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6 min
Melina Peirone y la mosca sin hambre
Humor |
08.01.20
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Sinopsis

  La música sonaba intensa el sábado por la noche. Las luces revoloteaban por todas partes, iluminando rostros durante un instante y ocultándolos al siguiente. Los cuerpos se abultaban hacia donde mirase, y el ambiente estaba ligeramente pesado. Llovía, pero no importaba, la jungla estaba en un lugar cerrado. Con un ajustado vestido rojo y un vaso de daiquiri en la mano, Melina bailaba suavemente con sus amigas.

  La cascada negra le danzaba sutilmente en cada movimiento de cabeza, una que contrastaba perfectamente con su piel blanca como la leche. Para quien la viese, daba la sensación de que nunca había tomado una sola tarde de sol en su vida. Los carnosos labios rojos hacían juego con su ropa, siendo objeto de deseo de más de un chico aquella noche. La miraban. Y ella lo sabía.

  El primer soldado caído había sido un morocho alto y de buena pinta. La había invitado de su trago, extendiéndole su vaso, pero ella negó y sonrió. El muchacho agachó cortésmente la cabeza y se retiró derrotado de forma muy educada. Todo un caballero, sin dudas.

  El segundo fue algo bastante diferente. Intentó separarla del grupo tomándola repentinamente de una mano e incitándola a bailar un poco más allá. Con el torso fornido y robusto cual gorila del Congo, eligió el juego del macho que pone las reglas a fuerza de voluntad; pero lamentablemente para el primate, en frente había una viuda negra.

  Casi hasta con gracia, Melina se liberó de su mano antes de llegar al sitio prefijado por el chico. Dio un giro de ciento ochenta grados, con la cabellera azabache expandiéndose mágicamente como la cola de un pavo real, quedando de vuelta dentro de su grupo de compañeras. Y todo esto sin que se le cayera una gota del daiquiri. Ni Messi te hace una de esas.

  La muchacha sonreía de forma maliciosamente angelical, como el peligro que gusta pero que sabes que hace mal. Sus grandes ojos café resaltaban en la tes clara de su cara, atrayendo a las moscas a su telaraña con sólo una mirada. La música había dado una tregua y por un momento era más lenta. El gentío había empezado a notar la dificultad del caso y ya planeaba nuevas estratagemas.

  Los siguientes en morir fueron una manada de tres cachorros de león. No se podía decir que eran feos, todo lo contrario: rubios, ojos celestes todos y con una melena rubia que contrastaba perfectamente con la suya. Al lema de “los opuestos se atraen”, aquel trío había ido a pavonear los beneficios de su genética; pero fue esa misma genética la que les puso punto final. Melina Peirone les sacaba una cabeza a los tres y no estaba interesada en pichoncitos. Se abrió paso delicadamente entre ellos y volvió a su sitio. Las amigas reían mientras lanzaban miradas conspiradoras a los nuevos derrotados, divertidas de cómo Melina los hacía bailar en barro.

  La música retornó con los hits del momento, potente y eléctrica, y los cuerpos volvieron a danzar con energía y vida. Y así fueron transcurriendo las horas en Madame y pasando sin gloria los chicos de aquel lugar. Pero en un momento dado, cuando todos los hombres habían perdido la esperanza, la viuda negra le otorgó la oportunidad a uno, para inclinar la balanza. Le posó los ojos a un chico alto y morocho, de hombros anchos y cara alargada. A diferencia del primero que había rechazado, este tenía barba y no la había mirado nunca. Estaba con su grupo de amigos, más adelante y frente a ella.

  La araña empezó a tejer su tela, danzando de pronto con movimientos sensuales para que el muchacho al que tenía a la vista pudiera verla. Era un espectáculo para el resto del sexo masculino que había concurrido aquel sábado. Envidiaban al caballero al cual aquel mensaje iba destinado. Tan afortunado como el papel que le dieron a Kit Harington en Juego de tronos. Bueno, no tanto.

  La viuda negra tejía y tejía, pero la mosca no volaba, no se movía. Una luz multicolor se detuvo unos segundos en sus rostros, y ella sin dudarlo le clavó la mirada, una mirada que habría fulminado a cualquiera. Pero no a este. ¿Qué le pasaba?

  Melina Peirone empezó a observarle los gestos. ¿Sería gay? ¿Cómo podría no desearla, no acudir a su llamado? Después de una larga contemplación, no vio tal cosa. Decepcionada por los intentos, cesó toda danza.

  Poco después la música se debilitaba, las luces se encendían y la gente se marchaba. El chico ya se había perdido en el caos de personas. Ya no quedaba nada. Era la primera vez en cinco años que alguien no obedecía sus órdenes. Cosa rara.

  Al llegar a su casa, antes de irse a la cama, se observó detenidamente en el espejo vertical que tenía en su habitación.

  –La próxima me llevo un sostén más ajustado –dijo, sosteniendo y apretándose las tetas con fuerza, mientras se examinaba con gesto analítico. Se fue a su cama, se metió en las sabanas y cerró los ojos.

  Esa misma madrugada, en otra casa de la misma ciudad, la mosca que no había sido cazada llegó a su dormitorio. Se sacó la ropa, corrió las mantas y se metió en la cama. Antes de cerrar los ojos, observó la mesita de luz que tenía a un lado.

  –La puta madre, mirá dónde vine a dejar los lentes. –Le ardían los ojos. Casi no veía nada.

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Tengo 28 años y soy de Argentina. No soy escritor, pero siento la necesidad de contar una historia que hace muchos años tengo ganas de escribir. Quiero hacerla libro, pero necesito mucho trabajo para lograrlo. Planeo usar esta página para escribir cuentos cortos y extractos de una novela para mejorar mi prosa. Las críticas son bienvenidas.

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