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4 min
Memorias de una persona muy reservada
Humor |
10.05.19
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Sinopsis

Nunca me ha gustado hablar, soy una persona muy reservada. Prefiero aparentar que escucho, poner cara de atención y de vez en cuando lanzar alguna pregunta que, por su brevedad y no venir a cuento, suelen interpretar cómo trascendente.

Curiosamente, por uno u otro motivo, esta forma de comportarme siempre ha despertado el interés de las mujeres. Hecho que junto con un físico nada despreciable y mi tarjeta de presentación con nombre en inglés, “Brand Manager & Public Tender Executive”, de una firma de corsetería al por mayor, ha supuesto que por mi vida hayan pasado un sinfín de féminas de las que guardo  un grato recuerdo, y a veces algo más que el recuerdo, las guardo enteras, con físico y todo. Concretamente de tres de ellas, con las que estoy felizmente casado.

Como bien decía, este carácter mío de poco de hablar conlleva que ninguna de mis esposas conozca la existencia de las otras dos. Explicar mi tendencia a la poligámia con sólo la mirada es harto complicado y podría ser mal interpretado, así que mejor dejar  las cosas tal cual. Por fortuna las tres responden al mismo nombre con lo que evito equívocos comprometidos.

Con mis nueve hijos tengo más problemas. No hay quien acierte con sus nombres compuestos, las combinaciones parecen infinitas. Así que he optado por llamarlos a todos “mi Princesa”. A los varones este hecho, y que les ponga bragas de la firma de corsetería que represento, les incomoda, pero bueno con los años se han ido acostumbrando. Además, les da confianza que su padres, ambos, utilicen la misma línea de ropa interior. Un buen comercial   predica con el ejemplo: "si las bragas son buenas para el cliente son buenas para el vendedor".

He de deciros que no hay nada más cómodo que la braga clásica de algodón, aunque por motivos laborales intento cambiar de modelo a diario, y no por capricho o vicio sino por exigencias del mercado. Mis clientas no realizan ningún pedido sin verme previamente con el género puesto. Al "culotte" y la "braga faja" no acabo de cogerles el punto, no se adaptan a mis formas, pero ¿qué oficio no tiene sus contras?

Hubo un tiempo en que esta forma de ser me dio más problemas que alegrías. Es curioso cómo se pueden interpretar los silencios en función del contexto y de la edad. De pequeño pensaban que era tonto del culo, lo que era ciertamente imperdonable en una familia de superlistos. Mis padres nunca se tomaron a bien que su primogénito, en el cual habían depositado tantas esperanzas, fuera presuntamente lelo. Así que tuve que aprender a desconectar mi interruptor de emociones cuando papá y mamá discutían…

¡Ocho años y solo dice jamón y con acento gaditano!, esto es intolerable Cuca que somos del  mismo Valladolid..., que te lo digo yo Cuquita, este niño nos ha salido raro de cojones. No es cuestión de logopedas es cuestión de que su cadena de ADN no está bien secuenciada, y eso tiene mal remedio”, decía papá ante mi atenta y bóvida mirada.

A continuación mamá procedía a gritar a papá y a recordarle que la Catedrática era ella y él un simple profesor asociado, así que si había problemas de genoma no eran suyos, ni de su estirpe de catedráticos que se remontaba al bisabuelo Don Cuco.  A lo que papá respondía: “Sí,  pero catedráticos de letras, que a efectos de  calidad de ADN vale menos que mi ingeniería…

Y en este ir y venir de acusaciones mutuas yo observaba sentado  desde mi inodoro portátil. Era como estar en el cine. Qué actuaciones tan reales, pensaba, aunque mi papel en el guion  no me acababa de convencer. En alguna de esas refriegas incluso estuve a punto de pedir palomitas, si bien al final  cambiaba la palabra "palomitas" por un  “mamón” mal pronunciado que jodía, para mi regocijo,  especialmente a papá... :)


 

 

 

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