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7 min
Mercamundo: un mundo feliz
Reflexiones |
09.10.19
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Sinopsis

A la Postmodernidad le ha crecido un tumor. La cosa se nos va de las manos. Agárrense fuerte. La ostia va a ser gorda.

Uno de los hechos de la contemporaneidad es que sólo queremos vivir en el presente. El futuro y el pasado no importan, no existen. No nos proyectamos hacia el futuro ni reflexionamos sobre los hechos del pasado, hay una patológica búsqueda de lo inmediato, de lo efímero. Lo durable sólo se valora en tanto en cuanto nos permita concomitantemente disfrutar de nuestros futuros presentes el mayor tiempo posible. Pero sólo de "nuestros" futuros presentes. Atendemos al futuro sólo para asegurarnos futuros instantes presentes.

 

Se ha desarrollado un proceso de pérdida de la personalidad individual, de la alteridad. Lo "otro", lo "ajeno", lo "diferente" tiende a desaparecer. No queremos que exista salvo para obtener algo de ello. Esta sociedad homogeneiza a los sujetos compensando la total pérdida de la individualidad con un crecimiento de la egolatría personal, del egoísmo, egocentrismo. La empatía se pierde en los océanos de una masa solipsista. Somos seres dependientes de otros seres que creen que su ombligo, su Omphalos sagrado es el centro por el que pasa el eje del Universo, un "axis mundi". Se rechaza la idea de pertenecer a la "masa", al "vulgo", a lo idéntico, y sin embargo se busca la aceptación social, se busca la confirmación de la unicidad, de la aceptación de que uno es único y auténtico. Para ello nos exhibiremos pornográficamente en las redes sociales, nada quedará en secreto. Encajando perfectamente en el esquema mecánico para que todo siga su funcionamiento, somos herramientas, tornillos, tuercas, circuitos de una maquinaria que funciona a la perfección. Células que no son conscientes de que hacen funcionar a algo perverso y gigantesco. Células de un monstruo.


 

Nuestra capacidad para el deseo y desarrollo personal ha sido alienada, escindida de nosotros. No somos dueños de nuestros propios deseos ni de nuestras ambiciones y sin embargo es la capacidad para el deseo y desarrollo personal la que pone en movimiento nuestras vidas. Se ha producido un proceso constante de infantilización de la gente, no maduramos, permanecemos en edad infantil hasta morir por mucho que el tiempo biológico nos atraviese inexorablemente. Moriremos menores de edad. Nuestra felicidad gira alrededor de un aumento permanente en el volumen y en la intensidad de nuestros deseos, y como consecuencia de esto se produce una serie interminable de productos creados para el desecho y la sustitución mediante un acelerado proceso de obsolescencia programada. Queremos estrenar continuamente nuestros "juguetitos", sin sopesar el coste ambiental que ello conlleva. Estamos saturados de deseos. Y la consecuencia de ello es defecar basura no consumida. Apenas usada. Y el proceso de regeneración del planeta es deficitario. Nuestro planeta no está preparado para esta infantilización, para este consumo acelerado de deseos pueriles.


 

Se ha producido una enfermiza mercantilización de la vida. La filosofía de Mercado se ha extendido a todas las capas de la relación social, se comercializan bienes básicos como la comida, la bebida, la vivienda. Pero también se comercia con nuestra salud, con la energía, con el trabajo, la información. Se mercantiliza incluso la propia Naturaleza, la Espiritualidad, el Amor. El mercado tiende a colonizar todas las capas de nuestra existencia. La expansión se produce creando nuevos productos, o mejor dicho, introduciendo nuevos bienes en su campo de acción. Esta mercantilización presupone la existencia de derechos de propiedad sobre procesos, relaciones y seres vivos. Presupone que todo esto está sujeto a una ley de oferta-demanda, que se puede poner precio a todo esto y que estas cosas pueden ser objeto de comercio sujetas a un contrato legal. Todo se observa bajo la óptica de mercado. Atenderemos algo en función del balance coste-beneficio que ello nos pueda reportar.


 

Esta mercantilización ha llegado a nuestro espíritu. Lo infecta a la manera de un virus mortal, un virus que aniquila el alma del infectado. Un virus que ciega ojos y apaga almas. Algo en estado latente que lleva gestándose hace siglos y que se ha hecho fuerte con el Neoliberalismo económico, modelo que impregna pringosamente todos los aspectos de nuestras vidas. Una mutación del espíritu engendrada y alimentada en este caldo de cultivo tan idóneo que es nuestra sociedad occidental.


 

Se ha llegado finalmente a la reificación y la obsolescencia de la Alteridad, la cosificación del Otro, del Ajeno a nosotros. Lo hemos convertido en un objeto a consumir, lo hemos cosificado. Los enfermos, los infectados de este terrible virus, en seguida estamos prestos a señalar con el dedo acusador al Otro cuando percibimos que el balance coste-beneficio no se inclina a nuestro favor:

" no nos ha servido correctamente", "no he obtenido lo que cabía esperar de él".

Entonces el Otro se sustituye rápidamente, sin dolor, sin remordimiento. Una muela podrida que se arranca de cuajo, sin anestesia. El Otro se sustituye como el papel higiénico en el baño cuando se acaba. Y la endeble capa de moral con la que a la gente de mi generación se le barnizó el alma, cae resquebrajada, seca. La moral murió al mismo tiempo que la trascendencia. El deber se sustituye por la explotación, por el máximo rendimiento de uno mismo, el virus nos ha convertido en máquinas eficientes. No hay protección posible para este virus cuando ya percoló, inundó y saturó hasta lo más profundo de nuestro ser. La representación de vínculos afectivos tradicionales es una farsa, una mitología más cuyos ritos se representan por inercia histórica. Tan sólo son roles sociales aprendidos, una enculturación líquida de la que cuesta desprenderse en un principio.


 

Pero formamos parte de los resquicios de una sociedad "moral" antigua, obsoleta. El deber moral desapareció. Demasiado kantiano. El vaticinio de Nietszche se ha cumplido, pero no hemos atravesado lo nihilista, no ha hecho falta, no hace falta dotar de sentido a nuestras vidas. La alienación se ha producido hacia el placer. Un placer mundano, alejado de toda trascendencia. Un placer asentado en el consumismo materialista e irresponsable que aqueja nuestra época. Carente de toda trascendencia y de toda mirada hacia el futuro, el hombre moderno consume aceleradamente el tiempo, maximiza sus experiencias vitales, no quiere perderse nada. No quiere envejecer, no puede morir, ya que no piensa la muerte. "Un mundo feliz", Huxley lo vio claro. Y aquí, en nuestra tierra, en nuestro país, los abismos entre generaciones se abren a velocidad de vértigo. Abismos de todo tipo: tecnológicos, emocionales, culturales, educacionales... Nuestros mayores, nuestros ancianos, habitan mundos distintos, y estupefactos, perdidos, desorientados, se preguntan qué le ha pasado a este mundo loco. No lo entienden. Están perdidos. La realidad de los cambios sociales les deja atrás. Pertenecen a otro siglo, a otra manera de vivir. A otro mundo.


 

Y nosotros, los de mi generación. Nosotros debiéramos ser los que refundaran el porvenir. Pero no. No hay fé, porque la fé nace de la esperanza en un futuro sólido, y nuestro futuro es líquido, inconsistente, resbaladizo. Un futuro de aguas oscuras que no puede adivinarse a través de ninguna mancia. Las certezas, como las ideologías, han desaparecido. Los vínculos sociales se han transformado hasta tal punto que llegan a ser irreconocibles. Los roles y las reglas cambian a medida que el juego avanza.

A la Postmodernidad le ha crecido un tumor.

La cosa se nos va de las manos.

Agárrense fuerte.

La ostia va a ser gorda.

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  • Cuelgo otro trozo de algo que escribí hace años. El neoliberalismo, la postmodernidad y la globalización como conceptos que engloban una misma realidad. Por cierto, cogí mucha información de un montón de sitios. Wikipedia entre ellos (artículo: Postmodernidad https://es.wikipedia.org/wiki/Posmodernidad ). Bauman. Chomsky, y algún que otro libro de sociología y economía que no recuerdo.

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    Dedicado al troll antitroll que se erige como justiciero... un humilde regalo. Todas mis estrellas son para ti.

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