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23 min
Mejor carga el móvil
Suspense |
10.07.19
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Sinopsis

un día un tipo se olvida de cargar el móvil y la jornada se se complica

Mejor cargá el móvil  

 

El teléfono celular lanzó un quejido de reproche alertando de la escualidez de la  batería. Inmediatamente Mario lanzó al aire una puteada de auto recriminación por haberse olvidado de ponerlo a cargar durante la noche. Ahora, que ya tenía que salir era tarde para hacerlo. O llevaba el celular con la batería al mínimo o posponía la salida. La situación lo ponía de mal humor porque estaba esperando un llamado muy importante, pero demorarse en salir también lo complicaba. Volvió a putearse enojado. Y pensó que por algún motivo oculto se había puesto en esa situación incómoda, porque siendo minucioso como era, no haber prevenido lo del celular le pareció como un sabotaje a sí mismo.  De cualquier modo decidió salir y dejar el móvil cargándose. María Cecilia, le dijo

 -¡Pero hay que ser boludo para olvidarse de cargar el teléfono eh!

- Gracias por ser tan considerada.

–Y, si viejo. Insistió  María Cecilia con su tono irónico habitual cuando se molestaba por alguna estupidez que solía cometer.                                                                                                                            A Mario, le daba mucha rabia esa conducta de Maria Cecilia, pero más rabia le daba reconocer que ella tenía razón.

 – ¿Y no podes llamarlo vos?

-No; el tipo me pidió el número pero no me pasó el de él, porque recibe muchas llamadas.                                                                                                                                                                                                                                                           

     María Cecilia hizo un gesto de desagrado.

- Uf, que manga de imbéciles.

 - ¡Qué macana! Dijo Mario esta es una oportunidad única. Maria Cecilia lo miró sin decir nada, terminó de tomar el café con leche y llamó al mozo para pagar.

-Tengo que ir a la oficina si llego tarde el doctor se pone pesado.

 María Cecilia trabajaba como secretaria en el estudio jurídico de un abogado que para Mario carecía de escrúpulos; pero que era  muy exigente con sus empleados.  Le disgustaba que María Cecilia desoyera sus reclamos para que renunciara. Ella se negaba a hacerlo sin dar ninguna excusa.

 Siguió un rato más en el boliche masticando el sándwich de jamón y queso. Diez minutos después, pagó y salio también. Le había entrado el apuro por volver al departamento para buscar el teléfono  móvil. – ya debe tener algo de carga. Pensó ilusionado. Apuró el paso ansioso por llegar, lo peor que podría pasar era que el pelado lo llamara y él por ese olvido boludo no pudiera atenderlo.

Abrió la puerta y tanteó la llave para encender la luz. – Aun en pleno día el lugar permanecía en penumbras-  la lámpara no encendió, probó otra vez, busco el telefonito y comprobó que no había energía eléctrica. Ahora si que estaba jodido. Justo ahora un corte. La factura estaba abonada, la llave térmica estaba bien. Salió a la vereda y preguntó en el almacén que estaba casa por medio                                          

- No, es un corte general programado, ayer avisaron por teléfono  de la compañía.  Era el colmo avisaron del corte y él ni enterado.

- Y bueno, no queda otra que ir hasta lo del ese energúmeno aunque no me guste.                                                                                

   Mario trataba de evitar al pelado en persona. El tipo lo inquietaba. Tenía una mirada fría y penetrante, casi no sonreía ni gesticulaba y era casi imposible oponérsele cuando decía algo. Aun así no se le ocurría otra opción mas que la de ir a verlo.                                                                                                                                                                      El pelado le había prometido un negocio interesante, sin haberle dicho  de qué se trataba.

Ya sabía que era bastante hermético y además se hacia el misterioso. Eso también era algo que lo ponía molesto, pero con la escasez que sobrellevaba perder la oportunidad de una changa  no era aconsejable. Para colmo el tipo no salía de la covacha que tenia en el centro; un lugar horrendo, sucio y oscuro. Todo lo asqueaba incluso el pelado, pero la necesidad es la necesidad. Tendría que olvidarse del asco.                                                                                                                                   

 Primeramente pasó por el estudio jurídico para avisarle a María Cecilia que el celular seguía sin carga, pero mas que nada era una escusa para pedirle que esa noche se quedara con él en el departamento.  De un tiempo a esta parte casi no se veían, a  veces le parecía que ella lo esquivaba - al preguntarle- la respuesta era: - Es idea tuya.

Sin embargo ahora que lo pensaba, por lo menos hacia un mes que no tenían sexo.  Pero claro, como andaba preocupado recién caía en la cuenta del tiempo transcurrido. Esto de andar sin laburo y sin guita le traía más y más complicaciones; por eso esta oportunidad que le ofrecía el pelado era importante y no quería que se le escapara.                                                                                                                                                                                          – María Cecilia no está.  Mario asociaba al doctor con el  pelado, los dos le causaban aprehensión. El tipo era delgado, siempre desgreñado, con el pelo grasiento y las uñas sucias. Era escurridizo como el otro. Tratando de disimular la aversión que le causaba, insistió: -¿Pero, hoy vino no? 

 – Sí, sí.  Después salió y todavía no volvió.   -¿Cómo usted no sabe a donde fue? 

 - Fue hacer un trámite.    Mario salio del estudio.   

Cuando estaba llegando a la covacha del pelado vio a María Cecilia salir del edificio y a la carrera zambullirse en un taxi que evidentemente la esperaba. El automóvil partió sin que Mario pudiera alcanzarlo. Quedó en medio de la vereda desairado en su intento. Se sintió avergonzado, parado allí como si estuviera obligado a dar explicaciones a la gente que ni siquiera reparaba en él.

 – ¿Qué corno hacia allí  María  Cecilia?

Entró por el pasillo y al llegar golpeó la puerta mugrosa y mal pintada.

–Entre-.  Escuchó la descascarada voz del pelado.  Por un segundo estuvo por dar media vuelta y salir corriendo. De todos modos empujó la puerta que al abrirse lo dejó frente al pelado que lo miraba sentado desde un sillón; el pelado estaba en calzoncillos, era  muy delgado y totalmente lampiño. Resultaba llamativa la falta total de vello y el tono bronceado de la piel. Mario estaba realmente incomodo ante ese sujeto, no solo era lo físico lo que le producía rechazo, se sentía intimidado. El pelado lo escrutaba, mirándolo fijamente.

– Pasá, pasá, ahí tenés una silla, ¿Querés un whisky?

 – No gracias, en realidad vine porque me quedé sin batería en el celular…

- Bah no importa. Viene bien que hayas venido, necesito pedirte un favor.

Mario que aún no estaba repuesto por la sorpresa de haber visto a María Cecilia salir del lugar, se quedó en silencio dudando si debía o no preguntarle al pelado. Ya no le interesaba lo que el tipo pudiera ofrecerle. María Cecilia lo abarcaba todo en su cabeza; se le hacia dificultoso atender a lo que el pelado le decía. Comprendió que el pelado se esforzaba en darle confianza. Intuía que esto era  para ocultar algo siniestro. – tenía esa impresión-  pero solo era eso: una impresión.

Tomó coraje y se animó – Recién la vi a María Cecilia salir del edificio… -¿A quién? Preguntó el pelado bruscamente.

– Es una chica que conozco; bah con la que salgo. Explicó Mario que, se odio por justificarse. 

– De aquí no salió. Dijo el pelado. Y  agregó algo que a Mario lo puso furioso.  – ¿Esta buena? Dijo haciéndose el gracioso.  Y continuó – bueno mirá, necesito que vayas hasta el Tigre, a esta dirección.  Le extendió un pequeño sobre con una dirección  manuscrita. Mario lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón sin siquiera mirarlo.

El pelado estuvo en silencio unos segundos y luego retomó la palabra.  –Ahí te va atender un tipo, le dicen el “mencho”; es entrerriano ¿viste?, te va a dar un paquete que tenés que llevar a este otro lugar. Y le dio otro sobre. Mario lo guardó  en el otro bolsillo trasero.  El pelado continuó            – Necesito que esto lo hagas hoy; si todo sale bien hay buena plata. Mario casi no le prestó atención, escuchó las palabras que le decía el tipo  amortiguadas por la indiferencia. Al salir de la pocilga, ya tenía decidido que no iba a realizar ningún encargo. Primero iría al estudio jurídico a pedirle explicaciones a María Cecilia; lo impulsaba la rabia y cierto sentimiento de frustración e impotencia.  Creía que lo estaban engañando y tomándole el pelo.

María Cecilia negó rotundamente que hubiese estado en lo del pelado. No solo lo negó, sino que además se enojó tanto que le dijo que no quería volver a verlo.                                                                                                                      

  Definitivamente no era un buen día, pero no era el momento de lamentarse, recordó los sobres que llevaba en los bolsillos. Buscó el primero, miró la dirección escrita: juncal 398. Tigre. Podría ir en colectivo o en tren. De todas formas aun no tenía decidido cumplir con el encargo del pelado. Pero la curiosidad lo impulsó. Ya en el tren rumbo al tigre, miró la dirección del segundo sobre: Pinzón 567; barrio de la Boca. Pensó que iba a pasarse el día viajando.

La calle Juncal estaba cerca de la estación. Eran unas pocas cuadras que hizo a pie mientras observaba el paisaje. No había estado muchas veces allí y no recordaba nada de lo que veía.    Linda ciudad. Pensó.

El “mencho”, un tipo mal entrazado de mirada afiebrada, no pronunció palabra, casi le arrebato de la mano el sobre que Mario le extendía y se retiró cerrándole la puerta en la cara groseramente. Volvió un minuto después con un pequeño paquete envuelto en un sobre de papel madera. Antes de entregárselo le dijo en un tono que le sonó casi una amenaza: - Es imprescindible que llegue a destino.                                                                                                                                                                                                                                 Inmediatamente pegó un portazo dejándolo solo en la vereda. De no estar tan falto de dinero y de la promesa de un buen pago. Ahí mismo hubiera abandonado el mandado.

Nuevamente dudaba entre terminar el trabajo, o arrojar el paquete por la ventanilla del tren y olvidarse de todo. Pensaba en María Cecilia y en como podría resolver la situación entre ellos. 

Ella le había dicho que no quería verlo más y ahora no tenía idea de cómo afrontar eso.  No apartaba su pensamiento de esas palabras. El paquetito sostenido con las manos sobre sus piernas lo incomodaba, estaba molesto con todo. El viaje, el recuerdo, el paquete, el pelado… y María Cecilia. – La puta madre; me mandó a la mierda, no hay nada que hacer.

Cuando bajó en la terminal de Retiro, decidió pasar primeramente por su departamento para buscar el celular.  No podía resignarse con María Cecilia, pensó que tal vez llamándola lograría ablandarla o lograr un acercamiento.

Tan preocupado estaba que bajó del tren olvidando el paquetito que en un momento había apoyado en el asiento  desocupado a su lado. Al notarlo volvió corriendo al tren que aun estaba en el andén, ubicó lo más rápido que pudo el vagón pero en el asiento no encontró nada como suponía, aunque esa suposición no fue suficiente como para evitarse ese recorrido inútil. Solo  le servía  de escusa para demorarse en comunicar la tonta  pérdida del paquete.

No encontraba explicación que lo justificara. Decidió que no daría ninguna, no se presentaría en Pinzón ni ante el pelado.  Se preguntaba que contendría ese puto paquetito y cuales serian las consecuencias que le sobrevendrían. Por lo pronto no recibiría ningún dinero esa era la primera consecuencia. De esa primera derivarían otras y  sospechaba que todas serian negativas.

Entró a su departamento justo a tiempo para atender el teléfono. No era el timbre de mensaje, así que pensó que seria urgente; alguien quería habar con él directamente. Miró el número en el display era María Cecilia, atendió ansioso, la alegría le duró poco – ¿donde carajo te metiste pelotudo? La voz del otro lado sonaba furiosa, y por supuesto no correspondía a la de María Cecilia. El pelado de otro lado de la línea continúo  ladrando. - Esto no es joda, ¿Qué hiciste con el paquete? y te aviso que aunque te escondas te van a encontrar. Le pareció notar además de la furia, cierto tono de  miedo en la voz del pelado. Cortó sin decir palabra; todo andaba muy mal y él  necesitaba tiempo para pensar.

Ya empezaban a aparecer las consecuencias. Se preguntaba que papel cumplía en todo esto María Cecilia. ¿Seria cómplice del pelado, o su victima? ¿Quiénes serian esos otros que según el pelado lo estaban buscando? Por el momento prefirió apagar el celular. La situación y la suerte la chica lo tenía muy preocupado, mas que nada porque se sentía impotente. Estuvo unas horas boyando, indeciso sin saber qué hacer. Repentinamente se le ocurrió ahora sí pasar por Pinzón  567. Total –pensó - No había riesgo que lo  reconocieran- Pasaría por la puerta a husmear un poco.  Caminó por la vereda de enfrente y observó una entrada sin puerta en la vereda, era una abertura oscura que iba hacia adentro un pasillo ruinoso y sucio, intimidante. No pudo ver nada desde allí, cruzó la calle y al pasar delante  de la entrada casi choca con un tipo de aspecto siniestro que salía del lugar, el tipo lo miró de mala manera estuvo a punto de decir algo, pero debe haber decidido que no valía la pena, hizo un gesto de malhumorado desprecio y continuó su camino. El tipo era inmenso e intimidaba. Mario pensó que debía ser peligroso, pero posiblemente esto era un prejuicio. No tenía el mínimo dato sobre el tipo ni si estaba relacionado con el pelado, el puto paquetito o María Cecilia. Concluyó que estando allí no llegaría a nada y decidió irse.

Prendió el celular; de inmediato sonó el timbre, no necesitó mirar el display para saber quien era. Puso el teléfono en su oreja sin decir nada. – Vos seguís pensando que esto es un  chiste. Por tu bien mejor tómalo en serio; ah y pensá en tu amiga no le causes un perjuicio. La voz ahora no era la del pelado, eso lo preocupo mas.  Se agregan actores se dijo angustiado. Volvió a apagar el teléfono, en estas circunstancias era inútil.

Lo pensó unos momentos y decidió que  mejor seria irse del departamento; no podía determinar la gravedad de lo que estaba sucediendo. Por lo pronto tomaría precauciones. Apenas llegó tomó algunas cosas que le serían imprescindibles y salió sin la menor idea de donde iría a parar.

Llevaba un bolso de mano que en realidad no pesaba demasiado; comenzó a caminar hacia a cualquier parte. Después de algunas cuadras tomó la decisión de ir a lo del polaco que vivía solo. Para no caerle de sorpresa previamente lo llamó. – vení tranquilo no hay problema-  el polaco era de fierro y lo recibió con mucho afecto y de inmediato  lo invitó a tomar unos mates. Mario no tardó en contarle lo que estaba sucediendo. El polaco lo escuchó en silencio en el que se mantuvo un rato bastante largo una vez terminado el relato.  Después dijo – Uh loco que cagada cualquiera de las posibilidades es fulera; pero peor es que la mina sea cómplice. Dicho esto el polaco quedó pensativo. Mario estaba sorprendido, fuera cual fuera la verdad, lo peor era que su amiga o el mismo sufrieran algún percance desagradable o… en verdad no sabia que pensar, tan desorientado estaba.

El polaco tenia un sofá medio desvencijado, se acomodó lo mejor que pudo. Durmió mal, despertaba sobresaltado, la noche se le hizo interminable.

Finalmente se durmió por agotamiento; tuvo un sueño inquietante y confuso, al despertarse se instaló en él un malestar al que denominó angustia; un sobresalto permanente, una amenaza que podría materializarse en forma inminente. En realidad era miedo. La amenaza era real. La angustia era mas por no conocer bien como tomaría cuerpo esa amenaza, la incertidumbre era lo que no soportaba.

Tomaron unos mates con el polaco casi en silencio. Al rato cuando el polaco salía para ir al trabajo, solo le preguntó si tenía decidido lo que haría. Mario le contestó que no, que no sabía. Agregó que durante el día tomaría alguna decisión. El polaco le hizo saber su preocupación y le recomendó que no hiciera nada solo, que primeramente se comunicara con él.

Al quedar solo buscó en principio tranquilizarse para poder pensar claramente. Examinó la situación. Primero: había perdido el paquetito  del que desconocía el contenido. Segundo: más allá de la aversión que sentía  por el pelado eso no implicaba que el tipo fuera un criminal. Por otro lado estaba la cuestión María Cecilia que era una incógnita; luego el tipo desconocido que lo amenazó por teléfono agravaba el cuadro. Deseaba minimizar las cosas, pero de pronto se le hizo presente de que el pelado  siempre le había parecido un tipo siniestro. En suma estaba en un problema. De todas formas pensaba que debía mantenerse tranquilo para hacer lo mejor posible.

Haciendo caso omiso del pedido del polaco, encendió el celular y marcó el número de María Cecilia – Hola habla Mario. Del otro lado se escuchó una voz áspera – Ya se quien habla pelotudo, trae el paquete y se resuelve todo. – No lo tengo, lo perdí en el tren. – No te creo, pero si es así te complicaste la vida. El pelado cortó repentinamente, sin darle tiempo a preguntar por María Cecilia.

Mario sabía que conseguir el paquetito era imposible. Esta certeza lo angustiaba infinitamente, ya que no se le ocurría como resolver el dilema. Se puso a pensar que en realidad no existía solución a excepción de recurrir a algún truco. Hasta ahora había sido totalmente sincero. Haciendo un racconto primero concurrió a buscar el paquetito, luego lo perdió y lo declaro perdido. En suma su honestidad era indudable. La idea que se iba conformando en su cabeza era arriesgada pero factible, además de la única que se le ocurría. Busco una cajita de cartón de tamaño pequeño como el paquetito perdido, la envolvió y la ató imitando la envoltura del paquete original. Una vez que finalizo el envoltorio, lo observó detenidamente hasta quedar conforme. De todos modos pensó - Ellos no saben cómo era el paquetito-. No puso nada adentro ya que ignoraba el contenido pero idea era convencer al pelado y sus compinches de que habían sido estafados.

Esperó dos horas y llamó nuevamente al celular de María Cecilia. En cuanto atendieron dijo       – Tengo el paquete.

 – Bien, venite para acá de inmediato. Ordenó el pelado.

Antes de salir para la cueva del pelado instintivamente apagó el celular y lo guardó en el bolsillo del pantalón.

Llamó a la puerta mugrosa; ya se sentía asqueado nuevamente   – Entrá. Dijo el pelado. Lo primero que hizo al entrar fue ver donde estaba María Cecilia, la ubicó acurrucada en un sillón con gesto serio, Mario supuso que había estado llorando. El pelado como siempre en el centro de la habitación semidesnudo le clavó una mirada fulminante, el doctor apoyado en una pared con un vaso de whisky en la mano sonreía disfrutando de la escena; estaba también el torvo gigantón con el que se encontró en la  calle Pinzón. 

El pelado le arrebató el paquete de las manos, destruyó el envoltorio y comprobó que estaba vacío.  – ¿Qué es esto, acá no hay nada? Dijo el pelado mostrando la caja vacía.  Estaba furioso. Antes de que volviera a decir algo, Mario dijo

 – Yo no lo abrí; la verdad es que estuve a punto de abrirlo para ver lo que era , yo pensaba que era droga y tal vez si la vendía sacaba unos buenos pesos. Pero no me atreví y me vine con el paquetito.

¿Crees que somos tan giles para creerte eso? Dijo el doctor. Mario decidió jugarse el todo por el todo. – Si no me creen llamen a los tipos del Tigre, el paquete se los entregué intacto.

No puede ser, no se atreverían, pusimos mucha guita; vamos a confirmar acordaron entre los tres. Luego el doctor se dirigió a Mario. Si mentiste estas en el horno; amenazó.

Mario sintió cierto alivio. Había logrado instalar la duda, no era demasiado pero les daba un poco de tiempo tanto a María Cecilia como a él. Ahora estaba seguro de que ella era ajena totalmente a la maniobra.

El pelado marcó un número en el teléfono. – Me mandaste un paquete vacío. Dijo directamente. Estuvo un rato en silencio, escuchando lo que le contestaban desde el otro lado. - Mario temblaba temiendo su mentira quedaría descubierta en segundos- El pelado de pronto explotó… - Pero vos sos un hijo de puuuta, la guita ya la recibiste y el resto quedamos que era al recibir la segunda entrega. Gritaba el pelado fuera de si. Colgó el teléfono violentamente. – Esos turros quieren el resto de la guita para enviar el producto. Dijo mirando al doctor y al gigante, con los ojos abiertos saliendo de las órbitas. Mario no se atrevía ni a hacer un gesto. El panorama era más alentador, habían admitido el engaño. Estaban más cerca de salvarse. No tenía dudas que estos tipos eran muy peligrosos, capaces de cualquier cosa. Ahora lo que faltaba era poder salir de allí con María Cecilia.

El temor de Mario se fundaba en que intuía que cualquier cosa que dijera o intentar hacer, empeoraría la situación. Esa idea lo estaba conteniendo para tomar una decisión que creía sería crucial de una u otra forma.

El pelado, el doctor y el gigantón mientras tanto discutían entre ellos. Tampoco ellos acertaban en  decidir como manejar la situación.

El pelado repentinamente le dijo – Pibe vas a tener que volver al Tigre, no queda otra, es la única forma de obtener el producto sino perdemos todo.  Volvió a marcar el número telefónico – En una hora está el pibe por allá, va con el resto de la guita.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          Mario salió nuevamente en dirección al Tigre. Mientras iba en camino no pudo dejar de pensar que haberlo dejado salir de aquella cueva era algo singular. Es extraño pensó – ya que podría ir a denunciar el hecho. Ellos no ignoraban eso. Pero claro; que hubiera podido decir: “voy a buscar un paquete” tienen una amiga mía de rehén. Ante la pregunta de quien era esa chica hubiera tenido que reconocer que era empleada del abogado, en la comisaría se hubieran reído de él. No sabía el contenido amén de que pondría a su amiga en un riesgo mayor, ya a esta altura no dudaba que estaba ante tipos muy peligrosos.

De todas formas creía que aun después de entregar el paquete, la suerte  de ella y la propia serían inciertas. La angustia lo carcomía y lo empujaba a actuar como un autómata. Seguiría cumpliendo a rajatabla lo que le habían ordenado, no tenía mayores opciones.

El “mencho” recibió el sobre y le entregó un nuevo paquete también envuelto en papel madera. Felizmente para Mario todo fue rápido y sin palabras en pocos minutos ya estaba de regreso nuevamente sobre el tren hacia Retiro.

Esta vez viajaba aferrado al paquetito, temeroso de perderlo nuevamente.                                                                            

Durante el viaje ideó un plan que con buena fortuna podría sacarlos a María Cecilia y a él mismo de la situación horrible en la que se encontraban. Marcó el número de María Cecilia; del otro lado sonó la áspera voz del pelado - ¿Qué pasa, tenés el paquete ya? – Si, pero antes de entregártelo tenés que soltar a María… - ¿Vos estás en pedo pibe?; tráeme el paquete ya. – No, largá a la chica, yo te doy el paquete en algún lugar público y se termina todo; no sé que contiene el puto paquetito, entonces acá no pasó nada.                                                                                                                                                Mario comprendió que el pelado dudaba sobre cual decisión debería tomar. Insistió – Es lo mejor, simplifica las cosas y vos conseguís lo que querés sin más complicaciones.

Cuando llegó al bar vio solo a María Cecilia; se alegró. – Te soltaron.- dijo. Ella no contestó. En cambio  le preguntó si tenía el paquete. Mario le dijo que si, que lo tenía, pero ya la habían soltado así que... María Cecilia lo interrumpió. – Dámelo, se lo tengo que llevar al pelado urgentemente. Mario la miró sorprendido. – No entiendo… balbuceó. – ¿Qué es lo que no entendés?; tengo que llevarle el paquete, así de simple.  – ¿Pero entonces?…-  Mario, comprendió recién en ese momento que la chica, no era rehén, ni estaba con el pelado por obligación.                                                                                                       

 El tipo había estado brillante, le había enviado a María Cecilia para no correr riesgo alguno. Mario muy contrariado y dolido al descubrir la traición, amenazó con no entregar el paquete. – No te conviene el pelado no perdona. Dijo ella.

Mario temblado de furia e indignación le entregó el paquete. María Cecilia no perdió un segundo, lo tomó y parándose para salir del bar, le informó:                                                                                                            

 – El pelado dijo que cuando quieras pases a buscar la plata, te la ganaste. Antes de salir del boliche se volvió hacia él y agregó –Ah y de ahora en más, siempre cargá el móvil.                    

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 66 años

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