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8 min
MENSAJE EN UNA BOTELLA
Reales |
15.02.12
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Sinopsis

Un extraño mensaje encontrado en el interior de una botella había transformado su existencia y le abría el camino a un futuro lleno de esperanza.

Al pobre no le salía nada bien. Su mujer y su hija lo había abandonado, estaba sin trabajo y sólo le quedaban los terremotos. Este último lo sorprendió en plena calle. Se sucedían con frecuencia últimamente. Fijaban el epicentro en algún punto impreciso del interior de su organismo y luego se propagaban por sus extremidades convirtiéndolo en un espantapájaros tembloroso. Lo intentaba, pero no conseguía relajarse, además le dolía la cabeza. Llevaba días así, convertido en un fantoche que deambulaba sin rumbo por la ciudad. Pero había otra cosa más: Un sobre con una carta. Sintió un escalofrío y continuó nadando entre el sudor y las calles vacías. Sudaba porque era una tarde de calor de agosto y por la agitación en la que se encontraba sumido. Pensó que lo mejor sería volver a casa.

No se había atrevido a abrir el sobre, pero sabía lo que contenía porque ya lo había soñado, y no sólo una, sino muchas veces, hasta obsesionarse.

Consciente de que no podía dilatar más aquella situación, permanecer en aquel estado de ansiedad, hoy estaba dispuesto a abril el sobre y leer el contenido del mensaje. Pero tanto miedo le daba leer el mensaje como abrir el sobre y descubrir que no había nada en su interior. Aunque eso sabía que no podía ser así. Tenía la completa certeza de que el mensaje estaba destinado a él y su contenido era de extrema importancia. Así lo había soñado: Ese mensaje cambiaba su vida a mejor. Quizá también por que a peor sería imposible. Poco a poco se fue envalentonando y apuró las zancadas, decidido a plantar cara al mensaje.

Hace años tuvo un extraño sueño. Por casualidad encontró en la estantería de un supermercado una botella con una característica especial. No destacaba de ninguna de las demás botellas de la misma marca, salvo por un pequeño detalle: En su base había algo extraño. Algo que parecía un sobre doblado o aplastado, o quizá no fuese otra cosa que una etiqueta blanca.

Intrigado la compró, Ya en casa la vacío y la rompió. Efectivamente en la base de la botella, pero ni por dentro ni por fuera, se encontraba un cuadrado blanco. Rompió el culo de la botella. Se trataba de un sobre doblado. Con curiosidad lo estiró y lo abrió. Extrajo un folio plegado en tres partes. Estaba mecanografiado y se titulaba así: “Mensaje en una botella”. Comenzó a leerlo y a cada reglón que pasaba se sentía más feliz y seguro de sí mismo. Se llenaba de fuerzas y se encontraba capaz de hacer todo lo que se propusiese. Con cada línea la cabeza se le vaciaba más de sus pensamientos habituales y se le llenaba de paz y bienestar.

Pero después el sueño se marchaba a aquel lugar extraño donde reposan las ilusiones cuando terminan su trabajo, y él abría los ojos. De todo lo que acababa de leer sólo recordaba el título. Entonces se angustiaba al sentir como se llenaba de nuevo de vacío e impotencia. Agitaba los brazos para intentar atrapar al sueño, pero sólo lograba atrapar la nada, que se metía entre sus sábanas para hacerle esa vacía compañía a la que se había acostumbrado.

Con  los años, el sueño se había repetido con más frecuencia, hasta dos veces en la misma noche. Siempre despertaba recordando el título, pero no  el resto del mensaje que se disolvía como un espejismo y le dejaba la cabeza hervida.

Obsesionado con el sueño y el contenido del mensaje, comenzó a recorrer todos los estantes de licores a la búsqueda de la botella que contenía el mensaje. Búsqueda que al final dio sus frutos un par de días atrás, cuando descubrió la botella con el mensaje en su interior.

Desde aquellas no había tenido paz. Era un cobarde. Así que la botella y el mensaje, que le habían alterado tantas noches, e incautado la paz de los últimos días, permanecían impunes en la cocina, mientras el cumplía condena vagando con su cobardía, sus temblores y terremotos internos por las calles con olor a verano y por los bares con tufo a cerveza fermentada y vino rancio, esperando, vanamente, olvidarse del mensaje o enfrentarse a él.

Pero está vez ya estaba decidido, así que apuró más el paso a la vez que también lo hacían los temblores.

En el portal de su casa dudó de nuevo, pero sofocado enfrentó los escalones mientras se repetía: “Cambiará mi vida por completo. Me hará feliz”

La botella copaba el centro de la mesa de la pequeña cocina. Convertía en invisible todo el desorden y la basura que la rodeaba. Agarró un cenicero, se quitó la camiseta empapada, la arrojó al suelo, se descalzó las tenis y se acomodó en una silla. Después pasó varios minutos fumando y observando fijamente aquella torre de cristal.

Media hora más tarde  continuaba vigilando la botella, que de allí no se había movido ni un centímetro. Su cabeza, ahogada por el humo del tabaco, se le había empastado en delirios y extrañas suposiciones sobre el contenido del mensaje. Su corazón latía con gran fuerza, y removía todo su cuerpo que ahora era un continuo temblor, mareando y estremeciendo todas sus células que le chillaban: “¡Lee  de una maldita vez el mensaje. Léelo! Contenga lo que contenga ya nada más te puede ir a peor.”

Era cierto: Ella y su hija lo habían abandonado dejándolo prisionero de una vida mutilada , después perdió el trabajo y los amigos. Tenía deudas que no podía pagar, dudas que no podía aclarar y vivía de la caridad de sus padres y hermanos. Sentía la soledad en cada  uno de los centenares de huecos y  vacíos que se habían formado en su interior. A veces hablaba en alto para recordar el sonido de su voz. Ya nadie le escuchaba, y probablemente ya nadie más lo escucharía. Cualquier mañana, al despertar, ni se acordaría de su propio nombre, como ya casi no recordaba el motivo por la que ellas se habían marchado.

Una hora después continuaba con la mirada fijada, como por pegamento, en la botella y en el sobre depositado en el fondo.

Entraba otra noche de agosto de esas en las que el calor se derrama por todos los rincones. Sentado en la cocina, el sudor se esparcía por su torso magro y  desnudo, por sus flacos brazos y su cabeza rapada y dura, y la botella que contenía el mensaje se erguía sobre aquella sucia mesa, limpia y triunfante, como una estatua liberadora esperando a excarcelarlo de la prisión en que se había convertido su vida. Cuajado de remordimientos los terremotos aumentaron en número, los temblores en intensidad, su mirada permanecía encallada en la botella, y sus pensamientos vagaban libremente por una maraña de confusiones y humo de cigarrillos. La imagen de una vida mejor donde estaban ella y su hija se materializó por un instante ante sus ojos y su cobardía se esfumó y comenzó el asalto.

            Cuatro horas tardó en derramar los tres cuartos de líquido en sus entrañas. Los  terremotos ya habían cesado y su cabeza era una sinfonía desafinada. Después, con su mirada de whisky, difusa y desvariada, miró la botella vacía y la levantó por encima de su cabeza. La observó a través del humo y a contraluz de la pelada bombilla que colgaba abandonada del techo. Su vista a veces se iba o se desdoblaba, pero conservaba la suficiente para darse cuenta de que en el fondo de aquella botella no había ningún sobre ni ningún mensaje.

Per no se enfadó, ni gruño, ni pegó un golpe en la mesa, ni lanzó la botella contra la pared pàra que se hiciese añicos. Ni se preguntó como se pudo haber confundido o las causas de su error. Ya estaba demasiado ido y cansado para todo eso. Los pensamientos se le embarullaban pero se encontraba calmado. Derramó una lágrima que se fundió con el sudor que resbalaba por su cuerpo. Apagó el cigarrillo, removió el vaso con hielo y apuró su contenido de un trago. Se levanto torpemente, agarró la botella y avanzó dando tumbos hasta un montón de otras muchas idénticas a ella apiladas contra un rincón y la depositó allí. Se retiró a dormir consciente de como de terrible sería su despertar.

Pero sabía perfectamente que cuando se recuperase iría a buscar otra botella. Encontraría ese mensaje que está en el fondo de una botella.

           

 

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