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4 min
Memorias de un Teocientífico (XXII)
Fantasía |
22.02.07
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Sinopsis

La Casa del Señor nunca cerraba sus puertas a nadie y aunque la ley no escrita del decoro dictaba que uno no debía entrar en los aposentos de un Sacerdote careciendo de permiso, ese día descubrí que no todo el mundo conocía el decoro, o al menos no a todo el mundo le importaba. Ese día tuve que revisar algunas de mis creencias, pues de pronto comencé a pensar que, pese a lo que pudieran decir los textos sagrados, no le vendría mal un poco más de intimidad al hogar de Dios, o al menos al mío.

Yo estaba acabando de verificar el tacto y la plena movilidad del brazo derecho de Selendia mientras ella permanecía estirada en la mesa de trabajo, desnuda de cintura para arriba – la operación lo requería, como tuve que reconocerme tras varios intentos infructuosos de proceder remangando su túnica.
Me había resignado. En realidad se trataba simplemente de metal, cables y diversos elementos sintéticos nada más, repetía mentalmente una y otra vez cuando no tenía otro remedio que encontrarme con sus “protuberancias”.
Eso sucedió antes de la interrupción, claro.

Ahora frente a mi estaba Kim, tratando de sujetar en vano a un niñato, el aparente responsable del suceso, y pronto se les sumaria un hombre viejo que me resultaba vagamente familiar.
- Padre… yo… - comenzó Kim avergonzado por lo sucedido – pero al percatarse de la presencia de Selendia una confluencia de sospechas estallaron - ¡Qué se supone que significa esto! ¡Usted… Ella… Es… Es…! – no conseguía formar una frase entera.
Selendia al comprender la situación se apresuró a vestirse, ocultando, además de sus pechos, los cables que evidenciaban su verdadera naturaleza, pero probablemente tardó demasiados segundos en reaccionar. Lo habían visto.
- Todo tiene una explicación… – traté de exponer.
- ¡Usted está con una mujer! ¡En sus aposentos! Yo no quiero ni imaginar que…
Por un momento me atacó la confusión ¿Una mujer?, pero no tardé en entender lo que pasaba por la cabeza del diacono.
Una sonrisa fluyó de mi rostro. Los ojos ven, pero quien interpreta las múltiples formas que evocaba la realidad, construyendo símbolos capaces de ser procesados y convertidos en palabras, es nuestra mente, pero para ello requiere de un determinado conocimiento. Probablemente Kim no tenía ni idea de lo que era un robot, ni siquiera era un teocientífico, en consecuencia no podía ver a Selendia como a tal, por tanto su atención no se centró en los cables que aún sobresalían de su cuerpo en la corta fracción de tiempo que tuvo para observar la escena.
El diacono, en cambio, si que habría escuchado algunos rumores sobre monjes depravados y sacerdotes pervertidos que hacían el amor como animales, guardando nulo respeto al santo sacramento del matrimonio y Kim había visto a Selendia parcialmente desnuda, eso si que no le pasó por alto.

Aún no tenía claro como debía proceder, así que mientras pensaba en algo, enfoqué la circunstancia como un problema de teociencia. Lo primero era tratar de reducir los efectos perniciosos, lo cual demandaba que de este asunto se enterase el menor número de personas posible.
Ahora que Selendia ya estaba vestida, invité o más bien obligué a pasar a los tres improvisados invitados dentro de mi habitación, luego cerré la puerta detrás de ellos y me dirigí a Kim en tono suave, pero hablando lo suficientemente alto para que los otros dos me oyeran.
- Verás amigo mío, a pesar de los textos sagrados, es innegable que nosotros, los Sacerdotes, tenemos algunos impulsos biol&oa
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