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3 min
Memorias
Reales |
14.03.19
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Sinopsis

Un relato sobre el desierto que leí en esta página me trajo estas memorias. Un recuerdo que ronda y vuelve, como esas bolas de hojarasca con raíces secas, polvo y arena que ruedan deambulando como fantasmas por los desierto. A veces viene con la amplia y cansada tranquilidad del viejo desierto, y otras veces como un torbellino.

Quitarse el polvo de camino es el comienzo del olvido (alguna vez lo escuché). Tiene razón quien lo dice. Sólo se reposa si se olvida, por eso el desierto siempre está tan cansado. Lo recuerda todo. Es todo memoria.

 

- ¿Cómo puedes decir esas tonterías?- me responde uno de los versos.

 

Suelo discutir con los poemas cuando sus poetas los abandonan indefensos. Ahora mismo discuto a la vez con todos los versos de un poema titulado "Desierto" de Andrea Cote  Botero:

 

“La tierra que jamás quiso tocar el agua

es el desierto que al norte está creciendo

como un estrago de luz.

Pero los hombres que han visto el despoblado

saben que no es cierto que la tierra esté reseca por capricho

o sin ninguna bondad,

es nada más su manera de mostrar 

lo que transcurre en claridad 

y sin nosotros.”

 

- ¿Qué memoria puede haber en algo tan estéril?

- La memoria es siempre estéril. Impide la adaptación. Mientras más recuerdos tienes más viejo eres.

- En el desierto olvidas fácilmente tu camino. Todas las direcciones son iguales.

 

Hace bastantes años discutía con otro poema sobre los naufragos. Un amigo, cuando todavía vivíamos aquella insularidad de estar dentro, escribió un poema sobre un naufrago. En verdad nunca habíamos visto a ninguno. Mi amigo aseguraba, con aquella certeza con la que escriben los poetas, que un naufrago lo es para siempre. Años después, ya fuera, discutí con sus versos. Había aprendido que el Mar, el agua, es el olvido. Supe entonces porque no conocía a ningún naufrago, y era porque en realidad no existen. Todos olvidamos nuestros naufragios. No hay ningún sitio en el mar que acceda al recuerdo. Sin embargo, en los desiertos... 

 

- La Esfinge no es sólo piedra eterna. – Vuelvo sobre lo ya escrito -. Lo parece porque lo recuerda todo, incluso el futuro. Si no te saluda es porque ya te has ido.

 

A la vuelta de Texas me encontré con el primer naufrago. Era una mujer. ¡Cómo recuerdan las mujeres! Estabamos en la piscina de mi urbanización. Digamos que me estaba quitando el polvo del Desierto. Le contaba mis impresiones de aquel viaje. Le contaba de los colores del atardecer en aquella inmesidad (un alivio de tanta luz presente), del olor intenso a miel en las pocas flores, y de cómo todos los insectos se daban cita desesperados alrdedor. En el desierto la vida no tiene sutilezas. Es todo o nada. Ahora o nunca. Todo se define en absolutos. Cada palmo de tierra es una frontera entre la vida y la muerte. El desierto es una frontera.

 

- No quiero escuchar nada sobre el desierto... Aún tengo cicatrices de sus espinas en las pantorrillas. Vi huesos que no se pudren.

- Me encantan las imagenes de aquellas cráneos de vacas con cuernos enormes, a veces rotos. Son blancos, ¿no?

- No. Eran huesos completos, todos en su orden. Eran huesos de algunos que no pudieron cruzar. Los había bien pequeños. Los recuerdo claramente.

 

La escuché. Casi veía como las palabras se hundían hacia el fondo de la alberca, como ella le llama a la piscina.

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