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7 min
Memorias de un viejo olvidado
Amor |
05.11.15
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Sinopsis

José llevaba años sin prácticamente salir de casa. Apenas sí salía una vez a la semana para comprar víveres y luego volver a encerrarse en su piso. Compraba todo lo necesario: aparte de comida, compraba algo de alcohol para que la semana y la vida se le hicieran más corta. El viejo contaba ya con 68 inviernos y era alcohólico desde los treinta años. José no lograba recordar que le había pasado para acabar así. Sólo sabía que habitaba en el mismo barrio y piso que dónde vivió de pequeño. Cuando se quedó sin su padre y sin su madre él apenas tenía veinte años. Heredó la casa y, puesto que no tenía ningún estudio superior, comenzó a trabajar en una obra como peón. Pero estaba solo en la vida, pues no tenía ni familia ni amigos. Además, era incapaz de tener una relación con una mujer, pues siempre las trataba mal, y todas las relaciones que tuvo en su vida acabaron en fracaso. Por lo que, pronto, empezó a frecuentar bares. Allí se sentía mejor que en ningún otro sitio por una sencilla razón; le aceptaban como a uno más. Los demás vecinos del barrio que también iban de bar en bar, era lo más cercano a tener amigos que conocía José. Así se pasó gran parte de su vida, iba a trabajar y al volver se gastaba su paga mensual en los distintos bares. Después dormía, solo, en la casa de sus difuntos padres.

A los sesenta años le dieron la prejubilación, pues de ajado y cansado que estaba no tuvieron más remedio que retirarlo. Al fin y al cabo, se había pasado la vida bebiendo y bebiendo sin tener en cuenta su salud, y eso le había hecho llegar destrozado a su vejez.  José siguió con su vida de antes solo que de pasar las tardes y noches en bares, empezó a estar en los bares desde que abría el primero hasta que cerraba el último. 

Sin embargo, a los 65 años una cosa rompió su rutina; un hombre, llamado Antonio, se enfadó con él una noche en un bar, le pegó y le amenazó con matarlo si volvía a verlo. La razón de la pelea, como tantas otras cosas, la había olvidado el pobre viejo. José, asustado, se encerró en su casa. Tenía razones para temer a Antonio: era un hombre de 40 años de casi dos metros de altura y con unos hombros muy anchos; José, por su parte, estaba en los huesos pues apenas comía nada y, desde luego, no estaba en condiciones de pelear con él

Estar encerrado en casa se convirtió en una rutina más. Ese día, José aparte de comprar comida y alcohol, compró un periódico. Lo hojeó sin demasiado interés. Pero una noticia le llamó la atención y de repente se acordó de como había comenzado todo.

De adolescente, José se había enamorado de una compañera de su clase, llamada Elisa. Ella le trataba muy bien y José la consideraba su única amiga verdadera. No todo le iba bien en clase, pues un abusón la emprendió contra él a partir de los catorce años. Javier, que así se llamaba, le solía meter palizas y nadie le ayudaba, ni siquiera Elisa. José, sufriendo tanto en la vida real, se refugió en la escritura. Solo escribía poesía dedicada a Elisa. Escribió cerca de cien poemas durante un par de años. Como no se atrevía a dárselos a la cara, se los mandaba anónimamente. A pesar de no decir nada, José notaba que Elisa estaba muy contenta por algo y él confiaba en conquistarla cuando le confesara que los poemas eran suyos. Pero se equivocaba; a los 17 años, Elisa y Javier empezaron a salir. José no le volvió a hablar nunca a Elisa. Dejó los estudios y cayó en una depresión tremenda durante varios años. Se encerró en su casa, al igual que lo que hizo de viejo, y sus padres, preocupados e impotentes, se ocuparon de que por lo menos se alimentara. Al morir sus dos padres en un intervalo corto de tiempo, José se repuso como pudo y empezó a trabajar para ganarse la vida. No volvió a ver ni a Elisa ni a Javier por lo que supuso que se habían mudado. Pronto se le olvido como todo lo demás debido a su alcoholismo.

Al terminar de leer la noticia, unas lágrimas cayeron sobre la hoja de periódico emborronando la tinta. La noticia decía que Elisa había fallecido a manos de su ex marido Javier que la había maltratado durante toda su vida, hasta que la mujer dijo basta y se divorció de él. Pero no la había dejado en paz y había seguido acosándola a pesar de haber una orden de alejamiento. Finalmente había acabado con su vida para ser detenido después. En ese momento, José leyó algo que le dejo boquiabierto; el hijo de Elisa y Javier era Antonio, el hombre que le amenazó y del cuál se escondía. Al parecer, Antonio se compró una casa en el antiguo barrio de sus padres porque le gustaba vivir en el lugar donde estaban sus orígenes. Esa familia era experta en hacerle infeliz. José se dio cuenta de que había tratado mal a las mujeres durante toda su vida debido al trauma sufrido con Elisa, por miedo inconsciente de que le volviera a pasar lo mismo.

José se sacó un pañuelo con el que se secó las lágrimas. Lo había olvidado durante tantos años...Nunca se había arrepentido de no habérsele declarado a Elisa pues siempre pensó que no tenía ninguna posibilidad, pero en ese momento lo lamentaba más que nada en el mundo. Entonces, mayor y cerca de morir, maldijo su vida entera y daría cualquier cosa por volver atrás y cambiar las cosas. José la habría tratado como una reina. Puede que no fuera ni más guapo ni más listo que Javier. Puede que José no le hubiera podido dar ningún capricho debido a su escasez de dinero. Pero la habría querido con todas sus fuerzas y no habría dejado que nada malo le pasara. Ya era tarde para lamentaciones. No se podía hacer nada. Por su cobardía a la hora de declararse, no solo se había visto afectada su vida, también la de Elisa que había acabado casándose con un maltratador. 

José cerró los ojos. Pronto acabaría todo. Podía notar como su cuerpo corroído por todo el alcohol ingerido en su vida iba acabando con él poco a poco. Si de verdad existía un Dios, cosa que dudaba debido a todo el sufrimiento pasado en su vida, en poco tiempo se reuniría con Elisa.

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