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4 min
Me hubiera gustado matar a Franco.
Drama |
26.02.08
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Sinopsis

En aquel patio no había almendros, ni mimosas, únicamente daba color al adusto lugar un par de gallinas y un gallo que correteaban de aquí para allá sin dejar de picotear por el suelo. Siempre que iba a casa de Julián parecía que entrara en casa de un aristócrata de esos que se ven en las películas, sin embargo, su padre regentaba un estanco y su madre permanecía siempre en casa haciendo sus tareas. Debía ser cuestión de organización, no lo sé, el caso es que allí siempre me daban bien de comer, mucho mejor que las ásperas cáscaras de naranja que tenía que llevarme al coleto cuando no había otra cosa ‘’más comestible’’ en mi casa. Su patio no era más grande que el de cualquier vecino del pueblo, pero si era muy conocido el roble que crecía justo en el medio, con unas fuertes raíces que se asomaban a la superficie y, al parecer, de una edad milenaria que las memorias más antiguas no alcanzaban a recordar. Jugábamos allí Julián y yo a indios y vaqueros, uno guardaba su posición detrás del murete para resguardar a las gallinas, y el otro detrás del grueso tronco del roble. A base de pedradas y carreras gastábamos horas sin que ello nos pesara en el alma; sencillamente no había otra cosa mejor que hacer.
Su madre, doña Magdalena, o Magda como ya me permitía llamarla, y su padre don Lázaro eran bien conocidos en el pueblo no por el hecho de poseer su propio negocio sino por su bondad y solidaridad, repetidamente demostradas tanto la una como la otra.
¡Ay, cómo recuerdo ahora, casi cincuenta años después, aquellas veladas interminables y apacibles! ¡Cómo recuerdo las galletas las sabrosas galletas de doña Magda, si bien eran de pequeño tamaño, comerte dos de ellas ya no te permitía comer nada más!¡Cómo recuerdo las bromas de don Lázaro, la manera de saludarme levantándose de la silla y sonriéndome como si llevara años sin verme, a pesar de que todos los días ocupaba parte de su hogar! ¡Cómo recuerdo los libros que me regalaba el padre de Julián y cómo me decía en una ocasión ‘’Santiago, este no es un libro cualquiera, no permitas que nadie lo ojee, tan siquiera tus padres, cuídale como si dentro estuviera la llave de tu futuro y descubrirás, tarde o temprano, que en todos estos libros que te regalo se encuentran las muescas de dicha llave’’! ¡Cómo, en fin, recuerdo el roble viejo, hoy arrasado por máquinas infernales, las gallinas y el gallo que nunca acertaba con la hora al amanecer, la ausencia de flores y colorido de ese jardín como el de cualquiera de las dos Castillas!
Aquel día comprendí, a pesar de mis doce años de edad, toda la brutalidad que puede albergar el ser humano, toda la desesperanza que puede ocasionar la decisión de los llamados títeres de Dios ante personas desconocidas y, como diría Machado, en el mejor sentido de la palabra, buenas.
Estábamos sentados Julián, Magda y yo a la mesa escuchando la radio y degustando la deliciosa repostería de la madre de Julián, cuando alguien tocó en la puerta. Dos golpes recios, imperativos, que en seguida hicieron saber a doña Magdalena que se trataba de alguien desconocido.
-¿Quién es?- preguntó Magda.
-Somos la ley. Abra, por favor.
Julián y yo nos asomamos por la puerta de la cocina, con las galletas inconscientes en nuestras manos, admirando con gran curiosidad a aquellos dos hombres uniformados.
-¿Se encuentra en casa don Lázaro Berceo?
-No está ahora mismo…¿Por qué?
-Dígale cuando llegue que se dirija de
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Por supuesto leer y escribir. Toda clase de deportes y ,como no, viajar, viajar todo lo posible y cuanto más mejor

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