedamos callado mirándonos a los ojos unos instantes.

-Entonces, ¿ya no me quieres?

-Más de lo que crees-repito ante unos ojos repletos de lágrimas, que son extraordinariamente parecidas a las mías. Quizá no seamos tan diferentes.

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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